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Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca


NI LIMPIEN SU TUMBA, POR FAVOR


Leopoldo de Trazegnies Granda

Cada cual envejece a su manera. Algun@s engordan con el paso y el peso de los años, se vuelven caderon@s (se ajamonan). Otr@s en cambio se consumen (se amojaman). L@s más rar@s crecen a partir de los cincuenta, se les alarga la cara, (se achorizan) la ropa se les va quedando corta como a colegial@s viej@s. L@s hay que terminan con la cabeza cana y la piel sonrosada de abuel@s bonachon@s. También es posible lo contrario: que se tiñan de una oscuridad pancreática, ancestral, de tierra quemada, reduciendo poco a poco el espacio que ocupan en el mundo, en la cama, en la tapa del water.

Sin embargo yo he notado que en mi familia, además, nos vamos arrugando horizontalmente, a rayas, como acordeones rotos, y nos morimos un@s como felinos inclasificables y otr@s simplemente como cebras. Mi tía Areopagita Alvarez de Velázquez, mártir ella, murió como una tigresa, se le fueron achinando los ojos, el ombligo, las ganas de vivir, hasta que pegó el salto. Antes nos pidió que en su lápida pusiéramos:

ADIOS COJUDOS
¡YA NO PIENSO VOLVER, CARAJO!

Había nacido en París por los años veinte como una gran dama, cuando su padre fue acreditado por el dictador Leguía como "Attaché comercial" de la embajada del Perú en la "Ville Lumière", ciudad que ella siempre nombró exagerando mucho la "è" del acento grave, gesto que era erróneamente interpretado como una muestra más de su imperdonable "huachafería" ("horterada" se diría en España).

Cuando la fotografiaron con sólo tres meses en el "Jardin de Luxembourg", adornada de lacitos rosas en el pelo, en brazos de una ama bretona con cara de mala leche, nadie se podría figurar que llegaría a pronunciar "jijuna gran puta" con tanto énfasis en circunstancias tan justificadas.

"Estoy harta de vivir en este mundo tan incómodo", dijo un día mi tía Areopagita, muchos años antes de suicidarse.

"La francesa cada día está mas loca", comentaron el resto de mis tías delante de ella.

Estaba harta de que los fregaderos fueran tan bajitos y que tuviera que apoyarse en el borde para que no le dolieran los riñones al lavar los platos (ella nunca tuvo muchachas). Estaba harta de que el chino de la esquina guardara en el suelo las verduras que vendía y los perros sarnosos durmieran la siesta encima. Estaba harta de que el mercado más próximo a la casa familiar estuviera lleno de moscas y no se pudiera entrar por los malos olores que expelía. Estaba harta de estar rodeada de vecinos que vivían en callejones con baño común que casi no utilizaban. Estaba harta de que en los autobuses siempre había alguien que se le pegaba por detrás intentando culearla y tuviera que defenderse con sonados escándalos.

"¡Me han querido violar otra vez!" decía al llegar a casa. Y el resto de mis tías le restaban importancia al asunto, entre escandalizadas y curiosas.

"¿Entonces por qué los zambos me miran con esos ojos, carajó? Ustedes no se dan cuenta de nada porque son unas beatas de 'miegda' y no salen a la calle", les increpaba.

Por eso se mudó a la zona confortable de la ciudad, a Orrantia del Mar, lejos de Surquillo y cerca del Country Club. Alquiló un apartamentito en una calle nueva que lleva el nombre de un bisabuelo de la familia.

Yo vivía deslumbrado por mi tía, tropezándome con las farolas de su calle cada vez que iba a visitarla los sábados a escondidas, después de mis clases de pintura. Me fascinaba su "erre" francesa, su sensibilidad artística, su conversación infinita, su hermoso culo que causaba sensación en el "Expreso" de Miraflores y sobre todo, sus palabrotas mal sonantes (en el Perú se dice finamente "lisuras") tan certeras.

Un día la encontré sentada en el sofá con una mujer morena, menudita. Cuando entré, estaban hablando algo en francés pero al verme se callaron y sonrieron.

"Es la hermana de Brigitte Bardot", me dijo divertida y yo la miré con cara de cojudo caribobo. "Es verdad", insistió, "está de paso por Lima con su marido que es diplomático".

La visita sonrió nuevamente y le dijo a mi tía algo que yo entendí como "Usted sí que ama bien la Francia, Areopagita", al tiempo que le ponía una manita enguantada sobre el muslo. Ella le respondió que no sólo la amaba sino que la adoraba, aunque en París los fregaderos fueran tan bajitos como en Lima, pero allí se podía pasear a orillas del Sena sin que nadie se metiera con ella, o por los Campos Elíseos y entrar en las librerías y sentarse en las mismas terrazas del barrio Latino donde Sartre bizqueaba más que nunca exponiendo sus teorías existencialistas.

