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ADVERSUS VARRONEM
(Extracto del artículo publicado en el diario ABC del domingo 8/4/2001)

Por Rafael Sánchez Ferlosio.     

DON Fernando Lázaro Carreter, en su artículo «Primavera verbal» (El País 1-4-01), vuelve a deplorar la locución «el día después», como hizo ya hace años, señalando ahora el origen preciso de tal novedad; a mí también me chirrió en el oído por primera vez con el estreno de una cinta cuyo título en inglés era «The day after», aquí traducido palabra a palabra, con fidelidad perruna, por «El día después». No me preocupó tanto el pecado singular —dejemos que los cinéfilos entierren a sus cinéfilos—, sino el ir constatando en pocos meses hasta qué punto bastaba el título de una película para incrustar una locución, jamás oída, en el lenguaje de los medios de difusión, y no sé en qué medida en el común de los hablantes. Un grado tal de docilidad ante cualquier innovación verbal, emparentada sin duda con la creciente obediencia a la publicidad, no es sino debilidad lingüística, y ésta, a mi juicio, un claro síntoma de debilidad mental e intelectual.

Pero Don Fernando, en el mencionado artículo de antaño, mostraba su contumaz querencia hacia la escuela de Varrón, arrojando demasiadas cosas al cajón de sastre de la anomalía, y obligándonos a los que somos de la escuela de César a rescatar algunas de ellas para reintegrarlas en la analogía, a la que en justicia pertenecen. De esto resulta que el estropicio que podría hacer «el día después» es bastante más grave que la incorrección aislada de «cambiar el adverbio después en extraño adjetivo para calificar el nombre día», porque amenaza intercontaminar y fundir en uno el doble sistema, cardinal y ordinal, perfectamente acuñado y analógicamente formalizado, de que dispone el castellano. Así, en el artículo antiguo, decía el señor Lázaro: «Otra cosa observamos en las locuciones adverbiales del tipo: “Ocurrió un día después o antes”; se trata de acuñaciones fijas, de idiomatismos, que escapan a la norma (como calle adelante, río abajo, tiempo atrás)». ¡Error flagrantemente anomalista!, clamo, ya que «un día después», donde «un» no debe entenderse como el artículo indeterminado, sino como el numeral «uno», es el primer elemento de la serie cardinal «un día después», «dos días después», «tres días después» y así seguidamente; y lo mismo vale para «una legua más allá», «dos pisos más arriba», «tres kilómetros aguas abajo», «cuatro pasos atrás», «cinco páginas antes», «seis casas por cima», «siete pulgadas menos» und so weiter, donde bien puede verse cómo el miembro que lleva el numeral es el determinante, y el otro, sea adverbio o locución adverbial, el determinado. El subsistema ordinal se construye de manera distinta: aquí el portador del lugar de orden es un elemento de una sucesión seriada de nombres que designan quantos (o quanta) de una misma dimensión, siempre longitudinal, y las únicas piezas a las que se refiere la ordenación son términos que determinan las dos posiciones posibles con respecto a un cero virtual fijado por el contexto, o sea antes de ese cero o después de él.

Si el cero se pincha en el momento en que se habla, o «de la voz» —al que se refieren «ayer» y «mañana»—, en el subsistema ordinal, la posición ante se indica con «pasado/a»: «el año pasado», «la semana pasada», y la posición post con «dentro de» antepuesto: «dentro de una semana/dos meses/tres años» ... Si el cero es, en cambio, in phantasma (Karl Bühler), como cuando se pincha en un punto de una narración, las posiciones ante y post, siempre en la serie ordinal, se indican con «anterior» y «siguiente», respectivamente: «la semana anterior», «el mes siguiente». Pero también el subsistema cardinal se sujeta a la dualidad entre el «cero de la voz» y el «cero in phantasma»; en el primero las posiciones ante y post se indican con «hace» y «dentro de» : «hace dos días», «dentro de tres horas», y en el segundo, con «un/dos/tres... antes/después»: «un año antes», «dos meses después».

En el subsistema ordinal, la serie de la dimensión temporal está formada, huelga decirlo, por «minuto», «hora», «día», «semana», «mes», «año» e così via. A diferencia de esta serie, que, por tener fundamento en la naturaleza —la base inamovible del día y el año, aun con variantes en fracciones y múltiplos—, es arcaica, la dimensión «itineraria» (perdón por el palabro), por ser totalmente convencional, está, en cambio, sometida a la mudanza de los tiempos y a la diversidad de lenguas o países; así, la serie «pie», «paso», «milla», «legua»..., como otras análogas, ha caído en desuso en la mayoría de los países a raíz de la consagración del Sistema métrico decimal, y la actualmente vigente, ocioso es decirlo, se funda en la unidad entera mínima: el metro, con sus fracciones «decímetro», «centímetro», etcétera, y sus múltiplos —siempre por 10— «decámetro», «hectómetro», «kilómetro» etcétera. Para esta dimensión, baste evocar la Vuelta ciclista: «La subida había empezado dos kilómetros antes (cardinal), pero sólo al kilómetro siguiente (ordinal) venía ya la escalada de verdad».

Para demostrar que «el día siguiente» es una determinación ordinal basta compararlo con la determinación cardinal «un día después»: «Se acostó a las 2 de la madrugada, pero al día siguiente ya estaba vestido a las 8 en punto»; sustitúyase en esta frase «al día siguiente» por un «un día después»; un día cardinal son 24 horas y no 6 como las que median entre las 2 y las 8. Si este ejemplo suena forzado, por jugar con fracciones de día, experiméntese con el quanto siguiente de la serie: «a la semana siguiente» puede perfectamente decirse respecto de un viernes, refiriéndose al lunes inmediatamente posterior; si, en cambio, respecto de ese mismo viernes, decimos «una semana después», saltamos sin remedio un lapso de 7 días naturales, empuntándonos al viernes inmediatamente posterior. Ergo el castellano dispone de un sistema doble, compuesto por un subsistema cardinal y otro ordinal; q.e.d. Esta es sólo la armazón desnuda del sistema, claro está, a la que luego se añaden variantes, factores complementarios o mediaciones contextuales, pero Varrón no puede reclamar para la anomalía «un día antes» o «un día después», porque no son, en absoluto, «acuñaciones fijas» o «idiomatismos, que escapan a la norma», sino formas estrictamente producidas por la norma de un sistema complejo, rigurosamente formalizado bajo los fueros de la analogía. De paso, una pequeña regla para el subsistema ordinal: «el día siguiente» ha de ir sólo en oraciones en que «el día» es sujeto: «El día siguiente fue muy tempestuoso»; en cambio, cuando juega como adverbio ha de decirse «al día siguiente»: «Al día siguiente asaltaron el poblado», a la manera en que en las Crónicas de Indias leemos una y cien veces, indicando el instante en que los castellanos, agazapados durante la noche en algún «arcabuco» de los alrededores, salían del escondrijo y se lanzaban al asalto del poblado de los indios desprevenidos: «Al cuarto del alba...». Por último, pienso que el propio Don Fernando podría haber sido tal vez el que hubiese asesorado al traductor de la novela de Umberto Eco, titulada en castellano «La isla del día de antes», ya que las formas *el día de antes y *el día de después, que él recomienda por correctas, jamás han llegado a apuñalar estos castos oídos que se ha de comer la tierra; de manera que si es que han podido usarse alguna vez, deben de haberse evaporado, como rocíos de los prados, cuando no fundido, como las nieves de antaño.

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