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LA ISLA DE JUAN FERNANDEZ
Por Rafael Sánchez Ferlosio

(Extracto del artículo publicado en el diario ABC del 20/2/2001)

DON Mario Vargas Llosa, en su artículo «¡Abajo la ley de gravedad!» («El País», 3-2-01), evoca una insurrección campesina brasileña del siglo XIX contra la ley del Estado que hacía obligatorio el sistema métrico decimal, insurrección que califica como «un heroico, trágico y absurdo empeño para detener la rueda del tiempo», poniéndola en relación con cierto Manifiesto del poeta peruano Augusto Lunel que arranca así: «Estamos contra todas las leyes, empezando por la ley de gravedad». Al arrimar ambas cosas bajo la idea de «rechazar la realidad» y «empeñarse en sustituirla por la ficción» sumerge en el equívoco lo que se ha de entender por «realidad» —palabra que reaparece varias veces en el texto—, pues, en efecto, en el primer caso remitiría a lo que los griegos habrían llamado «nomos» y en el segundo a lo que habrían llamado «physis». Por otra parte, si lo uno me recuerda que el Reino Unido no se ha sometido todavía a la realidad que rechazaban los fanáticos y oscurantistas campesinos brasileños, lo otro me recuerda la admirable protesta de Voltaire contra el Terremoto de Lisboa «en nombre de la razón humana»; una boutade, si quiere Vargas Llosa, pero que supo anticiparse clarividentemente como premonición y admonición a la claudicante y crepuscular doctrina posmoderna de que «los hechos son tozudos» y del actual «principio de realidad» que funde physis y nomos en un único poder, cuyo acatamiento propugna precisamente nuestro autor.

Pareja equivocidad afecta, acaso de reflejo, a su valoración de tal «rechazo de la realidad», pues, en efecto, en un primer momento lo encarece como «la más antigua y la más humana de las actitudes, aquella que ha generado las figuras políticas, militares, científicas, artísticas, más llamativas y admiradas, los santos y los héroes, y, acaso, el motor principal del progreso y la civilización» y aún añade: «La literatura y las artes nacieron de ella y son su principal alimento, su mejor combustible», pero de pronto, a renglón seguido, sin transición alguna, procede sin más a su inmediata castración: «Pero, al mismo tiempo, si el rechazo de la realidad desborda los confines de lo individual, lo literario, lo intelectual y lo artístico, y contamina lo colectivo y lo político —lo social—, todo lo que esta postura entraña de idealista y generoso desaparece, lo reemplaza la confusión y el resultado es generalmente aquella catástrofe en que han desembocado todas las tentativas utópicas en la historia del mundo». O sea, como en el diálogo de Quevedo con el Manzanares, pero en orden inverso: «... ¿cómo ayer te vi en pena y hoy en gloria? —Bebióme un burro ayer y hoy me ha meado», pues he aquí que el «rechazo de la realidad», que hace un instante era «el motor principal del progreso y la civilización», del que la literatura y las artes eran «el principal alimento» y «el mejor combustible», se trastrueca de repente en una especie de artículo de perfumería para uso íntimo y estrictamente personal, pero de efectos catastróficos si se incurre en el error de rociarlo a granel por esas calles para consumo público y social. Ahora el «rechazo de la realidad» está muy bien como entertainment, como escape, o sea como folklore, pero Dios nos guarde de tomarlo en serio. Por mi parte, nunca he creído en la aseveración joseantoniana de que son los poetas los que mueven a los pueblos ni en aquello tan conmovedor de:

"Pluma, cuando considero
que un rasgo tuyo severo
destronar puede a un tirano
o que otro, torpe o liviano,
manchar puede un alma pura,
me estremezco de pavura
al alargarte la mano."

así que no recele de su propia voz nuestro profeta, que a nadie arrastrará a la perdición.