"¿Y usted ama también la Francia?" me pareció que me preguntaba cortésmente Mme. Bardot, mientras yo intentaba en vano superponer las torneadas piernas y los carnosos labios de la actriz sobre su figura menudita. "No conozco la... Francia", le contesté, callándome que los escasos conocimientos que tenía sobre su país los adquiría en las películas en versión original que iba a ver al cine Le Paris y que me fijaba mucho más en el bikini de su hermana que en los paisajes.

Este episodio me confirmó que mi tía estaba bien relacionada en Europa, que había sido compañera de las hermanas Bardot, que el autógrafo de Maurice Chevalier era auténtico y sobre todo, que la fotografía que llevaba en la cartera de un señor con aspecto de cantante de tangos (en su época todos los franceses se parecían a Carlos Gardel) era de un ser de carne y hueso, que en lugar de casarse con una peruana prefirió quedarse soltero entre francesas. La hermana de Brigitte Bardot le había traído la triste noticia de su fallecimiento.

Mi tía disimuló tan bien la noticia que yo no me di cuenta hasta después de haberse ido la visita. Una de sus cualidades era sufrir en silencio. Pero ni sus virtudes, ni sus tacos, la libraron jamás de enfrentamientos personales en la guerra que sostenía contra el resto del mundo; tal vez fuera porque aprendió demasiado tarde a sonreírle a l@s cojud@s, cosa que le costó muchos disgustos, sobre todo cuando se trataba de gente importante, y les decía las cosas como las sentía.

Durante la vida de mi tía, la arroba no servía para otra cosa que no fuera como medida de peso (casi doce kilos). Sin embargo hoy tiene connotaciones cuestionadoras del sistema, por colectivos gay, okupas o feministas, que podrían hacer pensar que a ella, tan peleona, le hubiera gustado que figurara en el mármol de su lápida funeraria un símbolo de ese tipo.

La @ se puso de moda después de su fallecimiento, en los primeros años de la era informática, los inconmensurables 60. Los lenguajes primitivos de programación (y las historietas cómicas y "tebeos") abusaban de signos raros (/ & * % $ @) para expresar lo inexpresable, que mi tía, sin embargo, decía con tanta facilidad. A la red Internet le debemos que hoy se conozca la arroba (@) y se haya hecho imprescindible en los teclados de los ordenadores para poder escribir las direcciones de E.Mail.

Estamos pues a punto de inventarnos otra letra, como la dichosa eñe. La @ resulta ser una letra más práctica, hija de tiempos globalizados, que en castellano valdría como las vocales a, e y o simultáneamente, según los casos, eliminando el género del vocablo. Economizaría palabras, "señor@s", o eliminaría la indicación barrada que las hace extensivas al género opuesto, "señores/as". Parece tener ventajas. Facilitaría la escritura, pero complicaría la comunicación. En algunos casos no podría utilizarse: "hombres y mujeres", "actores y actrices" etc. En español tiene limitaciones, Dios sabe cómo habría que utilizarla en otros idiomas. Un lío impronunciable.

Toda la literatura que creó mi tía Areopagita se redujo a ese adiós cariñoso y definitivo que nos dedicó desde su lápida del cementerio del Angel (cuartel cuarentiuno, tercera calle, nicho número doce) que me he propuesto mantener vivo, si es posible utilizar la expresión en este caso; sin embargo, como en tantas otras cosas, en ésta creo que se equivocó, porque yo, como único intérprete de sus sentimientos, estoy seguro que a pesar de todo ella deseaba permanecer entre nosotr@s, aunque fuera entre cojud@s.

Sospecho que la única razón que se tiene para escribir es la de querer comunicarse con l@s que aún no han nacido, con l@s que vengan a reemplazarnos, para ponerl@s sobreaviso, al menos. Las obras literarias, mientras pertenecen a nuestr@s coetáne@s, no pasan de ser simples comentarios, chismes ingeniosos entre amig@s, de situaciones que tod@s conocemos y compartimos; pero cuando pasa el tiempo y desaparece el escenario, algunas se convierten en auténticos testimonios. Mi tía lo sabía, por eso yo no dudo que quisiera dejar un mensaje literario. Su epitafio es pues contradictorio, como lo fue casi todo en su vida, porque (aunque se despidiera para siempre) denota un esfuerzo dramático por sobrevivir en las generaciones de cojud@s del futuro, que también l@s habrá; ella ya contaba con eso.

Por eso me he negado a modernizar su túmulo funerario, ante las presiones de gente que la conoció. No voy a incluir la @ en "cojud@s"; sería una gran cojudez que no me perdonaría nunca, porque habría contaminado su breve obra póstuma con un signo oportunista que ella desconocía. Mi tía cuestionó el sistema como pudo, se rebeló contra las costumbres y contra ella misma, no dudó en ser vengativa y mal hablada, pero de marketing del lenguaje no sabía nada. Los epitafios no son reemplazables como los carteles de los centros comerciales, según las modas. Los cementerios deben ser más perdurables que los hipermercados.

Señor@s mantenedor@s del cementerio del Angel:
        La tumba de mi tía, por favor, ni la limpien, que yo tampoco limpiaré su memoria. Así está bien.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 3/1/2000