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La linterna de Diógenes

AUTOR/A: Alberto Guillén
Ave del Paraíso. Madrid, 2001.

MALDITO Y CANALLA. La Linterna de Alberto Guillén
Fernando Iwasaki Cauti

La algarabía con que ha sido recibida la reedición de La linterna de Diógenes (Ave del Paraíso. Madrid, 2001) del poeta arequipeño Alberto Guillén (1897-1935), es inversamente proporcional al escándalo que suscitó su publicación en 1921 (Editorial América. Madrid). Nunca un libro mereció un silencio más unánime y jamás un autor había sido desterrado con más justicia de la república de las letras. La efímera notoriedad que Guillén conquistó con sus ardides, le ha costado una indiferencia de décadas. Ahora ha sido rescatado, mas no rehabilitado.
Antes de la guerra civil la entrevista literaria gozó de un auge singular en España. José María Carretero, más conocido como "El caballero audaz", reunió las "interviús" que realizó para La Esfera bajo el título de Lo que sé por mí (1915), y el libro alcanzó tal éxito que aparecieron nuevas ediciones corregidas y aumentadas en 1919 y 1922. En 1916 Carmen de Burgos "Colombine" publicó Confesiones de artistas y José López Pinillos hizo lo propio con Lo que confiesan los toreros (1917) (1).
En La Nueva Literatura (1917) Cansinos-Asséns apunta que el creador de la "interviú" no era otro que Azorín, quien "renueva el procedimiento y la técnica de las informaciones sensacionales y sobre todo de la interview, que se llena de más intenciones psicológicas hasta ser la interview moderna en la forma en que luego la han cultivado Cristóbal de Castro, Luis Antón de Olmet y El Caballero Audaz" (2). El terreno estaba así abonado para que más de un espontáneo afilara su pluma trazando presuntos perfiles psicológicos y retratos humanos, trufados de halagos y zalamerías varias. Alberto Guillén conocía las reglas del juego y por eso mismo pateó el tablero.
Guillén arribó a Madrid a mediados de 1920 con dos poemarios bajo el brazo –Prometeo (1918) y Deucalión (1920)–, los mismos que iba obsequiando como tarjeta de presentación a cuantos escritores le salían al paso. Entonces como ahora, la vanidad aflojó la lengua de los literatos españoles, quienes vieron en Guillén un potencial propagandista de sus obras en Hispanoamérica, sin saber que Guillén sólo veía en ellos envidia, engolamiento y palurdería. La primera intuición de La linterna de Diógenes debió surgir en esas tertulias literarias donde nadie hablaba bien de nadie y donde todos estaban encantados de haberse conocido.
La linterna de Diógenes contiene 38 entrevistas a otros tantos escritores, 35 españoles y 3 hispanoamericanos (los peruanos José de la Riva Agüero y Manuel Bedoya, y el venezolano Rufino Blanco Fombona). Entre los españoles había algunos francamente importantes como Pío Baroja, Jacinto Benavente, José Ortega y Gasset, Azorín, Gabriel Miró, Ramón Gómez de la Serna y Rafael Cansinos-Asséns; al lado de autores que entonces gozaban de gran popularidad como los hermanos Quintero, Concha Espina, José Francés, Armando Palacio Valdés y Emilio Carrere, entre otros. Guillén los jaleaba y les masajeaba el ego arrastrándoles al terreno del chisme y la maledicencia. Y si en la coctelera dejaba caer algunas gotas de mala leche, el resultado no podía ser más perverso:
"[Jacinto] Grau tiene lentes y una carita de papagayo. Es deliciosamente tartamudo, pero habla con vehemencia. Manotea. Escupe al interlocutor. Es necesario un paraguas para entrevistarse con el genio. Lo aviso a los que vayan a verle tras de mí.
– ¿Quiere usted un cigarrillo? Escoja usted. ¿Los españoles no les podemos ofrecer buen tabaco a ustedes los americanos?
– Es verdad. ¿Y a qué cree usted se deba la odiosidad que le tienen sus paisanos?
– Es que estos españoles son muy brutos, mucho; brutos como adoquines. No reconocen nunca lo grande que tienen entre las manos. A Cervantes, como usted sabrá, casi lo hacen morir de hambre en un cuartucho.
– Sí, es verdad. Pero...
– No. Los únicos inteligentes son los adoquines españoles.
– Sí, señor; será verdad. Pero hay algunos que lo reconocen: Ramiro Maetzu, por ejemplo, me ha dicho que hay que esperar a que tenga usted cincuenta y tantos años, como Ibsen.
