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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

el festin de los gatos

Creo que ese día llegué a entender lo que le sucedió a nuestro antiguo vecino, el atrabiliario capitán de marina Eleurico Salgón. Estábamos sentados Félix "Comopuele" y yo en un muro bajo de la calle Manco Cápac cuando encontré su foto sobre el asfalto. Era pequeña, de tamaño carnet, debajo de la suciedad se distinguía que se la había tomado en uniforme de gala. La figura había sido atravesada por varios alfileres oxidados: dos de ellos se hundían en sus ojos y otro en la frente.

-Mira lo que le han hecho a nuestro vecino- le dije a Félix mostrándole el retrato y tratando de retirar los alfileres.

Félix, apodado "Comopuele" desde que su familia llegó a Miraflores, la miró como si ya la conociera y se limitó a decir:

-El alfiler del centro lo tiene clavado justo donde nacen los pensamientos.

Cuando el señor Cheng terminó de instalar su nueva peluquería en el Correo Viejo de Miraflores se dedicó a buscar una vivienda cercana a su negocio. Las autoridades municipales habían dividido las vetustas dependencias postales del antiguo balneario en pequeñas tiendas para arrendárselas a los comerciantes del barrio. El señor Cheng montó su local al más puro estilo del gremio: un par de puertas batientes de vidrio y un letrero en forma de lápiz con una espiral roja marcaban su territorio. A continuación buscó una vivienda no lejos de su negocio y encontró en alquiler la casa que nosotros habíamos dejado desocupada en la calle Manco Cápac, cerca a la avenida Larco. El dudoso estilo modernista de la construcción, con balcones redondos y ojos de buey era lo que le daba aspecto de barco, de barco de cemento varado en un minúsculo jardín que se vería obligado a compartir como lo habíamos hecho nosotros varios años, con el capitán de fragata retirado, conocído en el barrio por su caracter iracundo: Eleurico Salgón.

El marino vivía en la parte de popa del inmueble y el señor Cheng alquiló nuestro lado, que correspondía a la proa. Para el traslado de sus enseres contrató un camión pequeño de "Mudanzas Laines" que llegó puntual, a las siete de la mañana, a la puerta de su antigua vivienda en Malambito, conducido por el propio Manuel Resurección Laines. Hasta entonces habían vivido en el piso superior de esa ruinosa casa propiedad de la familia de César, y el negocio de la peluquería lo había tenido montado en uno de los locales de la fachada. En el "capitoné" de Laines cargaron los muebles más voluminosos: el comedor de madera lacada en negro, los sillones tapizados en sedas de vivos colores, las camas de bronce... Del resto del mobiliario se ocupó un grupo de amigos de la calle Capón que fueron llegando en todo tipo de vehículos dispuestos a ayudarle en la mudanza. El dueño del chifa, donde el señor Cheng celebraba anualmente su aniversario de bodas y los cumpleaños de Félix, llegó en una camioneta adornada con la publicidad de su "Restorán La Flor de Oro" y le confiaron el traslado de gran cantidad de cajas de cartón cuidadosamente preparadas y cerradas por la madre y la tía de Félix. Llamaba la atención que las cajas estuvieran agujereadas de forma anárquica como apuñaladas por un loco con un destornillador. En su interior viajaban los cuarenta gatos de la señora Cheng. Ella misma se había encargado de distribuir los animales indicando cuáles podían ir juntos y cuáles no.

El señor Cheng, por su parte, se ocupó toda la mañana de dirigir la operación de amarre de los enseres en los distintos vehículos. Cuando ya no quedaba ningún mueble ni utensilio doméstico en la calle, paseó su mirada por el cierre polvoriento de la peluquería y por las paredes de la casa abandonada para evitar que algo suyo se quedara colgado de un balcón y dió la orden de partida de la caravana hacia Miraflores. El camión de Laines iba delante y los amigos de la colonia china escoltándolo con motos y camionetas. La familia Cheng se introdujo en su viejo Volkswagen, excepto Félix Comopuele que prefirió viajar en la cabina de Laines. Salieron del jirón Chancay rodeando la manzana del colegio, pasaron delante de la iglesia de santo Toribio, desde donde un mendigo saludó con la mano a la señora Cheng conciente que perdía una limosna dominical, y enfilaron por La Colmena hacia el sur.

