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Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca

LA OTRA ESPAÑA

Leopoldo de Trazegnies Granda

         El Perú tuvo menos suerte que México. Dividida España en dos mitades después de la guerra (en cuanto a su población y no en cuanto a su territorio como Alemania) al Perú nos tocó la España Franquista que por extensión fue Trujillista, Batista, Peronista y Pinochetista. Es decir, la "Madre Patria" ceremoniosa y edulcorada. En cambio, a México fue gran parte de la España republicana. Siempre hemos tenido peor suerte que los aztecas, desde la conquista.
         Al Perú llegaban casi exclusivamente curas del régimen oficial, con honrosas excepciones como las de Corpus Barga y Edmundo Barbero. ("País de orinapilas" diría mi tía Areopagita). Educadores que obtuvieron cierto éxito en conseguir prosélitos peruanos y hacían que nos bañáramos en la piscina con camiseta. Transferían a América sin proponérselo todos los nuevos tópicos hispanos y los cojudos de mis amigos que se metieron al seminario en Lima, lo hicieron igual que en Madrid o Pamplona, por temor al infierno, a Rusia y a la libertad.
         La educación religiosa que recibimos estaba llena de misas cantadas y primeros viernes con desayunos musicales para exorcizar comunistas, masones y matacuras. La moral se refería casi exclusivamente al sexo opuesto, esos seres desconocidos que olían bien y que nosotros íbamos a conocer a los burdeles del jirón Huatica (porque nuestras amigas y hermanas no tenían sexo, por supuesto). El único colegio mixto que recuerdo de Lima era uno alemán, o sea raro, como diría el humorista Gila.
         Algunos de los que vinieron a estudiar a España, regresaron rápidamente al Perú decepcionados, pero otros, en la primera carta a su familia les decían: "Mamá, la Madre Patria es de Puta Madre". Comprobábamos que el humor español, su filosofía de la vida, no tenía nada que ver con la inflexibilidad de carácter y la intolerancia que habíamos respirado en el colegio, advertíamos que ni siquiera hablaban con la voz engolada de nuestros profesores. ¿De dónde habían salido pues nuestros rígidos educadores españoles? ¿Eran extraterrestres disfrazados como sostenía el más gordo de la clase?
         A los religiosos que conocí en España, los encontré distintos. Uno de los primeros días que pasé en una residencia en El Escorial (al lado del jardín que inspiró una novela de Azaña) tocaron a mi puerta. Era el fraile que estaba de guardia esa noche. Abrí temiendo que me fuera a echar una bronca por tener la luz encendida hasta tan tarde o haber enchufado un "infiernillo" propio, pero me preguntó:
         -Leopoldo ¿tienes un pitillito?
         Un marciano disfrazado jamás me pediría un cigarrillo a escondidas. Fue el mismo cura que, compadecido de mi soledad de extranjero en Navidades en la residencia vacía, me dejó una grabadora para que me entretuviera y se convirtió involuntariamente en el causante remoto de este libro, ya que en ella grabé mis primeras cojudeces; desgraciadamente me olvidé de borrarlas cuando le devolví el aparato y fue el motivo por el que no me admitieron en la residencia al curso siguiente, como más adelante trataré de explicar.
         Lo extraordinario es que coexistieran las dos sociedades, la tolerante y la de guardias que le ponían multas a las parejas que se besaban en los parques, de serenos-espías que te abrían la puerta cuando volvías tarde a casa, de soplones que vigilaban las conversaciones en la universidad, de censores que mutilaban las películas y confiscaban la prensa extranjera.
         Viviendo ya en una pensión de Madrid me ofrecí al diario Expreso de Lima para enviarle crónicas con mis reflexiones sobre lo que observaba en España. Aceptaron mi propuesta. Dos o tres meses después de empezar a colaborar con el diario limeño me llamaron por teléfono desde la otra España, desde el ministerio de Información y Turismo (regido por el ministro Fraga). Una de mis primeras colaboraciones trataba del reciente nombramiento del general Muñoz Grandes como vicepresidente del gobierno español. Teniendo en cuenta que Franco asumía la jefatura del Estado y la presidencia del gobierno, yo me preguntaba (en mi calidad de estudiante de derecho que era) si este nombramiento aseguraba una presidencia vitalicia ya que, en caso de morir el Generalísimo (Caudillo de España por la Gracia de Dios) Muñoz Grandes la asumiría por tiempo indefinido. El diario peruano juzgó interesante la noticia y publicó mi columna en la página editorial. Yo ya había olvidado la crónica cuando la voz del teléfono me la hizo recordar: "¿Quién es usted para dar su opinión sobre el gobierno español? Usted está aquí como estudiante y no como periodista, si continúa colaborando con diarios extranjeros nos veremos obligados a denegarle su permiso de residencia".
         Mi casera, viuda desde la guerra (pero nunca me dijo en qué bando luchó su marido) que me quería mucho, me preguntó un poco asustada: "¿No se habrá metido usted en un lío, no?". "No, simplemente acaban de truncar mi brillante carrera periodística, mala suerte", le respondí.
         La España a dos niveles, la oficial y la tolerada, se podía reconocer hasta en las cosas más pintorescas, a veces conviviendo en la misma calle. Al final de la Gran Vía existía el famoso bar de "Perico Chicote", propiedad del mayor alcahuete de la posguerra. Yo lo conocí en plena decadencia: el local, las mesas, los camareros y las mujeres habían envejecido juntos. El dueño era una especie de momia jocosa que salía hasta la calle a recibir a personalidades y enseñarles su museo de bebidas (tenía Pisco peruano en una botella-huaco chimú). Detrás de sus gruesas cortinas, entre espejos, las mujeres maduras hablaban de un pasado esplendoroso. En los años 60 seguía abriendo para sus escasos clientes de bastón y sombrero que continuaban fieles a sus ideas políticas y a sus costumbres sexuales y trataban de usted a las prostitutas.
         Al frente había otro bar de similares características (bastante más barato, si bien es cierto) con mesitas en la terraza, donde se sentaban turistas desprevenidos, llamado "El Abra" que no sólo no gozaba de los favores y fervores oficiales sino que quebró. Tal vez la clientela nocturna, peor alimentada, se le fue muriendo más rápido que a Chicote o más probablemente, porque la penicilina que don Pedro se hacía traer de contrabando (había mucha sífilis en esa época en el centro de Madrid) no alcanzaba para curar a las pupilas de la competencia y contagiaban a sus parroquianos. Sin embargo, a don Pedro Chicote, en agradecimiento a los servicios prestados ¡ le concedieron la Medalla al Mérito en el Trabajo!
         Más profunda era la España de "El Palmera" (así, en masculino) en los sótanos de la Glorieta de Quevedo. Local con ambiente enrarecido que a altas horas de la madrugada a las mujeres les olía el sexo a jabón Camacho y tabaco negro. Allí el rey y dueño era "Pata'epalo", que valseaba utilizando su prótesis casera como eje para sus rítmicos giros.
         -Usted perdone, caballero, yo soy un mutilado de guerra.
         Pata'epalo sabía lo que decía. Los "cojos de mierda" sin derecho a pensión eran los que habían luchado en el bando republicano. Las dos Españas mezcladas en el subsuelo de Madrid.
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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2000