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BULEVAR PROUST
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones del Abaco Roto. Sevilla, 2003

Pisco

"Ya me está llamando don Federico, decía Maricucha cuando le dolía algo."

Por último te contaré que cuando regresé al Perú en 1970 pensé que en la vejez, y estando afectada de una grave dolencia que ella desconocía, sería bonito que se reencontrara con su pasado, que volviera a pisar ese Pisco de donde había salido con su padre sesenta años antes.

Nos costó convencerla, le costó aceptar el viaje de retorno, pero al fín cedió:

El viejo motor del Chrysler comprado de quinta mano, evaporaba ese domingo el rocío mañanero de Lima.

-¿Para qué, pues, voy a ir si ya no me acuerdo de nadie?- Seguía insistiendo estando ya en la carretera hacia el sur.

Los doscientos cincuenta kilómetros que habríamos de recorrer por la costa para llegar a su pueblo se le hicieron cortos. A medida que nos acercábamos su escepticismo se tornaba en entusiasmo, iba en el asiento trasero con la cabeza hacia atrás tratando de reconocer los cielos limpios de su infancia. Antes de llegar, rebuscó en su bolso de paja hasta encontrar una gorra a cuadros. Se la puso con coquetería y nos dijo:

-En mi pueblo van a creer que vengo directamente del París de la Francia con esta gorra.

Luego nos explicó: era la gorra del cochero Daniel que ella había guardado toda su vida con verdadera unción. Fue lo único que dejó en la casa de la rue St. Honoré, aparte, claro, de un gran vacío en la vida de Maricucha.

Pisco es el sur chico, de donde arrancan los horizontes del gran sur de mar y arena. Sin embargo, las torres de su iglesia son pequeñas como mástiles de veleros y parecen breves espejismos entre las lomas; y sus campanas agitan un silencio marino, una brisa sólo perceptible para sus pobladores, que Maricucha reconoció de inmediato.

Cruzamos varias plazuelas sin nombre hasta llegar a la principal. El sol de Ica aún no había tenido tiempo de calentar las lonas de los puestos de pescado. El aire lleno de papeles daba la vuelta en las farolas para regresar a la playa con los niños. Los pescadores se mordían los labios y se frotaban los brazos. Las mujeres llegaban al mercado trayendo en burros de orejas claras, endomingados, manjarblancos de Chincha Alta. A esas horas Pisco era un pueblo de bares vacíos, que aún olían al aguardiente de uva de la noche anterior, donde resonaban los comentarios sobre boxeo y gallos, ponderando a Mauro Mina, a gallos ajisecos o caballeros carmelos, ensangrentados cada día en los reñideros de la memoria. Las niñas, mientras tanto, con lazos verdes en las trenzas, jugaban a saltar cuerdas de pita entre las palmeras de la plazoleta.

Me acordé entonces de un negro viejo, esquelético, que pedía limosna a los colegiales en la cola de la parada del "Expreso" de la plaza San Martín, mostrando unas fotografías donde se le veía joven con unos guantes rojos desproporcionadamente grandes para su cuerpo enjuto, en el "ring" de su Pisco natal.

-Campeón de peso mosca, carajo y ahora muriéndome de hambre. ¡Hay derecho a eso!

Pisco era para Maricucha la Comala de Pedro Páramo, pero con los fantasmas también muertos.

Y nosotros en mi viejo Chrysler buscando el rastro de don Federico Marañón y Otras Yerbas que no se Dicen para que no se Pisen, como ella decía, sin otro dato que en los primeros años del siglo tocaba el cajón para los amigos bajo las parras de los galpones galleros. Las esquinas se nos volvían espejos y el simple trazado urbano un laberinto sin muros.

-¿Qué recuerdas de él, Maricucha?

-Que era alto, que estaba casi ciego y que dormía la siesta en una hamaca grande.

"A don Federico se le estaba apagando el mundo ante sus ojos. No es mi vista, es el mundo."

-¿Y dónde iba, qué hacía?

-Le gustaba contar historias, pero no recuerdo ninguna.

-Tienes que recordar algo más, alguna casa, algún gesto familiar...

-Yo jugaba como esas niñas, a saltar la cuerda, pero mi mamá me ponía los lazos rojos en el pelo para que los pudiera ver mi padre desde la hamaca.

-Esas niñas a lo mejor son tus sobrinas.

-No, no recuerdo haber tenido hermanos ni hermanas.

Cruzó ante nosotros una mujer de andares garbosos y se dio la vuelta para mirarnos con curiosidad.

-A lo mejor ésta es tu pariente.

-No- protestó-, es muy bembona para ser de mi familia. Mi padre tenía los labios finos y las palmas lisas, fumaba cigarrillos que él mismo liaba y hablaba humedeciéndolos con la punta de la lengua.

"Mis gallos y mis manos están perdiendo soltura, ya no saltan ni pegan como antes."

-Si acaso, sería de la familia de mi mamá, que eran más oscuros y más rumbosos- agregó sonriendo.

Almorzamos en unas mesas de madera bajo los toldos de los pescadores: arroz con mariscos y pescado fresco a la brasa. Maricucha saboreaba sus propias recetas.

"Te vendré a buscar desde donde me encuentre; te vendré a buscar."

Se acercó un hombre que nadie hubiera tomado por el mozo que atendía las mesas y dirigiéndose a Maricucha preguntó:

-¿Necesita algo más la señora?

Maricucha le respondió visiblemente emocionada por haberse oído llamar señora:

-Ya he terminado todo, no necesito nada más. A mí también se me está terminando el mundo.

Sus ojos brillaron como recordando algo.

Cuando murió, tres meses después, vi que sonreía de la misma manera.

-Ahora siento que me está llamando de veras don Federico-. dijo en el último momento.


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