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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

 

la casa de César

Había terminado un día más, gris, nublado, del color del cemento o del adobe viejo. La noche caía de golpe, sin crepúsculo. La garúa empezaba a humedecer las polvorientas paredes. Antes de que se construyera el edificio del jirón Chancay, desde la azotea de la casa de César, se podía divisar hasta el puerto del Callao.

En una caseta construída con materiales de derribo, entre antenas verticales que estorbaban a doña Margarita para tender la ropa, se encendían unas lucesitas rojas y anaranjadas intermitentes:

-CQ CQ CQ - aquí OA7CRT - OA7CRT - adelante -cambio.

El mundo radiofónico de César consistía en varios receptores, y una emisora de onda corta. Tan pronto escuchaba las noticias nacionales como iniciaba una comunicación con sus amigos radio-aficionados o intentaba captar una conversación entre los pilotos y el aeropuerto. Pero lo que más le preocupaba desde hacía unos días era una voz que se solapaba con cualquier comunicación y que hablaba de la selva, del Amazonas, pidiendo, exigiendo, que no se exterminara la naturaleza. César creía reconocer en ella la voz de su abuelo y lo admitía como probable ya que pensaba que todos sus aristócratas fantasmas continuaban viviendo en su casa y su abuelo, aunque en vida nunca se preocupó por las plantas ni los animales, parecía que había descubierto en el otro mundo algo trascendental sobre el medio ambiente que quería comunicarle.

César intentó nuevamente establecer una comunicación por onda corta mientras escuchaba las declaraciones de Mauro Mina en un programa deportivo de radio Victoria:

-Si no llegué a campeón mundial de los pesos pesados era porque no comía lo suficiente... en cambio los gringos, carajo....

A continuación dieron la noticia de los dos aguarunas escapados en el centro de Lima, mientras César seguía manipulando

-CQ CQ CQ - aquí OA7CRT - OA7CRT - adelante - cambio.

Un hilo de voz respondió desde la oscuridad, confirmando que había recibido el mensaje. "

-Oye-, dijo César entonces-, ayer se ha vuelto a repetir el fenómeno que te conté, te lo juro, estaba en el aire cuando oí la voz de mi abuelo, era él, seguro, no era una interferencia, me quería decir algo de la selva, no sé qué mierda me decía de los peligros, del futuro de la Amazonía, no se le entendía bien, era una voz como de ultratumba. Lo tengo grabado, te lo puedo poner para que veas que no te estoy truqueando. Espera, lo estoy escuchando otra vez, es algo raro, como un murmullo, pero esta vez no viene por las ondas, es aquí mismo, en la azotea de mi casa.

César se levantó y se asomó al patio por la barandilla de la escalera. "¿De dónde diablos viene el ruido?" Vió que una ventana del "Salón de Belleza" de abajo permanecía encendida. Allí estaba Florita, en bata, con el pelo suelto. "Está con dos tipos, la desgraciada", esperó a que se movieran para verlos mejor, "¡Qué pendejos, son dos del colegio y ni siquiera se han quitado el uniforme!" Apareció también Betsy y abrazó al que cojeaba antes de apagar la luz. De allí no provenía ningún ruido, y de la casa de los Cheng tampoco, los chinos eran los más silenciosos de todo Malambito y sus gatos no hacían bulla nunca. ¿De dónde, pues?

César volvió hacia su cuarto buscando una explicación a los ruidos. En la sombra del gallinero sin utilizar distinguió dos bultos, latiendo, ahora en absoluto silencio. Fué por la linterna e iluminó el suelo produciendo un efecto flash apagándola inmediatamente. En el destello, creyó haber visto dos figuras, al fín dos de sus antepasados que se hacían visibles: los bisabuelos Gabriel y Rosaura, que según cuentan ella era muy alegre y sensual. Él tenía los ojos vivos y brillantes, tal como el pintor los había plasmado en el cuadro de la sala. Adivinó sus largos bigotes castaños sobre una barbilla afeitada con esmero. Y la bisabuela Rosaura, con aspecto demasiado saludable para llevar muerta desde principios de siglo, la había visto hasta regordita y bronceada, con un escote amplísimo impropio de la época en que vivió. Volvió a encender la linterna para comprobarlo, temiendo que hubieran desaparecido y se quedó perplejo ante dos extraños seres en taparrabos que nada tenían que ver con los fantasmas de sus antepasados, eran de carne pintarrajeada y huesos angulosos, oscuros, asustadísimos, abrazados, llorando, acurrucados, cagándose, que al enfocarlos directamente levantaron un poco el brazo evitando el haz de luz en los ojos.

-¿Y ustedes quién mierda son?- les preguntó.

Ellos respondieron con un susurro, escondiendo la cabeza.

-¡Carajo con el viejo, ya no me habla de la selva, ahora me manda chunchos!


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003