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Conrad
George Bataille
(LA LITERATURA COMO LUJO. Versal Travesías. Madrid, 1993).
(Extracto)

      En la actualidad, el ejercicio literario es una búsqueda de realidades últimas, de una verdad sagrada, que, en rigor, puede ser más o menos cómica pero que el lenguaje común (discursivo) no puede expresar. A algunas personas les cuesta mucho reconocerlo, pero terminan por aceptarlo: desde el momento que la literatura dejó de tener con la religión una relación como la del amo con el pariente pobre, o con el criado, heredó el poder y la responsabilidad. Pero en la medida en que esto actúa, en que, consecuentemente, la literatura es objeto de preocupaciones últimas, no parece tener demasiado sentido el prestar atención a Conrad.

      Si pensamos en lo que nos vincula, desde Laclos a Proust, pasando por Rimbaud, a la literatura de nuestro país, en la obra de Conrad parece haber una gravedad compuesta de una adhesión a la densa realidad de este mundo. En realidad, no hay transparencia en ese "espejo del mar" que tiene la tristeza de un muro provocada por la resignación del escritor. Sin duda, eso se debe a que la transparencia está hecha de rebelión; quizás el origen de la tensión esté en un rechazo, vicioso, a aceptar la condición del hombre en el tiempo. Pero aparentemente Conrad rechazaba el vicio y era partidario de ser útil a la sociedad.

      Ese rechazo vicioso (que no es propio de la humanidad común, por el hecho de que precisamente el mundo vicioso es sagrado, y la humanidad común, profana) es de hecho tan importante, que quienes consideran la literatura tal como hemos expuesto también leen y admiran las novelas norteamericanas modernas, a pesar de su realismo: no hace falta que traten de reformar sino que describan cínicamente un mundo desenfrenado, irreductible a la sociedad regular. Santuario, La ruta del tabaco están presentes en nuestra memoria porque se sitúan en un ambiente totalmente fuera de este mundo: un mundo real, confesable y como un juez. En cambio, las novelas de Conrad nos alejan de este mundo haciendo uso de un exotismo discutible. Esas historias de islas lejanas fascinan a las jovencitas soñadoras, pero sólo es literatura de evasión, que ayuda a huir, con el apoyo de pretextos falsos, de esa violencia que es el objeto de la investigación literaria prohibida. En este sentido el propio Conrad se ocupó de llevarnos sobre este punto hasta el beneficio de la duda. Cuando juzga duramente a la sociedad, lo hace en nombre de los principios que ha recibido, lo hace sin rebelión. Más aún que el orden establecido, desprecia el pensamiento, que es la contestación del mismo. En su opinión, la acción por sí sola nos justifica, pero para él la acción es el servicio al orden, una lucha peligrosa, pero sin subversión, contra una serie de obstáculos naturales (y no contra un límite concreto que, por el hecho de estar establecido, nos ataría de pies y manos).

      En este sentido, Conrad incluso tiene el valor de un prototipo: puede que nadie haya encarnado mejor, ni más humanamente, a esta burguesía en apogeo, que sueña con escapar de sus orígenes revolucionarios, y de su afán de explotación. En realidad, él no era precisamente de origen burgués. Pertenecía a una clase social carente de sentido, en cierta manera conducida por la historia al absurdo, indigente y limitada a nobles y vacías reivindicaciones: era hijo, aunque muy pronto quedó huérfano, de un hidalgo polaco, Apollo Korzeniowski, que sacrificó su vida a las rebeliones peligrosas, incluso insensatas, de su país contra el Zar (Apollo Korzeniowski murió aparentemente víctima de las medidas de represión que había sufrido). Curiosamente, el joven Conrad decidió hacerse marino: se fue de Polonia y se puso al servicio de armadores occidentales, en primer lugar franceses, y luego ingleses (ahí está el origen de las aventuras que contó en sus libros, que empiezan con La flecha de oro en Marsella). Y podemos decir, que una vez dentro de la esfera burguesa, se la imaginó siempre a imagen de la inaccesible vida feudal: inmutable y basada en la lucha y la fidelidad. Había dos temas de la vida moderna que le resultaban odiosos, ambos relacionados con la construcción racional de la historia: la Revolución Francesa y la idea de Progreso. No por ello fue menos liberal, eso es un tema aparte: en su opinión, la burguesía sólo debía escapar a la fatalidad que la relaciona con la preocupación de cambiar el mundo. Si se hubiera establecido el orden burgués para siempre... (si en particular no se hubiera sustituído la navegación a vela, elegante y virtuosa, por la vulgar navegación a vapor...), Conrad habría ocupado dentro de este orden un lugar silencioso (ajeno al discurso sobre los derechos del ciudadano o el Progreso). Conrad no era un ingenuo: lo único que admiraba y adoraba era la renunciación, y sólo renunciaba en favor de un mundo a su imagen, del cual la renunciación, el silencio, sería, bajo formas que responden a una perfecta consumación, la negación de la esperanza revolucionaria. Durante la guerra, fue un ardiente demócrata y anti-alemán y murió en 1924 mostrando con respecto al mundo que nacía (en la URSS) una total incomprensión.

