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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

el billar

Te contaré ahora las cosas que sucedieron después de la llegada de los chunchos:

El tapiz era verde, uniforme, perfectamente liso. Las bolas se deslizaban rebotando silenciosamente en las bandas laterales, sólo al chocar entre ellas se oía como un estallido seco. Cuando Tacatá, el más aficionado al billar desde que lo instalaron, conseguía los dos golpes que marcaban una carambola, se apoyaba en el taco levantando un poco su pierna más corta y no podía reprimir una sonrisa de superioridad. La mesa había sido colocada debajo de la luz, en el centro. Era una sala espaciosa, fresca, que alguna vez sirvió de laboratorio de ciencias naturales y aún quedaba una estantería con frascos de serpientes en alcohol, un halcón disecado por el hermano García y algunos libros abandonados. A ella se podía entrar directamente desde la calle por una puerta metálica. Los sábados y domingos la utilizaban para la catequesis de los niños de Malambito. Las ventanas, altas y estrechas, estaban pavonadas con un blanco mate para que nadie pudiera aguaitar desde afuera. Por el otro lado, desde el colegio, se podía entrar a través de una puertecita de madera, más propia de un pequeño cuarto de limpieza que del amplio salón que encerraba.

La tarde que llegaron los aguarunas, algunos se quedaron rondando por el patio, con la curiosidad de saber si los habían encontrado.

-¡Qué pendejos los chunchos, estaban deseando salir corriendo!- dijo Carlos Kleishmann.

-No seas hijo de puta, Loca, que yo ví que les tirabas la pelota por joderlos- respondió Javier Piqueras, sentados los dos en la puerta de los baños.

El patio ya se había quedado en silencio. Kleishmann lo miró fijamente para intimidarlo y luego sonrió. Las últimas voces, cerca de la puerta principal, se confundían con el chirrido de los tranvías en la calle. Las luces de las aulas se habían ido apagando. Al último que vieron pasar como a un fantasma por la galería del segundo piso fue al padre Galves.

-Te juro que no fué por joderlos, Javier- le dijo poniéndole la mano en la espalda-. ¿Qué te parece si jugamos unas carambolitas ahorita mismo?- añadió.

Sólo se permitía utilizar el billar en las horas de recreo, pero ellos habían descubierto la manera de abrir la pequeña puerta de madera para introducirse en cualquier momento. Piqueras se levantó con dificultad y siguió a distancia a su amigo, debido a la maldita cojera que le impedía correr como los demás. A pesar de la oscuridad se podía ver su figura haciendo rítmicamente un movimiento mecánico como si a cada paso se cayera hacia un lado y se agarrara del aire. Al cruzar la cancha roja de basket, el movimiento se acompasó con un ruido metálico, como de una espuela, que producía su zapato ortopédico contra las losetas.

El padre de Javier Piqueras había fallecido hacía poco tiempo. Para la mayoría de los compañeros de clase, el entierro de su padre supuso la primera vez que entraron a un cementerio. Desfilaron ante la lápida de cemento sin fraguar para darle el pésame a la familia, espantándose los mosquitos, algunos conteniendo la risa, otros serios y tiesos, hubo alguno que besó a la madre. Ella era una mujer rubia, aparentemente muy joven, todavía bonita, que se había empeñado en ir al cementerio. La reconocimos posteriormente en el colegio, cuando venía para interesarse por los estudios de su hijo, al principio de medio luto, después ya muy arreglada, con colores que le sentaban muy bien.

-Apúrate Tacatá- le gritó Kleishmann, que estaba a punto de forzar la puerta.

Javier aceleró el ritmo de sus sonoras pisadas. Kleishmann abrió la pequeña puerta de la sala de juegos de un sólo golpe y encendió la luz. Sobre el verde tapiz de la mesa de billar vió al padre Galves, como recostado para hacer una carambola complicadísima, pero por debajo de sus brazos asomaba una cara femenina, rubia, bonita. Los dos con una expresión de terror que Kleishmann sólo recordaba haber visto en las películas de guerra. "¡Pucha, es la madre de Tacatá!", pensó. Apagó la luz inmediatamente. Le dió el tiempo justo de cerrar la puerta antes de que llegara Piqueras y se detuviera a su lado como dando una patadita a una pelota de ping-pong con su pierna floja.

-¿Qué pasa, por qué no entramos?- preguntó.

-No piensas más que en el billar, Taca, eres un vicioso del taco, ja ja; ya no quiero jugar, te lo dije sólo por joder- le respondió.

-Eres una cabrona, Loca, me has hecho hasta correr por las puras- le iba gritando Javier mientras le perseguía jadeando por todo el colegio.

Carlos dejó que su amigo se acercara.

-¡Javier!- le dijo en tono sombrío.

Piqueras se sintió incómodo porque sospechó que quería hacerle una confidencia y apoyó la puntera del zapato ortopédico en la tierra para no desequilibrarse.

-¡Qué!

-Que de golpe me han dado ganas de emborracharnos, carajo.

-¿Por qué?- preguntó Javier con desconfianza.

-No sé, Taca. A veces uno descubre que la vida es muy jodida.

-No te entiendo, hermano. ¿Qué te pasa? ¿Ahora me vas a venir con cojudeces sobre la vida?

Carlos se contuvo, no quiso aclarar nada.

-Tienes razón- admitió-, son cojudeces mías. ¿Qué te parece si nos tomamos unas cervezas y después nos vamos a visitar a unas hembritas que yo conozco?

-¿Putitas?

-Claro, huevón, las del "Salón de Belleza".


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003