Lejana Babilonia

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                A los doce años de edad decidí que nunca me enamoraría de una mujer que no supiera montar a caballo. En la escuela de equitación donde mi padre tenía un jaco de nombre Paganini, ex perdedor de mil carreras en el vecino hipódromo de San Felipe, pero sedoso y mansurrón, yo contemplaba diariamente a un grupo de amazonas jóvenes que cabalgaban cadenciosamente a las órdenes del profesor italiano que se hacía llamar conde Morosini; admiraba a todas, pero especialmente a Beatriz.

                ¿Por qué su chaqueta en tweed rojo era la más roja, la más brillante, la que parecía más suave al tacto, de todas las chaquetas en tweed rojo de estilo inglés que galopaban ante mis ojos?

                Beatriz era la alumna destacada del club, la que participaba en todos los torneos, la que irradiaba simpatía cabalgando y descabalgada, la que dominaba su brioso alazán de cola negra, la que lo hacía revolverse sobre el sitio tirando de las riendas con violencia vegetal, flexible, para buscar el obstáculo más alto, el más difícil y lanzarse a él apretando las rodillas y mordiéndose el labio inferior.

                Cuando se aprestaba al salto e hincaba las espuelas en los hijares del animal brotaban de su frente unas gotitas de sudor, y yo imaginaba su cuerpo inflamado por el esfuerzo, pero extrañamente suponía que sus ingles y pezones volarían fríos y olorosos por encima de los palos del obstáculo.

                En aquellas instalaciones hípicas rodeadas por el bosque de eucaliptos de Matamulas, la atmósfera verde de húmedos pastos permanentemente regados disimulaban los mojones humeantes de las cabalgaduras. En las terrazas, veteranos caballeros arruinados bebían whisky barato cómodamente apoltronados alrededor de mesas de mimbre, un guerrero polaco de alborotado pelo blanco contaba cómo cargaba heroicamente con la caballería, sable en mano, contra los tanques alemanes en la defensa de Varsovia, un ruso narraba sus aventuras de domador de potros salvajes en Siberia, mientras los corceles del conde Morosini rompían rítmicamente el silencio del serrín del picadero con sus cascos, montados por las damas.

                Beatriz era la princesa de ese mundo encantado; cuando desmontaba de su fogoso Aretino y lo dejaba en manos del mozo de cuadra, cruzaba la terraza, liberada ya su cabellera del diminuto casco negro, con la sonrisa y la palabra justa para cada uno de sus admiradores y el abrazo perfecto para algunas amistades privilegiadas. Yo me mareaba entonces con un olor a vainilla y canela que me parecía provenir de la fusta que ella balanceaba levemente en su muñeca mientras hablaba.

                Beatriz era hija de un suizo con una cicatriz que le cruzaba la cara de lado a lado. Su padre se ganaba la vida en el Perú como entrenador de jugadores de polo; por su aspecto, podía haber sido guardián ecuestre de las alambradas de Mauthausen o Auschwitz, aunque ahora viviera pendiente de su hija, como un mastín, con el prominente mentón escorado hacia un lado y el cigarrillo hacia el otro. Me resultaba inconcebible cómo ese ser cenizo lleno de arrugas como costras, podía haber generado tanta belleza sobre la piel de Beatriz. Siempre tuve la duda de que fuera su verdadero progenitor ¿sería ella una niña judía raptada durante la guerra? me preguntaba yo.

                Una tarde, al final, cuando detrás de los establos bañaban a los caballos con mangueras gruesas y los eucaliptos olían intensamente y yo intentaba averiguar el motivo por el cual Beatriz había dejado de venir desde hacia varios días, el mozo de cuadra me propuso montar a Aretino: "Lleva tres días sin trabajar", me dijo, "sácalo y dale una vuelta".

                Lo ensillé con su montura reluciente y con el fieltro verde que Beatriz le solía poner debajo y lo llevé hacia una tarima elevada para poder subirme.

                En los cueros donde ella apretaba sus muslos encajé yo mis piernas enfundadas en pantalones vaqueros, sin terminar de creérmelo. Lo conduje por las avenidas con más delicadeza de lo que la propia Beatriz lo hubiera hecho, mientras el sol se retiraba entre los árboles con los últimos coches que abandonaban el club hípico. Tuve la sensación de volar por un cielo desconocido, Aretino, yo y el espíritu de Beatriz. Me sentí Belerefonte sobre Pegaso sin tener ni idea de mitología griega. Por la noche no pude dormir soñando despierto que seguía montando el caballo, recreando mi inverosímil andanza.

                Unos días después, en la playa, me sorprendió una chica que nadaba entre las olas y se deslizaba por ellas a cuerpo hasta la orilla, nunca había visto tanta armonía, resaltada aún más en los contornos mojados de sus caderas iluminadas por el sol. Se levantaba del agua con un salto femenino y corría nuevamente a zambullirse bajo las crestas del mar. En ese momento juré que tampoco me enamoraría nunca de una mujer que no supiese nadar y correr olas como aquella. Y la esperé, esperé a que saliera para verla de cerca, era Beatriz.

                Le conté al día siguiente al mozo de cuadra que la había visto en la playa y que me extrañaba que no viniera a montar a Aretino. "No puedes haberla visto", me contestó, "a Beatriz hace una semana que su padre la mandó a estudiar al extranjero, está interna en un colegio de Basilea".

                Esa noche, me metí en la biblioteca de mi padre y por error busqué en el diccionario la palabra Babilonia en vez de Basilea: descubrí con asombro una remota y mítica ciudad de Oriente. Lejana Babilonia a la que se había ido ella y en donde probablemente vivan todas las beatrices del mundo.


IR A LA PAGINA PRINCIPAL
IR A "LA TENTACION DEL SILENCIO"
PAGINA ACTUALIZADA EL 15/8/2004