INDICE        
BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

Francia

Por los años veinte hubo dos mujeres de raza negra que atraían la atención de las gentes de París, una se llamaba Josephine Baker y la otra María Marañón. La norteamericana causaba admiración cantando en el Moulin Rouge, la peruana lo hacía aireando sus dieciocho primaveras tropicales por los aledaños de la rue St. Honoré, donde mis abuelos, después de recorrer todo el callejero parisino y visitar cuanto había en alquiler, terminaron instalándose en un piso más pequeño y menos soleado de lo que hubieran deseado.

El presidente peruano Augusto B. Leguía (la enigmática B correspondía a Bernardino) había tomado las dos medidas que suelen dictar los dictadores cuando llegan al Poder: cambiar las leyes para asegurarse su permanencia, y convertir en paniaguados a todos los que podrían poner en peligro su continuidad. A mi abuelo lo premió con un cargo diplomático en Francia, que aceptó de inmediato porque le daba la oportunidad de perfeccionar sus estudios de medicina en La Sorbona.

Mi abuela, después de haber desmantelado la casa de la calle Polvos Azules, se volcó en preparar sus enseres en cinco baúles-ropero para viajar con sus siete hijos (y uno por llegar) y con Maricucha, en el vapor "Payta" de la "The Pacific Steam Navigation Co.", que zarpó del Callao un 17 de noviembre de 1919. El daguerrotipo de Courret registra en un muelle del puerto a un señor de bigote con canotier, acompañado de una señora que ya empezaba a estar entrada en carnes, adornada con pamela marinera, varios muchachos con pantalones bombachos (un par de mellizos), dos niñas una de ellas rubia y la otra castaña y por último, en segundo plano, Maricucha, con cofia y mandil blanco, llevando en brazos a un bebé que andando el tiempo se convertiría en mi bromista tío Julio. A todos se les notaba un gesto nervioso, debido probablemente a que la tragedia del Titanic aún rondaba sus cabezas.

Después de inmortalizarse en el retrato, subirían a una lancha que los llevaría al barco, fondeado fuera del puerto ya que en esa época los trasatlánticos todavía no atracaban en los muelles. El "Payta" podía desplazar sus 1.800 toneladas, llevando 120 lujosos camarotes y tres cubiertas en sus 271 pies de eslora, a 12 nudos de velocidad. Durante el viaje, mi abuelo convertiría todas estas cifras, que nadie entendía, a metros, kilos y kilómetros, para admiración de familiares y de las amistades que ya se habían granjeado a bordo.

En realidad, no pudieron disfrutar mucho de las comodidades del suntuoso barco porque hizo mala mar hasta Panamá y peor en el Atlántico, lo que les impidió salir demasiado a cubierta. Atracaron en La Rochelle unos días antes de navidad, la travesía había durado treintaicinco días de constante mareo y mi abuela con un genio endemoniado desde el primero.

En París, aún no habían llegado los muebles comprados en las Galerías Lafayette al piso de la rue St. Honoré, cuando tocaron a la puerta. Era un hombre uniformado de azul oscuro con gorra a cuadros sobre su cabeza pelirroja. Maricucha miró asombrada y divertida al primer francés que se encontraba en su vida. Ambos se observaron con curiosidad. Para el hombre la sorpresa no era menor: también tenía ante sí a la primera mujer negra de su existencia. La recorrió de arriba a abajo deteniendo su mirada en sus oscuros pechos agresivos y en sus amplias caderas. Luego se tomó un tiempo para presentarse. Maricucha le sonrió sin entenderle y él pudo apreciar su hermosa dentadura. El hombre traía a cuestas un escudo del Perú de considerables dimensiones que había subido con gran esfuerzo por las escaleras.

Cuando salió mi abuela, que se hallaba dedicada a dirigir la primera limpieza de los cristales de los balcones, labor que realizaba una "bonne" recién contratada, que hacía equilibrios en una silla para no caerse al paseo, el hombre saludó quitándose la gorra y Maricucha no pudo contener la risa al verle toda la cabeza del mismo color que las zanahorias que estaba pelando en la cocina.

Se llamaba Daniel. Era el cochero del cónsul antileguiísta destituído. Explicó que se había quedado sin cobrar el sueldo del último mes, que el anterior cónsul, "monsieur Pérez de Guevara" (pronunciado con mucho respeto), había salido precipitádamente de París, que tampoco había pagado el alquiler del piso donde vivía y que el casero se había quedado con el coche, un flamante Landó que le costó una fortuna, y por último, el dueño de la cuadra se había cobrado el pienso de varios meses quedándose con el caballo de nombre nada menos que Bucéfalo. Pero con cierto orgullo añadió que él había logrado salvar el escudo del balcón y que lo traía al hombro porque lo había considerado una cuestión de honor.

A pesar de que Daniel no había salido nunca de Francia, se sentía un poco peruano después de llevar trabajando treinta meses al servicio del Perú.

Esperó anhelante alguna palabra de reconocimiento, pero mi abuela se limitó a mirarlo fríamente pensando en qué razón tenía sor Marie Goretti del colegio Belén de Lima, cuando les advertía a las niñas en las clases de francés que a los parisinos no hay quien los entienda.

En Francia, mi abuela no se sentía extranjera, consideraba que los extranjeros eran los franceses. Por eso, cuando meses después descubrió que mi padre rondaba la rue St. Honoré, entregándole papelitos a Maricucha para que se los entregara a mi madre, se opuso tajantemente a que un extranjero pretendiera a su hija, además, ni siquiera era francés, era belga.

Maricucha, que conocía el carácter de su matrona, le hizo un gesto de complicidad a Daniel que ya no podía aguantar más bajo el peso del escudo.

-Et alors?- se atrevió a preguntar tímidamente.

-Resumiendo-, le cortó mi abuela- usted es el cochero sin coche que nos trae el escudo de un consulado inexistente; bueno, supongo que al menos nos traerá el sello diplomático.

El cochero sonrió señalándose el bolsillo de la chaqueta e intentando no perder el equilibrio bajo el peso del escudo. Mi abuela entonces comprendió que se trataba de un hombre previsor y que le podría confiar tareas de mayor reponsabilidad.

Lo que Daniel jamás hubiera podido imaginar es que un par de meses después a mi abuela se le ocurriría viajar a Niza y él se vería en el duro trance de conducir un flamante Citroën recién comprado sin entender todavía de coches de motor.


                        INDICE_____________________SIGUIENTE CAPITULO

PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003