      Pero ese caracter limitado - voluntariamente - de Conrad, en cierta manera supera la triste nostalgia de las oportunidades perdidas. Puede que su horror a la rebelión tenga un origen concreto. Conrad no debió ser fiel al ideal de su padre insurrecto. Aunque siempre expresó un gran amor a su país, el porvenir de Polonia sólo tuvo una importancia marginal en su corazón. Incluso podemos pensar que precisamente el caracter romántico, contrario a la sabiduría, de la agitación polaca estaba presente en su ánimo como un polo de repulsión. Parece haber odiado, en el juego de la imaginación y del discurso, en general en lo que se piensa, una inadecuación profunda: y por otro lado estimado en la práctica una forma de adecuación irrefutable. No sé si Georges Jean-Aubry tiene razón al considerar esa poca preocupación por la rebelión polaca como la causa del desamparo (del sentimiento de culpabilidad) que inspiró Lord Jim, en el momento culminante de la obra. Puede que no sea tan sencillo: en Conrad parecen moverse múltiples elementos. Un sentimiento mudo de imposibilidad en el que una mezcla de desesperación y admiración se exasperan y apaciguan a la vez. No tiene salvación: la renunciación de la cual proviene ese inefable estado es fundamentalmente una renunciación a la salvación. Incluso también es un remordimiento, ya que falló en un punto a la espera de quien esperaba... quien esperaba vanamente, pero esperaba. Una fiel adhesión a la más mínima posibilidad, la de la actividad profesional y el rendimiento (que es la base del conformismo de Conrad) no podría dar el pego por mucho tiempo: no se trata de aceptar el mundo y su extraña duración, sino de padecerlos, de resignarse a ellos. De acuerdo, esta renunciación se opone a la rebelión: por lo menos es algo completamente contrario; lo que se opone a la insatisfacción del rebelde no es el brutal egoísmo del satisfecho sino la renunciación última en la certeza de una insatisfacción sin solución. Sin duda, Conrad encarnó a la burguesía tratando de eludir su destino. Su obra es literatura de evasión, pero este aspecto no es el único: si se sustraía a la necesidad particular del mundo en el que se insertaba, era por una necesidad universal, tal que precisamente, en el fondo, ninguna posibilidad de evasión subsistiera.

      En realidad, los falsos pretextos que utilizaba Conrad tenían una doble finalidad. Sin duda alguna, creó para unos lectores superficiales un universo en el fondo limitado y con un estilo atractivo. Pero esto se puede interpretar de dos maneras: abría una posibilidad de evasión a buen precio, y este es el aspecto más sobresaliente. A la larga tenemos que reconocer que de la misma manera que decepciona, seduce: ese lado exótico y vacío, que quizás en un principio no había sido voluntariamente pobre, presentado con arte discutible y consumado, no está abierto a la evasión sino en apariencia. Y es cierto que sin rebelión sólo hay evasión veleidosa, y aceptación profunda, no por ello el autor dejó de querer lo contrario de lo que en principio se le atribuye: si representó la evasión, fue para suscitar el deseo, pero también para revelar algo más, como una secreta monstruosidad, la naturaleza imposible: para cerrar al final discretamente lo que habíamos imaginado apresuradamente que abría. El sentimiento que dominaba a Conrad era el de lo imposible: es el sentido último de su obra, es la razón por la cual atrae a pesar de su gravedad.

      (...)

      Después de todo esto no es de extrañar que los relatos de Conrad se ordenen tan a menudo bajo la forma de sueño y que al final sólo quede de ellos una inalcanzable sustancia. (Pienso en El corazón de las tinieblas, en el final de Una victoria y en sus personajes femeninos, a los cuales una agotadora fatalidad arroja al mundo de la duración.)

(Critique, 1947. Traducción de Ana Torrent)

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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/01/2008