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Mapa de Los Alcores

 
Crónicas visueñas

Visueño: natural o propio        
de El Viso del Alcor (Sevilla).        

 

  • Para adquirir el libro de forma digital o impresa: Librería BUBOK

     

    Leopoldo de Trazegnies Granda            

     

    MUERTE DE UN POETA

              Se llamaba Angel González. Sobre él no hubiera podido escribir una obra Arthur Miller porque no desperdició su vida como viajante de comercio sino que la fue enriqueciendo con la poesía que regaló hasta el momento de su partida.

              La vida del viajante es dura, aunque en la maleta lleve productos de tecnología punta y se los ofrezca a las grandes empresas. Un día me detuve en Carmona camino de Córdoba, dejé el coche al pie de las murallas romanas que el sol impregna de una pátina rojiza por las tardes. Me introduje en la ciudad antigua andando a través de la puerta principal dispuesto a subir al restaurante del castillo y tomarme un gazpacho y un buen guiso de venado en compensación a las penurias que pasaba en la carretera.

              Me pareció absolutamente irreal al remontar por sus callejuelas de sombras blancas encontrar un restaurante chino. En aquellos años 70 era difícil que súbditos de la China de Mao hubieran llegado hasta España y se les hubiera ocurrido abrir un restaurante nada menos que en Carmona. Pero allí estaba el "Mandarín", adornado con sus farolillos multicolores. Decidí cambiar entonces la gastronomía local por un arroz tres delicias con pato a la naranja que me ofrecía el cartel de la entrada.

              Comer solo es como reflexionar con el estómago, es una tarea que puede llegar a ser muy triste. Eso estaba pensando yo cuando me percaté que un chino adusto de mediana edad era el único comensal aparte de mí en el inmenso comedor. Llamé a la camarera china y antes de encargarle lo que deseaba comer, mirando la carta, le hice una broma sobre los nombres poéticos de algunos platos: Pelea del dragón y el tigre en un lago dulce o Cisnes en la niebla de otoño. "Parecen versos de Li Po o de Tu Fu", le comenté.

              La camarera china se quedó un poco desconcertada con mis palabras y me respondió que ella no conocía a "esos señores". "¿No te gusta la poesía entonces?" le pregunté. "Sí, pero más me gusta la música" me respondió con una sonrisa como queriendo hacerse perdonar. El chino que comía con palillos a dos o tres mesas de distancia demostraba ser extremadamente educado, hacía esfuerzos para no escuchar la conversación que yo mantenía con la chica, pero la oía. Antes de terminar el almuerzo, sin mirarme, le pidió a la camarera que me preguntara si yo "sería tan amable de aceptarle un vaso de sake". "Con el mayor gusto" le respondí un poco sorprendido por su invitación. Me pareció que al hombre le incomodó que yo hubiera levantado la voz para decírselo directamente. Inclinó dos veces la cabeza en señal de agradecimiento y vino a sentarse a mi mesa.

              Era verano, fuera hacía 40 grados de temperatura, casi no se podía respirar en el local. En aquellos años aún no se había extendido el uso del aire acondicionado, sin embargo ninguno de los dos nos quitamos la chaqueta. La chica nos trajo un ventilador grande y sin dejar de sonreir lo instaló delante de nuestra mesa, que era la única ocupada en ese comedor lleno de dragones dorados, y seguidamente nos sirvió una botella de sake. De fondo, se oían las tenues pero agudas voces de cantantes orientales.

              "Me ha sorprendido mucho escucharle nombrar a poetas clásicos chinos", me confesó en voz baja como si temiera que le oyeran. "Los conozco y me gustan mucho", le respondí. Se trataba de poetas de la dinastía T'ang que yo había leído maravillado en un libro que me dejó un compañero de la universidad, hurtado de la biblioteca de su padre, el poeta Dámaso Santos. Nunca le devolví esa magnífica antología china seleccionada por Raúl A. Ruy y hasta hoy me causa un sentimiento de culpa y cierta vergüenza haberme quedado con un tesoro ajeno, pero jamás me he arrepentido.

              "Soy profesor de español en la universidad de Pekín", continuó cortésmente mi interlocutor, "lo que más me ha sorprendido ha sido comprobar que en lugares apartados de España puede haber gente como usted que aprecia los versos de nuestros grandes poetas". No creo que en aquellos años hubiera mucha gente preocupada por la poesía china, pero preferí no desengañarlo. "Lo contaré en mis clases", añadió entusiasmado, "les causará honda emoción a mis alumnos". Asentí con gesto amable. "Me interesa mucho la cultura española, he traducido al chino a Juan Ramón, a Antonio Machado y a Alberti. Ahora estoy interesado en un poeta que se llama Angel González, su último libro publicado se titula Palabra sobre palabra", añadió con interés esperando una respuesta mía. No podía darle ninguna opinión. Era la primera vez que alguien me nombraba al poeta asturiano. Resultaba sorprendente conocer a poetas chinos antiguos y desconocer a un poeta español que vivía en Estados Unidos. Evidenciaba la profundidad de la fractura cultural española desde la Guerra Civil hasta la muerte del general Franco. Aunque Angel González no fuera un poeta silenciado por la censura, no era de los que gozaban de la publicidad franquista antes de su partida a las universidades norteamericanas.

              Nos dieron las cinco de la tarde hablando de poesía china, española y suramericana, y cuando ya nos íbamos a despedir para continuar nuestro viaje sacó de su bolsillo una hoja manuscrita y me dijo: "También trato de difundir la poesía china en español. Mire, es lo último que acabo de traducir, es un poemita romántico chino de un poeta anónimo que vivió mil años antes de Cristo ¿qué le parece?". Cogí el papel ya con mano temblorosa por el alcohol de arroz ingerido y leí con dificultad:

    Pedacitos de amor
    si una limadura de tu alma
    cayera en mi retina
    me dejaría ciego
    pero te habría hallado.

              "Me parece increíble que se conozcan poemas de amor chinos de hace tres mil años", exclamé. "No es extraño", me respondió sonriendo, "los poetas nunca mueren, siguen viviendo en su poesía".

              Hoy, que recuerdo aquella conversación con el profesor chino, caigo en la cuenta que no ha muerto Angel González, sólo se mueren los viajantes de comercio.

              El propio poeta lo dijo de esta manera:

        Yo sé que existo porque tú me imaginas.
        Pero si tú me olvidas
        quedaré muerto sin que nadie lo sepa
        .

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    EL PENULTIMO DUELO

              Lo último siempre tiene un regusto a muerte. La última vez que visitamos el lugar donde nacimos, sucumbimos a una pequeña muerte; la última noche que dormimos en una casa, la abandonamos llena de ilusiones perdidas.

              Torrequinto es un conjunto de casas situado en el último alcor de la cadena de colinas. A partir de allí la tierra se precipita hacia Dos Hermanas y la carretera se convierte en un afluente más que busca el río Guadalquivir.

              En 1987 se realizó en Sevilla el campeonato mundial de ajedrez, fue el penúltimo gran duelo entre los dos maestros internacionales, Karpov y Kasparov, similar al que mantuvieron en Buenos Aires Capablanca y Alekhine en 1927 o Boris Spassky y Bobby Fischer en Reykjavik en 1972. Seguramente se les llama duelos porque uno de los dos siempre muere, o los dos.

              Anatoli Karpov deseaba alojarse en una casa tranquila en los alrededores de Sevilla durante los largos meses del campeonato y sus "managers" alquilaron para él un hermoso chalet de Torrequinto. La urbanización se llenó de discretos agentes de la KGB vestidos de paisano que tomaban vodka en el club y velaban por la tranquilidad del maestro desde sus lujosos automóviles. Se instaló una línea de teléfono directa para que estuviera en permanente contacto con Moscú cuando aún la Telefónica nos negaba al resto de vecinos una simple línea comunitaria. En la carretera se apostaba diariamente la Guardia Civil. El alcor de Torrequinto se transformó en un alcor de renombre.

              El escenario del enfrentamiento entre el taimado ruso Karpov y el rebelde Kasparov originario de la república soviética de Azerbaiyán, era el Casino de la Exposición de Sevilla. Karpov se sentía en su casa, declaró que el Casino le recordaba a los lujosos palacios zaristas de Leningrado. Kasparov, huraño, con el pelo alborotado, lanzaba evasivas. Cuando se sentaban los dos adversarios soviéticos uno frente al otro se enfrentaban dos concepciones del mundo ante el tablero.

              Bajo los enormes magnolios del parque de Maria Luisa se instalaron hileras de tableros donde famosos maestros internacionales derrochaban humor jugando partidas múltiples contra todo el que quisiera sentarse frente a ellos, inclusive niños. Algunos periódicos sacaban ediciones especiales con titulares crípticos de cada movimiento de las partidas del campeonato: 45: h5 !!! (esta fue la última jugada de Karpov en la última partida del encuentro). Andalucía tiene una gran tradición en este juego y allí están las competiciones de Linares para corroborarlo, pero jamás había vibrado Sevilla con tanto ambiente ajedrecístico.

              Las circunstancias de los dos contrincantes le dieron un atractivo especial al duelo de Sevilla: Karpov defendía el "establishment" comunista y Kasparov representaba la incipiente apertura hacia Occidente. Ya se habían enfrentado en más de cien partidas cambiando el cetro de una cabeza a la otra de año en año, sin que ningún otro rival se lo pudiera disputar. En Sevilla, después de veinticuatro reñidas partidas, no ganó ninguno de los dos, hicieron tablas 12-12 y Kasparov retuvo la corona. El duelo de Sevilla resultó mortal, a pesar de ser el penúltimo: al poco tiempo ambos jugadores abandonarían el ajedrez, cuatro años después la URSS, a la que pertenecían los dos, desaparecería, Azerbaiyán se independizaría y por último la propia Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) se escindiría en dos organizaciones enfrentadas entre sí con campeonatos mundiales paralelos. El balance del duelo Karpov-Kasparov no pudo tener consecuencias más explosivas.

              La urbanización de Torrequinto volvió a su habitual tranquilidad. La casa que habitó Karpov ha cambiado de dueños varias veces pero seguramente conserva aún las torres, alfiles y caballos fantasmagóricos que la poblaron mientras vivió en ella uno de los reyes destronados del ajedrez.

              Actualmente Karpov se ha convertido en un ciudadano común próximo a los círculos de la oficialidad de Vladimir Putin, el nuevo "establishment" ruso. Garry Kimovich Kasparov sigue ejerciendo de rebelde, oponiéndose activamente al nuevo régimen autoritario de Putin, por lo que está siendo perseguido en su antigua patria.

              El duelo de Sevilla no fue el último. Los dos adversarios continúan jugando en otros tableros políticos. A Kasparov le toca ahora jugar negras.

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    PAISAJE HUMANO

              "¿Y los alcores dónde están?" me preguntó un amigo que había venido a visitarme.

