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Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca

GAUDEAMUS IGITUR, PUES


Leopoldo de Trazegnies Granda

Siempre he sido consciente de que, fuera de la tauromaquia, es peligroso sensibilizarse demasiado con lo imaginario. Sobre todo cuando se es estudiante. Preferir la mirada a los ojos, el aliento a las palabras, puede traer problemas de descoordinación e impedir que en el futuro nos ganemos la vida decentemente.

Esto nos ocurre mayormente a los que no distinguimos claramente entre lo real y lo ficticio y el mundo se nos presenta como un revoltijo de personas y palabras que debemos desenmarañar. Algunos, los más cojudos, sentimos la imperiosa necesidad de plasmarlo en algo para convertir una parcela de lo imaginario en realidad, de hacer como Constantino: materializar la faena que se quedó prendida del aire. O al revés, convertir la realidad en una corrida imaginaria. Los primeros suelen ser pintores y los segundos escritores o poetas (que es bastante peor). La diferencia entre las artes plásticas y la literatura posiblemente radique en el distinto tratamiento que se le dé al silencio.

Podemos detectar los síntomas del desajuste con la realidad, por ejemplo al emocionarnos con un libro de poesía china de la dinastía T’ang que ha caído de casualidad en nuestras manos (y que por cierto nunca devolví). O encontrarnos una noche intentando escribir un "haikú" al estilo de Matsuo Bashô en lugar de estudiar el Sistema Monetario Internacional. Pero si descubrimos estas circunstancias en los últimos años de la carrera habremos perdido para siempre la posibilidad de integrarnos en el hermoso y competitivo mundo laboral.

La consecuencia de esta enfermedad libresca, en su fase inicial, no debería exceder del ámbito universitario, sentimental, urbano. Si nos hemos pasado la infancia corriendo tras una pelota que veíamos cuadrada bien podemos pasarnos el resto de nuestra existencia marcando un número de teléfono equivocado. (Aún no he comprendido porqué cuando mis compañeros practicaban judo yo aprendía jiu-jitsu). Este desfase representa un grave inconveniente para la vida diaria (aun con la ayuda del filósofo Alain) pero por otro lado, aporta una ventaja, la que tienen los papagayos: situamos la libertad de expresión dentro de las primeras necesidades para sobrevivir. O sea, ya no nos callamos ni inflando globos.

La literatura, como la política, es una forma de entender el mundo. Confiemos que no puedan volver a sojuzgarla, entre otras cosas, porque es imposible mantener una jaula de papagayos mudos durante mucho tiempo. Sin embargo, no era esa la impresión que uno recibía paseando por el callejero de Madrid rebautizado con nombres de generales victoriosos de la guerra civil.

Cuando llegué a la Universidad Complutense, España estaba aún sumida en un silencio a medias, era pues un país de pintores. La censura tiende a la clonación de los seres y al rechazo de lo diferente, sean ideas o zapatos. Se uniformizan hasta los más pequeños detalles, como la vestimenta o la forma de gesticular. Mientras en toda Europa los estudiantes iban a la universidad con atuendos informales y actitudes renovadoras, en Madrid íbamos a la Facultad con chaqueta, corbata, el pelo bien cortado y la cara rasurada. Y las pocas chicas, con falda y abriguito. En más de una ocasión vimos al catedrático de Derecho Procesal (y también Decano) expulsar del aula al único barbudo que se empeñaba tozudamente en aprender Derecho parapetado detrás de su poblada barba. Se mantenían las formas con una mímica pactada: para no decir nada.

¿Dónde estaba pues esa otra España de poetas? ¿Dónde el espíritu de los intelectuales antifascistas que hicieron posible el Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, entre los que se encontraban, además de Vallejo, peruanos españolizados como el dinámico César Falcón? Lejos físicamente y lejísimos en el tiempo. En México León Felipe, Prados, Cernuda... En Estados Unidos Sender... En Argentina Alberti. Antonio Machado enterrado en Francia y Juan Ramón en Puerto Rico. Muchos más en un exilio interior, de obra amordazada también a medias; con algunas excepciones que se dedicaban a cantar por las mañanas o a escribir en el ABC de los domingos.

Los críticos, en un perfeccionismo laborioso, lograban analizar cualquier autor desde el punto de vista estrictamente literario, eludiendo, a base de eufemismos, toda referencia a su vida o ideología, de manera que se podía leer opiniones sobre la obra de escritores sin saber si vivían en el exilio, apoyaban a Franco, o si habían sido fusilados. Eran radiografías literarias de fantasmas. De Miguel Hernández se solía decir que "le estaba deparado un amargo destino". A los intelectuales exiliados se les nombraba como "la España peregrina", apropiándose del título de una revista del exilio. Esta ambigüedad ideológica favorecía una literatura cómplice, unos, mentores del régimen y otros, comparsa involuntaria.

Algunos muertos no se podían ocultar: la poesía de Lorca era demasiado festiva, demasiado popular para que no se oyera. Se silenciaba su fusilamiento, pero no su obra.

Una mañana de otoño, en la explanada entre Filosofía y Derecho, un pequeño grupo con guitarras y bufandas se puso a cantar poemas del "Romancero Gitano" y otros, repeinados, vinieron buscando bronca, a insultar a los juglares y a las chicas que los acompañaban.

