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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

la calle Polvos Azules

 

De noche, en el segundo patio de la casa de la calle Polvos Azules, se veían luces fugaces. Luces negras. Fuegos fatuos. Cada visitante que tenía la suerte de verlas las nombraba de distinta manera.

Mi madre, que entonces era una niña, se acercó a una que se encendió doble en un rincón y cuando ya estaba muy cerca alargó el brazo para tocarla, oyó entonces un maullido infernal y vio un gato de fuego que saltaba hasta la galería de ventanas. Desde entonces, desarrolló una fobia a todo tipo de felinos tan fuerte que años después, una vez que yo estaba enfermo, no quiso entrar a mi cuarto porque decía que se me habían puesto los ojos de gato. Pero luego me acarició la cabeza y me tomó la temperatura en el cuello con el dorso de la mano y me dijo que estaba mejor, que tenía el iris distinto, que ya no los tenía de gato sino de perro y yo me puse muy contento.

Nunca estuve en la casa de la calle Polvos Azules, no la conocí, yo nací cuando la familia ya había cambiado de época y de barrio. Abandonaron la casa cuando partieron para Francia y a su regreso ya estaba construída la avenida Arequipa que unía el centro de Lima con Miraflores, entonces mi abuela quiso vivir allí, en su mejor tramo; no era para menos viniendo de París. Sin embargo, siento que mis ojos sí estuvieron alguna vez en la casa de Polvos Azules y los vió mi madre.

Pocos días después del incidente del gato fue cuando apareció mi abuelo en el patio con una niña negra de la mano.

-Se llama María, es muy guapa, estaba en el hospital, no tiene familia-, explicó.

Entonces mi madre, que era dos años menor que la niña recién llegada, se le acercó, se la llevó al rincón del gato y le contó su secreto. A partir de entonces, las dos se escapaban juntas de su cuarto y se iban temerosas a las ventanas de la galería a aguaitar las candelitas que brincaban por el suelo a partir de medianoche. Pero al pasar los días los inquietantes destellos se fueron convirtiendo en resplandores de colores que inundaban el patio y las dos niñas los observaban maravilladas imaginando que eran amaneceres en pequeños mundos poblados de seres misteriosos.

Los amigos que seguían visitando a la familia decían que debajo del patio habría enterrada una tinaja con monedas de oro. Un tesoro. Una urna. Cada uno aventuraba una cosa distinta y no faltaba quien sostuviera que la casa y la calle entera estaba encantada.

La casa de Polvos Azules se vendió con el misterio de las luces y al poco tiempo se dispusieron a derrumbarla para construir un edificio.

Una mañana, el nuevo propietario se presentó en la consulta del hospital acompañando a un obrero para que lo atendieran de quemaduras.

-Cómo va la obra?- le preguntó mi abuelo.

-Pues ya lo ve, al excavar los cimientos nos hemos llevado sorpresas.

Mi abuelo no quiso preguntarle qué clase de sorpresas, mientras examinaba al herido. Pero el hombre continuó:

-Nos hemos encontrado en el patio una vasija de vidrio llena de un líquido plateado que al darle la luz tornasolaba.

-Y qué han hecho con ella?- preguntó mi abuelo fingiendo no darle importancia.

-Nada, este bestia-, dijo señalando al albañil -la rompió y se desparramó por la tierra. Así se ha quemado tratando de recoger ese líquido que parecía estar duro!.

-Ah, así ha sido!- concluyó mi abuelo, como satisfecho de haber encontrado la causa de las quemaduras.

Más tarde, durante la cena, mi abuelo habló de las luces. Le contó a la familia la aparición de la tinaja:

-Es probable que fuera mercurio enterrado por algún antepasado desconfiado. Antiguamente valía mucho, era una forma de guardar los ahorros. El azogue se quedaría escondido durante siglos, produciendo efluvios y resplandores en toda la calle.

Cuando mi abuelo terminó de explicar la causa de las luces, Maricucha y mi madre se abrazaron llorando y riendo a lágrima viva.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003