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EMPEDOCLES
Rubén Jiménez

Empédocles

Aquel foro de filósofos concluyó que el conocimiento y la ciencia, el arte y la misma contemplación de la divinidad no eran otra cosa que la penitencia impuesta al pecado original del hombre. Alguien preguntó entonces:

          -... ¿y cual fue aquel pecado original?-, y la asamblea enmudeció de pronto.

Durante un tiempo sobrevoló sobre el ambiente cierta inquietud perceptible en una multitud de cruces de mirada entre todos los presentes. Después, cuando se fue disipando aquel desasosiego hallaron causa de ello en que una a una fueron las miradas conciliando una sola dirección: la de un hombre seco y afilado procedente de Agrigento.

E impelido por el flujo impenitente de miradas tomó al fin el siqueliota la palabra. Y dijo a la asamblea:

          -Entiendo por mi parte, colegas, que el pecado original del hombre no fue otro que desertar de su puesto natural, infringir las limitaciones que su naturaleza le imponía, degustar los frutos del poder y abandonarse a los placeres de la depredación. Y depredó así el hombre a sus ajenos, depredó a sus depredadores y depredó a sus iguales. Pero todo esto ocurrió hace mucho tiempo, tanto que no es posible recordar cual sería el puesto abandonado, cual el límite infringido. Eso no lo sabemos, ya no lo sabemos...

Hizo entonces una pausa, se apartó el cabello, y aclaró por tres veces su garganta. Y ante la creciente expectación de la asamblea continuó dando nuevo filo a aquellas reflexiones.

          -... Aunque entiendo que al enfrentarse al lobo descubrió algo que quedaría encaramado para siempre a su destino: la guerra... ¡La guerra! Y no tardó ya el hombre en enfrentarse al equino, al bovino, al felino... Y empeñado así en culminar aquella empresa, cuando hubo eliminado a todos sus competidores inmediatos, cuando escaló el puesto más alto de los que estaban a su alcance y se coronó a sí mismo como rey indiscutible de aquella creación, entonces, alarmado y temeroso, lamentó amargamente no encontrar contrincantes a su altura. Y se paró a pensar -tal vez incluso pensó en movimiento- y se dijo: "¿quién es ahora mi enemigo?", y descubrió su íntimo y permanente apetito por la guerra. "¡¡Quién es ahora mi enemigo!!"...

Paseó por un momento su mirada entre aquella concurrencia y concluyó aseverando:

          -Y como se encontrara el hombre solo y anduviera hambriento de enemigos, en procura de calmar aquellos apetitos realizó entonces cierta creación de urgencia de sí mismo, y creó más tarde el mundo y sus funciones, y dictó el carril de su destino, y escogió a sus dioses en el saco de los dioses ... Después, contemplando alborozado su creación, por quedar de aquellos alimentos plenamente satisfecho y rematar también su hazaña, se declaró enemigo eterno de todo lo creado.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 18/12/2004