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AJUAR FUNERARIO
AUTOR: Fernando Iwasaki
Editorial Páginas de Espuma. Madrid, 2004.


LA INQUIETANTE BELLEZA DE LO SINIESTRO

por Leopoldo de Trazegnies Granda

      El Ajuar funerario tiene belleza conceptual, es un libro inteligente, lleno de imaginación y es además fantástico y siniestro, lo siniestro también puede ser bello.

      Lo fantástico es lo opuesto a lo realista y puede causar sorpresa, como en García Márquez, pero si además entraña un peligro desconocido estamos ante literatura gótica o de terror que es lo que ha hecho Fernando Iwasaki en Ajuar funerario. La sensación de incertidumbre es imprescindible para ser considerada literatura de terror. Existen circunstancias fantásticas por lo insólitas pero que entrañan peligros conocidos y previsibles como es el caso de la literatura basada en la crueldad del asesino, o la barbarie de la guerra, por ejemplo, que no pueden ser considerados relatos de terror. Se trataría en todo caso de literatura realista y brutal. Sólo cuando existe la perplejidad ante lo desconocido nos encontramos en presencia de la literatura gótica o de terror. El pavor que nos produce el hecho fantástico no se debe a la acción brutal o sanguinaria sino a la sensación de peligro del sujeto ante algo incomprensible.

      Tampoco el peligro tiene porqué ser verídico como cuando reaccionamos ante una amenaza real. En la ficción terrorífica debe haber un pacto tácito entre autor y lector para admitir ciertos postulados y estar dispuestos a pasar un miedo ficticio, es decir literario. De no ser así, la literatura gótica sería un simple catálogo de atrocidades. Iwasaki es plenamente consciente de este artificio y consigue la interacción con el lector en todos sus cuentos. Contar historias de terror es relativamente fácil, pero conseguir poner al lector en un estado de alerta y perplejidad sin producirle miedo real es mucho más difícil.

      Los fantasmas son los protagonistas privilegiados de los cuentos de Fernando Iwasaki y no siempre desencadenan pavor sino que en ocasiones pueden provocar ternura. ¿Quién no se emociona con la clásica aparición de la chica auto-stopista en la carretera que Iwasaki describe delgada y con el pelo blanco como una actriz gótica, o con la dulce aparición de la mujer de blanco con un ramo en los brazos y como flotando a través de la niebla? Podemos hasta desear la amable experiencia de toparnos en alguna habitación de nuestra casa con la materialización de un muerto querido, aunque esté lleno de gusanitos y no nos librásemos del escalofrío producido por tal visión, como ocurre en El deseo. En eso radica el valor del cuento de terror, en ese desasosiego ficticio que se percibe con el libro en las manos. Y el más difícil todavía del número circense literario es conseguir escalofríos con risa o sonrisas incluídas, que son como lágrimas de alegría, que Iwasaki provoca en abundancia.

      La mayoría de sus relatos transmiten la sensación de que algo terrible va a suceder en cualquier momento... en nuestra imaginación. En ocasiones nos ahorra la parte de la historia que podemos suponer para cargar las tintas en un breve y desconcertante final, como ocurre en Las reliquias, que tiene un regusto a dulce de convento macabro.

      Otras veces abre una nueva dimensión en el escenario doméstico, como en La cueva. Es una regresión al útero materno en la que no percibimos el miedo sino el efecto posterior al miedo. El poder de síntesis de Iwasaki resulta entonces pavoroso. La inocente crueldad de Peter Pan es todo un tratado de psiquiatría infantil en veintiocho líneas.

      En El álbum crea una ansiedad que únicamente se puede resolver con un golpe de humor. Corresponde a lo que alguna vez alguien expresó como que la risa es el orgasmo de la inteligencia. En Ya no quiero a mi hermano Iwasaki recorre el camino inverso a la biología. El fantasma muta en niño bueno, aunque con olor a vieja, y su hermano vivo se convierte en una amenaza para el ex fantasmita. La inversión lógica crea monstruos en lo que debiera ser santo, así en Dulces de convento las monjas aventajan en rapiña a los perros de presa. O la sana pasión por las bibliotecas, esas "antesalas del paraíso" pueden desencadenar obsesiones criminales.

      Iwasaki también trata el objeto mágico en su aspecto amenazador. En Casa de muñecas una miniatura puede invadir el espacio familiar y convertirlo en una categoría lúdica con todos sus personajes dentro.

      El Evangelio apócrifo resuma inteligencia. Lo que cualquiera tomaría por un beneficio puede ser considerado como un grave daño por el propio interesado... y decidir vengarse. Venganza que de llevarse a cabo cambiaría todo el sentido del evangelio.

      Iwasaki convierte las cosas cotidianas en inquietantes, hasta los modernos E. Mails pueden ser objeto de sospechas y servir para transmitir maldades sobrenaturales. En A Mail in the life y en El dominio, valiéndose de la técnica, crea conflictos irresolubles. En El horóscopo se intercambian cruelmente los destinos de un hombre y una mujer dependiendo de la secuencia de lectura de una información compartida.

      En este libro Fernando Iwasaki utiliza el relato corto y el micro relato para producir en el lector sensaciones insospechadas. Es un alarde de ingenio y de su ya bien probada maestría en el lenguaje.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 10/4/2009