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Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca


MI TIA AREOPAGITA, LA LISURIENTA

Leopoldo de Trazegnies Granda

        En ningún sitio he visto insultar con tanta precisión como lo hacen las mujeres en Lima. He tenido muchas ocasiones para analizar (en algunos casos como víctima) sus agudos calificativos y sacado algunas conclusiones.
        Así, donde yo sólo percibo "cojudazos" (termino de difícil interpretación, que en España podría corresponderse a "gilipollas" con todas las salvedades del caso) ellas pueden matizar distinguiendo entre innumerables tipos y categorías de cojudos. Sofocleto (filósofo del humor) nos documentó sobre los cojudos en un tratado donde nos prevenía hasta de las formas de contagio, pero en cuanto a las variedades del género estoy seguro que mi tía Areopagita, la lisurienta, que se llamaba así en honor a un mártir como ella, podría añadir una buena cantidad de tipos nuevos a su relación. Que yo recuerde y sin ánimo de agotarlos, pueden ser:
        Bellocarmelos, Mequetrefes y Pitrimitris, Cagabombos, Cagarrisas y Cagadijes, Meaculpas y Orinapilas, Bellacos, Pisaverdes y Comesopas, Mentecatos, Caribobos y Cachaburras, Candelejones, Ovicastros, Majaderos y Huachaflojas, Cuentapasos, Huatiqueros y Catapichas, y ya por último, una especie genérica que es la de los "Cojudos a la vela", que incluye algunos de los nombrados pero con la característica adicional de ser pertinaces y autosuficientes, que de todo hay en la viña del Señor y en el extranjero (porque algunos viajamos).
        Seguro que me olvido de muchos de entre mis mejores amigos, pero sirvan de ejemplo los mencionados.
        Lo primero que hay que advertir es que no se puede uno engañar con la categoría del individuo. La cojudez es independiente del valor intrínseco de la persona. Se puede ser un gran escritor, político o abogado, pero cojudo en cualquiera de sus matizaciones. La cojudez es como un atributo adicional que no les impide desempeñar altos cargos.
        Rafael Alberti escribió algunos poemas burlescos a cinco ilustres cojudos americanos, todos presidentes de sus respectivas repúblicas, a los que denominó los "Destacagados" inventando de esta manera una variedad poética de los cojudos.
        En el ámbito de la literatura peruana hubo un cojudo ilustre, que nos precedió a todos los que vivimos en España y que siempre se consideró tan español como peruano: Felipe Sassone. Polifacético apasionado, Sassone fue un cojudo simpático, probablemente encuadrado entre los huatiqueros cagadijes, pero prolífico escritor de cuidada prosa. Fernando Iwasaki, en su "Descubrimiento de España", indica que escribió nada menos que cuarentiocho obras teatrales (todas ellas representadas en teatros de Madrid y Buenos Aires) y veinticinco novelas, sin contar tratados taurinos, ensayos y memorias. (Fue el Alfonso Paso de la preguerra). Nada de esto le impidió durante la república española decir cojudeces de este calibre:
        Todos en el mundo quieren ser fascistas. Lo quieren inconscientemente hasta los que se empeñan en negarlo y combatirlo, porque, al fin y a la postre, todos, con excepción de los anarquistas, se vuelven al Estado y lo consideran su padre y su providencia. Sólo el individualista dice para sí, como Luis XIV: "El Estado soy yo"; pero es el pueblo el que, por haber entrado en el Estado, puede decir: "El Estado soy yo", cuando todo sea pueblo, porque pueblo quiere decir Nación, Patria, Estado. Esto sólo puede decirlo el pueblo fascista. ("España, Madre Nuestra". Ediciones Españolas, S.A. Madrid, 1939)
        Sassone fue un cojudo longevo, yo alcancé a conocerlo, cuando ya no usaba monóculo, la noche de "Fiestas Patrias" que se cayó a la fuente de la embajada del Perú en Madrid. Gerardo Diego, que había hablado momentos antes con él, no se percató del accidente o se hizo el distraído y permaneció ensimismado al lado de una ventana. El anciano escritor peruano, después de la húmeda sentada, continuó tomando su whisky, con unos pantalones enormes prestados por el embajador Cisneros, sin perder un ápice de su dignidad de cojudo.
        En esa fiesta que celebrábamos un veintiocho de julio, a los estudiantes tuvieron que encerrarnos en una especie de patio de lunas para que no causáramos más destrozos en el mobiliario de la embajada y nos tiraban las bandejas de arroz con pato desde una escalera; pero se negaban a darnos más bebida, no sé si porque nos la habíamos tomado toda (con la ayuda de Felipe Sassone, por supuesto) o porque pensaban que si seguíamos bebiendo no nos podrían sacar con vida de ese agujero.
        Los que intentamos escribir novelas sabemos que nos podemos considerar claramente dentro del género de los bellacos, no en su acepción académica, por supuesto, sino en la que le escuchaba a mi tía Areopagita: es el cojudo que pretende imponer su mundillo personal a los demás. Bellaco es pues casi todo el mundo en distintos grados. La política y la literatura entera está impregnada de culta bellaquería, pero entre todos los contemporáneos que han pasado por estas tierras de María Santísima, el ejemplo de bellaco cagarrisas más claro o preclaro lo tenemos sin lugar a dudas en el escritor peruano de ascendencia británica Alfredo Price del Penique (Penique por parte de madre) hijo de uno de los más grandes usureros que ha habido en Lima
        Price se ha ido superando a sí mismo en cada una de sus obras, desde sus primeras experiencias infantiles que escribió seguramente cuando tenía diez o doce años y le publicaron mucho después, pasando por una especie de memorias que en un alarde de originalidad subtituló ANTIMEMORIAS, hasta su última creación donde recoge las cojudeces que se le ocurrían en un colegio inglés al que acudía en taxi con chaqueta y gorrita roja.
        Muchos de los hallazgos literarios de su última obra titulada MEJOR NO VUELVAS EN ABRIL son bromas sacadas de las películas españolas de los años 50 puestas en boca de sus privilegiados compañeros. Pero lo que es inaguantable es que pretenda contarnos el chiste de "Vivo sin vivir en mí... la gallina", que es más viejo que mear en pared de barro, ambientado en un aburrido colegio anglo-chosicano.
        El Perú de Price huele demasiado a Kenia, a literatura de colonia anglosajona. Su mundo es el de una familia británica encerrada en las pequeñas miserias de un padre que se empeña en mantener las costumbres inglesas. La propia homosexualidad paterna es muy británica, discreta, elegante y pervertida: le gustaban sobre todo los niños. Se cuenta que en sus prolongadas estancias en Londres se vestía de lord con bombín y paraguas y se dedicaba a perseguir por las calles de la city a todo el que veía bajito, hasta que sucedió el desdichado y nunca desvelado incidente con los enanos del Circo Ruso, que le costó tantos disgustos a la familia y tanto dinero a su banco. Lo que le indignaba al conocido gentleman es que la traducción al español de su delito era "pedofilia" cuando él sostenía ser muy limpio y tener una educación muy británica, la misma que quería para Alfredito en el colegio St. Paul. Son pasadas que a veces juega el idioma.
        Un mundo así, visto por un escritor en ciernes, desde las ventanas de una casa de la avenida Salaverry de Lima, es como si a mi tía Areopagita la lisurienta, la pusieran a retransmitir por la radio un cónclave para la elección de un nuevo Papa: grotesco y anacrónico. Pero describiendo a los cardenales mi tía podría resultar hasta más graciosa que la literatura-basura de Price.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 28/06/2002