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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

el tucán

El estrafalario pájaro que trajo mi hermano Carlos de Loreto era un tucán, al que pusimos por nombre Timoteo. Era negro, con el pico más grande que el cuerpo y una seriedad inquietante.

Para que el exótico pájaro se pudiera sentir a gusto en mi casa teníamos que resolver ciertos problemas técnicos. Cómo se llevaría un tucán selvático con los animales domésticos de mi casa: el perro, la lora, el canario, las gallinas y los gatos mediopensionistas que se acercaban después del almuerzo? No solamente porque el perro, que siempre supo reirse con toda la mandíbula, se burlara de su enorme pico, sino que además porque suponíamos que el amazónico tendría costumbres diferentes.

Inmediatamente notamos que el recién llegado iba a traer consigo un nuevo reparto de territorios familiares. Nuestra primera intención de meterlo en el gallinero fracasó porque las gallinas claramente demostraron su rechazo al intruso. El tucán no paraba de dar saltos entre ellas con las dos patas juntas y de mirarlas desde todos los ángulos "claqueando" su enorme pico bananero. Ellas se quejaban de sentirse asediadas por un don Juan de luto con un cacareo contínuo. Así pues, decidimos hacerle un corralillo aparte en el sitio que mi padre acostumbraba a guardar su bien conservado Ford Coupé de 1948. (Ese modelo tenía un maletero que se convertía en asiento a la intemperie donde de niños viajábamos los tres hermanos como si fuéramos los tres sobrinos del pato Donald).

Esto dio lugar a nuevos problemas. El vecino más travieso del barrio, Chamorro, aprovechaba que el auto se quedaba en la calle para subirse al estribo y jugar con el espejo retrovisor lateral, orgullo de la técnica de la época, que mi padre graduaba delicadamente con un manubrio desde el interior. Optábamos por soltarle el perro para que lo correteara por el barrio, pero el "notentiendo de pelo duro" que teníamos como arma defensiva a ras del suelo, solía terminar haciéndose amigo de Chamorro e intentaba quedarse con él, lo cual nos provocaba una frustración indefinible.

Maricucha, como buena pisqueña, tierra que ha dado al Perú los mejores cajoneros de música criolla, fue la primera en captar que se estaba perdiendo el ritmo hogareño desde la llegada del tucán.

-Este pájaro parece de mal agüero-, sentenció -es como el señor Timoteo- agregó.

Timoteo era un primo lejano, violinista de profesión, que se presentaba a comer en cada cumpleaños. La familia contaba con ochentaisiete miembros y de esta manera Timoteo comía gratis gran parte del año. Traía un xilófono en una bolsa y lo utilizaba para acompañar el "Happy birthday" correspondiente. Después del almuerzo nos contaba las increíbles aventuras que le habían sucedido los días que no comía. Los objetivos vitales de Timoteo estaban fuera de nuestras realidades cotidianas. Aspiraba a dar un concierto en Buckingham Palace y casarse con la hermana de la reina Isabel. Mientras tanto malvivía entre parientes. Timoteo tenía una característica que impedía tomarlo a broma: tenía fama de que por donde pasaba ocurría una desgracia, pero nosotros, después de escuchar sus historias, estábamos convencidos que las desgracias sólo le ocurrían a él, que su mala suerte lo perseguiría por donde fuera. Sin embargo, ni siquiera esa preocupante singularidad le restaba simpatía. Timoteo era a la vez fúnebre y festivo, aspectos que Maricucha había captado de inmediato en el pájaro negro.

El tucán quedó así bautizado con el nombre del primo, pero no por eso el malestar familiar dejó de aumentar cada día. La lora dejó de hablar, las gallinas de poner huevos, el perro se escapaba para irse con Chamorro, nos robaron el canario, los gatos ni se acercaban...

Mi tía Viliate miraba a Timoteo con justificado recelo y también ella de negro y nariguda, empezó a espaciar sus incondicionales visitas a mi casa hasta que dejó de venir del todo y de traer sus manjarblancos caseros en cajitas de madera. Pensamos que no quería exponerse a ofensivas comparaciones.

Mientras tanto Timoteo se había ganado nuestro aprecio, pero su presencia en el entorno familiar se hacía cada vez más difícil, se le echaba la culpa de todo lo malo, aunque Maricucha le diera en secreto raciones extra de comida. Nos causó pena cuando nos vimos obligados a ir al pequeño zoológico que había en el parque de la Lagunita con la intención de buscarle un nuevo hogar.

Por las noches, segun soplara el viento, oíamos el reventar de las olas en la playa mezclado al ruido de la cadena del elefante que vivía atado por una pata a un puntal de cemento. Ambos sonidos nos llegaban con la misma cadencia.

Cuando lo ofrecimos al zoológico, el encargado rechazó hacerse cargo de Timoteo. No tenían presupuesto para darle de comer a los animales, vivían de la caridad de los viandantes y vendedores de globos. Vimos al elefante, famélico, con su grillete, que como los payasos de los circos doblaba una rodilla al tiempo que se quitaba un sombrero imaginario con su brazo-trompa, una y otra vez... sacudiendo la cadena.

Esa noche volvimos al parque. Desechamos nuestra primera intención que era la de liberar al elefante y a los neuróticos jaguares, pero vimos que podíamos abrir la gran jaula de las aves amazónicas. El elefante se quedó quieto por primera vez en muchos años para no delatarnos y a la madrugada siguiente el cielo de Lima se llenó de loros parlanchines, papagayos multicolores y nerviosos periquitos que volaban como palomas entre las torres rajadas de las iglesias para confusión de naturalistas y sorpresa de adolescentes. Pero Timoteo aún continuó con nosotros durante largo tiempo.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003