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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

viaje a Niza

Mi abuela sorprendió a la familia cuando propuso que la llevaran a los carnavales de Niza. El pobre Daniel se echó a temblar. Nadie se hubiera imaginado que a doña María Rosa, tan adusta, le interesaran las antiguas fiestas de las saturnales en su versión gala. Mi abuelo, como siempre, la miró sorprendido. Maricucha, que la oyó desde la cocina, se entusiasmó con la idea, pero Daniel hizo un gesto de temor ante lo que se le avecinaba. El antiguo cochero se había visto obligado a recibir unas clases intensivas de mecánico de los nuevos vehículos a motor, para manejar el flamante Talbot recién adquirido por la familia. Confesaba que ya sabía girar hacia la derecha pero que aún le resultaba difícil hacerlo hacia la izquierda.

-Mais moi, je ne serais pas capable de conduire jusq'a Nice.

Una mañana de febrero, muy fría, de un París que no dejaba de celebrar el fin de la Primera Guerra Mundial, salieron en el Talbot por la Porte de Chatillon rumbo a Niza. En la baca llevaban dos de los arcones que trajeron del Perú llenos de ropa.

Familia Granda en su Talbot. Niza 1926

Maricucha viajaba en el asiento del acompañante, con la visera del parabrisas bajada, a resguardo de la niebla de la carretera, Daniel agobiado con unos pedales que no terminaban de adecuarse a sus botas de cochero de caballos y un volante que como un timón de barco los internaría en el más crudo invierno que hubo en el Midi francés a principios de siglo.

Mis abuelos iban en el asiento trasero, con mi madre muerta de risa.

- Faites attention, Daniel-, le decía mi abuela a cada bache, hasta que se quedaba dormida.

A Maricucha le ruborizaba ir sentada, en un compartimiento tan chiquito, a escasos centímetros de la piernas de Daniel. Se acomodaba la falda innecesariamente, a tientas, mirándolo de reojo e intentando sonreirle a la Ñaña.

La expedición duró tres días con sus tres noches, causando asombro ante el paisanaje que se encontraban a su paso. Atraía la atención el coche, que aún no había muchos por las carreteras, el voluminoso equipaje que llevaba encima, el ruido del motor, el rastro de humo y polvo que iban dejando, los baúles. Cuando se detenían en los pueblos, descubrían que el chófer era rojo y la copiloto negra, uno con cara de angustia, la otra con una risa clara que jamás habían visto ni oído. Se interesaban entonces por los viajeros y descubrían a un señor de poblado bigote de aspecto sudamericano vestido con impecable terno de lino blanco que llevaba en el respaldo el jipijapa preparado para lucirlo en la playa, a su distinguida y seria esposa y a su hija, los tres con aspecto de encontrarse en una situación perfectamente normal.

Comían en los "bistrot" y se alojaban en hotelitos de provincia donde mi abuela se negaba a utilizar los baños por la desconfianza que le inspiraba la higiene de los franceses.

El nerviosismo de Daniel iba en aumento, a cada curva se echaba para atrás la gorra con un gesto rápido e inútil. A partir del momento que un trueno desató una tormenta sobre las despobladas Landas dejó de pestañear. Parecía un mono agarrado al mástil de un velero. Maricucha temía que también dejara de respirar, pero se tranquilizaba al oirlo resoplar de vez en cuando.

Al fin se detuvieron en la "Promenade des Anglais" de Niza. Daniel se bajó con un temblor de piernas que no se le quitó en varios días, cosa que enterneció a Maricucha y desde ese momento empezó a sentir un afecto especial por ese hombre nervioso y con pocos atractivos. Mi abuelo lo felicitó "très bien, monsieur" le dijo y le ofreció un habano que él rechazó cortésmente. Daniel era un hombre tímido y de no ser por el color de su pelo pasaría desapercibido. En sus relaciones con Maricucha todo lo que el ponía de amabilidad y sensatez lo convertía ella en pasión y alegría. Por eso, cuando años después desapareció de la casa sin motivo, olvidándose la gorra en el perchero, Maricucha se quedó como descolorida durante todo el tiempo que duró su inútil espera.

Al bajarse del coche mi abuela miró con admiración el blanco edificio del hotel Negresco donde tenían reservadas varias habitaciones, pero no se dejó impresionar por el lujo, lo primero que pidió en la recepción fue que le lavaran la bañera con alcohol para darse un buen baño de agua caliente.

Esa fría noche al borde del Mediterráneo, en una habitación del hotel Negresco, fue la primera que Daniel y Maricucha pasaron juntos.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003