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El sonero insomne

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

CAPITULO CUARTO

          Noté que entraba Susi en mi habitación, no le hizo falta encender la luz, ella se desenvolvía bien en la oscuridad. Nos encontrábamos en la misma situación, yo tampoco podía verla a ella. Se sentó en mi cama sin hacer ruido y a través de la sábana sentí las yemas de sus dedos en mi cintura. Oímos juntos en la radio de mi vecino el bolero "Si nos dejan", supe que se sonreía. A los pocos minutos se disipó dejando un temblor en las flores de la ventana y un escalofrío en mi espalda. Luego la sirena de una ambulancia cruzó la noche como un largo gemido de jazz.

          Ya no pude cerrar los ojos, oí en solitario "Contigo en la distancia" cantado por el chileno Lucho Gatica:

          Cada noche, a altas horas, la llegada de los camareros era inconfundible porque entraban hablando a voces y les precedía un olor a pies que subía por las escaleras y se instalaba en el piso para el resto de la madrugada. Pero esa noche percibí una voz aguardientosa y una mujer hablando bajito y haciendo shiiii. Era la primera vez que la mujer de la habitación del fondo traía a un hombre a la pensión.

          Cuando me levantaba por la mañana y entraba a lavarme al baño mientras ella dormía, solía examinar la colada de sus bragas colgada en el toallero. Las nalgas que aprisionaban esas prendas debían ser delgadas porque eran de una talla muy pequeña, su voz tampoco era la de una mujer gruesa y por la forma de pisar con los zapatos de tacón sobre las tablas desvencijadas se podía pensar que era tímida. No encontraba explicación para que dejara su ropa íntima a la vista, igual la podría secar en una silla de su cuarto, tal vez era como una provocación sin destinatario. ¿O lo hacía como el náufrago que al terminar la jornada desalentado se rinde al sueño dejando su camisa en un mástil? Yo tocaba la tela gastada y un poco dada de sí en la parte que cubría su pubis y me sentía participar anónimamente de sus relaciones íntimas. Es curioso que siempre la imaginara bailando en "El cisne negro" con una falda negra ceñida y levantando de vez en cuando una rodilla, la izquierda, para dejar a la vista esas bragas, cosa que me turbaba. Terminaba de lavarme los dientes preguntándome si la soledad me estaba convirtiendo en un fetichista degenerado.

          El hombre que subía a tropezones por las escaleras hacía cada vez más ruido y ella le hacía un shiiii cada vez más insistente; se negó a entrar a la habitación de ella no sin antes saber de dónde provenía la música. En ese momento sonaba "Aventurera" cantado por Pedro Vargas:

          Tal vez se sintiera burlado por la letra del bolero, lo oí aporrear la puerta de mi vecino, gritar, insultarlo, hasta que logró que saliera. Me asomé para ver lo que pasaba.

-¡Y encima negro!- dijo al ver al sonero insomne en un pijama de estrambóticos colores.

          Yo era la primera vez que lo veía. Mantenía un porte digno ante el borracho a pesar de su estrafalario atuendo. Ella se escondía detrás de su amigo, avergonzada, también era la primera vez que la veía.

          Mientras tanto llegaron los camareros, y en esa reunión espontánea de huéspedes desconocidos a las cuatro de la madrugada en un pasillo de la pensión nos miramos todos sin dirigirnos la palabra. El borracho rompió el silencio abalanzándose sobre el cantante cubano. Lo intenté detener y perdió el equilibrio hundiendo las mamparas de cartón que nos separaban de la habitación de los camareros, el olor a pies se hizo insoportable. Esperamos a que se incorporara pero el hombre siguió inmóvil en el suelo. La mujer susurró "es que ha bebido mucho".

          El dueño de la pensión que vivía en el piso inferior subió al oír el alboroto e inmediatamente llamó a la policía. Hizo falta llamar también a una ambulancia, no se sabía si se trataba de un infarto o de un coma etílico.

          Cuando se lo llevaron entre agentes y enfermeros, cada cual hizo ademán de volver a sus habitaciones sin hacer comentarios, pero el cantante cubano nos hizo una señal cómplice para que entráramos a su cuarto. Los camareros rechazaron la invitación diciendo que al día siguiente tenían que levantarse temprano y se acomodaron como pudieron detrás de los cartones, pero la mujer y yo aceptamos.

