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PROSPECTOS

Esteban Lijalad

                El asunto es que entré al Hall del Village dispuesta, esa vez, a matar a alguien; armada con una pesada 38, con las balas perfectamente alineadas, probada y aceitada. Me sentía la mujer más poderosa del mundo, eligiendo caprichosamente a mi víctima. Ante cada prospecto me detenía unos segundos, simulando empolvar la nariz: le calculaba la edad, la profesión, y cuan feliz o infeliz era en su vida. Aquellos que se veían agobiados de infelicidad, aprobaban mi examen y sobrevivían, ignorantes de todo. Buscaba gente especialmente feliz. Me detenía en obesos abogados o escribanos, acompañados de tímidas señoras de rictus amargo y ya le apuntaba mentalmente al pecho, ya los asesinaba de un balazo en la frente, pero me contenía. No cualquiera. Debía ser alguien que valiera la pena, un feliz monumental, importante, un maldito feliz con mucho poder, pero con restricciones tales como edad, sexo, vestimenta.

                Mi juego era ese. Apostar a la vida o la muerte del próximo candidato y decidir en el último segundo... perdonarle la vida, porque notaba un zapato deslustrado, o una mancha en la camisa. Es claro que no es fácil. Juego a matar a una víctima ideal. Esa era la consigna de ese mes: tenía que ser perfecto, hermoso, joven, rico y feliz. Ya me había pasado antes. Proponerme consignas fáciles y no encontrar a nadie así. Por ejemplo, en el verano estuve cuatro semanas buscando entre las multitudes al prospecto definido por: sexo femenino, edad 30 a 40, soltera, secretaria o afines, vestida a la moda, que leyera La Nación y viviera por Palermo o Belgrano. Revolvía la Ciudad buscando candidatas: confiterías, paradas de taxis, vestíbulos de hoteles, cines. Cuando al fin todas las variables parecían confluir y estaba a punto de aprobar el examen- recuerdo- la prospecto pegó un grito aterrador: todo el mundo la miró, y sentí muy cerca de mí el latigazo de cientos de ojos ( ya tenía medio a la vista la 38). Un chico le había robado la cartera y recién entonces la boba se dio cuenta. Hum, nunca supo lo que se perdió.

                En definitiva, que cada vez me lo pongo más difícil y cada vez me da más placer deambular como poseída, siempre a punto de asesinar al alguien, en una serie inacabable de historias que se me cruzan. Soy como una Diosa implacable, caprichosa, juzgando apariencias, sopesando miradas, comparando texturas de piel, olores, modas. A veces mi target son los menores de edad: estúpidos mocosos de Barrio Norte. Otras, grasa pura: tanitos verduleros, gente de la farándula, sederos del Once. Gente pobre, no. Piqueteros, cartoneros, pedigueños, cuidacoches, no. Abundan demasiado y no tiene gracia.

                Lo cierto es que, como buena histérica, nunca consumé la cosa. Me disolvía en una larga masturbación, acariciando el peso de la pistola, imaginando la disposición de las balas, sus ganas de salir al mundo y mostrar su poder, viendo las caras y anticipando los rictus de la agonía, el grito de terror, la mirada que no entiende, la despedida de dos amantes. Pero nunca disparé. Hasta ayer.

                Entré decidida. Caliente, diría algún psi. Resuelta a consumar el deseo, ávida de adrenalina, ganas de joda. Llamarlo como se quiera. Yo sólo sentía un placer instalado en cada nervio, en especial los de mi brazo derecho y la mano que empuñaría el arma. Sentía mi brazo como un enorme pene listo para eyacular plomo, temblando de ansiedad.

                Entonces ahí lo vi. Treinta y pocos, mirada tierna. Acompañado por esposa mona hablando por celular con hijito en casa, con baby sitter. Esposo comentando algo con amigos. Trajes Recoleta, Patio Bullrich. Gente que no vale nada, hijos de puta que joden al resto del mundo, burguesitos. Grito, corro hacia ellos, apunto, gritan, miran con ojos grandes, disparo, cara de sorpresa, un aullido, mi propio grito ahhhhhhh. Acabo entre espasmos, guardias de seguridad saltando sobre mí, la esposa mona, como Jackie, cubre al esposo en su derrumbe, y yo tan feliz, cumplida, satisfecha.

                Poco más recuerdo. Ahora me dicen – abogados, policías- que el tipo zafó, que la bala lo rozó apenas. Me lo dicen para joderme la vida. Quizás no me importe demasiado, al fin de cuentas, logré dispararle, mostré mi poder al mundo y, sobre todo, a mi misma. La felicidad tiene formas extrañas. Sola, aquejada de una fealdad insolente, y virgen, a los sesenta y dos años logré consumar mi ilusión.
07/09/04



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PAGINA ACTUALIZADA EL 18/10/2004