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Conjeturas y otras cojudeces de un sudaca


LA IMPROBABLE MUERTE DE DON QUIJOTE


"Quítenseme de delante los que dijeren que
las letras hacen ventaja a las armas".

Don Quijote de la Mancha.

         El Quijote llegó al Perú el 5 de junio de 1606, en una nao de carga que disponía de dos camarotes de pasajeros en popa. Venía en una de las cajas que un librero de Sevilla enviaba a su factor de Lima. Y un año después apareció en público en una fiesta de Pausa, pequeño pueblecito andino, armado con una "cota muy mohosa" y un "morrión con mucha plumería", en un caballo flaco, acompañado del cura, el barbero, la princesa Micomicona y de su fiel escudero Sancho. Su triste y ridícula figura excitó la hilaridad del auditorio. Sancho Panza "echó unas coplas de primor que por tocar en berdes no se rrefieren", dice la crónica, privándonos de conocer los chistes verdes pergeñados para la ocasión.

         Las reacciones ante el primer encuentro con el ingenioso hidalgo suelen ser varias. Yo lo conocí en las aulas del colegio jesuita de Lima. Se trataba de la edición escolar publicada en 1953 por la editorial Luis Vives. La misma que estudiaba en esos años la que después sería mi mujer (pero que entonces no sospechaba de su existencia, ni ella de la mía) en el colegio de las agustinas de Madrid. Ambos aprendimos en sus páginas las diferencias entre "aljamía" y "algarabía", qué era el bálsamo de Fierabrás, cuándo se debe emplear la desinencia "chon" y muchas erudiciones más que yo olvidé enseguida y ella, más ordenada y estudiosa, continúa recordando.

         Sin embargo, lo que yo conservo de esas lecturas obligadas es una vaga aversión (¿"ojeriza" en lenguaje cervantino?) hacia ese loco peligroso de La Mancha que empezó su andadura como un simple "monomaníaco", al decir de Menéndez y Pelayo y la ha terminado como símbolo del carácter español. Si en aquella época hubiera conocido la opinión de Unamuno, probablemente habría sufrido mi primera gran depresión escolar.

         Cervantes inventó un hidalgo con delirios de grandeza, fanático, prejuicioso y abusivo imaginario. Verdugo y víctima, tan pronto arremetía contra sus visiones fantasmales como era atacado a pedradas o a estacazos por gente sin escrúpulos. Su testarudez y seriedad llegan a ser a veces escandalosas. Todo el humor que le sobraba a Cervantes le faltaba a don Quijote.

         Ignoraba yo, en mi pupitre escolar, que quien realmente había sufrido los reveses de la vida en aventuras desafortunadas e injustos atropellos, por culpa de la política imperial, era el propio manco de Lepanto.

         Don Quijote, por un lado reunía hasta el delirio las supuestas virtudes cristianas de ascetismo, o caridad, pero por otro encarnaba las peores actitudes de los nobles, clérigos e inquisidores del monarca absolutista de El Escorial que, con loable intención de servir a Dios e impedir la corrupción, cometían desaforados excesos contra la población, ya muy diezmada por pestes y conquistas, de los que fue víctima en más de una ocasión el propio autor.

         Creí detectar este sentido de la obra, más crítico que satírico, en mi primera aproximación a su lectura. A mí no se me ocurrió ningún chiste verde ("colorado" se dice ahora en el Perú), más bien, me situé entre los pretendidos enemigos del colérico caballero, entre aquellos villanos que el hidalgo buscaba obcecadamente por Castilla a lomos de Rocinante para castigarlos por los males que perpetraban. Era lógico que el ambicioso Sancho me inspirara, en cambio, un sentimiento más fraterno, lo veía como a un ignorante arrastrado por la arrogancia de un visionario. Sospechaba que lo contrario al idealismo interesado del imprudente hidalgo no era el realismo necesario del escudero, que iba a su lado, sino la humanidad de su autor, que estaba detrás, lleno de sentido común.

