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Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca



LA RELIGION DE LOS COWBOYS


Leopoldo de Trazegnies Granda

        Los sudamericanos, como la mayoría de los sevillanos, no pronunciamos las ces interdentales fricativas (con ese nombre se entiende que sean difíciles de pronunciar) ni las zetas, pero en mi caso yo no sé pronunciarlas ni tampoco oírlas. Soy incapaz de reconocerlas cuando habla otra persona, a no ser que lo haga tan exageradamente (véase al ministro Rajoy) que las oigo como efes, y si el tono del orador es metálico (su maestro Fraga) a mi me llegan como tes. (Tal vez por eso me resulte inextricable la política de la derecha). Estoy seguro que al xilófono que tengo debajo del martillo de la trompa de Eustaquio le faltan todas las notas musicales por motivos genéticos (aunque se escandalice mi tía Chabuca, que en gloria esté) y las letras ces (las fricativas) y las zetas, por razones culturales.
        "Granada, capital de la curtura" ponía una pintada en la carretera a las puertas de la ciudad para escándalo de forasteros ignorantes que pudieran basar la cultura en la letra ele.
        Viviendo en el campo, le oí decir una frase de Quevedo a la mujer que traía la leche: "¡Al primer tapón, zurrapa!". La dijo al sacar de una bolsa una moneda de cinco duros para darme la vuelta de un billete. Recordé entonces que la "mama" de la familia de mi madre decía la misma expresión cuando algo le salía a la primera. Estoy hablando de dos mujeres que vivían aproximadamente a quince mil kilómetros de distancia, con un océano, una selva y una cordillera por medio. La peruana de raza negra y pisqueña (de la comarca del aguardiente de uva), la española de Santiponce, en el Aljarafe, zona de antiguos vinos. Es evidente que no habían nacido en el mismo pueblo, pero pertenecen al mismo mundo cultural de Quevedo y del mosto donde las ces fricativas y las eles alveolares, creo yo, tienen poca importancia.
        A un amigo cordobés suele visitarlo un mormón (que es el clásico cojudo a la vela perseverante en su variante celtíbera) con la esperanza de convencerlo y él le repite con hastío:
        - Si no creo en la religión católica, que es la verdadera, cómo voy a creer en la tuya que es de cowboys.
        Los mormones saben que, aunque las creencias son parte de la cultura, si insisten con tenacidad, pueden cambiar hasta la religión verdadera o venderte un juego completo de tupperware. En Sevilla, cuando a mediados de los años 70 se abrieron las primeras hamburgueserías, pizzerías y restaurantes chinos (a éstos últimos, en el Perú se les da el bonito nombre de "chifas") fueron quebrando una a una incapaces de competir con los bares, el pescaíto frito y las "selectas" neverías de los cines de verano, sin embargo, pocos años después, las orillas del Guadalquivir se llenaron de restaurantes de comida exótica o tex-mex como cualquier ciudad de los Estados Unidos. Dentro de poco puede que veamos tantas iglesias mormonas por las esquinas, como ahora locales de comida.
        La cultura se puede vender bien, cualquier cultura. Vivimos bajo la amenaza, por ejemplo, que alguna distribuidora de cine, lo suficientemente poderosa, nos inunde con películas del estilo de Independence Day durante la próxima década. Con un buen marketing, que es la moderna taumaturgia, se pueden vender hasta preservativos en el Vaticano.
        A mi amigo, afortunadamente, aún no le ha logrado convencer el cojudo mormón, pero yo, de tanto oírlo, empiezo a pensar que si ahora todo lo bueno procede de Estados Unidos, porqué la religión verdadera no va a venir del emporio comercial de Utah; en todo caso, su capital, Salt Lake City, suena mejor que Judea.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 15/10/1999