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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

los chunchos

Desde dentro, se veía como una lámina de arquitectura de principios de siglo, limpia, bien delineada. A ras del patio y en el piso superior había columnas anchas, imitando granito, ordenadas a todo alrededor, como un Partenón cóncavo, dando acceso a las aulas. Era una masa de cemento, asfalto, ladrillo y algunos azulejos en el vestíbulo de la entrada en recuerdo de una Sevilla mariana que inspiró el nombre del colegio. Pero no había ni un árbol, ni una simple planta, nada verde. Se decía que el padre Porfirio cuidaba una maceta de geranios en su ventana, nadie llegó nunca a comprobarlo; por otro lado, se sabía que quería criar palomas pero no se atrevía porque los de Malambito vendrían a matárselas. Por el momento, los únicos animales visibles eran los gallinazos que se apostaban en hileras negras al filo de los tejados, a observar los recreos colegiales.

Una tarde, después de clases, había mayor alboroto que de costumbre. Algunos jugaban a medias al fulbito y se iban para los garajes por lo que pudiera suceder, paralizando el juego, con la pelota en la mano y el resto protestando. Los de quinto de media se habían enterado que como a las seis de la tarde llegaría un misionero que estaba en el Amazonas y que traería dos aguarunas auténticos. Por eso, al abrirse el portón y entrar el jeep-camioneta embarrado de lodo supuestamente selvático, todos corrieron a rodearlo y a observar a sus ocupantes. Se detuvo al lado de la pared de la iglesia que servía para jugar al frontón. El misionero, con enorme barba blanca que se enterraba en su también blanca sotana, iba delante al lado de Pachas, el conductor que los había ido a buscar.

-Detrás están los chunchos- dijo Piqueras.

Eran dos individuos, de pelo largo y lacio, en taparrabos, pintadas sus pieles con colores vivos, estáticos pero intranquilos, agarrados a unas pequeñas lanzas que cabían verticalmente en el vehículo.

-Uno es mujer, mírale las tetas que tiene.

-Pero tiene cara de hombre.

-Es que la estás viendo sin arreglar- terció Kleishmann, sin dejar de jugar con la pelota.

Al cabo de pocos minutos la gente se empezaba a arremolinar y los aguarunas eran blanco de todo tipo de comentarios. También sorprendía ese cura barbudo, con una expresión distinta a la del resto de religiosos del colegio, que trataba con amabilidad a los dos visitantes traídos de la Montaña, moviéndose con una jaula que no sabía dónde dejar en la que traía loros, tucanes y unas aves sin nombre que silbaban. Los indios disimulaban el pánico que les producía el griterío a su alrededor, habían bajado del todo-terreno manteniéndose en silencio al lado de la puerta, inmóviles, agarrados a sus mini-lanzas, casi apoyados el uno en el otro.

-Ese se parece a Villarán. Dónde está Villarán?- gritaba Piqueras saltando en su pierna buena-, oye, ha llegado tu primo, salúdalo, dile algo, bésalo, abrázalo, es tu primo el salvaje.

El misionero los protegía sin sonreir, no son salvajes, decía, se llaman Justo y Rufina, como temiendo que les pasara algo. De pronto vimos aparecer la pelota de fútbol por encima del jeep y dirigirse certeramente a la cabeza de uno de los aguarunas. Se le escapó a Kleishmann? Se la tiró por joderlos? Los indios, al recibir el golpe, salieron corriendo como jaguares, cruzaron el patio en dirección a las aulas, treparon por las columnas sin desprenderse de las lanzas, mientras todo el colegio los perseguía. Hasta Piqueras iba detrás con su sonora cojera. El misionero dejó la jaula en el suelo y corría entre todos diciéndoles palabras en su idioma. Kleishmann fue el único que se quedó mirando, poniendo un pie encima de la jaula y con ganas de encender un cigarrillo. Los indios llegaron al tejado, corrieron espantando gallinazos, y desaparecieron por detrás.

Esa noche, cuando la policía abandonó la búsqueda, se lamentaba el misionero:

-Queremos darles una educación, que convivan con nosotros, son los mejores de la tribu, para después volverlos a llevar a la selva y que les enseñen a los demás.

Tres días estuvieron rastreando Malambito, desde el jirón Chancay hasta la avenida Tacna, "más lejos no han podido llegar", decía el comisario. Pero no encontraron sus huellas.

 

 


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003