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El sonero insomne

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

CAPITULO SEGUNDO

     

                Almorzaba en la universidad y cenaba en cualquiera de los restaurantes económicos un poco sucios que había repartidos en los sombríos bajos de los edificios de Madrid, me parecían los lugares ideales para preguntarme ante un plato de gallo frito, que increíblemente era un pescado capturado en el caladero del Gran Sol, si la libertad que iba persiguiendo compensaba vivir de esa manera. Comer solo y con pan en un lugar público era una de las nuevas costumbres que había adquirido el último año.

                Retrasaba al máximo mi regreso a la pensión, tratando de acumular silencio por las calles desiertas de los alrededores y me sorprendía a veces caminando detrás de perros vagabundos en vez de que ellos me siguieran a mí, que hubiera sido lo natural. Si lograba hacerme con algún periódico abandonado en el restaurante, me sentaba a leerlo en un banco de la plaza de Olavide, detrás de la pensión, bajo la farola que había a la salida del mercado; su luz se rompía entre las hojas del único árbol frondoso del barrio produciendo una sombra de estrellas artificial parecida a la del techo estrellado de "El cisne negro".

                Antes de mudarme a esa pensión, ya conocía el local de "El cisne negro", un prostíbulo cutre al que se entraba por un pasillo angosto, debido a que allí había pasado la Noche Buena del año anterior con Rulo, un compatriota solitario y patético como yo. No teníamos nada que celebrar pero creo que es la única vez que he cantado. Entre putas borrachas entonamos "La cucaracha" en su versión coja porque en esos años aún no se conocía en España lo que era la marihuana. Luego seguimos cantando el villancico de los peces que beben en el río, mientras nos ahogábamos en cubatas de ron y brindábamos por el Niño Jesús.

                Las mujeres de "El cisne negro" ostentaban con dignidad su condición de prostitutas, mantenían una actitud trascendente hasta cuando el alcohol les hacía perder todo pudor, conscientes del placer de la transgresión, como si hubieran llegado hasta allí por la oscuridad, acompañadas de tiernos demonios, convencidas de que esa era la única manera de salir del infierno de la pobreza, del desamor, del aburrimiento. Terminaban bailando con las bragas en la mano, pero eso no les impediría rehacer su vida de vírgenes trágicas al día siguiente.

                Las maduras mujeres de "El cisne negro" no se parecían en nada a las muchachas que había visto el verano anterior en Tours acostándose con uno u otro cliente con la misma ingenuidad y alegría que si se tratara de bailar con ellos. En ese burdel francés que parecía la fiesta de promoción de un instituto, habían logrado banalizar el sexo como algo totalmente inconsecuente, para ellas era sólo un divertido juego para ganar dinero. Cada vez que subían con un nuevo cliente avisaban entre risas a un empleado que aguardaba al pie de la escalera, encargado de contabilizar sus "servicios" en su "carnet de baile". En ese ambiente festivo y candoroso daban ganas de subir con todas, de probarlas como si fuesen cerezas de una caja de bombones. En cambio en "El cisne negro" no, cada cuerpo tenía una historia que al tacto daría la impresión de ser como una escultura formada con vidrios rotos.

                Entre copa y copa Rulo me contó que estaba escribiendo una novela titulada "La casa de la manicura", con la siguiente dedicatoria: "A mis padres que nunca me pusieron la mano encima, ni siquiera para acariciarme". Casa misteriosamente frecuentada por gran cantidad de clientes mancos. La manicura en realidad era una veterana prostituta especializada en nazis mutilados de guerra que habían recalado en el Perú huyendo de la justicia de Nüremberg. Ella jugaba a ser una Marlene Dietrich criolla tiñéndose el pelo de rubio y poniéndose sombreros que le tapaban hasta los ojos, para darles morbo a los torpes exlanzadores de granadas que la visitaban.

                Al final de la noche Rulo se desentendió de las mujeres y me confesó entre vapores etílicos que sufría el "síndrome de Cervantes" que consistía en tener celos de sus propios personajes porque le daba miedo que los lectores y sobre todo las lectoras, los encontraran más ingeniosos que a él mismo. Para evitarlo terminaba envileciéndolos, los encanallaba en situaciones detestables, les hacía decir cosas intolerables para dejarlos mal, para vengarse. Fue la primera vez que me planteé si el placer de escribir podía sustituir a cualquier otro o si se trataba simplemente de una aberración del espíritu que nos apartaba de la realidad.

                Y un año después, sentado en un banco, con un periódico en la mano, tan lejos de todo, me preguntaba: ¿pero cuál es la realidad?

                Esa noche me acosté oyendo cantar en la radio de mi vecino al Trio Los Panchos:

"Perdida
te ha llamado la gente
sin saber que has sufrido
con desesperación.

Vencida
quedaste tú en la vida
por no tener cariño
que te diera ilusión.

Perdida
porque al fango rodaste
después que destrozaron
tu virtud y tu honor.

No importa que te llamen perdida
yo le daré a tu vida
que destrozó el engaño
la verdad de mi amor." (2)

(2) "Perdida". Chucho Navarro. Bolero. (1947)



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