         En 1590, antes de haber creado a los universales personajes, el escritor solicitó autorización para pasar a Indias. Ya había perdido el movimiento de una mano peleando contra los turcos, había soportado cinco años de prisión en las mazmorras de Argel y servido durante veintidós años a la Corona (algunos pasados en la miseria) sin obtener ningún reconocimiento en España. Miguel de Cervantes Saavedra declara entonces a sus amigos que se encuentra entre los que quieren partir para el Nuevo Mundo, probablemente a cubrir un puesto que había quedado vacante en el Perú. La rígida administración española le niega el permiso para embarcarse a América obligándolo a permanecer en Sevilla ocupando un modesto empleo en la Hacienda pública. La ingratitud es aún mayor, no solamente no se tienen en cuenta sus méritos militares y literarios sino que es encarcelado en repetidas ocasiones por motivos nimios o prejuicios burocráticos. A pesar de todo, Cervantes no cesa de escribir. Ha terminado La Galatea y varias piezas de teatro sin mucho éxito; es entonces que inicia El Quijote. La belleza del texto no nos puede hacer olvidar que el personaje es esperpéntico, neurótico, inflexible en sus sentencias, andante por una España ya quijotesca, empeñada en conquistar Inglaterra con una Armada que más que Invencible debió llamarse Inservible porque tuvieron dificultades hasta para disparar los cañones. (Cervantes lo sabía bien, incluso había trabajado en su aprovisionamiento.)

         Todo este preámbulo viene a cuento del idioma. Cuando mi desconocida Dulcinea y yo estudiábamos El Quijote, ya habían muerto muchos vocablos de la lengua de Cervantes y quedaban, afortunadamente, muy pocos caballeros andantes sueltos por Castilla o Lima. Sólo necesitábamos enfrentarnos a la obra escrita en lenguaje un poco arcaico. La mayoría de los términos y expresiones que figuraban en los comentarios de texto de nuestro manual escolar no se emplean desde hace muchos años. Jamás he oído a nadie, ni en carnavales, que diga "bizna", "sinabafa" o "papar duelos" y sólo he escuchado una vez a mi suegra decir "sandio", sospecho que refiriéndose a mí.

         El idioma lógicamente también ha evolucionado y no lo ha hecho exactamente de la misma manera a ambos lados del Atlántico y costas del Pacífico. En América hay letras que se niegan a cambiar, como la "F" de "fierro" que se resiste a convertirse en "H", otras veces se han implantado distintas palabras para designar algo nuevo, como "tina" por "bañera", "arco" por "portería" de fútbol etc. y en algunas ocasiones son las conjugaciones de los verbos que se emplean de distinta manera, como la segunda persona del plural (asociada al pronombre "vosotros") que en casi toda América ha caído en desuso (no se le dice vosotros ni a los niños) sustituida por la tercera persona, asociada correctamente a la abreviatura "ustedes". Otra característica divergente es la habilidad con que se manejan los diminutivos en Hispanoamérica, que nos hace preferir "silleta" a "silla", o que nos permiten precisar fracciones de tiempo infinitesimales, como "ahoritita" (pronunciado "auritita"), que los físicos han necesitado sofisticados instrumentos para medirlas.

         Cuando los sudamericanos aterrizamos (es un decir, porque la mayoría veníamos en barco y en segunda clase) en la España de los años 50 (en la que aún había pocos futbolistas -Seminario, Di Stéfano- que familiarizaran a la afición con el acento argentino o peruano, ni se había asomado Kiko Ledgard a las pantallas de televisión) teníamos abundante tema de conversación verificando las diferencias del lenguaje. El sentido coloquial de parte de nuestro vocabulario presentaba dificultades de comprensión y a veces nos obligaba a hacer un esfuerzo mutuo para encontrar las correspondencias españolas de expresiones como "aventar" (lanzar), "viada" (impulso), "malograr" (estropear), "chompa" (jersey), "de repente" (quizá), "en antes" (hace un momento) y de muchos verbos que sonaban a "castellano" pero de los que se ignoraba su significado exacto ("siriar", "cachuelear") o simplemente no eran de uso habitual ("demorar" por "tardar", "apurarse" por "darse prisa") etc. A esto hay que añadirle que los diferentes acentos del continente americano (que al lado de la pronunciación clónica de los locutores de la Radio Nacional franquista podían parecer hasta afeminados) hacían que el diálogo fuera interrumpido innumerables veces con aclaraciones.

         Adaptarse precipitadamente a la forma de hablar peninsular podía producir resultados estrambóticos. Un buen amigo y mejor estudiante de medicina (me curó una gastritis estando sólo en tercer curso) pero negado totalmente para la prosodia, en su afán por hablar como español, engolaba la voz y cambiaba el adverbio "donde" por "do" (inspirándose en lecturas clásicas) y podía soltarte por cualquier pasillo del colegio mayor Guadalupe: "¿Do vas esta tarde, chaval?" sin inmutarse. Su novia, madrileña, lo miraba entonces embelesada porque creía que así hablábamos todos los cojudos en el Perú.

