VOLVER_________SIGUIENTE

Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca

TOPO

Leopoldo de Trazegnies Granda

Mamífero insectívoro de pelo negro,
de ojos pequeños que vive en galerías".

En la universidad María Cristina de El Escorial, al lado de "El jardín de los frailes", adquirí el convencimiento que el exalumno Manuel Azaña, presidente de la segunda república y autor de la novela autobiográfica titulada de la misma manera que el jardín, había sido un ser deforme, física y espiritualmente, un monstruo anacrónico como el celacanto aparecido en las playas de Almería y que algunos mal intencionados confundieron con una bomba atómica caída de un avión de la base norteamericana de Morón (¿o fue al revés?).

Al curso siguiente, en Sevilla, un compañero me enseñó una foto del político republicano y mi sorpresa fue enorme al descubrir que tenía el aspecto típico de los que mi tía Areopagita llamaba "personas decentes" y hasta seguro que le hubiera atraído un poco porque a ella le gustaban los hombres maduros, de cara rellena, papada incipiente y párpados caídos, que yo creí descubrir en la fotografía de Azaña.

-Este monstruo tiene cara de buena persona- dije yo.

-¿Este qué?- me preguntó extrañadísimo el compañero que me mostraba con cautela su precioso álbum de recortes de periódico de la segunda república.

La meseta castellana y sus aledaños, como los procelosos mares precolombinos, se había llenado después de la guerra de monstruos considerados peligrosos que cuando eran de sexo femenino resultaban aún más inquietantes: como aquella señora que volvió a España después de haber luchado durante medio siglo de exilio por la justicia social: Dolores Ibarruri, la "Pasionaria" y descubrimos que no tenía cara de bruja. Desde la España del ABC o desde el boletín oficial de noticias (que no dejaba de ser un parte de guerra atrasado) común a las escasas emisoras, los intentaban conjurar con extraños discursos religiosos.

Con algunos monstruos se podía convivir, porque ya habían pagado su delito. Era el caso del guarda-enfermero tuerto de la universidad, un gigantesco asturiano, del que se contaba que fue ahorcado en un árbol y se salvó al romperse la rama debido a su enorme peso, pero no pudo evitar que se le saltara un ojo en la fallida ejecución. A pesar de todo logró llegar andando con el ojo en la mano, como si llevara un huevo duro, hasta el vecino pueblo de Valdemorillo, donde inicialmente lo recibieron a pedradas. Otros perseguidos no habían tenido tanta suerte y se escondieron para convertirse en "topos".

El año 1959 tuve ocasión de ver uno, un "topo". Lo vi agonizante en la calle del cine. Pertenecía a la familia de los "topos rojos", especie en extinción en esa época en la que quedaban ocultos algunos ejemplares. Había vivido los últimos veinte años como resistían los "topos", entre mantas, en la buhardilla de una casa en la parte alta del pueblo de El Escorial. Cuidado y alimentado por su mujer, a través de una trampilla del techo. Sus hijos, casados ya y con prole, se habían criado bajo sus inútiles pies ignorando su existencia. Los nietos tampoco supieron que el abuelo era un "topo" que vivía en el tejado. Cualquier indiscreción infantil le hubiera costado la vida. Su mujer, astutamente, desviaba las investigaciones policiales enviándole fotos de los niños a Argentina, mientras los hacía jugar bajo la trampilla para que él, que no estaba en Buenos Aires sino a cinco metros de altura, los pudiera ver por las rendijas.

Acostumbrado hasta entonces a vivir sumergido en temperaturas ecuatoriales, suavizadas por las brisas costeras de un mar de perfil bajo, que me habían hecho fáciles mis primeros dieciocho años de vida en Lima (abusando del sol y del agua salada que muchos años después me pasarían factura), aquél invierno, en las faldas del monte Abanto me sentí totalmente indefenso ante la roca viva y gélida del monasterio imperial. Yo jamás había estado a temperaturas bajo cero y me parecía imposible que el cuerpo humano pudiera soportarlas, a pesar del alcohol ingerido para contrarrestarlas. Supongo que asustados por mis tiritonas mañaneras y ante el temor a que cayera enfermo de melancolía (o adquiriera el mismo mal de la piedra) los frailes me eximieron de asistir a clases y me recomendaban pasear por los pinares. En raras ocasiones subí por las sendas escurialenses hasta el sillar donde se dice que Felipe II se sentaba a observar la construcción del monasterio. La mayoría de las veces prefería bajar a la cuadra de la Herrería a intoxicarme al lado de una estufa de carbón donde Avelino, el encargado de los caballos, maldecía y limpiaba las monturas.

Aún no se había aparecido la Virgen por esos prados, como ocurrió en los años de la transición, después de morir Franco, trayéndonos noticias desde el cielo perfectamente aplicables a la situación política española. En los años que yo viví por allí, no se producían milagros ni se convocaban elecciones. Era un campo serrano, agreste, lleno de historia y de "champas" de vacas y caballos.

Otras veces me encaminaba a los bares del pueblo, bastante menos fríos que el monasterio, en donde en lugar del ozono de los pinos mi desaclimatado organismo aprovechaba la levadura de la cerveza. Por ese motivo, fui el único de los estudiantes de la residencia que esa mañana de diciembre, en compañía del dueño del bar, el kiosquero y un obrero que pintaba la fachada del cine, tuve el triste privilegio de ver al "topo rojo" reventado sobre los adoquines.

-Ha aparecido un "topo" muerto-. Dije durante el almuerzo en la residencia mientras me dedicaba a la imprescindible tarea de quitarle las moscas náufragas a la botella de vino.