              Es verdad, las colinas de Los Alcores no son fáciles de percibir, no son abruptas montañas que se eleven para devorar los movimientos atléticos de los escaladores. Los alcores se ocultan a la mirada de extraños como ninfas pudorosas, como las Pléyades del cielo que para verlas hay que acostumbrar los ojos a la oscuridad. Sólo muestran su belleza a quienes las aman.

              En las empinadas cuestas de Alcalá podemos sospechar su existencia, pero desde los balcones del castillo de Carmona se nota la sensación de altura y de vértigo sobre la meseta. Es el extremo más pronunciado de la cornisa. El resto son lomas sinuosas, con pendientes que se esconden en el follaje o en la niebla, hay que transitar por ellas cotidianamente, contemplando la delicadeza de su piel, para que salgan a nuestro encuentro, para conocer su secreta dulzura. El viajero desatento podrá cruzarlas muchas veces sin reparar en su existencia.

              Sólo se ve lo que uno tiene capacidad de amar y se ama con la intensidad que nuestra sensibilidad nos permite. Lo demás es pura indiferencia.

              Mi amigo no era capaz de apreciar los matices del paisaje de Los Alcores y me temo que tampoco los del ser humano.

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    LA CONSTRUCCIÓN

              Después de haber pasado muchos inviernos oscuros en Madrid busqué en Sevilla un lugar de eneros claros con árboles que no perdieran del todo sus hojas en los meses fríos, para construir una casa.

              Lo normal hubiera sido dirigirse al Aljarafe pero en los años 80 ya se estaba convirtiendo la cornisa en un populoso barrio de Sevilla. Por eso preferí la de Los Alcores, paraje más recogido, antesala de la serranía boscosa de Cádiz.

              Además de escoger el lugar, tuve que recorrer los interminables pasillos burocráticos de los despachos ministeriales y municipales para conseguir todos los permisos y licencias respectivas y no menos oficinas bancarias para disponer de una financiación de acuerdo a mis escasas posibilidades. Una vez que terminé con los interminables trámites empezó la obra.

              Las cubiertas tendrán que ser azoteas andaluzas practicables, para criar palomas, las mejores contra los calores veraniegos, me dijo el arquitecto y amigo. De acuerdo. Será de una sola planta con un mirador que horade el cobalto de las madrugadas. De acuerdo. Fuimos pactando uno a uno los materiales y elementos de la construcción: cimientos de zapatas, muros de carga, forjados de hormigón armado, tamaño de los dormitorios, lugar de los baños, chimenea... pero no siempre estuvimos de acuerdo.

              Tuvimos serias discrepancias sobre algunas cosas: él quería ventanucos y yo quería ventanales, él quería un patio cerrado y yo lo quería a la intemperie, él quería un baño sin luz natural y yo lo quería con sol sobre la ducha, él quería una escalera techada y yo la quería al exterior...

              Comprobé en las largas discusiones sobre la construcción que los arquitectos son los profesionales más celosos de sus opiniones, aún más que los médicos y que les cuesta mucho admitir los deseos de los futuros inquilinos. En muchas de estas cuestiones no llegamos nunca a un acuerdo.

              El arquitecto pasaba por la obra en las mañanas y daba las instrucciones precisas a los obreros para levantar muros y tapiar ventanas, que yo no admitía. Yo pasaba por las tardes y les pedía que los derribaran. Los albañiles los destruían refunfuñando. Al fin y al cabo yo les pagaba sus jornales, aunque el "ingeniero" les diera las instrucciones contrarias. Derribaban por las tardes lo que habían levantado por las mañanas, como una cuadrilla de sísifos, de tal manera que cada vez edificaban con materiales más ligeros para facilitar la tarea de derribo vespertino.

              En ese sentido, la casa actuaba como un ser vivo que está diariamente construyéndose y deconstruyéndose y aunque algunos crean que este ejercicio les hace adquirir cada vez mayor fortaleza, los constructores y los biólogos saben que en cada transformación nos volvemos más frágiles.

              El maestro de obras es un hombre de Huévar, no se le entiende cuando habla, él se da cuenta y se ríe disculpándose ante la inexpresión que producen sus palabras en mi cara. No importa, no hace falta que nos entendamos, yo le digo que sí a todo. Con que sus obreros entiendan sus órdenes basta, le repiten sus frases en tono de pregunta y él asiente, riendo siempre. Suele llegar en una camioneta cargada de escaleras metálicas, se pasea por los vericuetos de la obra ajeno a las sucesivas modificaciones realizadas, sube al mirador que aún está en esqueleto y allí desaparece. Los obreros saben que ya se ha ido cuando dejan de ver la camioneta delante de la obra y se animan a abrir las bolsas de bocadillos y destapar las cervezas bajo el olivo.

              El día que celebramos la terminación de la obra los albañiles se negaron a comer los langostinos sin pelar y las mujeres tuvieron que encargarse de quitarles el caparazón al mismo tiempo que vigilaban los fogones instalados en el jardín para la ocasión. Después del almuerzo se fueron cabizbajos, como expulsados de un territorio que no fuera el suyo. El maestro de obras desapareció, como era su costumbre, en el mirador que ya tenía su forma definitiva de jaula. El arquitecto contemplaba incrédulo el aspecto final de la construcción levantando la vista más de lo necesario.

              Después de haber pasado largos años en la casa, veo la grieta que se ha abierto en la pared del patio y pienso si no se quedarían en pié algunos de los muros endebles y el día que se quede vacía se caiga como un castillo de naipes haciendo un ruido similar a una carcajada de albañiles. Entonces habrá muerto como mueren los humanos, por un cataclismo interior, en plena soledad.

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    EL COMETA

              Me detuve en Sierra de Yeguas el día que los astrónomos habían previsto que iba a ser el de mayor visibilidad para avistar el paso del cometa Halley. Pensé que si después de resolver el asunto que me llevaba hasta allí me daba la noche por esas carreteras me quedaría a verlo. Los cometas aparecen como los recuerdos: permanecen en el aire un tiempo indeterminado, perturbando nuestro inestable equilibrio, para después perderse en el horizonte como si nunca hubieran existido. Pero al cabo de los años vuelven.

              También me enteré por las noticias de la radio en el coche, que había muerto la compañera de Sartre, Simone de Beauvoir. A continuación hubo un programa dedicado a su vida y pusieron canciones de las musas de los existencialistas que se reunían en el café Les Deux Magots de París, Edith Piaff, Juliette Gréco y las más modernas Mireille Mathieu y Françoise Hardy.

              Me bajé del coche con imágenes difusas de mis años de Francia y de las ilusiones de aquella época. Recordaba haber escuchado esos discos, que compré para regalar, en un tocadiscos portátil bajo el techo inclinado de una buhardilla mientras afuera diluviaba. En Sierra de Yeguas, en cambio, hacía un día esplendoroso, de primavera, las rocas parecían rodar por las montañas, rubias de sol pajizo, y las muchachas de ojos negros se aprestaban a salir a pasear por la carretera a la caza de las miradas furtivas de los mozos del pueblo.

              Entré en un bar de toneles y suelo irregular que olía a aceituna macerada. El olor ácido en la penumbra me hizo volver a la realidad y recordar que lo que yo buscaba en ese pueblo era una cooperativa aceitunera y que mi intención no era otra que preguntarle al mesonero cómo llegar a esa empresa.

              Un hombre acodado en la barra como si hubiera pasado allí toda su vida bebiendo vino se ofreció secamente a informarme: "Yo se lo puedo decir". Era un anciano de gesto duro, canoso, de bigote profuso que le tapaba los labios, con una gorra que le daba aspecto de capitán de barco fluvial. Al hablar descubría unos dientes leñosos por culpa del tabaco. Cuando se me acercó para informarme advertí que adolecía de una pequeña cojera y que despedía un fuerte olor etílico.

              Entablamos conversación. "Tiene usted pinta de ruso... yo he conocido a muchos rusos", me dijo. Fueron sus primeras palabras de introducción para seguir hablándome de la guerra. "La pasó usted aquí, en Sierra de Yeguas?" le pregunté. "¡No, yo soy de El Viso!", me respondió como si fuera tan obvio que lo llevara escrito en la cara. "Aquí todo el mundo me conoce por 'El Viño', no por 'El Viso', sino por 'El Viño', recalcó y señalándose la gorra, como si hubiera leído mis pensamientos, aclaró: "no lo llevo escrito en la cara pero sí aquí". Le manifesté que yo vivía cerca de su pueblo, tratando de ganarme su confianza, pero él no le dio mayor importancia y continuó con su relato. "Me jubilé en la envasadora y aquí me he quedado", añadió. "¿Entonces ha trabajado muchos años en la cooperativa?" me interesé. "Pocos, los últimos solamente, el resto en Francia". "¿En Francia?" repetí asombrado. "Sí, en París. Allá tuve que huir al final de la guerra. A los de la CNT de El Viso nos acusaron de haber quemado la iglesia. Nos escapamos los que pudimos. Yo era muy joven, casi un niño, nadie se fijó en mí, a los mayores los encerraron en el Palacio y luego los fusilaron sin juicio en una cuneta de Mairena, entre ellos a un hermano mío. Estuve después en varios frentes, por último en Valencia, y luego Francia". Se hizo un incómodo silencio, el mesonero le pasó un trapo a la madera negra del mostrador, espantó lentamente las moscas con la otra mano y nos puso el vino que le habíamos pedido en vasitos opacos. "Debió ser duro el exilio", comenté conciliador. "Al principio regular, ya sabe, los germanos, me dejaron de recuerdo esta pierna podrida", dijo palmeándose el muslo. "Y luego cuarenta años de camarero en París. ¿Qué le parece? Volví a España hace ocho, al poco tiempo me jubilé en la envasadora como ya le he referido". "Entonces usted es casi francés", bromeé. "¡Y tanto! hasta me casé con una media francesa, que por allí anda".

              Antes de despedirme de "El Viño" para ir en busca de la cooperativa siguiendo las detalladas instrucciones que me había dado en el último momento, añadió casi a gritos: "Para que se haga usted una idea, yo le he servido muchos cafés a Sartre en Les Deux Magots, y mi mujer iba a Montparnasse a limpiar el apartamento donde vivía con Simone de Beauvoir ¿qué le parece?"

              Cuando entré al coche, en la emisora de radio ya había terminado el programa dedicado a Simone de Beauvoir, estaban hablando del cometa Halley. Tardé unos instantes en encender el motor. Se había hecho de noche, el cielo era un cráter apagado lleno de ascuas brillantes. Me pareció ver el cometa como un labio blanco en la vertical de las lagunas de Campillos, aunque a lo mejor eran sólo estrellas fugaces, de las que no vuelven jamás.

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    APURIMAC

              En Los Alcores no hay hospitales ni maternidad, es tierra libre de yodo y gasas. Los alcoreños nacen en Sevilla. Y cuando van de médicos bajan a la ciudad y deambulan por sus calles durante todo el día.

