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Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca

LA REINA DE SABA Y YO

Leopoldo de Trazegnies Granda

         El año que murió Tyrone Power iniciaba yo mis estudios de Derecho en la universidad María Cristina de El Escorial. Desde la ventana de mi habitación dominaba la lonja del monasterio donde una mañana las caravanas de los actores, que rodarían la famosa película, irrumpieron en el crudo invierno. Teóricamente, en una de ellas, venía Gina Lollobrigida caracterizada de reina de Saba. Algunos compañeros y yo dimos vueltas alrededor de esos trailer enormes, jalados por grandes automóviles, como de gitanos ricos, con la esperanza de reconocer a la famosa actriz, sólo superada en belleza por las dos Silvanas (indiscutibles). Yo "aguaitaba" (del inglés "awaiting") por cada rendija hasta que creí detectar una fragancia que bien podía provenir de la cuidada piel de la italiana, pero los policías municipales hicieron que se apartara el público ya numeroso alrededor de los modernos carromatos y no me dio tiempo a verificar mi oloroso descubrimiento. Medio pueblo, los estudiantes más cojudos de la universidad y algún que otro fraile aguantamos toda la mañana con los pies helados por ver cómo metían por las galerías monacales los reflectores, bobinas y cámaras para rodar la película.

         Esperamos expectantes como si tuviera que ocurrir algo asombroso entre toda esa gente que se bajaba de los coches hablando en un inglés que la Chelito (la guía más joven del monasterio y causante de nuestras románticas calenturas invernales) se negaba sádicamente a traducirnos. Inesperadamente, a algunos nos propusieron participar como extras en el rodaje a cambio de cien pesetas diarias. Así fue como me disfrazaron de cojudo histórico en sandalias, espadón y taparrabos y aguardé en postura egipcia la orden de entrar gritando, con otros cientos de cojudos como yo, a un patio donde supuestamente "Salomón Power" se batía a brazo partido por la reina de Saba. Nuestra sorpresa fue grande cuando recibimos la orden contraria: de que nos calláramos y dejáramos de jugar con las espadas, porque el hijo de David cinematográfico se había desmayado.

         La última vez que yo había tenido la oportunidad de estar cerca de artistas famosos había ocurrido varios años antes en Lima, cuando fui llevado de la mano y muerto de vergüenza, por la muchacha de mi casa, Irene, al coliseo Sandia a ver a Pedro Infante. El local era como una plaza de toros cubierto por una carpa de circo donde grupos folclóricos cantaban y bailaban huaynitos hasta el desfallecimiento; por la noche, en el mismo recinto sin barrer se celebraban peleas de gallos. Cuando hizo su aparición el actor mexicano, vestido de charro, el coliseo se remeció como si hubieran descargado varias toneladas de piedras en los graderíos y luego se hizo un silencio total donde hasta los niños a la espalda de los ponchos se callaron no sé si para escucharlo o a causa del calor y el humo de cigarro del ambiente.

         Por eso, al ver aparecer la figura de Gina en la lonja escurialense, ataviada como John Ford imaginaba que había sido la reina de Saba, más parecida que nunca a la mejor prostituta de los apartamentos Leuro que con toda razón llamábamos la "Lollo", me convencí que estaba presenciando la gestación de una obra que si bien no nos acercaría a la sabiduría de Salomón, nos mostraría al menos una sesión de verdadero cine americano, es decir, una secuencia de imágenes tan bellas e inútiles como los móviles de Calder, sin ningún contenido.

         La literatura tampoco es mucho más que un conjunto de frases ingeniosas que incorporamos a nuestra realidad para que nos ayuden a vivir. Por el contrario, lo que considero verdaderamente trascendente, es el cuerpo perfumado y envuelto en sedas levíticas de la actriz italiana, causante de que todo un plantel escolar se volcara esa noche en prácticas masturbatorias. O ese charro en carne y hueso capaz de humedecer con su voz la entrepierna de inocentes jovencitas recién bajadas a Lima de las alturas andinas.

         Desde mi privilegiado puesto de guardia del templo Salomónico pude escuchar que Tyrone Power había al fin sucumbido con la espada en la mano en uno de los patios interiores del monasterio, pero sucumbido de verdad, se estaba muriendo, víctima de un infarto. Los guerreros decepcionados se quitaban las corazas sin disimulo, las ninfas cubrían sus túnicas de seda con abrigos comprados en Galerías Preciados y los sacerdotes del templo sacaban los paquetes de "Chesterfield" para fumar sin recato.

         Abandoné mi puesto de guardia extra, devolví la espada y las sandalias, recuperé mis pantalones y comprobé que la caravana de Gina Lollobrigida había iniciado el camino de regreso hacia Madrid. A su paso cayó una intensa nevada, dejándonos a los extras en un pétreo y asexuado invierno.

         La película "Salomón y la reina de Saba" se rodaría en otra parte, sustituyendo al actor muerto por Yul Brinner; pero cuando la vi proyectada en un cine de barrio de Madrid, constaté que no tenía nada que ver con lo que sentí el día que pasamos tanto frío la reina de Saba y yo en el templo de Salomón, ni con la folclórica tarde que estuve con Irene en el coliseo Sandia. El año que nos abandonó Tyrone Power, recibimos a cambio, la aclamada visita de Einsenhower y triunfó la revolución castrista en Cuba.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/2/2000