– Es que Ramiro de Maetzu es la probidad literaria por excelencia. Es que es el más grande pensador del mundo, el más alto valor con que cuenta España, tiene una honradez a toda prueba. Él y Baeza, que es el crítico más fino de nuestra generación, son los más grandes, son los únicos que me comprenden. Pero yo he escrito El Conde Alarcos. ¿Usted no ha leído El Conde Alarcos?
– Sí, señor; yo lo he leído.
– ¿Y qué le ha parecido? ¿No es verdad que es formidable? Usted habrá visto que es lo más grande que...
(Yo no he visto nada, pero digo que sí por señas)
– Usted habrá visto que es lo más fuerte, lo más grande que se ha escrito en Europa en estos últimos diez años.
– Es verdad, señor Grau –digo, mirándome las puntas de mis zapatos, que sonríen– es verdad.
(Estoy muy serio. He resuelto hacer de monaguillo y a sacudir el incensario hasta cuando guste D. Jacinto)
– Es verdad, señor Grau. Esquilo...
– No, no –me interrumpe D. Jacinto, haciendo bailar los lentes– Esa es una frase canalla que me atribuyen. Afirman que yo digo: "Shakespeare, Esquilo y yo". No; yo no he dicho eso. Lo que yo digo es: "Después de Shakespeare, yo". Yo espero el fallo de los siglos. Yo viviré en la Conciencia Humana. Yo he de..."
Guillén no se conformó con ventilar las pequeñas miserias de los escritores entrevistados, sino que floreó su libro de imprecaciones y agravios. Por ejemplo, "toda la poesía de Azorín, ¿no tiene acaso la sencillez de una portera que sonríe remendando un calzoncillo?". O bien "[Caro Raggio] es medio rubio como Baroja y medio sucio como Baroja, aunque quizás no huela a ratón como D. Pío, ni acostumbre eructar ante la gente sus ajos y sus tonterías". Así, "la carita sonrosada, monjil de don José [de la Riva Agüero], me hace pensar que en vez del casco de conquistador le vendría bien el capuchón del benedictino; eso es, el capuchón del benedictino o las faldas de una mujer". Y sobre Ortega y Gasset estampó: "El asno quiere hacer creer que piensa, pero todos le ven las orejas".
En el colmo de la alevosía, Guillén engañó a Ramón Pérez de Ayala solicitándole un prólogo para una obra apócrifa titulada Nosotros, al mismo tiempo que lo encebaba con el manuscrito de La linterna de Diógenes. En el prólogo de Pérez de Ayala abundan las referencias a las indiscretas entrevistas (3), pero la mala entraña de Guillén queda en evidencia en una digresión esclarecedora:
"Mucho me he dilatado, a pesar mío, en alusiones y comentarios a su presunto libro La linterna de Diógenes. Quería hablarle con preferencia del otro libro, Nosotros, al cual servirán de prólogo estas líneas (4)."
Como se puede suponer, La linterna de Diógenes fue un escándalo editorial que enfrentó a escritores y abrió heridas que nunca cicatrizaron. Sin embargo, fuera de las primeras y lógicas reacciones, muy pronto se hizo el silencio sobre aquel libro maldito y canalla. Así, no existen alusiones a Guillén en las memorias de Baroja, Cansinos o del propio Gómez de la Serna, y sólo César González Ruano exhumó el episodio varios años más tarde:
"Alberto Guillén tenía, sin duda, horror a ser un americano más en Europa. De ahí su afán por destacarse contra viento y marea. Aquí hizo una faena inolvidable, de la que, sin embargo, tengo confusa memoria. Parece que tuvo la paciencia de realizar unas cuantas interviús, de escribir éstas en tono laudatorio para los interviuvados, que eran, casi todos, escritores españoles de primera línea, y hacer prologar el manuscrito por alguien entonces muy destacado, y cuya opinión crítica tenía gran importancia. Me parece que fue Ramón Pérez de Ayala. Cambió luego el texto del original de aquellas interviús, y puso a cada uno de chupa de dómine, publicando su libro, en Madrid, con el título de La linterna de Diógenes, y aquel prólogo que mostraba conformidad con sus opiniones (5)."
Alberto Guillén deseaba vivir de las rentas de su dudosa celebridad y promovió en Lima una reimpresión de La linterna de Diógenes, enriquecida con una nueva entrevista a Carmen de Burgos "Colombine", un extenso poema autolaudatorio a manera de prólogo y un jugoso apéndice con las cartas y reacciones varias que provocó en Madrid la primera edición. En esta reimpresión peruana el supuesto "prólogo" de Ramón Pérez de Ayala figura como una carta más del apéndice, y la dedicatoria cortesana de Alberto Guillén al dictador Augusto B. Leguía lo retrata de cuerpo entero como una alimaña trepadora (6).