              El objetivo de la medicina es mantenernos en buena salud, aliviándonos del dolor, sin embargo, yo detesto los hospitales. Están organizados como templos malolientes donde sólo los sacerdotes y sacerdotizas entran en el secreto del dios pagano al que sirven. Hoy he ido de médicos, a buscar los resultados de unos analisis: el inexorable veredicto del PSA que podría hacerme rellenar la última casilla de mi curriculum vitae con la fecha de caducidad de mi organismo.

              Espero en una sala que huele a indiferencia, donde la luz de la mañana no ha entrado en varios años a bañar de tristeza sus plantas de plástico. Horas antes, la pálida imagen de una diosa menor ha aparecido en un extremo del pasillo repartiendo los números de consulta como en una lotería trágica.

              Siempre he creído ser agnóstico, pero en los interminables minutos de espera ante la puerta cerrada del santuario me he convencido de que soy absolutamente ateo. Ni considero necesario probar la no existencia del monstruo del lago Ness para saber que no existe, ni la de ningún dios para ser ateo. Sé que tampoco existen los elefantes con alas o los habitantes subterráneos de las profundidades del planeta, aunque lo afirmen oscuros esotéricos.

              Los cristianos inventaron un dios bárbaro que demanda sacrificios humanos o de animales, similar al de los incas o al de los aztecas. El primer sacrificio humano fue el del propio creador de la religión cristiana, ejemplo de sufrimiento masoquista. Es además un dios injusto que reparte números de la suerte entre la población de la tierra, y cruel porque se ensaña hasta con los niños. Y morboso porque sublima el dolor. Y vengativo porque al que no cumpla lo ordenado lo condena al fuego eterno ¡nada menos! en un acto de suprema venganza.

              La justicia acaba de reconocer que los médicos que aliviaban el dolor de los enfermos terminales en el hospital Severo Ochoa de Leganés no eran asesinos como se les acusaba, sino profesionales con un alto grado de sensibilidad humana que actuaban escrupulosamente dentro de la praxis médica. Pero ya es tarde, ya se ha sustituído a la plantilla de auténticos galenos laicos, que se opusieron a la indolencia cristiana, por estos sacerdotes paganos de la salud, por estos popes anti abortistas, anti sedación, anti eutanasia, anti clonación... en suma, anti científicos, anti humanos, anti racionales...

              El dios cristiano se parece mucho al ensangrentado ídolo Apurimac. Apurimac le llamábamos también a un vigoroso compañero de colegio que se divertía vejando al resto de la clase. Les obligaba a obedecerle, les pedía ofrendas de helados y cocacolas, los hacía llorar. Era un gordo sádico, correteaba a los débiles y a los enfermos. Los que nos atrevíamos a rebelarnos contra su fuerza brutal, o simplemente a eludirla, éramos considerados herejes hasta por los propios profesores. Manteníamos orgullosamente el pundonor del diablo.

              El ateo es consciente de que él es el único responsable de sus actos, que la biología lo es de sus enfermedades y el azar de sus accidentes, y sabe también que todos los esfuerzos son pocos para conseguir el bienestar de la humanidad en contra de cualquier fanático Apurimac. Estamos condenados a organizarnos de la mejor manera posible para tratar de evitar lo negativo de nuestra condición humana. Lo lamentable es lo mal que nos organizamos, lo torpes que somos. Basta pasar una hora en un hospital general para darnos cuenta de nuestra incapacidad natural.

              Al fin he llegado a comprender a Sócrates: la tarea humana más noble es la de hacer leyes justas. Leyes que nos permitan vivir con el menor número de desdichas, que nos protejan de nuestra propia incompetencia.

              Cuando reaparece otra pálida diosa menor y anuncia mi número de consulta, me acerco para saber qué premio me ha tocado: se me comunica que el Sumo Sacerdote de la especialidad, después de consultar al oráculo informático, me autoriza a seguir dejando en blanco la casilla de la fecha final de mi curriculum vitae. Una vez más ha habido suerte. Si me hubiera salido lo contrario no tendría a quién reprochárselo si no es a mi propia biología, nuestras enfermedades son parte de nosotros mismos. Tampoco tengo a quien agradecérselo que no sea a esa ciencia que los seres humanos hemos ido descubriendo con mucho esfuerzo y entre muchas calamidades, la mayoría de las veces contra las iglesias, sus ídolos y el resto de sus acobardados seguidores.

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    LA CEREMONIA DE LAS PALABRAS

              En Carmona sorprende la amabilidad de sus gentes. Tal vez sea el silencio que se desprende de esas casas, ya completamente azules de soportar tanto cielo, lo que les confiere esa afabilidad a sus habitantes. O esas calles empedradas con palabras, sólo insinuadas, como un rumor de yerbas nacidas en sus históricas grietas.

              En los antiguos comercios se oyen voces exclusivas del habla andaluza pronunciadas con un ceceo alcoreño suavizado por el seseo que llega desde la cercana Sevilla. Se adivinan términos como alferecía, caraba, arrezura o arrumbao, que en otros tiempos viajaron a América y allí también conviven.

              Hace años tuve ocasión de participar en las reuniones del Organismo Internacional de Normalización (Normas ISO) para la unificación de los términos informáticos. Las reuniones tenían lugar una vez al mes en los locales del organismo y semestralmente acudíamos a la vetusta casona de la Academia de la Lengua para refrendar nuestro trabajo con una comisión de lenguaje técnico de la que formaba parte entre otros Rafael Lapesa, que curiosamente es autor de un ensayo sobre el ceceo y seseo andaluces.

              En la Academia nos recibían en una salita, alrededor de una mesa redonda central, donde cada asiento disponía de un pequeño atril con la última edición del DRAE. Después de la habitual introducción por la exuberancia del idioma, solíamos lamentarnos de forma casi coral de que, a pesar de la riqueza del castellano, era inevitable adoptar anglicismos.

              El día que abordamos la traducción de los temidos términos Hardware y Software, un irreverente miembro de la comisión se atrevió a proponer a los académicos dos vocablos, Parafernalia y Mística, como equivalentes de las respectivas voces inglesas.

              Inicialmente la reacción académica fue de sorpresa y turbación. Rafael Lapesa se puso a consultar el diccionario primero tímidamente y luego con evidente nerviosismo. Al fin leyó la acepción de Parafernalia en tono solemne: Conjunto de usos habituales en determinados actos o ceremonias, y de objetos que en ellos se emplean.

              "Así es, prorrumpió el osado lingüista informático, ¿por qué no le vamos a llamar al conjunto de hierros, semiconductores y demás morralla de las máquinas, la Parafernalia y a la parte inmaterial la Mística? Si los anglosajones hicieron una broma llamando al hardware 'la quincalla dura' y al software 'la blanda' ¿por qué nosotros no podemos hacer lo mismo con unas palabras que nos remiten a la dorada época mística de nuestra historia?"

              Pedro Laín Entralgo y Fernando Lázaro Carreter, que también estaban presentes, trataron de disimular su asombro indagando más detalles sobre el significado técnico de los dos crípticos vocablos ingleses. La conversación adquirió tal seriedad que parecía que la polémica se centraba realmente en parafernalias y místicas medievales.

              En Carmona hace más frío que en Sevilla. Estoy tomando café en un bar al lado del fuego encendido con leña de palmera y leo en el periódico una frase que creo que contiene la clave de aquella reunión de lingüistas. En una entrevista que el escritor Alfredo Valenzuela aprovecha para hacerle al historiador Hugh Thomas a su paso por Sevilla, el hispanista inglés se muestra reticente a responder, no hace gala del humor que caracteriza a los británicos, sino más bien de una escéptica parquedad. Pero al final surge la chispa, la respuesta perspicaz que justifica toda la conversación:

              "¿Por qué le gustan los españoles?" pregunta a bocajarro Valenzuela. Y Thomas responde: "Por su mezcla de informalidad y ceremonia".

              Es decir, guardamos ceremoniosamente las formas que al mismo tiempo nos encargamos de romper informalmente.

              Aquella vez en la Academia, la anécdota terminó en una informal carcajada que rompió la ceremoniosa reunión académica. A pesar de todo, no se admitieron las palabras propuestas por el impertinente informático y se adoptaron los anglicismos Hardware y Software, que han terminado entrando al diccionario con su ortografía original inglesa.

              Carmona está hecha de la misma argamasa hispánica señalada por Hugh Thomas: señoriales palacios aristocráticos y desordenadas callecitas por donde circula el silencio.

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    EL SUEÑO DE JAMES DEAN

              Voy a la biblioteca como el drogadicto al estupefaciente, sin saber exactamente lo que busco, ni para qué me sirve. Por eso celebro que el concejal de cultura del ayuntamiento de Dos Hermanas haya tenido la buena idea de dejarla abierta veinticuatro horas al día, siete días a la semana, como una farmacia de guardia. La literatura es un tóxico que no destruye el cerebro pero a veces lo lastima. Sospecho que si fuéramos más insensibles a nuestras carencias seríamos menos adictos a los mundos virtuales.

              Hoy habría cumplido 77 años un rebelde sin causa llamado James Dean, que como Elvis Presley pertenecía a una generación desnortada, pero que goza de la eterna juventud debido a que la mayoría de sus miembros fallecieron pronto.

              En los años 50, paralelamente a los actores y cantantes de rock se abría paso en los EE.UU. una generación de derrotados, la de los escritores de la generación beat, compuesta principalmente por Kerouac, Burroughs y Ginsberg. Cuestionaban dramáticamente el "way of life" americano, mientras la generación de James Dean mostraba en panavisión los ingenuos problemas de los adolescentes para integrarse en la sociedad de sus mayores. Los beat, encarnaban una crítica profunda de la pacata sociedad anglosajona explorando las últimas fronteras humanas a través de las drogas y de la filosofía oriental. En cambio la rebeldía de los muchachos de la generación Dean tal vez se debía a no sentirse queridos.

              A la España de Franco llegaron caducadas y mutiladas las tres inocentes películas de James Dean, y mucho más tarde las menos inocentes corrientes beatnik con sus prolongaciones hippies. En sus tres películas, James Dean protagonizaba al muchacho americano incomprendido. Yo ya las había visto a los 15 años, edad en la que es normal sentirnos incomprendidos y en la que todos hubiéramos querido poseer esa mirada tímida y desafiante que nos haría merecedores del cálido amor que las vírgenes adolescentes reservan para sus héroes perdedores.

              Se sabe que Pier Angeli fue novia de James Dean, pero que inexplicablemente lo abandonó para casarse con otro actor llamado Vic Damone. Parece que a Dean le costó mucho superar el desamor de la bella actriz italiana y que esa circunstancia condicionaría su actitud en la vida real y hasta su temprana muerte. Pero no se sabe si esto es sólo parte de su leyenda, igual que otros afirman que Elvis Presley sigue vivo. Lo que sí nos pareció muy real, porque lo vimos en la pantalla, fue la inmensa ternura que le proporcionó Natalie Wood en Rebelde sin causa.

