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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

la calavera

Creo que ya te he contado que mi padre era el cónsul de Bélgica en Lima, exótico cargo que él desempeñaba bastante dignamente. Entre sus cometidos estaba el de agasajar a los connacionales de cierto renombre que llegaban hasta el Perú atraídos por las alturas de Macchu Picchu. Ocasiones que mi madre aprovechaba para lucir, en un mestizaje aleccionador, la mantelería holandesa con la vajilla de plata peruana. En esos años desfilaron por mi casa personajes de lo más pintorescos. La historia de la calavera ocurrió entonces, cuando éramos muy niños y tan inmaduros como ahora.

Resulta que en una de nuestras incursiones ciclistas por los arenales del sur de Lima encontramos una calavera que parecía reirse. La recogimos, la limpiamos y le pusimos un cigarro entre los dientes. La colocamos encima de nuestra mesa de estudio y le acariciábamos el cráneo mientras hacíamos los deberes escolares. Mi madre no podía comprender el cariño necrófilo que demostrábamos por nuestra risueña antepasada y cada vez que entraba a nuestro cuarto se asustaba. Desde entonces la calavera fue dando tumbos por distintos lugares de mi casa hasta llegar a su fatal destino. Primero la llevamos al cuarto de lunas donde nos servía, con una vela encendida en su interior, para nuestras sesiones de espiritismo con la ouija. Nunca ocurrió nada hasta que un amigo ordenó que se presentara el espíritu de la calavera. Entonces se oyó un ruido como si dos locomotoras hubieran chocado en la azotea. Nos asustamos. Le acariciamos el cráneo y nos la llevamos al jardín. Mi hermano Carlos pensó inteligentemente que si la escondíamos entre las plantas el perro podría confundirla con un hueso cualquiera y roerla. Por eso la pusimos encima de una pared medianera. La verdad es que era un sitio discreto y pasaba desapercibida entre el jazmín y el manzano.

Carlos, dentro del caos de su imaginación, es muy previsor. Cuando años más tarde se fue a trabajar a la selva, se llevó en el bolsillo las cartas ya escritas para todos sus amigos porque preveía que a orillas del Amazonas no iba a tener tiempo ni ganas de escribirles. Lo curioso es que cuando llegó a Iquitos comprobó maravillado que la flora y la fauna eran exactas a como él las había descrito antes de salir de Lima, pero lo más curioso es que los pájaros fantásticos que él se había inventado existían realmente y cantaban exactamente igual como lo había imaginado. Fue un caso de videncia topográfica de la que se sintió muy orgulloso y cuando regresó trajo bajo el brazo un pájaro indescriptible para demostrarlo (otro día te contaré la historia del tucán). Pero con la calavera, Carlos falló totalmente en sus previsiones.

El error se debió a que ninguno de nosotros dos cayó en la cuenta que la ventana del baño de arriba daba para ese lado del jardín y que cuando se encendía la luz se iluminaba la parte del muro donde habíamos colocado la calavera.

Los visitantes belgas que venían a cenar con frecuencia al consulado eran normalmente sometidos a diversos test físicos y sicológicos. Uno de ellos, en el que nosotros no teníamos arte ni parte, era la prueba gastronómica de comida criolla.

Cuando ocurrió lo de la calavera mi abuelo también había muerto y Maricucha había pasado a vivir con nosotros y se encargaba de la cocina. Ella, haciendo alarde del caracter alegre de su raza negra, se esmeraba en preparar unos ajíes de gallina bien picantes, que las visitas extranjeras, con encomiable espíritu de sacrificio y buena educación se comían hasta el último arroz soltando unos lagrimones que sólo he vuelto a ver en las vírgenes sevillanas de Semana Santa, mientras mi madre azorada, les recomendaba en su mejor francés comer mucho pan para calmar los ardores de sus maltratadas gargantas.

Maricucha, muerta de risa, aprovechaba para asomar sus ojos blanquísimos y su perfecta dentadura tras las ventanas que daban al jardín y disfrutar del espectáculo. A veces, alguna visita descubría su figura fantasmal tras los cristales y mi padre tenía que inventarse toda una teoría sobre el espíritu de curiosidad ante lo europeo que demostraba el servicio doméstico en esas latitudes. Todo eso entraba en el cupo de exotismo que se le podía conceder a un cónsul transocéanico.