Serían las doce del mediodía cuando vimos aparecer la caravana por la esquina de la avenida Larco y detenerse delante de nuestra casa de la calle Manco Cápac. A esa hora solía levantarse el capitán de fragata, que aún ignoraba que justo en ese momento se estaba convirtiendo en el principal vecino de la familia Cheng. Algunas personas del barrio se acercaron distraídamente a curiosear a los nuevos inquilinos. A primera vista parecía la mudanza de un anacrónico mandarín, pero si se observaban los bultos con atención se descubría que eran muebles viejos y maltratados que seguramente habían sido vendidos y revendidos innumerables veces en la calle Capón antes de llegar a las manos de sus actuales propietarios. Al aparador del comedor le faltaban cristales y molduras, las sedas de los sillones estaban raídas y rotas en los brazos y la cama de matrimonio tenía las patas sujetas con abrazaderas de hierro.

Cuando bajaron las cajas de gatos de la camioneta del dueño del chifa, notaron que en una de ellas los maullidos eran desgarradores. La señora Cheng hizo un gesto de contrariedad, introdujo un dedo por uno de los agujeros para arrancar un pedazo de cartón y miró en el interior. "¿Quién ha metido juntos a Mandrake con el Soldado?" se preguntó a sí misma sin levantar la voz. Los animales estaban enzarzados en una pelea brutal. Cuando abrieron la caja los gatos saltaron como una pelota llena de garras que rodó para deshacerse en el mini jardín del capitán. (Mandrake era un gatazo negro; El Soldado, aunque más pequeño, era ancho de paletas, serio y como que se cuadraba cuando se sentaba). Se quedaron un instante quietos, luego Mandrake probó los reflejos de su adversario con dos rápidos zarpazos que logró esquivar el Soldado. El público congregado se reía y daba su opinión sobre las posibilidades de cada felino; los asiáticos, habituados a las peleas de gallos, ya se metían la mano al bolsillo dispuestos a cruzar apuestas, pero en ese momento apareció el capitán Eleurico Salgón. Estaba aún en pijama, furioso, cogió la manguera de riego y disolvió la pelea con un chorro de agua al máximo de presión. Los gatos huyeron silenciosos como fantasmas. Entonces Félix tuvo un mal presagio. "Ojalá regresen" pensó resignado.

El incidente no produjo mayores consecuencias. El Soldado y Mandrake aparecieron unos días después cuando en el barrio ya se había olvidado la mudanza de la familia Cheng. Por el contrario, daba la impresión que en nuestra antigua casa hubieran vivido toda la vida, tal era la discreción con la que se comportaban.

La madre de Félix era como una bolita oscura y silenciosa que se desplazaba por los pasillos en alpargatas acompañada de sus cuarenta gatos bien alimentados y de su prima, tan oscura y enigmática como ella. Nunca salían de la casa y raras veces se les vió abrir las ventanas.

-¡Cónchesumadre!- dijo Félix mirando otra vez la fotografía del marino.

Sin embargo, a pesar de que prácticamente no se veía a las mujeres, el vecino capitán, que dedicaba las noches a escribir una farragosa historia de la marina peruana, empezó a alimentar una aversión injustificable hacia la madre y la tía de Félix.

Tal vez el marino historiador estaba harto de los gatos que no dejaban de pasear por las tapias impidiéndole concentrarse en las heróicas batallas navales contra Chile. O quizá llevado por su acendrado patriotismo rechazaba la presunta nacionalidad ecuatoriana de las mujeres. En el barrio se decía que Cheng era chino auténtico (Huan Liu Cheng convertido en el Perú en Juan Luis Chen) pero que ellas no eran chinas, sino ecuatorianas. Esto último Félix lo negó en repetidas ocasiones explicando que su madre y su tía eran tumbesinas, de Zarumilla; aunque nunca se preocupó demasiado por las habladurías. Sin embargo esta vez, ante la fotografía del capitan de marina acribillado aún en mis manos, puso un gesto duro para decirme:

-No le quites el alfiler de la frente, déjalo así, que se joda.

