VOLVER_________SIGUIENTE

El sonero insomne

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

CAPITULO TERCERO

     

                El día que salí del Perú decidí irme a cortar el pelo a la peluquería del chino Cheng, lo recuerdo perfectamente, era una de esas mañanas nubladas que se diluyen sobre el océano Pacífico, como es habitual en el otoño limeño. Me lo cortó más de lo que yo hubiera querido y cuando volví andando por el serpenteante malecón me desagradaba sentir en las sienes las ráfagas frías de la colonia a granel. Al pasar por el parquesito Necochea vi a Susi sentada en un banco cerca del mar. El sol salió de repente entre dos nubarrones e iluminó su imagen de muñeca de trapo rubia como si estuviera en un escenario decorado con gaviotas, pero a ella no pareció molestarle. Una de las sirvientas de su casa con mandil blanco la vigilaba desde lejos recostada en el tronco de un árbol a unos veinte metros detrás de ella, hablaba con un hombre sólidamente parado que podía estarla enamorando y que me daba la impresión que llevaba una pistola oculta en la parte de atrás del pantalón.

                Susi era la hija única de un temido político de la dictadura del general Odría, vivía en un caserón delimitado por muros verdes de cipreses que se asomaba en una revuelta del malecón y que decían que tenía otra salida al mar subterránea por la quebrada, que nosotros nunca llegamos a comprobar. En esa época nos movíamos como pájaros de acantilado, gregarios, desordenados, sin admitir compañías femeninas. Pese a todo, había conocido a Susi durante el verano anterior en una fiesta en su casa, a la que fui invitado indirectamente por amigos comunes, fue una de esas raras ocasiones en las que tuve que ponerme corbata. Su padre quiso celebrar el quince cumpleaños de Susi por todo lo alto y contrató a la Sonora Matancera que tocó en el jardín, entre las casuarinas iluminadas con tubos fluorescentes de color verde, hasta las tres de la madrugada.

                Avanzada la fiesta y agotada la bebida, cuando las fuentes de mazamorra morada, de tejas de limón envueltas en papel de seda, de bienmesabe, de suspiros de limeña, se iban quedando vacías, y los mambos y chachachás dejaban paso a lentos boleros, se me acercó Susi y bailamos al lado de las madreselvas en un rincón del jardín. Noté que su cuerpo olía más a flores que las plantas que había alrededor.

"Si nos dejan
nos vamos a querer toda la vida
Si nos dejan
nos vamos a vivir a un mundo nuevo.
...
Si nos dejan
te llevo de la mano, corazón,
y ahí nos vamos".(3)

                Al detenerse la orquesta me dijo: "Ya sé que es un poco cursi lo que te voy a pedir pero me gustaría que pusieras tu nombre en mi carnet de baile y el título del bolero que hemos bailado; lo guardaré como un recuerdo". Me entregó una libretita blanca y un lapicito dorado y abrió torpemente sus páginas. Luego se fue a seguir atendiendo al resto de sus invitados, pero yo sentí que seguía pendiente de mí aunque no me viera.

                En mi casa, antes de dormir repasé las conversaciones que había tenido en medio de la bulla, y juraría que mientras bailábamos, teniendo de fondo la voz melódica del sonero cubano que cantaba entre trompetas y bongóes, había logrado entenderle: "Temí que no vinieras porque no te había invitado yo personalmente, tú no me conoces pero yo sé más cosas de ti de lo que tú crees, me hacía mucha ilusión que estuvieras conmigo en este día". No sabía si había leído esas palabras en sus labios, o me hubiera gustado oírlas, o era la letra de un bolero nuevo.

                En la mañana de mi último día en el Perú la encontré absorta frente a una gran jaula de canarios vacía en medio del parque, como tratando de percibir los trinos que en una época lejana habían alegrado esa parte del malecón, estaba al borde de la vereda de lajas de piedra que cruzaba el césped por donde yo tenía que pasar. Seguramente oyó mis pasos pero no se volvió hacia mí, se quedó quieta con esa expectación felina que aparentan los ciegos ante todo lo que se mueve a su alrededor. Pensé decirle adiós, contarle que iba a coger un barco que me llevaría a España no por este mar borroso que teníamos delante y que ella no podía ver sino por otro que tampoco yo había visto nunca, y que jamás me olvidaría de su olor a flores la noche que bailamos. Pero no me atreví y en el último momento en vez de detenerme decidí caminar más rápido y creo que ella descubrió la vacilación de mis pasos y levantó un poco la cara como para prestar mayor atención dejando que una mezcla de sol y neblina penetrara hasta el fondo blanco de sus ojos azules.

(3) "Si nos dejan". José Alfredo Jiménez. Bolero.



SIGUIENTE CAPITULO

IR A LA PAGINA PRINCIPAL
IR A "LA TENTACION DEL SILENCIO"
PAGINA ACTUALIZADA EL 9/12/2004