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El sonero insomne

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

CAPITULO PRIMERO

la soledad sonora...     
San Juan de la Cruz.      

"Mañana por la mañana
te espero Juana a tomar el té.
Te juro Juana que tengo ganas
de verte la punta'el pie.
La punta'el pie, la rodilla,
la pantorrilla y el peroné." (1)

                El antiguo vals sonaba más insistentemente cuando el ruido de la calle ya había cesado, después del primer sueño, después de oír pasar la primera ronda nocturna de la policía a caballo, cuando los tejados de Madrid adquirían esa silueta negra de aves temerosas. La canción caía sobre mí suavemente como una tela de araña, pero en realidad venía de la habitación vecina, a ras del suelo, por la raya de luz sucia que salía por debajo de la puerta.

"Te juro Juana que tengo ganas
de verte la punta'el pie".

                Normalmente lo que oía eran boleros y música caribeña que el inquilino de la habitación buscaba con paciencia de dacriólogo en el dial de su vieja radio, pero su insomnio no debía ser total, de tanto en tanto llegaría a quedarse traspuesto, y entre un chachachá y un bolero surgían notas de jazz.

                El jazz es la música que menos soporto, no porque me parezca simple ruido como la música clásica, sino porque el sonido de temple animal de sus trompetas y clarinetes me produce una tristeza glandular de tal grado que termino mojado en lágrimas. Así, a altas horas de la madrugada, entre los maullidos de gatos invisibles yo lloraba sin motivo y sin ganas, mientras maldecía la estirpe de Louis Armstrong.

                Afortunadamente las cabezadas de mi vecino solían ser cortas y al percatarse que su habitación había sido invadida por una sesión de jazz buscaba precipitadamente otra emisora en el dial. En esa época la censura no dejaba que hubiera muchas, pero a altas horas de la madrugada las pocas que había retransmitían con frecuencia música caribeña y el inevitable vals de Juana. Los mambos en cambio me resultaban un descanso, tal vez porque con ellos evocaba escenas de fiestas juveniles que mantenía recientes en la memoria, aún me llegaban desde el otro lado del mar conversaciones enteras con chicas que me habían gustado alguna vez al ritmo de Pérez Prado. Otras veces tenía la suerte de que viniera una tanda seguida de cinco o seis boleros que me entretenía descifrando sus desgarradoras letras hasta quedarme medio dormido. Retornaba a la plena vigilia cuando al alba oía por quinta vez el "mañana por la mañana te espero Juana..." y tenía que encender un cigarrillo para calmarme.

                Al día siguiente llegaba a la universidad con la cabeza llena de acordes caribeños y con los ojos como dos túneles llenos de humo, ansioso de encontrar a esa Juana que tomaba el té para decirle que me había pasado la noche entera fumando y pensando en ella y para pedirle que me soplara un poquito en los ojos para conseguir ver más claro.

"Recuerdo que te besé,
lo que entonces sentí
mi linda Juana no te diré,
de amores te requerí,
a ti te pareció mal,
luego dijiste sí..."

                Resonaba en mi interior la letra del vals mientras el catedrático hablaba del "delito preterintencional" y yo ponía cara de bobo observando una paloma más boba que yo en el alero de la Facultad de Derecho.

                A mi vecino no le había visto nunca la cara, pero hubiera podido reconocer sus toses hasta en un hospital de tuberculosos. En realidad no nos conocíamos ninguno de los inquilinos de la vivienda. Era una pensión singular, un destartalado piso en el barrio de Argüelles que el dueño alquilaba fraccionado en habitaciones independientes. El resto de huéspedes eran dos camareros que ocupaban una habitación sin ventanas, que en realidad formaba parte de la sala dividida con unos paneles de cartón, un taxista instalado en la parte delantera de la sala seccionada, y en la habitación del fondo, que daba a un patio, venía a dormir de madrugada una mujer que trabajaba en "El cisne negro". Todos salían a cumplir con sus turnos de noche, menos mi vecino radiofónico que se entretenía con su afición melódica y yo que la sufría.

                Desde que llegué a esa pensión, que hacía la número veinticinco o treinta de todas las que habité en mis años universitarios, intenté por todos los medios que mi vecino de cuarto bajara el volumen de su receptor, los primeros días pidiéndoselo tímidamente a través de la puerta, luego dándole golpes en la pared, gritándole que ya estaba bien, pero ante mis quejas lo oía refunfuñar y pegarle patadas a la cama. "Esta jarana terminará en velorio", me amenazaba recalcando las vocales y a mí no me quedaba más remedio que reírme. Otras noches oía que repetía frases como lamentos: "¡Es que me estoy quedando sordo, carajo!".

(1) "Mañana por la mañana". J. Garcia-E. J. Brameri. Vals. (30/12/1946)


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PAGINA ACTUALIZADA EL 13/11/2004