-¡Los sudamericanos que no se metan!- gritaron los matones al ver que nos preparábamos para el boche.

-¿Por qué? ¡Carajo!- dijimos.

Nos pegamos, mejor dicho, nos pegaron, nos patearon hasta debajo de la lengua y machacaron las guitarras. Nosotros somos así de cojudos, defendemos siempre a las mujeres y a los débiles, aunque no supiéramos nada de la guerra. Los matones tampoco sabrían mucho. Cuando se fueron, les dijimos a los rapsodas tirados en el césped:

-La próxima vez traigan en el repertorio "Gaudeamus Igitur" o si no, canten bajito, pues.

En el París pre-mayo/68, Paco Ibáñez interpretaba "Aceituneros de Jaén" de Hernández. Lo aplaudían los franceses, lo festejaban por las calles. Nosotros no nos enterábamos; eso era parte de la confabulación "judeo-masónica" alentada desde el extranjero, por lo visto.

Gracias a algunos libreros pudimos leer clandestinamente obras que hoy harían reír (o llorar) a niños de primaria. Exportadores argentinos y editores como Barral nos libraron de tener que seguir soportando la literatura traducida de Knut Hamsum, Lajos Zilahy y similares. En rarísimas ocasiones llegaba a nuestras manos algo publicado en Paris por Ruedo Ibérico. La única defensa contra la censura era la ignorancia de los censores, pero astutamente los seleccionaban entre prestigiosas figuras de las Letras, creándoles sin duda una esquizofrenia literaria que aún les dura. Mi corto bagaje cultural me impedía valorar adecuadamente lo que leía. En mi descargo puedo decir que el manual de literatura de Puccinelli, que estudiamos los de mi generación, terminaba en Azorín. Como si después del desastre del 98 en España no se hubiese escrito ni cartas.

La Ciudad Universitaria no era más que un pequeño reflejo de la verdadera, invisible, represión nacional resquebrajada, porque Franco continuaba en El Pardo firmando condenas a muerte de libros, películas y personas.

Un día frío del mes de noviembre de 1965 decidí no prestarme más a la farsa de suspensos y aprobados de los exámenes según los caprichos de los catedráticos y coger un tren de emigrantes en un discreto andén de la estación Príncipe Pío. El viaje se hacía sin parar hasta la frontera de Irún, como si tuvieran prisa en dejarnos al otro lado. Casi no tuve tiempo de despedirme ni de mi casera. Eran los inolvidables años 60, los hippies empezaban a llenarse la cabeza de flores para congregarse en Woodstock. El tren lo pagué con las únicas mil pesetas que he ganado en mi vida con la literatura: un cuento que salió publicado en el concurso mensual de la revista más franquista y católica del momento: Familia Española. Me lo pagué porque lo que se llamaba algo así como Instituto para la Emigración no me dio el billete, ni tampoco llevaba contrato de trabajo en el bolsillo. Yo iba a Europa por libre, como siempre.

Me separé de España para emigrar a un punto indeterminado del norte, convenciéndome que no lo hacía para leer a Malraux o a Sartre, sino para buscar trabajo, porque desde que a mi desdichado hermano Abel se le ocurrió organizar el mundo, seguir ganándome la vida a salto de mata, haciendo encuestas de mercado, me resultaba imposible. A pesar de todo, durante mi periplo francófono por esas tierras, me tropecé con "Las manos sucias" de Sartre en la rue St. Severin y leí sólo sus páginas pares (con la cabeza ladeada, como buscando) bajo la mirada del encargado de la librería. De igual forma (intimidado) descubrí a Boris Vian, y a Gide lo conocí rápida e insuficientemente en un drugstore y a Proust intenté leerlo perdido por las Galeries La Fayette, pero me faltó tiempo, claro. Supongo que este es el origen espúrio de mi subcultura sudamericana fragmentada y antiacadémica y también de una tortícolis que me tuvo mucho tiempo doblado por torcer el cuello para leer los títulos que los editores se empeñan en imprimirlos opuestos en los lomos.

Mayo/68 me pilló pues trabajando en un sótano de la place Madou y pude comprobar la falsedad de los graffitti parisienses. Doy fe que "Debajo del asfalto" no "está la campiña", como se decía, porque debajo estaba yo y allí no había ni flores, todos eran pantalones Levi's que yo descargaba, almacenaba y empaquetaba.

Mayo/68 fue, sin lugar a dudas, otra cojudez francesa, como el bidé (ese objeto aguitarrado de uso desconocido): cojudez histórica, histriónica e higiénica, aunque parcialmente inútil. La mejor pintada: "Se prohibe prohibir" es la que más han transgredido. Muchos de los que la escribieron se han transformado en perseguidores de sus conciudadanos, sean fumadores o no.

Al otro lado del Atlántico, en el país más "progresista" de la tierra, acababan de asesinar a Martin Luther King, que pretendía los mismos derechos para negros y blancos.

En aquellos momentos yo ya estaba seguro que había perdido para siempre la posibilidad de volver a cantar el Gaudeamus Igitur.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 11/11/1999