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NO SE LO DIGAS A NADIE

AUTOR: Jaime Bayly
Ed. PEISA. Lima (Perú), 1999.

Por favor, díselo a todos

Por Gustavo Faverón Patriau

Reproducción del artículo del crítico peruano, publicado en la red por Ed. PEISA (www.desco.org.pe/).

        Jaime Bayly tiene el mérito de la oralidad, una facilidad enorme para yuxtaponer sucesos llamativos y una considerable puntualidad en la sencillez de su lenguaje. Carece, sin embargo, de cualquier idea de composición que no sea la de las escenas casi inconexas, rasgo que la novela picaresca -desde Quevedo hasta Thackeray- prestigió como un calculado dispositivo de tensiones y distensiones, pero que, en más de una variante de la narrativa contemporánea -un segmento de la última generación hispanoamericana, por ejemplo- se ha convertido en un ejercicio ocioso y autocomplaciente. El resultado de esa escasa preocupación por las estructuras narrativas, por la organicidad global del texto, es una fragmentación dolosa de las historias contadas y una frustración de los personajes en su posibilidad de aparecer como caracteres coherentes: cada uno se vuelve un títere inverosímil, unidimensional, irreflexivo y, todos en conjunto, lucen como una comparsa de guiñol destinada sólo a resaltar la figura del protagonista, único personaje que -más por acumulación y omnipresencia que por elaboración- alcanza a rozar alguna solidez. Desde No se lo digas a nadie hasta Fue ayer y no me acuerdo y Los últimos días de La Prensa, hay una total ausencia de búsquedas lingüísticas: la norma es la medianía; la rapidez que ofrece la lectura parece directamente proporcional al apresuramiento de la escritura misma. La noche es virgen, en cambio, muestra una moderada preocupación formal, que traslada el texto del coloquialismo de primera mano de los libros anteriores a un cierto afán de reelaboración, enfocado crucialmente en los ritmos narrativos y en los discursos monológicos. Ray Loriga, Bret Easton Ellis y Alberto Fuguet, escritores de talentos muy distintos, son las fuentes más obvias de Bayly en cuanto a esta leve mejoría estilística. Pero son fuentes que terminan abaratadas por la imitación y allanadas hasta el extremo de lo esquemático. Y habría que notar aun que ellos mismos son, en buena parte, reediciones afeitadas de Kerouac, Salinger y Bukowski. Nada sorprende en el descenso de esta escalera: es el mismo mecanismo de reducción que conduce del drama al melodrama, de Dumas a Flemming, de la novela al folletín, de la literatura al marketing. No hay nada extraño, pues, en el éxito de Bayly, salvo el hecho de que, en la literatura peruana, nunca se habían conjugado los factores que propiciaran la aparición de un típico best seller: escándalo, controversia superficial, apropiación de usos artísticos para la confección de productos no artísticos, facilidad de consumo, identificación con un conjunto limitado de referentes próximos. A lo que cabría añadir, en este caso particular, el aprovechamiento de una celebridad previa, conseguida con mejores armas, en otro campo. Las novelas de Jaime Bayly tienen, ciertamente, una favorable acogida pública, pero carecen en sí mismas (me aventuro a pensar que también en la intención de su autor) de cualquier ansia de perdurabilidad: no ostentan la inevitable audacia estética que es requisito de cualquier intento creativo, y que resulta muy diferente de la falaz audacia social de desnudar chismes y exponer pecaminosas trastiendas. Esto es explicable porque jamás han existido best sellers experimentales, de vanguardia, ya que no hay nada que fuerce más a un escritor al conservadurismo que las ganas de éxito inmediato: es imposible pensar en los libros de Bayly como factores de debate acerca de cualquier asunto trascendente, y con esto no supongo que toda la literatura deba ser intelectual, densa o meditabunda, pero sí sospecho que, al arte en general y a lo que quiere presentarse como tal, no está prohibido reclamarle de vez en cuando alguna idea detrás de la apariencia, algún poder de sugestión, cierta inteligencia.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 25/11/2000