          Presidía la habitación una radio de plástico rojo encima de un paño, la pared de atrás estaba tachonada con miles de fotografías antiguas, toda una vida en blanco y negro. Sobre la mesilla había más imágenes desparramadas, señal que las revisaba con frecuencia. El cantante se sentó en su cama, yo en una silla y ella prefirió quedarse de pie.

          Se llamaba Elisa, estuvo con nosotros el tiempo suficiente para disculpar a su amigo entre sollozos: "Era un antiguo novio, me descubrió trabajando allí. Yo ya ni me acordaba de él, fue una cosa de niños, en el pueblo, pero él decía que me seguía queriendo. Lo traje aquí para que durmiera un poco, había bebido mucho". Y para justificarse ella: "Me metí en este trabajo para ser útil en algo, yo no sé hacer nada, no tengo estudios, y también porque me permite criar a mi niña que está con mi madre en el pueblo". Luego salió de la habitación titubeante. Comprobé que era delgada y tímida como la había imaginado, y además de una ingenuidad enternecedora.

-Soy Gilberto Donaire, para servirle-. Me dijo el cantante en una mezcla de orgullo y modestia.
-Yo le voy a dar mi tarjeta-, le respondí para seguir con el protocolo.

          La leyó con detenimiento.

-¡Se apellida Granda! ¿no me diga usted que es pariente de Bienvenido, "el bigote que canta"?
-No, de Bienvenido no, pero soy sobrino de Chabuca.
-Claro, de Bienvenido no podía ser porque era negro como yo, en cambio Chabuca es rubia como usted. Buena hembra su tía, la conocí en Buenos Aires con Maria Dolores Pradera, otra maravilla de mujer la chapetona ¿es verdad que las limeñas son tan cariñosas como dicen?- terminó con cierta malicia.
-No lo sé, no me dio tiempo a comprobarlo, salí muy joven del Perú.

          Empezaba a sonar en la radio "Tú no lo sabes", cantado por Pedro Infante:

-Luego la volví a ver en Lima, en la última tournée por Suramérica que hice con la Sonora Matancera, canté con Celio González, "el otro flaco de oro", en los mejores escenarios y en los mejores salones de la ciudad. Vea, aquí estoy en el Teatro Segura de Lima- añadió señalando una de las innumerables fotografías que decoraban su habitación- Esta es Chabuca, el joven de al lado era un poeta taciturno, creo que se apellidaba Calvo y este es Celio. Tengo más de su tierra- dijo rebuscando en un montón-, mire, esta es en una casa particular del barrio de Miraflores que es como El Vedado de La Habana, al borde del mar. Un fiestón para una niña ciega ¿qué le parece?

          En la imagen se veía a Susi, con sus padres, Gilberto Donaire en el centro tenía puesta una mano sobre su hombro, a ella el viento le levantaba el pelo de un lado y tenía la expresión de intentar percibir algo muy lejano; detrás, se distinguía el Planetario sobre el morro de Chorrillos y al fondo el mar.

