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La silla

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Si hay algo que verdaderamente me sorprende es cómo un espacio en apariencia vacío, únicamente ocupado por el aire, pueda contener sucesivamente personas queridas o detestables, u objetos diversos que uno coloca o quita a voluntad. Es un problema de física que aún no he resuelto: el mismo espacio conteniendo cosas diferentes sólo separadas por el tiempo.

                No es el caso de la silla de la terraza de mi casa donde hace veinte años que nadie se sienta, tal vez porque esté mal situada, demasiado al borde del mundo y uno teme caerse de espaldas al abismo del jardín, o es algo meramente casual sin ningún motivo, pero inquietante, porque en cualquier momento la columna de aire que soporta encima podría ser sustituida por un cuerpo con toda su osamenta y su complicado aparato digestivo apoyado en el asiento, y unos riñones filtrando líquidos por el respaldo. Todo esto podría suceder pero no sucede.

                Por eso me impresionó ver sentado en ella a mi padre. Fue un efecto de contraste porque mi padre hace veinte años que murió sin que estuviera yo presente, sólo me pude despedir de él por teléfono, con un breve mensaje eléctrico, como un rayo helado que cruzó el océano, y no le dije "te quiero mucho" sencillamente porque no había tenido tiempo de aprender esas palabras.

                Ya me he acostumbrado a verlo, sentado en la silla con su uniforme diplomático puesto a todas horas, sin que tintineen sus medallas como cuando bajaba por las escaleras para irse a algún acto oficial, porque éstas no son de metal, parecen más bien fotografías de carnet mal reveladas, yo sólo las adivino en su pechera. Lo que más me llama la atención es que me mire sin mirarme, que los perros lo olfateen en vacío y que él no tenga la intención de decirme nada, como si fuera algo natural percibir tan extrañas transparencias.

                No fuma porque nunca ha fumado, tampoco se mueve, pero cuando cruza las piernas sin que yo lo vea, adquiere un aspecto lejano, como envuelto en humo. Y detrás van apareciendo todas las ciudades donde él ha vivido, donde intentó ser feliz sin decírselo a nadie.

                Tarde, a la hora en que el frío de las estrellas se nos empieza a meter por el cuello de la camisa, apago las luces de la casa y él también se va, como las mariposas nocturnas, que más que insectos parecen oscuros pensamientos. Tras su desaparición, no queda rastro alguno, no se aprecia ningún cambio en las plantas ni en las sombras, sólo el retorcido olivo parece aún más viejo.

                La silla entonces se queda traspasada por la noche, en equilibrio al extremo de la terraza, como preparada para desviar malos vientos, su color blanco desvanece cualquier posible misterio y puedo acercarme tranquilamente a ella y tocar su reposa brazos de plástico, aún tibio.

                Llevo algunos días considerando la posibilidad de cambiar la silla por una hamaca grande para que cuando quiera se pueda quedar a dormir.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/7/2004