INDICE        
BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

la niña pelirroja

El año 1950, después de la muerte de mi abuela, nosotros también nos mudamos de casa. Abandonamos el barrio de barcos de cemento varados entre jardines minúsculos y nos acercamos más al mar. Nos instalamos en una casa que sin ser grande daba a dos calles y de noche por las ventanas del cuarto de lunas se escuchaban las olas reventando sobre la playa, lo que para mí era algo inquietante. Como suele suceder con esos cambios de arquitectura y localización, perdí a todos mis amigos infantiles.

Ese mismo año le avisaron a mi padre desde el ministerio de asuntos exteriores belga que tenía seis meses de vacaciones acumuladas, no disfrutadas, y que si no las tomaba las perdía. Mi padre no había cerrado el consulado nunca, en verano bajaba el ritmo del trabajo y reducía los horarios, pero ignoraba que le correspondieran vacaciones oficiales con billete pagado a Bruselas. Inmediatamente organizó su viaje con mi madre. Se lo tomaron como una segunda, o tal vez primera, luna de miel. Ambos tenían cuarentaitantos años entonces.

A mis hermanos y a mí nos dejaron en la casa de mi tío Carlos, que vivía en un chalet de San Isidro cerca del parque del Olivar, que como todas las urbanizaciones lujosas estaba apartada y con malos transportes públicos. Para comer nos repartieron entre los parientes y a mi me tocó mi abuelo, que ya vivía solo en Miraflores, pero cerca de la que sería su segunda mujer, a los setentaisiete años, luchando contra la incomprensión de todos sus hijos.

Este paréntesis en mis costumbres duró sólo los seis meses que mis padres estuvieron en Europa, pero hizo que también perdiera todas mis referencias urbanas. Mi casa antigua fue ocupada por una familia china que tenía un coche viejo, y aunque el hijo era compañero mío del colegio, me resultaba embarazoso que ocuparan los espacios de mi infancia. En la inquietante casa nueva aún no había vivido lo suficiente como para considerarla un sitio seguro y permaneció vacía y a oscuras durante la ausencia de mis padres. Dormía en una casa extraña y comía en otra. Y además estaba solo porque mis dos hermanos mayores hacían su vida independientemente.

En algo tuve mucha suerte, Maricucha se encargaba de la cocina en la casa de mi abuelo y en esa época estaba especializada en postres. Tenía también sus inconvenientes, llegar a mediodía a la casa victoriana de mi abuelo, para comer solo en la cocina, me demandaba una larga caminata hasta coger el "Expreso" de Miraflores (o el Tacna-Trípoli a veces, que pasaba con menos frecuencia).

Un día, en mi camino, vi a una niña pelirroja asomada en su balcón. La miré y me sonrió, aminoré el paso y ella desapareció tras las puertas de vidrio sonriéndome. En los días sucesivos el camino se me hizo más fácil, iba con la esperanza de volverla a ver, pero un día y otro llegaba al árbol del Olivar desde donde ya se podía divisar el chalet haciendo esquina de la calle y comprobaba que las puertas del balcón permanecían cerradas. No me importaba, llegaba a comer a casa de mi abuelo con más apetito que nunca, recordando su sonrisa y a veces, hasta la veía reflejada en los ricos postres de Maricucha. Me distraía poniéndole nombres exóticos: ┐Verónica? ┐Ivy? ┐Eleonora, a lo mejor? mientras veía las magníficas postales en colores que mis padres me enviaban desde sitios aún más exóticos para mí: Venecia, Innsbruck, Luxemburgo...

La segunda vez que me encontré con una chica pelirroja fue varios años después en una fiesta de carnavales. Disimulando mi timidez y con una mano en el bolsillo del pantalón me acerqué a sacarla a bailar. No nos separamos en toda la noche. Después de aquella fiesta volví a ver alguna vez su pelo que se encendía a la salida de algún cine pero no llegamos a hablarnos, pertenecíamos a barrios y grupos de amistades distintas. Al cabo de poco tiempo yo partiría a estudiar a España.

Décadas más tarde volví a Lima casado, y una tarde que llevé a mi hijo de tres o cuatro años a una especie de reserva animal con restaurante, piscina y juegos infantiles, me encontré con la tercera pelirroja que ha intervenido en mi vida. Era una mujer joven que se me acercó cuando estaba con mi hijo en los columpios para preguntarme si me acordaba de ella.

-Sí, por supuesto-, le repondí mintiendo.

Pero ella advirtiendo mi desconcierto me ayudó:

-Recuerdas... la fiesta de carnavales de 1957 en el club Terrazas.

-Claro, cómo no me voy a acordar, allí es donde nos conocimos- Le dije recobrando mi seguridad.

-Bueno, no exactamente-, me corrigió-. Nos conocimos mucho antes, yo de niña vivía en San Isidro cerca del Olivar y un día te vi pasar por la calle.

Sólo atiné a confirmar a modo de pregunta lo que recordaba:

-┐Eras tú la niña que vi en el balcón?

-Si- me respondió divertida, pestañeando nerviosamente.

-Pero yo pasaba por allí todos los días y cómo es que no te volví a ver.

Entonces ella sonrió como la primera vez para decirme:

-Pero yo sí a ti, cuando tú pasabas yo estaba detrás de los cristales y cuando me sacaste a bailar en el Terrazas te reconocí pero me dio vergüeza decírtelo. Ahora ya no.

Nos quedamos en silencio.

-Mira, esta es mi hijita-, terminó, señalándome una niñita pelirroja que se bajaba de un columpio. Y desapareció con ella sonriendo.


                        INDICE_____________________SIGUIENTE CAPITULO

PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003