-Guardo todos mis recuerdos. Ya lo ve, he estado siempre rodeado de hermosas mujeres, aspirando a terminar mis días con una que me quisiera, y aquí me tiene solo en una pensión de mala muerte. Mi vida también parece un bolero o más bien un tango arrabalero, ja ja ja.
-Sí, hermosas mujeres-, corroboré viendo instantáneas de Libertad Lamarque y María Félix en diversas actitudes, siempre afectuosas con el sonero cubano, algunas firmadas.
-Y este es el trío más bello del mundo: Celia Cruz, la mulata de fuego, Olga Guillot, la madre del bolero y la Vargas, la inmortal Chavela.
-Mire como son las cosas, descubrí que lo que realmente me atraía de las mujeres no era su físico sino su manera de existir, de ser, el duende que llevan dentro, llámelo usted como quiera. María Félix era bonita no por tener la cara más perfecta de México, sino por su misterio; reunía las dos cosas. Estará pensando que es un tópico, pero si le digo que sexualmente tampoco me atraen las mujeres llamativas.
-¿Me puedo reír, no?- le pregunté con sorna.
-Ríase todo lo que quiera, pero aunque no se lo crea, a mi las mujeres que me vuelven loco no son las más hermosas. Mire, lo que verdaderamente da morbo en la cama y fuera de ella es quererse, lo demás sobra, ya lo descubrirá usted.
-No sé, tendría que enamorarme para saberlo.
-A veces una vida resulta muy corta para conseguir un gran amor, yo era bohemio, mujeriego y putañero, y hasta las más putas se corrían de gusto conmigo, pero me enamoré de una mujer que no se daba a nadie, ni a mí. Ese fue el drama. Reunía las dos cosas, como María Félix, bonita por fuera y por dentro. No podía quererla más.
-¿Pero usted continuó con su vida de bohemio?
-No mientras estuve con ella, nunca la engañé, la quería ¿me comprende? Ella me esperaba todas las tardes sentada en un sofá de mimbre en la terraza de su casa de La Habana, luciendo unos pendientes con dos piedras acquamarina tan grandes como sus ojos. Su amor me habría salvado la vida, pero le hice caso a una puta amiga que sabía menos de amores que de sexo. Me dijo la muy puta: "si quieres saber si te quiere dale ocasiones para que esté celosa, si no reacciona, te puedes olvidar de ella, es que esa mujer no siente nada por ti".
-¿Y qué pasó?
-Le hice caso, le di celos y ella me dejó y yo la estuve olvidando durante años y acordándome de la puta también, ja ja ja, no le guardo rencor, a ninguna de las dos. Me dejó, como si dijéramos, castrado de amor. ¿Usted también está castrado?
-No creo-, le respondí riendo- pero le entiendo.
-Mire, sentía por ella un amor total, amor de amante, de perro sin collar, de niño de teta. Créame "en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse", como canta Tito Rodríguez.
-¿La sigue recordando entonces?
-No me olvido de ella. Yo me acuerdo de todo lo que me ha conmovido en la vida, mi memoria es puramente emocional, lo que me afectó se queda grabado aquí para siempre, lo que no, es como si no me hubiera ocurrido. De este amor me acuerdo con pelos y señales de todo, y nunca mejor dicho, amigo, tratándose de sexo o de amor.
-Conocí luego a otra mujer y viví y viajamos juntos durante más de diez años, intentando siempre quererla, pero no pudo ser, ella no me quería. Cuando una mujer no le quiere a uno hay que tener el valor de dejarla a tiempo. Yo no lo hice y tuve dos hijos con ella, ya están grandazos, se casaron con norteamericanas y viven en Miami, no quieren saber nada de su padre, se avergüenzan de este pobre negro. Ya lo ve. No le vaya a usted a pasar lo mismo.
-Si, nunca se sabe.
-¿Me ha dicho que quiere ser poeta? con eso no se gana plata ¿por qué no se dedica a escribir letras de boleros?
-No lo había pensado.
-Fíjese que a todo el que se haya enamorado alguna vez le gustan los boleros y el que se haya enamorado mucho, como yo, los ha compuesto. ¿Usted se ha enamorado alguna vez?
-No estoy seguro, por lo menos creo que de la forma que me ha contado usted no.
-Es muy joven, a su edad todavía no se sabe lo que es el amor.

          Me sonreí.

-Yo ya estoy viejo y achacoso, los médicos se ríen conmigo-, continuó -dicen que mis enfermedades no son crónicas sino cómicas. No duermo. Todos las noches el alba me sorprende con los párpados abiertos, el día que no vea amanecer sabré que me he muerto. Lo único que quiero llevarme para el otro lado es mi sombrero y mi guitarra, ésta.

          Gilberto Donaire se quedó callado unos instantes y luego, como acordándose de algo muy importante, me dijo:

-Oiga, sabe, si tuviera dinero me iría a vivir a la costa, así en mi biografía podrían poner "y pasó sus últimos años cantando al lado del mar". Sería bonito ¿no?

-Así es la vida-, dijo levantando los hombros y sonriendo.

(4) "Contigo en la distancia". César Portillo de la Luz. Bolero (1946).
(5) "Aventurera". Agustín Lara. Bolero.
(6) "Tú no lo sabes". Gilberto Donaire. Bolero (1958).



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PAGINA ACTUALIZADA EL 25/12/2004