Volviendo a esa noción de «realidad» en que physis y nomos se funden y confunden, el empeño en acorazar las configuraciones económicas con la inapelable autoridad de la Naturaleza es de antigua solera liberal. Ricardo llegó incluso a esgrimir precisamente la ley de gravedad para encarecer lo ineluctable de ciertos vínculos de causa-efecto de la economía: «Las leyes de la gravitación no son más ciertas de cuanto lo sea la tendencia de las leyes de pobres de convertir la riqueza y el poder en miseria y debilidad, hasta un momento en que las clases lleguen a alcanzar una indigencia universal». Aquí se trata sólo de un uso figurado de la Naturaleza para enfatizar lo riguroso de las «leyes económicas», en las que los efectos caerían de las causas como piedras sujetas a la ley gravitatoria, pero el primero en formular en un sentido biológicamente real la fundamentación en la Naturaleza de los principios de la economía había sido, ya en 1790, William Townsend: su teorema de las cabras y los perros de la Isla de Juan Fernández denunciaba la artificialidad de toda ley positiva para el buen gobierno de la economía que no apelase a la Naturaleza como único criterio válido de legitimación. La ley positiva que obligaba a los pobres a trabajar era incongruente con el fundamento natural de la economía, o sea la necesidad de subsistir, con su acicate natural: el hambre. La imposición legal de trabajar, aparte de ser una coacción odiosa, no debía suplantar la función propia del hambre, «que no es tan sólo un medio de presión pacífico, silencioso y permanente, sino el móvil más natural para el trabajo». Cinco años antes, en España, Jovellanos había criticado las instituciones de asistencia, porque con la garantía del socorro los pobres no se doblegarían a trabajar, con lo que dejaba implícita la prescripción del hambre como única medicina eficaz contra la ociosidad; pero donde invocaba, aun sin nombrarla, la instancia de la Naturaleza era en su defensa del derecho de trabajar, encareciendo el trabajo como la «propiedad más sagrada del hombre, la más inherente a su ser, la más necesaria para su conservación».

Casi dos siglos después, Marcuse incurriría, desde el marxismo, en análoga concepción naturalista del trabajo: «El trabajo no es un concepto económico sino ontológico, es decir que capta el ser mismo de la existencia humana en cuanto tal». Pero Marx, readaptando a su reflexión aquella idea de «natura secunda» de la vieja Escolástica, había sido algo más circunspecto, menos «unidimensional», a este propósito que su decadente epígono de Mayo del 68. Pero a la antigua «Rerum magna parens» todavía hoy no se la deja dejar de parir ideología. Hace unos años, el economista Rafael Termes le hacía parir nada menos que el dharma empresarial: «Para mí, el hombre es por naturaleza 'maximizador'», escribía en 1985. Y últimamente, un equipo de investigación psicosocial, Ergo Advanced Research, está a punto de sacar del vientre de la Naturaleza hasta el propio comprador de nuestros días, al estimar probable que el acto de comprar responda a «un atavismo que, como el instinto sexual o la pulsión del hambre, sea universalmente humano».

En fin, lo que esta inmensa falacia creciente de la concepción naturalista de las «leyes de la economía» tiene a la postre de verdad no es sino la constatación del poder determinista de la arrolladora marcha de la economía liberal. La determinación de la vida y de los hombres por el desencadenamiento de una economía hoy totalmente escapada de sus manos ha alcanzado, en efecto, una omnipotencia tan ineluctable como la propia ley de gravedad, pero los que se llenan la boca a cada paso con la tozudez de los hechos, con los imperativos de la realidad, con los procesos absolutamente irreversibles o en fin, sin ir más lejos, con «la rueda del tiempo», y aun predicando, por añadidura, acatamiento hacia lo que ya se cuida sobradamente por sí mismo de no ser desacatado, bien podrían abstenerse, por lo menos, de encender fantasmagóricas apologías de la libertad humana, irisadas como pompas de jabón, porque parece un sangriento sarcasmo.

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