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Hambre canina

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

No quisiera ser inmortal para no perderme
lo que haya después de la muerte.

L. Tamaral

                Ya debería haberle dado de comer. Desde que me quedé sola, suelo preparar la comida en una olla grande cuando cae la tarde y nos la repartimos entre los dos.

                Le gusta comer en penumbra, igual que a los lobos; cuando traga se le encienden los ojos como dos planetas rojos y parece levitar sobre las estrellas que resbalan de la azotea, de vez en cuando levanta la cabeza para olisquear meteoritos y babosear constelaciones enteras, es grande, aunque flaco; a veces lo pierdo de vista, se escabulle como un rayo por oscuros senderos, luego regresa caviloso con andares de astronauta, cargando su osamenta en cada pata y haciendo señas con su rabo ennegrecido de nieve.

                Hoy no he podido darle de comer y ya es tarde, son más de las once de la noche. La garúa está impregnando la yerba y sus orejas estarán tiesas como los pelos de un payaso. Yo tampoco he comido, me acosté temprano, me sentía como una muñeca de borra a punto de salírsele el armazón de alambre por la rabadilla. La casa está en un silencio que ni siquiera alcanzo a oír, es el silencio del silencio que se filtra en forma de polvo lunar por la ventana. Otras veces que no le he dado de comer tampoco se ha quejado. Hemos pasado juntos tiempos medio regulares. Sé que el hambre le deja una sensación muy parecida a la nostalgia, nunca me lo ha dicho, se lo he notado en la mirada. Pero se esforzaba en disimularlo, cuando no había nada para comer se acurrucaba sobre las raíces del olivo y a la mañana siguiente se le había olvidado que tenía el estómago vacío. Lo que me preocupaba es que el hambre le durara toda la eternidad, que pudiera sentir una nostalgia eterna.

                Yo misma no me entiendo, tengo que reconstruir lo ocurrido durante las últimas horas para continuar viviendo mañana cuando se haga de día y no lo vea. Empezaré reconociendo que debo ser muy vieja porque ya se me han muerto muchos perros, pero este era el mejor, sabía leer. Se echaba encima de los periódicos y se aletargaba con los artículos de fondo, no se contentaba sólo con los titulares, y aunque nunca me dio su opinión yo sabía cómo iba el mundo a través de su actitud. Era serio, silencioso, ladraba poco y no hablaba. Su mirada era profunda, inspiraba sosiego, un día entró un ladrón y él salió a la puerta mientras yo iba a buscar un bastón para defenderme, lo miró al entrecejo y el hombre se fue como avergonzado, le ofrecí un vaso de agua, pero me dijo que no con la cabeza. A mí no me hubiera importado que se quedara un ratito a conversar conmigo, pero no quiso. Ya digo, imponía, es el mejor perro que he tenido.

                En realidad no sé de qué ha muerto, estaba descarnado, tenía las costillas como navajas, pero no enfermo; supongo que murió de viejo y cuando lo digo me entra un escalofrío. Estaba entretenido con los periódicos y de pronto se desperezó como harto de ver las cosas que ocurren en el mundo, me enseñó los dientes en gesto cariñoso muy suyo y no se movió más. Cuando lo toqué noté que su pelo estaba áspero como la piel de un abrigo viejo.

                Es por eso que hoy no he podido darle de comer, todo va encajando. Me costó mucho esfuerzo enterrarlo, lo arrastré por las patas delanteras hasta detrás de la casa. Abrí un agujero bajo el emparrado con el pico roto que dejó mi marido, aquí la tierra es pedregosa y salían chispas, yo casi no tengo fuerzas, apreté los glúteos como cuando era niña pero no me sirvió de nada. Cavaba al tiempo que lo medía con la vista, era grande el condenado, y patón. Como pude, hice un hoyo largo y poco profundo y lo acomodé dentro con suavidad, estirándolo para que cupiera, era difícil, tenía el cuerpo rígido. Le eché encima la tierra que había sacado y quedó como un montículo, cuando terminé, una hormiga repugnante lo cruzó de lado a lado.

                En la cama volví a contraer los glúteos pero esta vez para ver si así conseguía cerrar también los párpados y dormirme. En las sábanas, me sentía dura y rugosa, como un tronco de árbol en la arena. Pensaba que si al menos se hubiera ido comido... Era muy tragón y se fue en ayunas.

                Sin embargo, me entró la duda de todo lo que había sucedido hasta ese momento y me levanté para cerciorarme. Salí de la casa, me acerqué al emparrado donde lo había enterrado y en la oscuridad distinguí tirada en la tierra una especie de mazorca de maíz negro. Volví con una linterna y la enfoqué, era su hocico, asomándose entreabierto, como si hubiera intentado regresar de la eternidad, tal vez para que le diera de comer.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 3/3/2005