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CONJETURAS Y OTRAS COJUDECES DE UN SUDACA
I.S.B.N.: 84-605-6229-8
AUTOR: L. de Trazegnies

TRISTEZA POST COITUM
        
... Así en la literatura como en el sexo,
líbranos Señor de todo mal. Amén.
L. Tamaral.

        No le tengo miedo a la muerte. Sin embargo le tengo pánico al dolor, a la injusticia, al hambre, a la incomprensión... a casi todo, como casi todo el mundo. Me asusta el miedo, porque sospecho que lo contrario del placer no es el dolor, sino el miedo.
        Vivimos peligrosamente, en una cultura que reprime el placer, principalmente el sexual y promueve el miedo; somos pues una generación amenazada, por tanto miedosa y con sentimientos culpables. El infierno atemorizaba a la gente en épocas medievales y a los alumnos del colegio jesuita donde estudié; la sífilis más recientemente, en tugurios y debajo de los puentes; y ahora el sida, hasta en los mejores salones. No deja de ser absurdo que una relación amorosa o simplemente sexual, nos pueda llevar a la muerte; como si el propio amor, o el sexo, no fueran padecimientos crónicos e incurables en sí mismos.
        De niño pensaba que los rayos y los truenos eran artificios de las películas de terror americanas, tan irreales como los sótanos de esas granjas destartaladas de Winsconsin, donde se encontraban los cadáveres.
        En el valle del Rímac limeño no hay tormentas; no hay viento; no llueve; el horizonte del océano Pacífico desaparece por la bruma; ni siquiera el cielo despejado llega a ser realmente azul, se queda en un gris papel de pescadero, surcado de pelícanos. Ingenua venganza climatológica la del Inca: a sólo treinta kilómetros cauce arriba, luce un sol esplendoroso.
        La casita que mi padre alquiló en Miraflores tenía un balcón redondo cubierto por una visera modernista, desde donde se veía la gasolinera de Constantino y la avenida que iba hacia Barranco. Allí apoyábamos la jaula del canario que cantaba blues en inglés, porque nos lo regaló una secretaria de la embajada americana, hasta que nos lo robaron.
        La noche que cumplí cinco años, mi padre me despertó para que viera llover, como en Bruselas, me dijo. Salimos al balcón y apoyado en la barandilla alargué mi brazo, enredado aún en serpentinas, para sentir los goterones negros que casi hunden los techos de quincha de media ciudad; pero a la mañana siguiente pensé que había sido un sueño, aunque las serpentinas estuvieran todavía húmedas. El fenómeno no volvió a reproducirse a lo largo de mis primeros y resecos años de vida.
        En el "cuarto de atrás" había un paraguas viejo que mi padre trajo en su equipaje europeo. Era un artilugio incomprensible que difícilmente desplegábamos. Terminó clavado en el jardín para darle sombra a un cachorro enfermo, no le encontramos otro destino más práctico. Cuando murió el animal, cerramos el paraguas y lo enterramos dentro.
        La vida está llena de peligros que como los rayos, los truenos y el infierno que nos insuflaron en la infancia, desconocíamos. Sin riesgo no se puede vivir, terminamos los viajes cotidianos satisfechos de haber sobrevivido. Pero el fin, la muerte, es irremediable. Lo trágico es ir por una carretera que termina en un abismo; lo cómico es ir cantando. Tampoco serviría de nada lamentarse, porque no sabemos el cuándo ni el cómo. Mientras tanto, podríamos no preocuparnos y deleitarnos con paisajes y aventuras amorosas, como Juan Ruiz, el poeta medieval:

      Que dice verdad el sabio claramente se prueba;
      hombres, aves y bestias, todo animal de cueva
      desea, por natura, siempre compaña nueva
      y mucho más el hombre que otro ser que se mueva.

        El humor ayuda mucho, el amor aún más, aunque ambos sean del malo. No sé cómo los modernos sicólogos hablan de tristeza post coitum, cuando la verdadera pena es la del pre coitum, mientras la naturaleza aguarda para hacer el amor. Lo sabemos ahora en nuestra sociedad tecnificada, y ya lo sabía el Arcipreste de Hita ansioso de realizarlo con las mozas por los campos de Toledo, en plena Edad Media, cuando no sufrían la sífilis pero los clérigos goliardos estaban amenazados con el infierno, como nosotros en el colegio.
        Por los años 70, aún existía en Sevilla uno de los burdeles más pintorescos y discretos de la ciudad. Estaba situado al borde del río, en el número 20 del Paseo Colón, en la planta superior de un popular mesón. El portón de acceso, escasamente alumbrado por una bombilla amarillenta, daba a la calle trasera y se subía por una escalera alfombrada a la que llegaba el olor de la ropa interior, recién lavada con jabón Lagarto, tendida en la azotea.
        Las prostitutas del establecimiento eran recatadas y silenciosas, como monjas. El salón de altos techos estaba decorado con muebles castellanos, apolos descabezados y venus mancas, un sinnúmero de cuadros de gitanas, postales antiguas, recuerdos, exvotos y una vitrina iluminada, llena de botellas de colores, para dar el ambiente frívolo adecuado, donde el "barman" servía los "daikiris" que estaban de moda entonces. Mirando hacia Triana, en la pared principal, había una gran fotografía en marco dorado de sir Alexander Fleming, "el salvador", que había sustituído a un Sagrado Corazón de Jesús que anteriormente presidía el local. En rincones menos aparentes, como aparadores y hornacinas, se podían ver estatuillas de San Judas Tadeo, el Cristo Pobre y San Pancracio, a veces con un florerito de jazmines o de perejil, para que trajeran suerte.
        Cecilia teñía sus canas de un pálido color rubio y se las recogía detrás de la cabeza, con cierta elegancia. Sólo se acostaba con sus clientes, unos ocho o diez señores mayores que curiosamente todos se llamaban don Arturo. Uno de ellos, más culto, solía llamarla "Cecilia Böhl de Faber" y ella sonreía imaginándose que la comparaba con la protagonista de "Sisí emperatriz".
        -"¿Ha venido don Arturo?"- preguntaba modosamente. -"No, no ha llegado ninguno de ellos"-, le contestaba el camarero cortésmente. Entonces, se acercaba al cuadro del científico inglés y le encendía una candelita roja a los pies. Luego le olían las manos a incienso y lavanda.
        La penicilina había suprimido uno de los peligros de los últimos siglos: la sífilis. El placer casi se había liberado y Cecilia se lo agradecía a Fleming todas las tardes, al paso que le rogaba que viniera a vistarla alguno de sus amigos.
        El prostíbulo del Paseo Colón ya no existe, en su lugar se levanta un edificio de una compañía de seguros (paradojas urbanas). En los luminosos "puticlubs" de hoy en día ningún científico se ha hecho todavía acreedor a la veneración de las prostitutas. No hay imágenes ni estatuas, sólo videos chirriantes. En la bulla, el peligro acecha como virus electrónico; el sida, es otra manera de regresar al Medioevo, reprimidos y miedosos. Mala suerte, ahora que ya habíamos suprimido las enfermedades venéreas y el infierno.
        Nos podemos consolar pensando que esta vez, por lo menos, se trata de una regresión a una Edad Media tecnológica y moralmente globalizada, como la economía o la política. En Africa, que no tiene que regresar a ninguna parte, la epidemia arrasa poblaciones enteras, pero eso no parece preocuparnos demasiado. Mientras tanto, en Occidente, los auténticos beneficiarios son los laboratorios de antiretrovirales y los fabricantes de preservativos.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/4/2001