Sin embargo, todavía disfrutó Guillén del alto honor de ser incluido por Mariátegui en su célebre ensayo dedicado a la Literatura Peruana (1927): "Alberto Guillén heredó de la generación "colónida" el espíritu iconoclasta y ególatra. Extremó en su poesía la exaltación paranoica del yo. Pero, a tono con el nuevo estado de ánimo que maduraba ya, tuvo su poesía un acento viril. Extraño a los venenos de la urbe, Guillén discurrió con rústico y pánico sentimiento, por los caminos del agro y la égloga. Enfermo de individualismo y nietzschanismo, se sintió un superhombre". Pero Mariátegui había calado a Guillén y no dejó de ponerlo en su sitio:
"A Guillén lo pierde la impaciencia. Quiere laureles a toda costa. Pero los laureles no perduran. La gloria se construye con materiales menos efímeros. Y es para los que logran renunciar a sus falaces y ficticias anticipaciones.
El deber del artista es no traicionar su destino. La impaciencia en Guillén se resuelve en abundancia. Y la abundancia es lo que más perjudica y disminuye el mérito de su obra que, en los últimos tiempos, aunque adopte en verso la moda vanguardista, se resiente de cansancio, de desgano y de repetición de sus primeros motivos (7)".
La impaciencia le llevó en efecto a la abundancia, pues pocos años después de la admonición de Mariátegui, Guillén publicó Poetas jóvenes de América (Aguilar. Madrid, 1930), una polémica antología de casi mil poetas de toda Hispanoamérica. Benjamín Jarnés reseñó la obra con disimulada indulgencia8, pero Alberto Ulloa la atacó sin piedad desde las páginas de Bolívar, la revista literaria que Pablo Abril de Vivero dirigía en Madrid. Reproduzco la reseña, pues no tiene desperdicio alguno:
"Es lamentable que algunas editoriales españolas tengan a su servicio a ciertos escritores mediocres de Hispanoamérica. No se trata ahora del libro sobre Rada y Gamio, en el que Guillén mostró su inmoral imaginería de pachamanca, ya que el tal Rada y Gamio no existe sino como creación imaginativa del alcantarillado (A propósito, Percy Gibson me decía que el obsceno ex canciller peruano "había pretendido estafar a la especie, pero que la especie no se dejaba estafar"). Sin embargo, la existencia de Guillén comprueba, de manera pirandelliana, que Rada y Gamio se prolonga, defraudando las patrióticas expectativas de Gibson..."
Guillén es el autor de varias apologéticas que le han valido la secretaría de la Legación en el Brasil. En alguna otra ocasión me detendré en el examen de su conducta respecto de algunos regímenes americanos, con lo cual tomaré notas para un próximo ensayo psicológico de lo viscoso.
La desgraciada Antología de Alberto Guillén le sirve de vitrina a su alma de hortera; su libro es un bazar, y lo que es peor, un bazar con dudosas vistas a la amistad. ¿Acaso ha olvidado que somos precisamente los jóvenes quienes no queremos saber nada de su cabotinaje literario?
En el Perú sospechábamos que Guillén era una mosca; pero ignorábamos que ya tuviera casa. Él mismo dice: "Ahora tengo casa". Este es, naturalmente, el resultado de sus exploraciones de mosca por los cuerpos putrefactos. De todas maneras, es admirable que una mosca pueda adquirir una casa. La Prensa de Lima y América conoce el secreto. Nosotros nos preguntamos cómo hará Guillén ahora para desinfectar su casa. ¿Solicitará los servicios de la Dirección de Salubridad? De suceder así estaría en el peligro de perderla y a la vez de perderse. "¡Oh, cazador de moscas y ciudades!"
Además de incluir ciertos nombres que por falsos no han podido figurar siquiera en las más viejas antologías, el «diplomático» arequipeño escoge aviesamente lo que menos puede definir a los nuevos valores, aplicando de esta suerte el sistema de la selección a la inversa que ha aprendido de sus protectores.
Al que pretenda contradecir mi opinión, lo remito al índice del libro. Yo, por mi parte, protesto nuevamente de la publicación que hace Guillén de mis poemas (9). Alberto Guillén nunca dejó de reírse de sus propias fechorías. En el ripioso y extenuante poema que Guillén se dedicó a sí mismo en la edición peruana de La linterna de Diógenes, se burlaba de los atónitos escritores españoles y todavía se preguntaba zumbón:

