Las ciudades que nos recorren

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Hay ciudades a las que siempre se llega de noche no sé porqué, a las que nada más llegar sentimos la necesidad de abandonarlas. Presumimos que detrás de ninguna de sus ventanas apagadas puede estar durmiendo una mujer capaz de seducirnos. Son ciudades de estaciones sin trenes, de hoteles con vestíbulos vacíos, urbes interiores hechas de melancolía y cemento.

                Por ejemplo Nueva York es para mí el hotel Chesterfield en el cruce de la calle 42 o la 48 con Broadway, no sé, con los taxis y autobuses detenidos en la esquina esperando que llegue una polvareda de eternidad y que termine de cruzar el paso de peatones una señora de pelo blanco al ritmo verde de "walk, walk, walk" de la señal de tráfico; y en los soportales de comercios cerrados unos negros como esfinges ofreciendo "beatifuls girls". Y mi trémula osamenta de diecisiete años, a la que acababan de negarle una cerveza en un bar por ser menor de edad, pasando por allí, resuelta a llegar al porvenir.

                Tengo la sospecha de que fui a Nueva York sólo para que la Rosa de los Vientos me aventara hacia nuevos puntos cardinales desconocidos, más allá de Harlem, como una iniciación, haciendo equilibrios entre mi miedo al pasado y mi pánico al futuro. Partí de un lugar desconocido al que nunca me gustaría regresar, aunque a veces vuelva por el atajo directo de las escaleras mecánicas de los multicines. En Nueva York aterricé de noche y me fui de noche sin tocar sus estrellas.

                De las ciudades reales no podemos huir, porque son ellas las que llegan a nosotros, primero nos lanzan una ráfaga azul, que puede ser un río, el mar o un pájaro detrás de una rama, luego, cuando nos dormimos, se nos echan encima para bien o para mal.

                Algunas, como Alejandría, que nunca he visto, las llevo en las retinas, y otras, donde he vivido largos años, como Sevilla, jamás termino de descifrar sus misterios. En cambio, las ciudades de nuestra infancia las llevamos pegadas a la piel como un collage que no llegara nunca a despegarse, las llevo con todas sus playas, árboles, huacas y cielos verdes. También las ciudades donde nos sentimos solos nos caben en la memoria con todos sus tranvías y las que nos fueron gratas con todos sus silencios. Supongo que las que olvidamos desaparecen de los mapas.

                Cierta vez llamé por teléfono a una ciudad que había abandonado y experimenté la extraña sensación de hablar con el pasado, por eso detesto el viento gélido que atraviesa los océanos y silba en las líneas telefónicas, me producen una angustia generacional, cronológica, que a veces no puedo soportar, sobre todo sabiendo que la voz que atraviesa el tiempo ha rozado antes unos labios queridos y lejanos.

                Hay gente que habita el pasado, que transita por una ciudad mientras se pasea mentalmente por otra, son como turistas fantasmas. Por las calles de París nos cuentan su niñez en Budapest, entre los jardines de la Alhambra nos hablan de sus juegos en el Campo dei Fiori romano y en el Bósforo de Estambul recuerdan sus veraneos en Punta del Este. No saben que las ciudades y los amores son como el vino, no se pueden mezclar.

                Este anacronismo lo deshace la literatura. La palabra escrita nos sumerge en el presente, sin importar cuándo fue escrita. Si leo en una qasida del siglo XI de Ibn Hazm de Córdoba:

no es una voz remota que emerge del pasado, sino una sensación inminente, que me invade con pasión animal, intemporal. La palabra es la propia velocidad con la que me acerco y la lentitud con la que me alejo de las ciudades y personas que he amado, ensimismadas ellas en su mundo, enajenado yo en el mío.

                Empecé a escribir cuando dejé de viajar y descubrí que llevaba las suelas de los zapatos gastadas y no guardaba ninguna fotografía en mis bolsillos de los sitios visitados, me resultaba difícil reconocer la ruta que había seguido para llegar hasta allí. Extendí el mapa de mi geografía sísmica en el suelo de no recuerdo qué ciudad y pude diferenciar las constelaciones candentes de las frías, pero no la conexión entre ellas, no la escarcha que van dejando unas en otras. Creo que rompí el mapa y desde entonces decidí vivir únicamente en el presente, expuesto a ser un extraño que viaja de cuerpo en cuerpo, de ciudad en ciudad. Sin embargo me sorprendo al comprobar que llevo a Lima como una metrópoli plegable y siempre estoy dispuesto a reconstruirla en cualquier esquina o plaza y volver a trazar desde allí las avenidas maestras de mi universo, en tinglados de palabras, aunque no haya conseguido todavía interpretarlas.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 1/10/2004