              Los tres protagonistas murieron jóvenes: James Dean, Natalie Wood y Sal Mineo. Cuando ella desapareció, nos sentimos como si se nos hubiera ido una novia común de la época en la que nos faltaba ya muy poco para ser felices.

              En Alcalá se está construyendo la nueva biblioteca pública en la margen derecha del río Guadaíra. Diariamente paso por delante cuando me dirijo a dar mis clases y sigo la obra con curiosidad. Me alarma que continúen levantando los muros hasta dejar las ventanas como rendijas contra el techo. No es lo mismo leer un libro ante el paisaje de pinos de Oromana que frente a una pared enfoscada. Pero de estos matices no entienden mucho los arquitectos.

              El edificio donde imparto los cursos es obra del arquitecto Juan Talavera, diseñado originalmente como hotel para personalidades de la Exposición de 1929 y más tarde, a partir de la posguerra, dedicado a "correccional de menores", cárcel para "rebeldes sin causa" andaluces. Actualmente es un centro municipal de formación avanzada. Se encuentra en un lugar alto y apartado donde se asegura que hay fantasmas. Por las noches, desde el pueblo, algunos dicen haber visto encenderse y apagarse las luces de sus galerías superiores.

              Supongo que James Dean nunca pisó una biblioteca. Probablemente ni siquiera leyó con atención el guión que interpretó en la película de Nicholas Ray. Fue feliz a su manera durante su corta e intensa vida. La felicidad es algo que se pierde pronto. "Fui tan feliz que ya ni me acuerdo", oí esta frase en el aeropuerto Idlewild, rebautizado posteriormente como John F. Kennedy, minutos antes de iniciar un largo viaje que me arrancó de mis recuerdos de infancia como un vendaval. Me la dijo una desconocida mujer de mediana edad que subió a un avión en distinta dirección a la mía.

              Creo que los verdaderos fantasmas que habitan las bibliotecas son los recuerdos, las historias y las leyendas de los que intentan comprender sus angustias, sus decepciones, o la enigmática bifurcación de sus destinos... los que pretenden escapar de la soledad, aún a sabiendas de que escribir es un esfuerzo inútil.

              Borges, en uno de sus peores cuentos, La biblioteca de Babel, expresa una de las mayores verdades: que el universo es una biblioteca que contiene todos los libros posibles. Por tanto, si todo estuviera escrito, nosotros deberíamos resignarnos a leer nuestra propia vida y si no lo podemos hacer, inventarnos una nueva. Dicho así, parece sencillo.

              Se hace uno mayor cuando se deja de ser un rebelde sin causa y se descubre que existen nuevas razones para estar triste.

              Los beat fueron una generación de longevos a pesar de las drogas, excepto Kerouac que nació el 12 de marzo de 1922 y murió 47 años después, Ginsberg falleció a los 71 y Burroughs a los 81. Tuvieron pues tiempo de desarrollar sus propias y desordenadas vidas contra el "establishment".

              En cambio James Dean no tuvo esa suerte, no le dió tiempo a descubrir otras razones, murió en un accidente de carretera a los 24 años, sin poderse integrar en su "sueño americano" que los beat consideraban como la "pesadilla americana", aunque bien es cierto que jamás perdieron el apetito por vivirla.

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    MISTERIOSA ARQUEOLOGÍA

              No son numerosos los lugares del mundo donde puede aparecer de pronto un dios etrusco. Uno de esos territorios tocados por la magia del tiempo es esta insondable comarca alcoreña. Aquí están enterrados los suelos pisados por antiguas culturas desaparecidas, alfombras de mosaicos con apolíneas imágenes divinas. Es posible que esa variedad de ocres fuera obra de artesanos toscanos para ser pisados en las noches de fiesta por danzarinas fenicias o cartaginesas al son de una música que el tiempo ha transformado en silencio. Tal vez algún verso perdido haya llegado hasta las cántigas andaluzas pero es imposible desgajarlo, se ha sedimentado en la piedra como un metal insonoro, como la nieve ardiente o el dibujo repetido del rayo.

              En el universo infantil todos eran misterios, desde los problemas de álgebra, pasando por los genitales femeninos que nadie lograba describirlos con exactitud, hasta el teléfono que era como un gato negro que de pronto se despertaba maullando y resonaban las voces agudas de amigos o parientes.

              En el colegio, en cambio, el misterio era el de la Santísima Trinidad: tres personas en un sólo Dios verdadero. Me imaginaba una figura parecida a la de las divinidades hindúes con tres cabezas, cuatro brazos y seis piernas que venían en los "Cromos del Universo" que yo coleccionaba. Pero lo que me sorprendía de la Santísima Trinidad era la coletilla de que se trataba de un "Dios verdadero", como asumiendo que era natural que los dioses dionisíacos tuvieran muchos cuerpos y cabezas, pero en el caso del Dios verdadero resultaba algo extraordinario e inescrutable.

              Los sacerdotes se encargaban de explicar todos estos desatinos religiosos. Triste oficio el de revelador de misterios.

              Hay mujeres orondas y enigmáticas como las esculturas de Botero; otras frágiles, delicadas, con dos lúnulas añiles en los ojos, que guardan el misterio de las pinturas de Modigliani. A nadie se le ocurriría despojarlas de su íntimo secreto.

              De los diversos humores que recorren nuestro cuerpo, el del misterio es el más exquisito. No hay mayor placer que dejarnos seducir por la lucidez, por la armonía, por la sensibilidad... ocultas. Misterio es lo que está debajo de la realidad. Misterio son esos sentimientos hundidos en el yacimiento de dioses paganos, resistentes como el fuego a la oscuridad y a los días.

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    HOMENAJE A EDITH PIAFF

              A veces encuentro palabras en francés tiradas como yerbas en el campo, "chagrin" por ejemplo ¡cuánto chagrin ha caído ya y ha dejado todo mojado! y por encima andan caracoles eternos rompiendo cáscaras; "regreter" es lo que a mi subconciente llega. Entonces traduzco ¡cuánta pena! ¡cuánto me arrepiento! me arrepiento ¿de que la pena me impregne como la lluvia?

              Este campo tan poco francés habla también de tu soledad, de la indiferencia de los árboles, de la hipocresía de las flores que brillan estando atadas al suelo, de la mala leche de los insectos y otros seres despreciables y de las rocas que señalan falsamente lugares donde hubo agua luminosa ya apagada.

              Una mujer sentada aplasta dulcemente la tarde con las caderas, el sol le acaricia el cuello, el pelo ondea hacia la penumbra del zaguán como en un cuadro de Picasso, anuncia que llegará la oscuridad empapándonos de miedo, recortando nuestros cuerpos bajo la luna como si fuéramos cadáveres vivos que tienen la esperanza de revivir al amanecer. Sabemos que son cuerpos que rechazan la caricia porque ya no sienten nada, porque son incapaces de amar. ¡Cuánto chagrin! Me descalzo, encharco los pies en la angustia sexual de los pájaros ciegos, ciegos de luz que buscan la única semilla que les devolverá el color a sus pupilas. Ella quisiera tener en el estómago una laguna inmensa llena de cisnes, así se duerme, flotando, como cuando era niña. Cada gota de lluvia sepulta un recuerdo. "Esto es un páramo" ha señalado un anciano con sus antiguos dedos infantiles. Pero ella no lo oye, ya está soñando.

              Seguiremos el curso de los ríos según su olor, su brillo o su sonido. El agua separa los labios de la tierra, labios que han olvidado sus besos. ¿Literatura o locura de palabras no escritas ni dichas? Palabras que tenemos miedo de invocar para no desencadenar tormentas silenciosas, la sangre se convierte en una sustancia desconocida y densa como un alud de fuego.

              Al menos la Naturaleza sabe escuchar, es lo único que sabe. Granizo blanco. Mis sentimientos no rebotan en las cortezas sino que son absorbidos por la tierra. Yo también pongo el oído para escuchar tu silencio.

              Soy consciente del paso del tiempo porque para llegar aquí cogí el atajo más largo y no me crucé con nadie. Se sale de la noche como de una vagina y la sorpresa se produce al comprobar que el mundo es un bosque y nos ignora.

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    LA LUZ OSCURA

              A mi casa ha llegado un amigo que no veía desde hace cincuenta años. Viene de la Argentina. Veinte años no es nada, dice el tango y ya podemos agregar: cincuenta tampoco, aunque sean muchos.

              Reemprendemos polémicas filosóficas que habíamos interrumpido cuando al terminar el bachillerato él decidió meterse al convento. La vida nos llevó por senderos opuestos. Él se decantó por un camino irracional: la sublime Fe. Yo preferí el más rastrero de la Razón. Yo vine a España, he tenido hijos y me considero ateo, él regresó a su tierra, abandonó los hábitos y tuvo dos hijas lindas. Y también se considera ateo. Esperaba encontrarme pues con un agnóstico escéptico lleno de sabiduría.

              Bebemos vino a la vera de las murallas de Carmona que siguen igual que en épocas romanas. Y compruebo que mi amigo tampoco ha cambiado, únicamente ha colocado a la Naturaleza en el lugar que ocupaba Dios en su vida: es un gnóstico, como decía Borges "habla de una luz oscura". Todo sigue igual, pretende seguir reconociendo la misteriosa bondad de Dios o la Naturaleza donde sólo hay caos.

              En la plaza de Carmona los naranjos han florecido y huele a azahar como hace cincuenta años, hay una paz que nos impide ver las catástrofes, los seísmos, la enfermedad, las epidemias, todas las desgracias naturales del mundo contra las que viene luchando la Ciencia desde tiempos inmemoriales. De niño mi amigo fue seducido por el pensamiento de San Agustín, o de San Pablo, ahora vive fascinado por la filosofía de Nietzsche o Schopenhauer... ha superado la religión con la astrología y tiene una confianza panteísta en esa Naturaleza que azota a la humanidad como un dios sádico.

              Ha tenido la amabilidad de traerme varios libros interesantes de regalo, entre ellos una curiosa "Vita Brevis" de Jostein Gaarder que reproduce un supuesto manuscrito de una venenosa carta escrita al santo Aurelio Agustín por su repudiada amante Floria Emilia. En ella hay un párrafo que creo que puede clarificar nuestra eterna polémica:

              "La vida es breve, demasiado breve. Y tal vez sólo vivimos aquí y ahora. Si fuera así, espero que no hayas estado dando la espalda a esos días, que al fin y al cabo tienen luz, para adentrarte en un oscuro y siniestro laberinto del pensamiento..."

