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MEMORIAS
AUTOR: Carlos Barral
Editorial Península. Barcelona, 2001.


Jaula aérea con olor a resina

Ana María Moix

LA PUBLICACIÓN de los tres libros de memorias de Carlos Barral en un solo volumen, editado hace unos pocos meses (Memorias, Península, Barcelona, 2001), ha restablecido el contacto entre la figura del gran escritor y el público lector. Y, de manera especial (como ocurrió hace dos años, con la publicación, en Lumen, de su Poesía completa), ha constituido un gran descubrimiento por parte de los lectores más jóvenes. El lector joven acude a las espléndidas memorias de Carlos Barral (Años de penitencia, Los años sin excusa, Cuando las horas veloces) en busca del brillante personaje que fue famoso editor antifranquista, poeta minoritario, exultante personalidad pública que, junto a otros intelectuales de su generación, luchó por sacar de la miseria cultural a un país hundido en la estulticia oficialmente programada por la dictadura, y se encuentra con el otro Barral: el Barral enfrentado a sus fantasmas más íntimos, a asfixiantes culpabilidades, a la contradicción entre el deseo de una vida aislada, dedicada a la escritura, y una realidad que le empujaba a la vida pública, en lucha siempre estéril contra lo cotidiano, algo que el poeta arrastraba como una enfermedad mortal. Ese Barral herido por una realidad que escupía los adjetivos con los que el poeta intentaba corregirla, y que a cambio lo acosaba mostrándole sólo su cara más desagradable y más cruel, la práctica, era a la vez un hombre comprensivo, paciente, generoso, inteligente y de una simpatía arrolladora. Debido quizá a ciertos imperativos rilkeanos acatados durante los años de la primera juventud, la vocación por el disfraz fue una constante en la vida de Carlos Barral. Precoz en las artes de la ocultación, el adolescente estudiante de bachillerato se revistió de alumno expulsado de los jesuitas por kantiano, y, de joven poeta mallarmeano pasó a ser editor, el editor culto, brillante, cosmopolita, que creaba modas y corrientes literarias, coleccionaba espadas y huía de las canículas y de los fines de semana urbanos para hacerse a la mar calafellense a bordo del Capitán Argüello. Fue el Barral que, apenas superado el medio siglo de vida, se adelantó voluntariamente al difícil arte de envejecer, abandonó sus funciones de editor y se dedicó con entusiasmo a las de senador socialista de la -como a él le gustaba decir- Tarraconense, adoptó las reposadas maneras de un anciano caballero de barba y pelo canos, y, extremadamente frágil y delgado, avanzaba con paso mesurado y la ayuda, quizá decorativa, de bastón. Era habitual verle avanzar despacio por el acerón de la playa de Calafell, camino del pueblo. El paseo por el pueblo de Calafell era diario, era un paseo casi obsesivo, un ritual que realizaba con la parsimonia y atención características de una ronda obligatoria. El regreso se eternizaba fácilmente: Carlos Barral (el senata, como lo bautizaron cariñosamente los jóvenes del lugar) era de una paciencia infinita con quienquiera que le salía al paso con "ya sé que estás muy ocupado, pero...". No era una paciencia adquirida en la "etapa abular" [por abuelo] de su biografía. Era una paciencia antigua, que le había hecho perder trenes, aviones, amigos quisquillosamente puntuales y reputación. El último tramo del camino hacia la casa familiar lo salvaba, ahora sí, con paso nervioso y rápido: urgía llegar, subir al primer piso de la casa e instalarse en el viejo balcón de madera que Ivonne Hortet, su mujer, hizo cerrar a gusto del poeta con vidrieras y convirtió en estudio abierto al mar. Allí, en aquella "jaula aérea con olor a resina", una especie de celda ascética de aire decimonónico y decoración muy escueta, quizá escribiría por fin ese poema, "el poema", que siempre tenía en mente. Sentado en un sillón monacal, junto a una arquilla mudéjar, trabajaba de cara a la pared. Bastaba un ligero movimiento de cabeza para ver el mar, ese "paisaje ninguno" que el poeta consideraba su medio natural y en cuyas aguas pidió que aventaran sus cenizas. Hace un par de años, el Ayuntamiento de Calafell adquirió la casa de Barral, con la intención de convertirla en museo, centro cultural, y sede, asimismo, de la Fundación Carlos Barral, que Ivonne Hortet empezó a impulsar hace un tiempo. Ojalá ambos proyectos no caigan en el olvido.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 22/6/2001