Pero yo me decía: ¿no hay alguien que me rompa la crisma,
no hay alguien que me meta la risa
entre los dientes como un puño de ceniza?
Alberto Guillén falleció en 1935, devorado por la tuberculosis y la sobredosis de laureles. La lectura de La linterna de Diógenes aún produce vergüenza ajena y la ceniza que reclamaba cubre inexorable su memoria.

Sevilla, verano del 2001

Notas
1 Remito al lector a la introducción de José Luis GARCÍA MARTÍN en Alfonso Camín, Entrevistas Literarias. Libros del Pexe (Gijón, 1998), pp. 7-59.
2 Rafael CANSINOS-ASSÉNS: Obra Crítica, Diputación Provincial de Sevilla (Sevilla, 1998), t. I, p. 59.
3 "Gran copia de estas flaquezas o intimidades las revela usted en su libro La linterna de Diógenes, cuyas primicias me ha brindado usted y que yo he paladeado –permítaseme la paradoja–, con tanto apetito como desgano, porque no acabo de hacer el paladar a ese sabor acedo que nos produce el regusto de la necedad fuera de lo común de los hombres". Cito la primera edición de Madrid, 1921: p. XI.
4 Ibid, p. XIII.
5 César GONZÁLEZ RUANO: Veintidós retratos de escritores hispanoamericanos. Ediciones Cultura Hispánica (Madrid, 1952), pp. 61-62.
6 La linterna de Diógenes. Segunda edición aumentada. "La Aurora Literaria", Librería y Casa Editora de M. Lorenzo & Rego (Lima, 1923).
7 José Carlos MARIÁTEGUI: 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Biblioteca Amauta, décimosegunda edición (Lima, 1967), pp. 250-255.
8 Benjamín JARNÉS: Ariel disperso. Editorial Stylo (México, 1946), pp. 174-175.
9 BOLÍVAR. Madrid, jueves 15 de mayo de 1930, p. 12.

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