              La seducción de lo irracional es peligrosa, tanto para San Agustín como para todo el que quiera vivir de espaldas a la Razón. Autoriza a creer en hipótesis que no necesitan demostrarse. Permite creer que la Naturaleza es sabia, que está evolucionando con una inteligencia interna que la hará llegar a la Perfección. Permite creer que lo principal en el hombre es su voluntad de poder; que los astros influyen en los niños al nacer, como la luna en las mareas; permite creer en cualquier cosa, que las piedras están vivas, hasta en Dios permite creer.

              Mi amigo y yo hemos agotado más de medio siglo de la breve vida a la que se refiere la ex amante de San Agustín y creo que ya no hay tiempo para seguir inventándonos creencias fuera de las pocas que nos suministra la Razón. A nuestra edad ya no se puede coquetear con lo inefable, no nos queda más remedio que intentar ser auténticos.

              Despido a mi amigo con un abrazo preocupado porque sospecho que ha tardado cincuenta años en quitarse la sotana de sacerdote para caer en la tentación de ponerse los collares del brujo, que en el fondo es lo mismo.

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    ELOGIO DE LA MENTIRA

              Oyendo la hermosa cadencia del andaluz hablado no se puede dejar de pensar en el misterio del origen del lenguaje. El lenguaje ha evolucionado a la par que la sensibilidad de las personas; se inventan nuevos vocablos o modismos, o se retuerce la sintaxis, para expresar mejor nuestros sentimientos. El andaluz ha tenido un largo proceso para llegar a esta forma cadenciosa y precisa de hablar que también llevó a América. ¿Pero cuál es el origen del lenguaje?

              Es un tema que nos atrae, nos seduce. Los estudiosos no han llegado a ninguna conclusión mínimamente admisible. Desde 1866 la Sociedad Lingüística de París resolvió no aceptar en sus publicaciones ningún trabajo que versara sobre este tema. Los lingüistas lo han excluído de sus investigaciones convencidos de la imposibilidad de analizar algo que no quedó plasmado en ningún soporte físico. Hasta la llegada de la escritura no sabemos nada del lenguaje. Lo único que se ha podido hacer es analizar antropológicamente la laringe y mandíbula de los primeros homínidos para proponer teorías fonéticas que no superan las hipótesis.

              Las primeras palabras que pronunció un neandertal hace 100.000 años o tal vez más, fueron aire y como aire se volatilizaron. Si ellos fueron los inventores del lenguaje es una lástima que hayan desaparecido. Era una especie genéticamente distinta a la nuestra que pudo ser la que nos legó tan preciada herencia para después extinguirse sin permitirnos estudiar su evolución.

              Y si el lenguaje se debe a nuestros antepasados directos homo sapiens sapiens, menos soñadores pero más hábiles y técnicos, tampoco se despeja el enigma porque las innumerables lenguas que se hablan en el planeta no nos dan ninguna pista para conocer su origen. La bonita metáfora de la Torre de Babel bíblica sinceramente no nos vale.

              Pero independientemente de la época en la que se empezó a utilizar el lenguaje, el problema estriba en averiguar cómo se convirtieron los simples chillidos irracionales de los homínidos en un sistema articulado de expresión. ¿Cuáles fueron las primeras palabras pronunciadas por los hombres primitivos? ¿qué vocabulario empleaban? ¿qué fonemas utilizaban? Nadie lo sabe, tampoco nadie sabe si el origen es onomatopéyico, o si fueron interjecciones de asombro, de cólera, o de alegría las que se convirtieron en un sistema de expresión. ¿Pudo ser la risa el primer sonido "superfluo" que emitió el homo ludens? ¿o fue una expresión poética? ¿o tal vez una canción de cuna tarareada por una madre bajo un firmamento aún primitivo? ¿o por el contrario fue un grito de amenaza del homo belicus?

              Pero lo que no se puede negar es que el lenguaje nacería como espejo de la realidad física o emotiva que rodeaba al hombre del paleolítico. Se limitaría a nombrar las cosas y los animales, como en esa otra bonita metáfora bíblica protagonizada por Adán en el paraíso. También expresaría sus sentimientos, su miedo, su furia, probablemente también su amor y su odio.

              En estas manifestaciones orales el hombre del paleolítico no hacía otra cosa que representar lo que veía y sentía. En el lenguaje emotivo o descriptivo el que habla no añade nada nuevo a la realidad, la reproduce por medios fonéticos, y el oyente no percibe ninguna novedad en su discurso sino simplemente una confirmación de lo que sucede en el universo y que a lo mejor ignoraba. Era un sistema de comunicación plano, sin poesía añadida.

              La gran revolución intelectual se produjo cuando a un primer humano se le ocurrió mentir. Separó de ese modo el lenguaje de lo que era la realidad conocida creando un sistema extra real, es decir, empezó a fabular y creó la metáfora de la vida. Los oyentes descubrirían alucinados un mundo que no existía físicamente y que su creación se producía espontáneamente en la imaginación del "cuentista". Esto les permitiría desde entonces inventarse historias y soñar. En otras palabras, compensar la triste realidad con fantasía.

              La distorsión de la realidad es pues la engendradora de la literatura. Gran parte de la riqueza del lenguaje viene de ese esfuerzo imaginativo, de las metáforas hiperbólicas que no tienen otro objetivo que captar la esencia de una emoción, una sensación o un sentimiento. Para apreciar esta inmensa riqueza expresiva basta con detenerse en cualquier esquina de Andalucía, por ejemplo en algún pueblo de Los Alcores, y prestar atención.

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    SILVERIO FRANCONETTI

              Probablemente los primeros japoneses que escucharon cante flamenco fueron los treinta pasajeros de un galeón nipón que atracó en Sanlúcar de Barrameda en 1614. Venían con el embajador Hasekura Tsunenaga desde el reino del Shogun Tokugawa. Partieron de Sendai para atravesar el océano Pacífico hasta México donde cambiaron de nave y continuaron por el Atlántico hasta la desembocadura del río Guadalquivir.

              Después de ser recibidos con gran fasto por el Duque de Medina Sidonia remontaron el río hasta Coria, donde fueron hospedados suntuosamente en la ciudad ribereña.

              Desde allí partieron escoltados para visitar Sevilla. Era una embajada de buena voluntad que tenía el propósito de llegar a la Corte de Felipe III para transmitirle al rey el deseo de estrechar los lazos comerciales y religiosos entre Japón y España.

              Aunque la intención de la embajada era regresar a Asia posteriormente esto no pudo realizarse por problemas burocráticos y de salud de sus miembros. El único que se embarcó de regreso al reino del Shogun fue el embajador Hasekura con una pequeña comitiva. El resto de la delegación permaneció en Coria del Río, se hicieron cristianos, españolizaron sus nombres y tomaron colectivamente el apellido Japón tan común hoy en día en estas tierras bajas de la baja Andalucía que son la prolongación de Los Alcores hacia el mar.

              Releo estos datos después de ver el documental de Basilio Martín Patino sobre el flamenco en Andalucía. Nos muestra el reciente hallazgo en Tokio de unos rodillos de estaño grabados con la voz de Silverio Franconetti. Este cantaor sevillano del siglo XIX es uno de los considerados grandes del flamenco. De origen italiano pero de madre alcalareña, aunque criado en Morón, fue uno de los primeros en elevar el cante hondo a categoría de arte.

              El trabajo de Patino sobre Andalucía puede inscribirse en algo denominado “documentales de ficción”, es decir apócrifos, pero llenos de una verdad subyacente. Es falsa la existencia de los rodillos japoneses, tampoco es creíble que Tomás Alba Edison grabara las seguiriyas de Franconetti en su recién inventado fonógrafo para presentarlo en la Exposición de París de 1889, como insinúa, pero es poético y por tanto verdadero.

              Es inquietante la presencia de Japón en Andalucía y aún más sorprendente la presencia de Andalucía en Japón. Con sus especulaciones literarias Patino provoca una polémica sobre la esencia de lo andaluz y por consiguiente sobre la esencia de cualquier arte. ¿Se puede escuchar buen cante flamenco en Tokio? Nadie hubiera pensado que pudiera existir buena poesía andaluza en Nueva York y sin embargo Lorca la encontró.

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    LA SALAMANQUESA DE PICASSO

              Aquí, a Los Alcores, me ha llegado del Perú un magnífico volumen, el compendio de la obra pictórica de un amigo: José Tola (Lima, 1943).

              "Arte universal" significa que se trata de una representación comprensible, identificable, que en cualquier parte del mundo nos puede sorprender. En Tokio plasmaría la obra de José Miguel sobre las ventanillas de los vagones del Metro, en Egipto la colgaría del fardo de lino de las momias, en París la soltaría a flotar sobre el Sena un día lluvioso, en las islas Caimán la enterraría con las esmeraldas, las turmalinas y los ojos de tigre del cofre del corsario Drake, y aquí en esta comarca de Sevilla, dejaría que las salamanquesas empapen sus patas alcoreñas en los frescos colores y olores universales. (La salamanquesa es un saurio abundante en Andalucía con dedos como racimos de ventosas aptos para andar por superficies universales).

              Es lo que me viene a la cabeza al abrir el libro y descubrir con mirada profana los tres períodos de la pintura de José Tola. El primero, que se extiende desde el sórdido Madrid de los años 60 hasta la Lima de los últimos 70, el del "yo" atónito retratado en una piel de sombras, y el del "tú" perplejo de ser observado por el yo atónito. El segundo que abarca los primeros 80, es una exploración por los huesos del alma en todas sus aristas y médulas blandas palpitantes de vida, un descenso en ascensor a los infiernos azules del hombre del siglo XX. Y el tercero que se inicia en los 90 hasta hoy, una explosión de color imposible de apagar, un incendio de fiesta ancestral que estalla en la barriga de las boas amazónicas y en la de los pequeños saurios andaluces.

              Veo asomar las patas de las salamanquesas por muchas de sus pinturas, es normal, igual que andan por las paredes de mi casa y por los techos, porque son capaces de mantenerse bocabajo hasta en una bombilla incandescente. En el Guernica de Picasso por ejemplo, hay una invisible, aferrada a la luz, ahora sé que la pintó José Tola.

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    ALCALA DE LOS POETAS

              La meteorología regala a Los Alcores con un par de graditos menos en verano, cosa que se agradece. La flama urbana no asciende como los pájaros en busca de brisas más altas. Antes de que se abriera al público el parque de Maria Luisa de Sevilla en 1914, los Pinares de Oromana que abrazan el río Guadaíra eran los jardines de Sevilla. A ellos llegaban los paseantes sevillanos en el llamado tren de los panaderos.