Nadie respondió. Tuve la sensación que lo había dicho tan bajito que mis compañeros no habían alcanzado a oírlo. Sin embargo, semanas después, un alumno de los últimos cursos (aunque por su altura física y mental parecía un niño de primaria), hijo de un prestigioso militar del régimen, se me acercó para decirme:

-Tú ten cuidado con lo que cuentas.

-A ese no le pierdas ojo- me advirtieron mis amigos- que es más peligroso que una piraña en un bidé.

Fuera de las horas de clase, los estudiantes, estábamos obligados a permanecer recluidos en el pueblo toda la semana, incluso los domingos; el único que iba y volvía de Madrid en coche deportivo propio era Luis Angel de la Viuda que años después sería nombrado director del verticalmente sindical diario "Pueblo". Casi todos proveníamos de lugares distantes (aunque yo era el único sudamericano) la mayoría eran andaluces con los que congenié enseguida y no teníamos más remedio que agotar nuestro ocio en alguno de los bares de la calle principal. Entrábamos en calor jugándonos a los dados cualquier bebida alcohólica disponible, hasta el whisky nacional que empezaba a fabricarse en Segovia y no teníamos el menor reparo en servir de cobayas durante las largas y frías tardes que resbalaban por los muros monacales.

Algunas veces, tres o cuatro amigos hacíamos bolsa común y nos escapábamos en el único taxi del pueblo a Madrid. Volvíamos de madrugada después de haber pasado revista a los bares de la Victoria y los burdeles de la Ballesta (en esa época aún no se les daba el sugerente nombre de "puticlubs"). La dificultad para entrar a la residencia por la galería de Convalecientes, sin ser descubiertos por el guarda superviviente (que tenía fama de haberse quedado insomne total de su único ojo y pasarse las noches cuidando sus canarios) era directamente proporcional al índice alcohólico de nuestra sangre.

En esa época no sabía que un escondido es alguien que no ha huido (porque no ha querido o porque no ha podido), no sabía lo que era un muerto fingido. Como al personaje de "La metamorfosis" de Kafka, el aislamiento lo puede convertir en una cucaracha gigante o volverlo a matar, a rematarlo. El "topo" que yo vi en El Escorial había decidido poner fin a su espera, le faltaría aire en su covacha para conservar sus recuerdos. Desde su pequeño escondite de perdedor le había echado un pulso nada menos que al ganador de España. Como es lógico, volvió a perder, no pudo soportar su claustrofobia. Aquél día de otoño se asomó al pueblo por el granito gris, abriendo una nueva ventana con la cabeza, como las gárgolas satánicas de la basílica de san Lorenzo y con inesperada sensatez se dejó caer a la calle. Era como un pez surgido de las profundidades de la piedra exponiendo sus raspas, casi transparentes, a la luz del Valle de los Caídos. Tardó en caer veinte años, para ser uno más. ¡Y hubiera tenido que soportar casi otros veinte para ganarle la partida al Caudillo! Es difícil resistir cuarenta años preso de sí mismo. Quizá lo sabía desde el principio y sospechaba que los dictadores normalmente son inmortales.

Cuando el padre Atilano o Aureliano (creo recordar que así se llamaba, sin ser colombiano sino más bien de la parte de Palencia) me prestó la grabadora esas Navidades sin calefacción, que pasé en solitario rodeado de nieve y de fantasmas imperiales por todas partes, no podía sospechar que yo, en pleno proceso de congelación de ideas, iba a cometer la tremenda cojudez de llenar el primitivo hilo magnético con la descripción y comentarios de la agonía del "topo rojo". Tenía entendido que los monstruos franquistas eran innombrables por los españoles nacidos después de 1939, pero pensé que no habría inconveniente en registrarlo magnéticamente para la posteridad. Tampoco se permitía que sus lápidas figuraran en los llamados Campos Santos. El párroco le negó la tierra (el pan y la sal se la habían negado en vida) y nuestro amigo el taxista se llevó su cadáver en el taxi de nuestras juergas a un cementerio civil que dicen que había en Madrid. El chofer volvió borracho, como cuando salía con nosotros.

No sé si fue entonces que decidí que el curso siguiente lo pasaría en una universidad menos fría, pero el acontecimiento influyó mucho en mi ánimo. Lo que resultó definitivo para mi marcha fue el error que cometió el padre Aureliano meses después: estando en un fatídico almuerzo de confraternidad con distinguidos exalumnos, en lugar de amenizar la velada con unas coplas de Juanito Valderrama como estaba previsto, puso una de las bobinas grabadas por mí que se quedaron en el aparato sin darme cuenta. Cuando retumbó mi voz de sudaca resfriado por los altavoces del comedor, narrando en detalle la muerte del innombrable "topo rojo", hubo un desconcierto general, a un fraile novato se le atragantó hasta el flan que habían servido de postre y otro de más edad intentó agredirme pero gracias a Dios (nunca mejor dicho) y a las monjitas que preparaban las viandas, su grado de embriaguez le impidió levantarse de la mesa. Fue claramente un malentendido, pero yo tuve el convencimiento que a partir de ese momento me iba a ser imposible continuar estudiando Derecho en El Escorial.

Acepté como verdadera la imputación de haber pretendido organizar un acto subversivo y trasladé sin demora mi matrícula a la universidad de Sevilla. Más que nada huyendo del frío, del granito y del fantasma de Felipe II. Sin embargo pude robar algunos recuerdos agradables; algunas clases interesantes; el olor a cuero de las cuadras de caballos; un cigarrillo compartido y una vaga sensación de "topo" que desde entonces puedo reproducir en cualquier momento.

VOLVER A LA PAGINA PRINCIPAL
PAGINA ACTUALIZADA EL 6/11/1999