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Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca



IKEBANA DE SANGRE EN EL PALACIO JAPONES

Leopoldo de Trazegnies Granda

        Hasta hace pocos años, algo que sucediera en el Perú nos sonaba lejano y extraño en Europa. Hoy en día, que los satélites de comunicaciones propagan por la atmósfera las noticias (que luego reptan por la tierra hasta convertirse en imágenes de colores en nuestra sala de estar), nadie puede sentirse ajeno a lo que ocurra en la pacífica Lima o en la varias veces bombardeada Bagdad.
        Así nos llegan sucesos que sentimos próximos, humanos, pero otras veces aparecen terroríficas secuencias de algo que consideramos más lejano en el tiempo que en el espacio, como si emergiera de las tinieblas medievales (en mi caso, sólo de las neblinas infantiles); así llegó hasta nosotros una noche el Ikebana de sangre que se produjo en el palacio japonés de Lima.
        Las noticias internacionales nos mostraron el fin de un secuestro. Un secuestro perpetrado en un barrio residencial de la ciudad virreynal, durante una fiesta. Los setentidós rehenes eran destacadas personalidades peruanas y diplomáticos extranjeros. Durante el tiempo que duró la retención no hubo que lamentar vidas humanas. Con las incomodidades propias de las circunstancias (aunque de un moderno palacio se tratara) los encerrados habían continuado comiendo mejor que sus captores, les traían ropa limpia planchada en el calor de sus hogares y les enviaban juegos y guitarras para que no se aburrieran... Era el fin de un secuestro, que en el "espectro del horror" del terrorismo mundial habría que clasificar sólo de light, casi un simulacro, que había discurrido con amenazas y miedo pero sin violencia ni disparos, realizado por catorce muchachos y muchachas que se introdujeron astutamente en la residencia diplomática nipona llevando hermosas canastas de flores, que apestaban a pólvora.
        Las negociaciones para la liberación de los rehenes se prolongaron durante cuatro meses. Todos podemos suponer lo difícil, si no inútil, que es negociar en tan corto período de tiempo el hambre de siglos, las viviendas infrahumanas, las cárceles-mazmorras, el derecho a la salud, a la educación, al trabajo... a lo más elemental.
        La solución, por inesperada, rompió las conversaciones, sorprendiendo a los propios negociadores, como confesó el obispo que se prestó a presidirlas. El desenlace apareció de improviso con ciento cuarenta soldados del ejército peruano, que salieron de la tierra, por los túneles que habían estado cavando bajo la residencia durante los cuatro meses de fallidas (¿o falsas?) negociaciones.
        La factura de la operación nos la presentaron friamente en pantalla casi inmediatamente: diecisiete muertos (dos soldados, un rehén y los catorce terroristas) sobre los que el presidente Fujimori se paseó en actitud heróica.
        Finalizada la masacre y rescatados con vida los rehenes, menos uno (que murió por bala castrense equivocada) era necesario saber qué pasó durante esos minutos de asalto al palacio japonés. Es muy sospechoso que murieran todos los secuestradores, incluídas las dos chicas que algunos rehenes vieron rendirse. Las dudas apuntaron a "exterminio". Pero nadie se molestó en explicarlo. La única consecuencia visible fue que al obispo lo ascendieron a arzobispo poco tiempo después.
        ¿Ha sido este un caso más de las "soluciones" que practican los dictadores sudamericanos (que no nombro porque la lista sería interminable) que nos han hecho acreedores al epíteto de "repúblicas bananeras", controladas por un ejército sometido a los intereses de una pequeña élite financiera? ¿Imponen el orden (la llamada "paz de los cementerios") sin respetar los derechos humanos (de los buenos y de los "malos") en un abuso de fuerza desproporcionado, ajusticiando impunemente a los "culpables", demostrando de esta manera ser más bárbaros que los propios terroristas, con la ingenua intención de eliminar no a catorce terroristas o guerrilleros, sino todos los problemas históricos que sufren amplias capas de la población del continente americano?
        Esta aldea global tecnológica, que ha empezado a repartir suculentos beneficios a unos pocos, tiene también sus ventajas: no se puede ocultar nada, nos enteramos al instante de todas las salvajadas que cometen cualquiera de nuestras tribus. Aunque no sirva para nada.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 15/10/1999