              Alcalá de Guadaíra es tierra de panaderos y de pintores, actividades distantes pero emparentadas por el oficio de las manos. El pan de Sevilla tal vez se fabricaba en Alcalá porque sus amaneceres son más frescos y permitían amasar la harina con menos sudores (aún existe el puente por donde salía de madrugada el tren a repartir su cargamento de pan). Tal vez también, su ambiente era artístico y bohemio porque como contaba Valle-Inclán los poetas frecuentaban las tahonas para tomarse la penúltima copa. Esta circunstancia atraía a mujeres complacientes y amantes de agotar la noche, pero también a artistas de toda clase. Zuloaga mantuvo taller abierto en Alcalá durante cinco años (1893 - 1898). Alcalá se convirtió en el centro de la Escuela Paisajista que hallaba en las riberas del Guadaíra y en sus molinos harineros la atmósfera romántica que embargaba la literatura europea de entonces y que atrajo a muchos viajeros extranjeros, entre los primeros al pintor David Roberts. Integraban la escuela llamada "pleinarista" (pintura al aire libre) los pintores Sánchez Perrier (Sevilla, 1855), Gonzalo Bilbao (Sevilla, 1860), el alcoreño Arpa Perea (Carmona, 1860), Bacarisas (Gibraltar, 1873), Nicolás Alpériz (Sevilla, 1870), José Rico Cejudo (Sevilla, 1864), Manuel Villalobos (Sevilla, 18??) y Felipe Gil Gallango (Sevilla, 1863) entre otros muchos.

              En el cante, Joaquín el de la Paula inventaría la soleá de Alcalá y Silverio Franconetti cantaría las seguiriyas más puras, que eran otra forma de hacer poesía. A principios del siglo XX también algunos toreros relacionados con la bohemia literaria como el sevillano Juan Belmonte y su mujer, la peruana Julia Cossío del Pomar, mantendrían estrecha relación con la ciudad del Guadaíra como si hubiesen nacido en ella, emparentando la tauromaquia con la literatura.

              Hay dos cosas que jamás se olvidan: las faenas taurinas dibujadas en el aire saturado de los ruedos y el olor del pan recién horneado en las tahonas. Alcalá, con su río acentuado y sus molinos de agua, podría haber sido perfectamente una pintura de Zuloaga además de ser una inmensa tahona.

            Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
            pura yema infantil innumerable, madre.

              Así recordaba César Vallejo las suyas, las oscuras y humildes de su Santiago de Chuco natal.

              Aunque en muchas ocasiones a España no le ha quedado otra alternativa que ser un país de pintores de paisajes y de escritores de silencios por temor a las represalias, nunca faltaron los que se empeñaron en hacerse oír aunque les costara en el mejor de los casos el exilio.

              Algunos alcalareños recordarían el olor antiguo y caliente de su pueblo en sus exilios forzosos de Francia, México o la Argentina, después de la guerra, simplemente por ser artistas.

              En el recién estrenado siglo XX, alrededor de la sevillana revista Grecia, primera publicación ultraísta de España, se reunieron los poetas españoles que estaban en la línea poética de Marinetti, todos ellos iconoclastas futuristas que no dudaban en manifestar su opinión contraria a cualquier intento reaccionario. En 1919 por ejemplo, a la salida de una lectura de poemas en el Ateneo se dirigieron a la Plaza Nueva a rellenar de piedras y cascotes los cimientos que se habían abierto destinados a sostener la estatua en homenaje al "rey bárbaro" Fernando III y acto seguido se encaminaron a apedrear la casa de Luis Montoto que para ellos representaba la Sevilla caduca. Parece ser que un veinteañero poeta argentino llamado Jorge Luis Borges (B. Aires, 1899) de visita en la ciudad y amigo de los ultraístas, participó en ese acto de vandalismo poético.

              Es curioso que a este variopinto grupo de poetas agitadores, componentes del llamado "Pasillo de los chiflados" y apadrinados por el cauteloso Rafael Cansinos Asséns (Sevilla, 1883), que luego tuvieron como órgano de expresión en Madrid la revista Ultra, no se les haya prestado tanta atención como a la Generación del 27 que a pesar de representar tendencias enfrentadas (unos en su acercamiento a Góngora y los otros en su rechazo de los clásicos) coincidían en tiempo y lugar y mantenían muchos de ellos una estrecha amistad y correrían la misma desgraciada suerte al acabar la guerra: el exilio, el fusilamiento o el olvido.

              Destacaban por su originalidad en esta corriente iconoclasta, que metió en la poesía tranvías, cines y aeroplanos, autores andaluces de la talla de:

  • Rafael Lasso de la Vega (Sevilla, 1890). Su adscripción al ultraísmo fue vital: murió en 1959 en la puerta giratoria del Ateneo de Sevilla, fulminado por un ataque al corazón.
  • Isaac del Vando Villar (Albaida del Aljarafe, 1890) considerado "un raro genial", una de sus anécdotas más curiosas es la de haber trabajado con un tío suyo para Pancho Villa en México.
  • Adriano del Valle (Sevilla, 1895), amigo de Pessoa, que se ganaba la vida vendiendo juguetes inventados por su abuelo asturiano, uno de ellos nada menos que el de "Nicanor tocando el tambor".
  • Miguel Romero Martínez (Sevilla, 1888) humanista, bibliófilo, poeta, astrónomo, dibujante y traductor de Horacio, Moliére, Leopardi, Maeterlink y de literatura erótica, como los Epigramas de Marcial, para indignación de ateneístas.
  • Pedro Garfias (Salamanca, 1901) aunque castellano de nacimiento pasó su infancia y juventud entre Sevilla y Córdoba, ultraísta muy próximo a la generación del 27, que al terminar la guerra tuvo que exiliarse como tantos otros en México donde murió.
  • Luis Mosquera (¿Sevilla? 1890 - 1955), fundador de la revista Grecia con Adriano del Valle e Isaac del Vando Villar.
  • Antonio M. Cubero (Córdoba, ¿?) amigo de Borges. En el primer número de la revista Ultra el escritor argentino le dedica un poema titulado "Mañana", del que unos meses después, a bordo del vapor Reina Victoria Eugenia en el que regresaba a la Argentina, el propio Borges hace una nueva versión en alemán que titula "Sudlicher Morgen" y se lo envía de regalo al poeta expresionista germano Kurt Heynicke. Se ve que la afición de Borges de rentabilizar sus poemas dedicándoselos susesivamente a varias personas distintas arranca desde su juventud.
  • Rafael Barradas (Montevideo, 1890) dibujante e ilustrador uruguayo de las revistas vanguardistas. Existe un dibujo hecho a medias entre García Lorca y Barradas, se trata de la actriz Catalina Bárcena a la que el uruguayo dibujaba siempre sin ojos ni labios, y García Lorca se los añadió en un dibujo preguntándole poéticamente en el reverso la razón de la omisión. Por lo visto era una pequeña venganza de Barradas porque estaba enamorado de la actriz pero ella no le correspondía.
  • José María Izquierdo (Sevilla, 1886) impulsor de esta vanguardia, muerto a los treintaiséis años.
  • Y por último Pedro Raida Ysmaya (Sevilla, 1890), alcalareño de adopción y llamado inexplicablemente por algunos "el austriaco", autor casi olvidado en la literatura posterior a la guerra civil.

              Poco tiempo después de Grecia se empezó a publicar en Alcalá de Guadaíra otra revista vanguardista: Oromana, dirigida por el impresor Manuel Carmona de los Ríos, con el lema:

            Bajo este altivo azul
            de nuestro cielo andaluz

              El nexo de unión entre las dos publicaciones fue el poeta ultraísta Pedro Raida que ofició de administrador de Grecia y asesor en "Arte y colaboraciones" de Oromana.

              Los versos de la revista Oromana no pretendían revolucionar el mundillo literario español, tenían aún demasiado lastre modernista como para que sus colaboradores se adscribiesen decididamente al ultraísmo de Grecia. En el primer número se encuentran manifestaciones tan rubenianas como estas:

            ... el que los lea gusta la ambrosía
            y aspira los perfumes de Oriente

                (Soneto de Antonio Guerra Ojeda)

              Sin embargo significó un germen poético de renovación que fue incremetándose a medida que se publicaban nuevos números. La portada de la segunda entrega es un apasionado artículo de Fernando de los Ríos y Guzmán, cronista oficial de una Alcalá siempre muy ligada a la pintura, dedicado al pintor canario Néstor (Néstor Martín-Fernández de la Torre) al que elogia llamándolo "el hidrópico de iridiscentes exaltaciones".

              En Oromana colaboraron poetas como la dinámica Amantina Cobos (Astorga, 1886) alcalareña de adopción y mujer del pintor Villalobos, Rafael Laffón (Sevilla, 1895), Juan Soca (Córdoba, 18??), y los poetas probablemente locales Antonio Guerra Ojeda, Antonio Viñolo, Calvo Araujo, José Mª Monfort, Juan López Tamayo, Antonio Cercós...

              En esta casi fresca tarde agosteña en los Pinares de Oromana entre molinos y saltos de agua, leo el interesante libro Poesía española de vanguardia (1) editado por su autor en Castalia en el año 1995, de donde he recogido gran parte de los datos sobre los interesantes ismos vanguardistas del primer cuarto del siglo XX que he incluído en este artículo.

    (1) Poesía española de vanguardia. Edición de Fco. Javier Díez de Revenga. Ed. Castalia. Madrid, 1995.

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    DIVAGANDO CON MACHADO SOBRE GOOGLE

              En días pasados la empresa Google anunció el lanzamiento de un satélite espacial propio para mejorar la calidad de sus fotografías en Google Earth y podernos mostrar en la pantalla del ordenador las vistas de cualquier parte del planeta como si viajáramos en una nube a baja altura. El nuevo satélite será capaz de fotografiar objetos de hasta cincuenta centímetros de diámetro, es decir que captará el tronco de este olivo que tengo a mi lado y a mí que estoy escribiendo debajo.

              Hace unos días también, se inauguró el acelerador de partículas de Ginebra que desvelará algunas claves de lo que supuestamente ocurrió en el Big bang inicial del universo, buscará la llamada "partícula de Dios". Será como una elipse sobrenatural. Si en lugar de perforar sus túneles en Ginebra lo hubiesen hecho en el subsuelo de Sevilla, el anillo de imanes ocuparía aproximadamente el perímetro de la comarca de Los Alcores y pasaría por debajo de estas tierras.

              El satélite y el acelerador son dos acontecimientos diferentes, uno astral y otro subterráneo, que en principio no están relacionados entre sí pero que tienen mucho que ver con el movimiento de los cuerpos y sus transmutaciones.

              Cuando Antonio Machado puso a andar por el mundo virtual de la literatura a sus dos heterónimos, Juan de Mairena y su maestro Abel Martín, no existía Internet y la ciudad homónima de uno de sus personajes, Mairena, era entonces un pueblo de cabalgaduras que para verlo había que recorrer los veinticinco kilómetros que lo separan de Sevilla. Los fotógrafos eran los de la plaza del Ayuntamiento que metían la cabeza en una manga negra para sacar como por arte de magia el negativo de unos niños o una pareja que el tiempo iría vistiendo con el uniforme sepia de la melancolía.