Una noche que mis padres recibían a dos matrimonios supuestamente emparentados con la Casa Real belga ocurrió algo imprevisto. Nosotros escuchábamos desde nuestra habitación la animada conversación en francés de las visitas, lo que nos indicaba que ya habían superado con éxito la prueba del ají de gallina de Maricucha y que la reunión se desarrollaba sin mayores incidentes, cuando a Carlos se le ocurrió hacer pis. Yo lo vi desde la cama dirigirse al baño. Exactamente en el mismo momento que encendió la luz se oyó un alarido largo y luego un silencio corto y preocupante, seguido del trajinar alborotado de mis padres en el comedor: una de las señoras no había logrado resistir la aparición de la calavera con su risa alumbrada sobre el muro y se había desmayado. Menos mal que rápidamente pudieron reanimarla dándole una infusión muy cargada que ella examinó con desconfianza hasta que se convenció que era legítimo té Hornimans. Sentada nuevamente a la mesa rechazó amablemente los riquísimos "Suspiros de limeña" que Maricucha había preparado como postre y se consoló comiéndose toda la caja de bombones de chocolate Godiva que ellos mismos habían traído de regalo. Si esa noche mi padre no perdió su puesto de cónsul en el Perú sería porque el espíritu de la calavera y sus amigos del ministerio de AA.EE. de Bruselas lo protegieron.

Al terminar el ágape, mi padre, sin respetar nuestra experimentada simulación de sueño, nos cogió por el cuello y nos conminó a deshacernos de la calavera en un plazo máximo de veinticuatro horas.

A la mañana siguiente empezamos la infructuosa búsqueda de un hogar adecuado para nuestra calavera. Eramos concientes que no se pueden abandonar los restos humanos como quien tira una cajetilla de cigarrillos y mucho menos habiéndoles cogido tanto cariño. Pensamos en mi tío Julio, uno de los hermanos menores de mi madre, gordito, simpático y aficionado a contar chistes. Sin lugar a dudas la familia de mi tío Julio podía ser la ideal para nuestra calavera. La embalamos cuidadosamente en una caja de sombreros de mi madre y le dejamos puesto uno verde que a ella no le gustaba. Inventamos una frase graciosa que de verla Shakespeare nos la habría plagiado para alguna de sus obras, decía: "Mírate en mí como en dos espejos" y se la pegamos con cola arábiga en la frente. Seguidamente la envolvimos en papel de regalo y nos fuimos en tranvía con nuestra caja a Barranco donde vivía el tío Julio.

Ya frente a su casa discutimos sobre el método a emplear para entregársela. Lo sencillo hubiera sido dejarla en la puerta, tocar el timbre y salir corriendo. Pero Carlos prefirió algo más emotivo y le propuso a una vieja con cara de bruja, que en ese momento pasaba por el malecón, pagarle un billete de diez soles si entregaba la caja diciendo respetuosamente: "Un regalo para el señor".

Nos escondimos tras un árbol del paseo y comprobamos que la vieja cumplió escrupulosamente su cometido con frase incluída y luego salió nerviosamente en dirección opuesta. Con lo que no podíamos contar era con las justificadas reacciones paranoides de mi tío Julio que al comprobar el contenido de nuestro anónimo regalo sufriera poco menos que un infarto.

Al día siguiente pudimos leer en la sección de sucesos de los periódicos:

"Amenazan de muerte al Dr. Julio Granda. Anciana le entrega una calavera con misterioso mensaje. Se baraja la posibilidad de que los responsables pertenezcan a la mafia china de la capital, en la que recientemente se han producido varios casos de homicidio, aunque el Dr. Granda niega cualquier relación con la colonia asiática. La calavera ha sido requisada y permanecerá en la policía hasta que se averigüe su identidad y las circunstancias del óbito que la produjo".

Como ves, el destino de nuestra calavera fue trágico, terminó presa.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003