Poco tiempo después de instalarse la familia Cheng en la proa de la casa-barco, el capitán de fragata de popa decidió organizar una fiesta para celebrar que había terminado de redactar su documentada historia de la marina peruana, que comprendía desde las teorías sobre los primeros navegantes polinesios pre-incas hasta la patriótica gesta del almirante Grau. Había invitado a sus antiguos compañeros de academia y de carrera y pensaba obsequiarles con la lectura de algunos capítulos épicos de su obra. Su mujer y sus tres hijas estuvieron todo el día preparando las viandas más criollas y exquisitas, con el asesoramiento imprescindible de Maricucha que sentaba cátedra en el barrio en la preparación de manjares de la tierra: el ajicito de gallina no había ni que moverlo, se mantenía en la olla a fuego lento esperando la llegada de los comensales, el seviche ya estaba colocado en innumerables platitos en el aparador del comedor para que cada cual lo fuera cogiendo como aperitivo, hasta el caldito de pollo para las tres de la madrugada ya estaba preparado en la vajilla de cerámica. El capitán, que se había ocupado de preparar las bebidas espirituosas, había sacado al jardín las cocteleras con el "pisco-sour" para mantenerlo fresquito hasta la llegada de sus compañeros.

Mientras tanto, los gatos de la familia Cheng merodeaban saltando del balcón redondo al ojo de buey y de allí a la tapia alta del patio y viceversa, tirándose con cautela al jardín y volviendo a subir por la reja de la ventana de la sala. Hasta que en una de las incursiones, cuando el capitán se encontraba en la planta superior acicalándose, un gato volcó una de las cocteleras y entre todos lamieron el "pisco-sour" vertido sin soltar un sólo maullido. De allí pasaron al resto de bebidas alcohólicas y los rones y algarrobinas fueron sorbidos casi ceremonialmente por los felinos. Atacaron entonces la comida que aguardaba en la cocina pegándose zarpazos en una descomunal reyerta de gatos asalvajados derrepente, tan escandalosa como la que sostuvieron Mandrake y el Soldado el día de la mudanza. El ají de gallina cayó humeante al suelo y fué devorado en segundos por los animales más grandes. El limón del seviche chorreaba por el aparador mientras los gatos se relamían después de haberse comido el pescado.

No habían aún terminado de pelearse por sorber el caldo de pollo cuando los descubrió el marino historiador y la emprendió a patadas con los gatos y las ollas. Los primeros invitados encontraron al anfitrión en un ataque de rabia incontrolable gritando frases aparentemente inconexas sobre el patriotismo, la guerra contra Ecuador y el pisco de chacra.

Los gatos ebrios y torpes después de la comilona huían resbalando contra las paredes pero volvían curiosos a asomar por las puertas y ventanas sus cabezas llenas de alcohol y seviche.

Un invitado regordete, capitán de corbeta, que aún no se había quitado la gorra, desenfundó su pistola.

-A estos bichos hay que darles entre los ojos para quitarles las siete vidas de golpe- dijo.

En el alféizar de la ventana se encontraba en ese momento el negro Mandrake relamiéndose las patas. El capitán de corbeta se sonrió apuntándole. Su tiro fué certero. Al oirse la detonación el gato dió un salto como una pirueta para caer al suelo con la cabeza reventada. Los demás invitados también desenfundaron sus pistolas y se organizó una cacería de gatos que terminó a altas horas de la madrugada con el exterminio de todos los felinos de la familia Cheng y gran parte de los del barrio.

-Chúchesumadre el milico éste- repitió Félix cogiendo la foto de mis manos para ponerla en el suelo con mucho cuidado y pisarla como quien apaga una colilla.

Desde entonces la madre de Félix se volvió aún más silenciosa y su tía más enigmática. El vecino capitán fue recluído en la sección siquiátrica del Hospital Militar del Callao de donde sólo le dejaban salir por temporadas. Lo veíamos alguna que otra vez por fiestas patrias izando un calzoncillo en la azotea como si fuera una bandera peruana o cantando el himno nacional con el manuscrito de la historia de la marina peruana abierto sobre la cabeza.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2003