              De haber existido el satélite de Google con su webcam espacial, se hubiera podido fotografiar en Los Alcores a los dos heterónimos de Machado que se supone que eran personas de amplios hombros y sombreros de ala ancha y transportarlos instantáneamente a un cibercafé de Wall Street o a una escuela en los Andes peruanos. Se trataría del "movimiento sin desplazamiento", que es una mezcla entre la materia de la literatura y la antimateria de Google. Posiblemente los personajes apócrifos machadianos no llegarían a percibirlo como un fenómeno surgido de la colección de espejos de Leibniz, precursores de Internet, que desfragmentaban el universo, sino como "el gran ojo que todo lo ve al verse a sí mismo". Es decir que lo que observemos en la pantalla está también dentro de nosotros y por tanto seremos nosotros mismos. Los conceptos de "dentro" y "fuera" pierden sentido, el objeto se convierte así en su propia representación y será verdad todo lo que uno imagine.

              De esta manera se demuestra que Magritte estaba equivocado al pintar "Esto no es una pipa" porque no sólo sería una pipa sino que sería "la pipa imaginaria" que se multiplicaría hasta el infinito gracias a Internet. Por tanto, tampoco se podría distinguir entre lo objetivo y lo subjetivo, y esto nos plantearía un problema que podría tener cierta trascendencia: ¿Dónde situar la Poesía?

              Tendríamos que colocar a la Poesía en la frontera del sujeto mismo, como el amor que teniendo una sustancia única no puede ser un sentimiento común a dos personas porque la Física nos enseña que el mismo objeto no puede ocupar dos espacios diferentes simultáneamente, sino que más bien sería el elemento que los une: la poesía y el amor serían las sinapsis del deseo del otro. Este pensamiento aparentemente erótico es místico y por tanto enigmático.

              Sin embargo un poema puede leerse muchas veces y no permanecerá igual ni siquiera para su autor, de la misma manera que uno es distinto en cada espejo que se mire y el mismo amor variará dependiendo de nuestro estado de ánimo. Con lo cual nos habríamos topado con la heterogeneidad de la esencia: todo ser u objeto es múltiple en sí mismo. Machado en esto contradice a J.L. Borges. El escritor argentino engloba todos los libros posibles en la Biblioteca de Babel, pero esto es del todo imposible porque al tener los objetos esencias múltiples e imprevisibles no se pueden abarcar todas las posibilidades del ser y mucho menos encerrar todas sus combinaciones en una biblioteca. Para Abel Martín no sería la cultura un depósito de pensamientos congelados sino un organismo vivo que como el Big bang estaría en constante creación de ideas. Es de suponer que el heterónimo machadiano lo expusiera haciendo un gesto ondulatorio con el sombrero en la mano.

              Por ejemplo, se escribe una dirección en Google Earth y nos desplazamos por encima de valles y montañas hasta una calle en una ciudad remota donde puede haber un coche blanco y un tejado oscuro que sólo tienen sentido para quien buscó esa casa y no otra. Cada imagen guarda una historia distinta que permanece inamovible pero que se va desarrollando interiormente; sabemos que lo que se mueve es banal e inmutable porque sigue siendo lo mismo en todos los sitios que ocupe, en cambio lo que está quieto, como la calle, el tejado y los recuerdos, nos enriquece y se expande dentro de nosotros.

              ¿Teniendo en cuenta estas premisas sería posible considerar entonces a la Poesía y al amor como un haz de protones, como el pensamiento inmóvil que se transforma a la velocidad de la luz? Por lo menos esa es la sensación que a veces nos recorre el cuerpo. Hoy he sabido que el simulador de estrellas ha tenido una avería y he sentido como cuando nos enteramos que la persona amada nos ha dejado de amar, como si el acelerador de protones de nuestro corazón se hubiera apagado.

              A este respecto dice Abel Martín que: "el amor (es) la autorrevelación de la esencial heterogeneidad de la sustancia única", concepto difícil de entender sin que nos lo interprete Juan de Mairena. Pero aclara: "la amada acompaña antes que aparezca o se oponga como objeto de amor". Esto posiblemente ocurra porque la amada está en el mundo antes de ser amada y cuando se hace visible toda la multiplicidad de su sustancia es cuando surge el amor o la poesía con toda la fuerza magnética y enigmática del acelerador de partículas, Aparece sólo entonces y no antes, aunque se intuyeran ya los efectos. Y cuando el amor se desvanece es cuando se forman los agujeros negros de antimateria.

              Google Earth nos va a revelar la heterogeneidad de la Tierra en que vivimos, de los hombres y mujeres con quienes nos relacionamos y de los sentimientos tan complicados que nos unen o nos separan. Somos eso que vemos sin más limitaciones que los cuatro puntos cardinales. Si Abel Martín o Juan de Mairena hubiesen podido experimentar con el satélite habrían expresado su poesía en la frontera del universo y del ser, que como ya hemos visto son la misma cosa, pero desde un punto de vista tan próximo, tan cercano a nuestra nada, que bien podríamos confundirlo con el infinito. Allí radica la tenue magia del universo: en el misterio del amor y la poesía, porque lo demás es vacío.

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    EL BUZÓN MÁGICO

              Hubo un tiempo en que el número de buzones de Correos y la calidad de las librerías indicaban el grado de civilización de las ciudades. Lisboa me sorprendió gratamente por ese motivo, también Londres. Ahora el indicador puede ser el número de personas con ordenadores portátiles por la calle y la extensión que ocupa la sección de librería en las grandes superficies comerciales.

              En el nuevo Centro Comercial de Los Alcores, el que se construyó donde los circos desplegaban sus carpas, los libros cubren gran parte del local aunque sus títulos no suelen entusiasmarme. En los veladores de los cafés de las galerías interiores se ven algunas personas consultando Internet en las pantallitas iluminadas de sus aparatos. Su cara denota el placer de saberse conectados en "tiempo real" a sus amistades, a sus amores y también a los desconocidos que pueblan el mundo. La soledad ya no es oscura, se ha convertido en un resplandor electrónico.

              En aquella época mía de estudiante en Castilleja de Guzmán había pocos buzones y ninguna librería, era una población pequeña, tampoco tenía muchas farolas y después de la puesta de sol se andaba a tientas. Uno de los buzones estaba en la plaza, otro en la puerta del mercado y el tercero en los jardines diseñados por el francés Forestier que rodeaban el palacio de los Guzmán. Yo vivía entonces en ese noble edificio reconvertido en residencia universitaria. El buzón de los jardines estaba situado entre una fuente de agua para beber y un templete desde donde se podía ver la luna y las luces de Sevilla. Tenía la particularidad de ser un buzón mágico: al volver a la habitación después de haber echado una carta para un ser querido tenía la seguridad de que mis pensamientos ya habían llegado a su destino, sin importar si tenían que volar hasta Basilea, Lima o Roma, e inmediatamente presentía la respuesta como un abrazo. Ese buzón me producía la misma sensación que luego experimenté con Internet.

              La última vez que lo utilicé fue para enviar un sobre que contenía un poema con dedicatoria. Pero ocurrió algo imprevisto. Recorrí todo el sendero del parque sin encontrarlo, como era de noche, volví sobre mis pasos sospechando que lo habría confundido con un girasol gigante o con la estatua de un dios romano oculto en la maleza, pero no, no estaba, ni siquiera aparecía en la tierra la huella de su gordo pie de cemento. ¿Se habría ido rodando como un tonel carretera abajo?

              Cuando renuncié a encontrarlo y volví a la residencia, Abilio me detuvo en la portería y después de asegurarme que por los alrededores del palacio no había habido nunca un buzón de Correos, me miró con compasión como presagiando un desastre y me entregó una carta que había llegado para mí. Provenía de la mujer a la que iba dirigido el poema, me avisaba que iba a contraer matrimonio con otro, no recuerdo bien si en Basilea, Lima o Roma.

              A la mañana siguiente, a pleno sol, examiné con detenimiento los jardines y comprobé que el buzón mágico donde yo creía haber echado todas las cartas para esa mujer había desaparecido, en su lugar había una papelera de hierro como una negra flor carnívora. Entre sus pétalos de basura arrojé el poema sin abrir el sobre.

              Fue bonito mientras duró, me dijo cruelmente otra mujer muchos años después al contarle esta historia que se volvió a repetir con ella, pero esta vez en Internet.

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    EL TRANVÍA DE CHORRILLOS

              Me entero que Alcalá de Guadaíra va estar unida a la red del Metro de Sevilla por un tranvía de superficie. Parece mentira que ese amasijo de hierros ordenados sobre dos rieles pueda sugerir ideas románticas, pero he conocido muchos tranvías que ya han desaparecido en diversas partes del mundo y me emociona recordarlos.

              El primero, el de San Miguel, que llevaba en el frontal un cartel levantado como un gorro de mariscal francés, era pequeño y tenía la parte de atrás como una jardinera donde fumábamos. También los tranvías belgas, silenciosos, sibilinos, bajo la lluvia. Los de Madrid que llevaban el trole como un banderín. El de Granada a Pinos Puente, un tranvía de campo con olor a tomillo, que lo cogí una sola vez un día que en el pueblo se había cometido un asesinato y al bajar en la plaza todo el mundo me miró con desconfianza. También conocí los antiguos tranvías de Sevilla que recorrían la calle de San Fernando cabeceando entre la gente. Pero el que mejor recuerdo es el que unía Lima con el balneario de Chorrillos, era un tranvía largo y serio, casi militar, que cogíamos para ir a la playa.

              En los tranvías nunca me ocurrió nada, en cambio en el Metro sí. Un día en Madrid empezaba yo a subir por las escaleras de la estación de Sol cuando vi que una anciana que ya había llegado a los peldaños superiores perdía el equilibrio y caía hacia atrás. Pude saltar con la agilidad que me permitían mis veinte años para sujetarla y evitar que se desnucara contra el suelo. Noté que era liviana como una tórtola desmayada entre trapos negros.

              La anciana se sentó en el suelo para recuperarse y me miró con sus ojos secos y claros como dos madrugadas de verano. La ayudé a levantarse y la acompañé a su casa. Insistió en invitarme un café y me hizo a pasar a un saloncito de cortinajes y fotografías antiguas enmarcadas. Entre todas había la de un joven militar en uniforme; como me la quedara mirando me explicó: "Era un peruano que conocí hace muchos años". Al percibir mi cara de sorpresa continuó sonriendo en su castellano casi antiguo: "Era de tez oscura, magro de carnes, enérgico pero dulce, iracundo pero cariñoso". La anciana recitó la frase de carrerilla como si fuera una oración que repitiera todas las noches.

              Noté que su recuerdo la hacía temblar, la debilitaba. Se apoyó en el brazo de un sillón antes de ir a buscar el café. La seguí a la cocina, las alacenas olían a manzanas maduras.

