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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

 

Rufina

Te seguiré contando las cosas que les sucedieron a los chunchos:

Ella descalza, tratando de adaptar sus dedos a la deshilachada alfombra, dicen que persa, de la sala. Él apretando el prominente estómago, inclinándose para adelante, en actitud respetuosa, como esperando el veredicto.

-Si los botamos, allí abajo los van a matar, se los comen, mamá, eso es peor que la selva- dijo César señalando las calles de Lima por el balcón.

-¡El colmo!- respondía doña Margarita-, no sé porqué aguanto tanto en esta casa, con todo lo que nos pasa, rodeados de burdeles y míseras oficinas, asediados por mendigos y vendedores ambulantes, invadidos por fantasmas sucios, y ahora me traes además dos chunchos. ¡Lo que nos faltaba, Cesítar! Tengo que aguantar tambien dos salvajes de taparrabos dentro de mi propia casa.

-Es que en la calle los matarían como a gatos, mamá- le repitió César más suavemente-. Si nos mudáramos a Miraflores, como van a hacer los chinos de la peluquería de aquí abajo, no nos pasaría esto.

-¡Qué sabes tú!- exclamó doña Margarita haciendo gala de la sorprendente intuición femenina para las desgracias-. Además- continuó-, yo no tengo plata para mudarme hijo, y por este caserón viejo, en pleno centro, no nos darían ni un centavo, ¿quién iba a querer comprarlo, pues? Pregúntale a los curas cuánto les dan por su colegio de aquí al lado: una porquería y el colegio ocupa toda la manzana y ellos saben negociar y se quieren ir de aquí de todas maneras, ya tienen los terrenos comprados en Monterrico para construir el nuevo colegio, aquí sólo van a dejar la iglesia de santo Toribio, dicen-. Y ya más calmada continuó-, nada menos que dos chunchos de la selva.

-¿Sabes cocinar?- miró a Rufina.

-¿Y tú qué sabes hacer?- preguntó cambiando de tono y mirando a Justo de una forma que César no quiso reconocer como pícara en su madre.

Los únicos miembros vivos de la familia Vásquez de Vergara (Vázquez escrito con "s" por orgullo patrio) que continuaban habitando esa casa, eran doña Margarita y su hijo César, aunque él estaba convencido que convivían tambien con las ánimas de su extensa familia desaparecida. La fortuna familiar había ido menguando en los últimos años y habían decidido obtener una renta adicional arrendando las partes desocupadas de la casa.

En la planta baja, habían alquilado la cochera para guardar carretas de anticuchos y raspadillas, el zaguán lo compartían una pulpería y un quiosco de prensa y revistas, en dos o tres pequeños cuartos que daban para la calle había: una chinganita, un zapatero que trabajaba directamente sobre los zapatos puestos de sus clientes y un local vacío y maloliente que había estado ocupado por la peluquería del padre de Félix que acababan de desmontar. La primera planta, a la que se subía por la escalera del patio (después de esquivar innumerables vendedores ambulantes en permanente movilidad) había sido sucesivamente fraccionada para obtener un número variable de negocios-viviendas, que doña Margarita prefería ignorar, porque tenía fundadas sospechas que algunos de ellos no eran salones de belleza ni academias de baile como rezaban los carteles de las puertas, sino prostíbulos clandestinos que no guardaban las más elementales condiciones de higiene. La familia se había reservado el piso superior y la azotea, guardando bastante independencia del resto, excepto la cocina que estaba ubicada en el piso inferior. "No nadamos en la abundancia, Cesítar, pero gracias a Dios no nos falta de nada", decía doña Margarita. Y es que los alquileres de las tiendas y oficinas, aunque económicos, les permitían continuar viviendo con cierta holgura.

-Chunchita, ¿quieres hablar con tu tribu?- le preguntó César una noche acercándole mucho la cara y asustándola un poco, a pesar de que Rufina era silenciosa y aparentemente tranquila. "Sin nervio", decía doña Margarita.

Sin embargo César creía advertir en su interior una sensibilidad excepcional. La había observado escuchando la radio, apoyando sus recios muslos en el fregadero y marcándosele bajo el vestido sus glúteos redondos. La expresión tensa de su rostro y los pequeños movimientos de sus nalgas, denotaban que resonaban en sus fibras con intensidad, el dolor y la alegría, el odio y la ternura, administrados exageradamente por los declamadores radiofónicos. Esa noche, al oir la pregunta de César, se había detenido en el rellano.

-¿Puedes?- preguntó a su vez.

-Claro Chunchita, no ves que con mi emisora puedo llamar a cualquier parte del mundo.

-¿Seguro?- indagó ansiosa.

-Ven, sube- le dijo-, para que veas.

Ella lo siguió, apoyando sus pies descalzos con cuidado en el último tramo de la escalera que subía a la azotea para que no crujiera.

-La Misión tiene también emisora- dijo ella-, sor María sabe utilizarla.

César movía los mandos con precaución:

-CQ CQ CQ - aquí OA7CRT...

Una vez establecida la comunicación se oyó una voz femenina, bien timbrada, enérgica, que respondía por las ondas:

-Aquí la Misión. Cambio.

-¿Santa Rosa? Cambio.

-Santa Rosa de Quives-, confirmó.

-Sí, sí, es sor María- exclamó Rufina.

-Acércate- le dijo César-, ponte los auriculares para que escuches mejor, agáchate un poquito.

-Quiero regresar, madre-. Decía ella.

-¿Pero quién eres? ¿Quién eres? Cambio-, se oía la voz de sor María.

-Soy Rufina, madre, Rufina.

Mientras tanto César le levantaba el vestido por detrás.

-Agáchate un poquito más.

-Soy la Rufi, madre, quiero regresar a la Misión.

-¿Pero dónde estás, Rufi, dónde estás? Cambio.

-Aquí, madre, en Lima, pues.

-¿Pero dónde? Dime exactamente dónde. Cambio.

Rufina se quitó los auriculares de un manotazo, se bajó la falda y salió corriendo hacia su cuarto. Fue la primera vez que lloró en Lima. En ese momento empezaba a escucharse la interferencia de un programa de radio Loreto, que entre zumbidos distorsionaba la onda corta: "Hay que salvar la Amazonía, las verdes selvas, sus árboles, sus caudalosos ríos, al jíbaro y al kayapó, al yanomami y al carajá..."

-¿Eres tú, abuelo? Preguntó César tímidamente abrochándose los pantalones, pero la interferencia había desaparecido y se volvía a escuchar nítidamente a sor María:

-¿Cómo, cómo? ¡Rufi, Rufina...!

El milagro lo hizo doña Margarita, aunque el mérito y los honores se los llevara San Ignacio de Loyola, a quien le hicieron las rogativas. La que realmente había salvado a los indígenas de morir de pánico, acurrucados en el gallinero, había sido la madre de César que los reintegró a la vida, les dio ropa y les cortó el pelo. A Justo lo dejó como a un atleta griego y lo contemplaba orgullosa, y Rufina quedó como una precursora de las hippies.

Al cabo de pocos días, doña Margarita recibió una llamada por teléfono del padre Prefecto del colegio. Quería que le devolvieran los indígenas, que sabía que vivían en su casa, que los habían visto en la azotea.

-No hay el menor inconveniente- contestó doña Margarita-, se los enviaré con mi hijo César. Se los hemos civilizado un poquito- añadió-, ya van vestidos de personas.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003