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UNA MUJER DESNUDA

AUTOR/A: Lola Beccaría
Anagrama. Barcelona, 2004.

Una niña depravada y su médico pedófilo

Por Leopoldo de Trazegnies.

        Las contradicciones de los escritores siempre llaman la atención. El lector pretende encontrar cierta coherencia entre la obra y su autor pero en cada nueva obra constata que esto no siempre es posible, grandes canallas han escrito obras sublimes y seres sublimes nos han dejado obras despreciables. Entre estos dos extremos oscila toda la literatura.

        El caso de Lola Beccaría es llamativo. Refieriéndose al Quijote en una publicación del Centro de Estudios Cervantino (1) elogiaba el poder fabulador de Cervantes (asumiendo que El Quijote sea sólo una obra de ficción) y despreciaba la literatura basada en experiencias personales porque "La ficción tiene sus normas y, desde luego, no es ficción trasladar a un libro un diario íntimo de los avatares cotidianos ni comentar los sucesos llamativos o chocantes leídos en las noticias o escuchados a los amigos". (2)

        Y después de atreverse a establecer la "norma de normas" de la ficción escribe una novela de tono intimista imposible de imaginar sin poner sus experiencias más personales al servicio de la literatura. Me refiero a la novela "Una mujer desnuda" que desde el título nos sugiere que nos va a confiar algo que llevaba oculto, que no se suele mostrar y que pertenece al yo más profundo de la autora o a experiencias "escuchadas a sus amigas".

        Cualquier contradicción es enriquecedora y en muchas ocasiones están en el origen de grandes obras literarias, piénsese en Tolstoi por ejemplo. Desgraciadamente no es el caso de la novela de Lola Beccaría que con su mejor intención nos trata de introducir en el mundo mágico de una niña sin conseguirlo.

        El relato empieza narrando el despertar sexual de la precoz Martina, una niña de ocho años, seducida por un adulto fetichista de profesión médico que disfrutaba saboreando su orina. Beccaría lo cuenta de una forma desinhibida e ingenua. Paradójicamente los diálogos entre la niña y el pedófilo son sorprendentemente maduros. La narradora parece olvidarse por momentos la edad de Martina, por ejemplo cuando le pregunta a su abusador, como si fuera una novia celosa, cuántas mujeres "usan el juguete que él tiene entre las piernas". Las reflexiones de Martina, que el depravado matiza, no parecen las de una niña de 8 años sino las de una mujer de ochenta que se hace la ingenua, dando la impresión que a Beccaría, en el tema de la sexualidad, le da igual ocho que ochenta.

        Los diálogos escatológicos resultan inverosímiles y artificiosos. La autora ignora dentro de sus "reglas de la ficción" que si los diálogos no son verosímiles resultan ridículos.

        Las manipulaciones y argucias que Martina utiliza para masturbar a un adulto que bebe sus orines y le acaricia la vulva simultáneamente están descritas en un estilo plano, previsible, que se hace monótono, utilizando un vocabulario pobrísimo. No aporta nada nuevo al ser humano, ni siquiera una visión original de la sexualidad. Se leería como algo banal si no fuera por lo escatológico del tema.

        Si Lola Beccaría intentaba escandalizar a alguien con esta historia no creo que lo haya conseguido, tal vez sólo pueda turbar a algún adolescente desprevenido. El sexo en sí mismo no es literatura, menos aún el sexo patológico. Se puede utilizar como medio para transmitir sentimientos profundos pero no como objeto mismo del relato porque entonces se convierte en pornografía de la que se puede encontrar en cualquier quiosco de periódicos con mucha más carga sexual que la novela de Lola Beccaría.



NOTA 1: El Quijote desde el siglo XXI. Madrid, 2005.
NOTA 2: Págs 72-73 de la obra citada.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 23/1/2013