              "Yo también soy peruano" le confesé. Me miró extrañada, pensó en lo que me iba a decir y luego haciendo un gesto de rechazo con la mano balbuceó: "No, no puede conocerlo, usted es muy joven". "¿Cómo se llamaba?" -insistí con curiosidad. "Se llamaba Luis Miguel" -me respondió. Y añadió: "Aunque había venido a completar su formación militar a España ya tenía una alta graduación, sabe. Había estudiado allá en el Perú en un sitio que se llamaba Chorritos me parece". "En la escuela militar de Chorrillos" -le precisé. "Sí, sí, él me contó que era una escuela que estaba en un balneario frente al mar y que iba en tranvía". "Así es -le confirmé- de niño yo también iba por allí". Me miró como si no me comprendiera, como si estuviera delante de un fantasma que conociera los lugares que sólo podían existir en su imaginación. Cuántas veces habría soñado con Luis Miguel en ese tranvía y ahora encontraba a alguien que había viajado dentro, que se había sentado en los mismos asientos de madera, que había recorrido los mismos paisajes.

              Por mi parte, no salía de mi asombro de haber encontrado accidentalmente en el Metro de Madrid a una mujer que había conocido a un militar peruano de principios del siglo XX y que lo recordara con tanto afecto. Bebí a grandes sorbos el café humeante que ella me había servido en una taza de loza grande y regresamos a la salita.

              Volví a ver con detenimiento la fotografía del adusto militar con el uniforme del Regimiento de Dragones con guerrera negra y charretelas brillantes y con el sable en la mano izquierda. "¿Cómo lo conoció?" le pregunté con timidez.

              La anciana se sentó en un sillón de terciopelo y se cogió la cabeza con las dos manos para continuar con sus recuerdos: "En una fiesta de oficiales, antes de que partieran a la guerra del Rif. Mi padre también era militar, fue con ellos, cruzaron el Estrecho de Gibraltar una noche de invierno para pelear contra los magrebíes".

              Me quedé callado presagiando la continuación de la historia, luego me atreví a comentar: "Debió ser terrible esa guerra". "Si - me respondió con voz débil-, a mi padre lo mataron y a Luis Miguel no lo volví a ver más". "¿Murió también?". "No lo sé, me escribió varias cartas desde el frente y luego no supe más de él". Guardó silencio antes de decidirse a darme más datos: "Se apellidaba Sánchez Cerro, sabe. ¿No lo habrá oído nombrar?"

              Por mi mente desfilaron vertiginosamente fragmentos mal estudiados en mis clases de historia del Perú:

      Coronel Luis Sánchez Cerro, nacido en Piura en 1889. Después de varios Golpes de Estado fallidos consiguió derrocar al presidente Leguía. Elegido presidente de la república en 1931. Su gobierno se caracterizó por la represión y la aterradora crueldad con la que trató a sus enemigos políticos. Murió asesinado en 1933 a la salida del hipódromo de Santa Beatriz después de haber presidido un desfile patriótico.

              La anciana esperaba expectante mi respuesta. Nadie le había mencionado en los últimos cincuenta años al joven peruano que ella conociera en una fiesta de oficiales en Madrid y que no había podido olvidar hasta ese momento.

              "Luis Sánchez Cerro... -empecé tratando de no darle importancia- sé que fue un militar brillante -continué tratando de poner un tono de admiración-, llegó a presidente de la república, lo estudié en los libros de colegio". Ella se quedó atónita. "¿Luismi llegó a ser presidente del Perú?". Sí, le dije con la cabeza. "¿Y vive aún?" me interpeló con expresión de curiosidad adolescente.

              "No. Murió joven, a los cuarenta años más o menos", le respondí sin desvelarle la forma de su muerte. Ella no levantó la cara, la hundió aún más entre las manos. Al fín la oí como en un murmullo: "Ah! tan joven, yo me he pasado la vida con la esperanza de volverlo a ver, no sabía que había muerto". Luego levantó la vista y se me quedó mirando con la perplejidad que causa ver un cristal que estalla.

    Nota final: Estoy seguro que cuando el Metro de Sevilla y el tranvía de Alcalá entren en funcionamiento me acordaré una vez más de la anciana del Metro de Madrid y del tranvía de Chorrillos, el tranvía de Sánchez Cerro.

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    UMMO SIN H Y CON DOS M

              Desde Mairena del Alcor se puede mirar a la lejanía del universo, tal es el título sobre el fenómeno ovni, publicado por el párroco de esta villa. (Mirando a la lejanía del universo. Plaza-Janés. Barcelona, 1978).

              El padre Enrique López Guerrero se hizo famoso en 1968 cuando afirmó que existía una colonia de extraterrestres en la Tierra procedente del planeta Ummo. Este planeta giraría alrededor de la estrella Iumma, conocida por los astrónomos como Wolf-424 , que se encuentra a 14,4 años-luz de distancia.

              Lo cierto es que en 1962 se estrelló un avión de Iberia en la cornisa de Carmona muriendo sus dieciocho ocupantes. No son tan elevados los alcores como para provocar accidentes, probablemente el desgraciado suceso se debió a un fallo mecánico de la aeronave que perdió demasiada altura con la intención de tomar tierra en Sevilla. Por el contrario, la "espina dorsal" de Los Alcores los convierten en un buen referente espacial para el desembarco de astronaves procedentes de cualquier parte del universo, aunque, por lo visto, los ummitas prefirieran otros lugares para aterrizar porque se asegura que descendieron por primera vez cerca de la pequeña localidad francesa de La Javie, en los Alpes, en el año de 1950.

              En cuanto a España, el 2 de febrero de 1966 un ovni ummita aterrizó nada menos que en el barrio de Aluche en Madrid. Paradójicamente la nave llevaba pintado el anagrama de una H (que es la que le falta a Humo) con un guión vertical ( ]+[ ). Y según se ha podido verificar en la abundante documentación disponible, los habitantes del planeta Ummo que llegaron a Aluche decidieron más tarde trasladarse nada menos que a Albacete, a casa de doña Margarita Ruiz de Lihory, marquesa de Villasante, sin que se conozcan aún los motivos ni su destino final.

              Lo curioso del caso es que estos turistas extraterrestres se dedicaron a escribir cartas a conocidos intelectuales terrícolas, eran misivas con contenido científico, técnico, filosófico e histórico. Los receptores de estas singulares epístolas se reunían para leerlas en un lugar denominado "La ballena alegre" situado en un sótano de la calle Alcalá de Madrid. No sé si las leían amedrentados o riéndose a carcajadas como se cuenta que Kafka releía sus novelas. No sé tampoco si en un alarde de ingenio los socarrones intelectuales se las escribían a ellos mismos o si se trataba de auténtica grafía alienígena. Por supuesto los ummitas también averiguaron la dirección de la parroquia de Mairena del Alcor y le enviaron una carta al padre Enrique López Guerrero. El párroco fue entonces inmediatamente admitido en el grupo de destinatarios elegidos de "La ballena alegre", entre los que se encontraban escritores como Alfonso Paso o Antonio Buero Vallejo.

              El padre López Guerrero está convencido de la existencia de los viajeros de Ummo y en su libro Mirando a la lejanía del universo pretendía dar una explicación desde el punto de vista católico de todos los fenómenos extraterrestres que pudo conocer. Han pasado cuarenta años desde sus polémicas declaraciones a ABC y treinta desde la publicación de su libro, y aunque se encuentra alejado de la ufología no deja de seguir interesándose por el tema.

              El clérigo sostiene que los ummitas no son los únicos visitantes de la Tierra, también están los que provienen del planeta Auco, situado en torno al sistema estelar Alfa Centauri, como un tal Saliano, que para el párroco mairenense es sinónimo de Demonio, y se sabe que este extraterrestre luciferino es también un prolífico escritor epistolar al igual que los ummitas que en principio son buenos. Según la tesis del padre López Guerrero, actualmente el demonio está diabolizando la vida y costumbres de la sociedad terrestre. La cabeza suprema de esta "conspiración del caos" es Saliano (Satanás), artífice de la profunda crisis que padece actualmente el mundo occidental. (¿Tendrá Bin Laden genes de Auco? ¿Y Bush?). El religioso nos insta a informarnos sobre la degradada situación que padece nuestro planeta porque cuantas más personas estén enteradas de la "conspiración del caos", más fácilmente se podrá evitar.

              La Tierra ha tenido, siempre según el padre López Guerrero, la "prerrogativa" de contener en su centro el infierno. Es una hipótesis que, entre otras cosas, explicaría que Satanás, o Saliano, ande por aquí como Pedro Botero por su casa, porque en realidad es nuestro vecino de abajo. Por otro lado, nuestro planeta es el lugar más privilegiado del universo por haberse producido aquí la encarnación del Verbo. La redención de Cristo en la Tierra tendría pues caracter absoluto y universal para todas las criaturas del universo que hayan cometido pecado original y para las que en paradisíacos planetas no lo hubiesen cometido tendría un "caracter preventivo", algo parecido a la "guerra preventiva" de Irak pero con dimensión bíblica. Hasta aquí las teorías del párroco de Mairena del Alcor.

              Es posible presumir que el caso Ummo tenga el mismo origen jocoso que el de El Cipote de Archidona que se inventaron los escritores Camilo José Cela y Alfonso Canales sobre un acontecimiento bastante más humano ocurrido en un cine de dicha localidad malagueña. Pero algunos ummólogos no se privan de realizar concienzudas investigaciones sobre los supuestos alienígenas procedentes de Ummo.

              Habría que convertir en verbo el nombre del planeta y añadirle la H que le falta y que curiosamente traen como anagrama las naves que nos visitan, para dejarlo en Hummor con muchas M de "mofa". El párroco de Mairena es un buen "creyente" y ha creído también en este montaje cómico de literatos y otras gentes de mal vivir. En su inocencia se ha visto obligado a integrarlo dentro de sus creencias evangélicas. De esta manera se ha convertido a pesar de él en uno de los ummólogos más importantes del mundo por no decir del universo. Su libro no deja de ser una curiosidad ufo-teológica.

              Pero la polémica sobre la autenticidad de los ummitas no termina allí, el último testimonio es muy reciente, data de 2007. El conocido ufólogo navarro Juan José Benítez ha publicado el libro "El hombre que susurraba a los ummitas" que no he averiguado, ni espero averiguarlo, si se refiere al hombre que hablaba con los caballos de la novela de Nicholas Evans recientemente publicada, o al enigmático párroco de Mairena que mira la lejanía del universo. Benítez nos revela casos inéditos de ovnis con el célebre anagrama H, y defiende categóricamente que el caso Ummo es verídico. Felizmente hasta ahora nadie afirma haberlos visto en Los Alcores. Desde Mairena se ve un cielo estrellado y limpio de humos. Se supone que los ummitas de haber llegado a la Tierra seguirán viviendo en Albacete.

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    LA HACIENDA DE CECILIA

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    PAGINA ACTUALIZADA EL 3/12/2008