         Pero lo que me parece realmente importante es el aporte de nuevos vocablos procedentes de lenguas indígenas americanas. Si elimináramos las voces oficialmente reconocidas de origen quechua, aymara o azteca, los diccionarios españoles menguarían significativamente, pero si añadiéramos las expresiones que se escuchan en cualquier chingana caribeña, andina o amazónica, sin estar reconocidas como "americanismos", harían falta varios tomos del diccionario para recogerlas.

         Nada de esto tiene que ver con las modas o conveniencias idiomáticas que se establecen en determinados períodos por intereses políticos. Lo que no nos esperábamos al llegar a España era que además nos íbamos a encontrar con un idioma oficial, artificial, una especie de lenguaje "políticamente correcto" impuesto por el régimen para redactar los partes radiofónicos. Resultaba sorprendente descubrir que a los obreros se les llamara "productores", que las sirvientas fueran "empleadas de hogar", y que a lo mejor iban a terminar llamando "técnicos de residuos sólidos" a los basureros. Pero resultaba aún más sorprendente que al gobierno autoritario, impuesto por las armas, se le denominara "democracia orgánica" y a la estructura jerárquica del trabajo se la reconociera por "sindicato vertical". Ante esta situación deduje que en España lo de llamarle "al pan pan y al vino vino" se había quedado para épocas cervantinas. Pero también me equivocaba, porque ya Quevedo decía que "por hipocresía llaman al negro moreno; trato a la usura; a la putería casa; al barbero sastre de barbas y al mozo de mulas gentilhombre del camino".

         Hoy vivimos bajo el dominio de lo que se considera "políticamente correcto" en una sociedad global seudoliberal. Han cambiado un poco los términos. No importa que en esta aldea planetaria la distancia entre ricos y pobres cada día sea mayor, no importa que no haya trabajo para los jóvenes y el poco que consigan sean sólo "cachuelos", que a los "productores" mayores de cuarenticinco años los echen a la calle, no importa, porque se acuña la frase adecuada y asunto resuelto: "España va bien". "Estados Unidos va mejor".

         Sorprendentemente ni en La Mancha ni en New York el negro es negro sino "hombre de color". Término equívoco porque incluye la posibilidad de ser rojo o verde. Si se aplicara la misma lógica al blanco habría que llamarlo "hombre incoloro", asimilando también erróneamente el blanco a la falta de color. Por otro lado se establecen dos únicas clases de piel: los de color y los incoloros. ¿Cómo nombraremos al resto, es decir, a los cobrizos, amarillos, etc.? ¿Y a los que somos mestizos? Habría que decir "hombres de color pero un poco descoloridos" o tal vez "hombres incoloros de tono oscuro". Sería complicado tratar de aplicar esta clasificación a los sudamericanos. Creo recordar que ya en tiempos de Cervantes se establecieron sesentiocho posibles combinaciones entre razas amerindias, africanas y españolas. Posteriormente, con las inmigraciones chinas, italianas, alemanas etc. a las costas americanas, las posibilidades son al menos tan numerosas como las idiomáticas. Por esta razón creo que los científicos de Massachusetts han descartado el estudio de nuestro mapa genético, porque podrían aparecer hasta genes moriscos de la reconquista, que ya son intratables obviamente, en los centros de investigación norteamericanos.

         Como es un hecho que el lenguaje evoluciona a medida que cambia la sociedad, algunos políticos modernos auxiliados por una cohorte de "escribidores" de éxito, han pensado malévolamente que cambiando los vocablos se podía cambiar el mundo o al menos hacer creer que había cambiado. No sé si en inglés se podrá conseguir, pero con los herederos de la lengua de Cervantes, esparcidos por tres continentes (cada uno de nuestro padre y de nuestra madre), lo tienen realmente difícil. Menos mal.

         El auténtico Quijote recuperó la cordura en su lecho de muerte y Cervantes levantó acta de su lúcida defunción; no así los imitadores que suelen morir en guerras santas y patrióticas llevando las banderas. Los que fracasan en tales empresas se plantean el suicidio, pero no es frecuente que lo culminen. Los que consiguen conquistar la ínsula Barataria, lejos de cederle el gobierno a su escudero, la disfrutan durante los años de inmortalidad, perdón inmunidad, que les confiere el Poder para luego desaparecer como si fuesen irrepetibles, aunque a veces existe el peligro de que resuciten.

         Es por eso que cualquier Sancho Arias debería siempre anunciar la defunción de su señor de esta manera:

"Españoles, creo... que el último Quijote, ha muerto".

Y habría que encerrarlo tras siete puertas blindadas para que no vuelva a escaparse en La Mancha. Ni en los Andes.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 31/10/1999