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La tentación del silencio

La otra frontera

Leopoldo de Trazegnies Granda

          La sensación de estar siempre en un lugar distinto, equivocado, le perturbaba. Aún en esos momentos que tenía ante sí unos ojos claros que se oscurecían de ternura al mirarlo de la forma que las mujeres que empiezan la madurez reservan para sus amores imposibles. Ella era mayor que él, pero no tanto como para tomar esa actitud, tal vez dentro de algunos años volvería a mirar de la misma manera a alguno de sus alumnos destacados. Aquello era sólo un anticipo de la ternura que desarrollaría más tarde.

          Olía a mar revuelto, de vez en cuando la brisa traía gotitas saladas que se mezclaban en el arroz. El era un hombre joven de bigote lacio, la sensación de extrañeza que resentía iba unida a un sentimiento de culpabilidad, como cuando de niño se escapaba del colegio para ver despegar los cazas del aeropuerto militar de Las Palmas en vez de asistir a las clases de matemáticas del padre Lanz.

          ¿En qué otro lugar podría encontrarse mejor que en ese restaurante? Almorzando con una mujer bonita, sensible, profesora de lengua, que le sonreía y a la que estaba unido desde hacía cinco años. ¿A qué venía esa incapacidad para disfrutar de lo que tenía delante y añorar siempre otro lugar, otra compañía? Junto a ella sentía la frágil seguridad del náufrago, pero en ningún momento había intentado un gesto de cariño, aunque estuviera tentado de acariciarle las venas gruesas de sus manos y ella también lo deseara.

          Ella se limpió los labios besando varias veces el dobladillo de la servilleta y lo volvió a mirar con dulzura. Él entonces se sintió más culpable que nunca, porque no la quería.

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          En el altiplano todo es oscuro, menos el cielo, pero si uno levanta la cabeza se marea. Por eso los pasajeros iban con la cabeza gacha bajo sus sombreros. Llevábamos ocho horas viajando. En los asientos traseros del autobús se oía vomitar a algunos.

          En la primera fila iba un hombre joven de bigote lacio y una chica delgadita. No se conocían y se miraban de reojo. Ella se quedó dormida contra él, su cabeza le rozaba el mentón. El paradójicamente se alegró de no ser feliz y de haber tenido que realizar ese viaje. La chica desprendía un aroma algo así como a nenúfares, pero él no sabía si el perfume salía de su pelo, de sus faldas o de las flores silvestres que llevaba en el regazo.

          Casi en sueños, la chica desempaquetó una manta roja y se apretujaron ambos como sumergiéndose en la tibieza de la sangre. Permanecieron así el resto del viaje cara contra cara reteniendo el aliento.

          Aquí se hielan hasta las lágrimas, decía el chofer en las paradas imprescindibles que hacía para romper el hielo de los charcos y colocar los trozos encima del radiador humeante. Algunos aprovechaban esos momentos para alejarse tambaleándose y orinar entre las piedras, y a veces aparecían grupos de gente con ponchos grises como sombras de luna pidiendo comida y se retiraban luego peléandose las tortillas y bizcochos que les tiraban por las ventanillas. La pampa devoraba enseguida a los indígenas y a la comida arrojada, sin dejar rastro.

          Al llegar al estrecho de Tiquina sentimos la presencia del lago que teníamos que cruzar como si fuera una boca entreabierta bajo las estrellas congeladas. No se veía el agua pero sí las pacas de juncos flotando sobre ella. El autobús se detuvo ante la puerta de la única choza, las huellas de la carretera morían en la orilla. Los viajeros amodorrados se bajaron dejándose caer sobre la tierra negra como extrañándose de la longitud de sus piernas, la chica se despertó sobresaltada y se apartó en veloces trancos olvidando las flores.

          Unos instantes después salió una anciana de la choza y dijo que todavía no había llegado la barcaza, que tendrían que esperarla. Su marido era como un Caronte indio que se emborrachaba y a veces se quedaba dormido y el viento se lo llevaba para el lado de Bolivia. No se preocupen que siempre regresa antes del amanecer, añadió para tranquilizarnos.

          El joven se quedó sentado en una piedra pendiente de ver reaparecer a su compañera. Al cabo de unos minutos preguntó por ella al resto de los pasajeros; nadie se dio por aludido, sólo el chofer hizo un gesto de fastidio como si ya hubiera oído esa pregunta en viajes anteriores.

          En el interior de la choza la luz de una lámpara de gas no alcanzaba las paredes, sólo producía un núcleo incandescente en el centro de la habitación. En la penumbra, la vieja preparaba café sobre la llama azul de un "primus". Volaban unas moscas gruesas de alas afelpadas que atenuaban su zumbido.

          El joven estuvo dando vueltas alrededor de la choza y mirando para adentro por un ventanuco enrejado. El chofer le sacó un vaso de café y se lo ofreció dándole una palmada y diciéndole que le sentaría bien, que en esas alturas hace mucho frío y uno puede sufrir alucinaciones. El bebió el café, dejó el vaso en el alféizar del ventanuco y vio con desconfianza la mano sarmentosa de la vieja que lo retiraba.

          Subió al autobús, oscuro y vacío parecía un túnel sin fin, las flores de la chica estaban tiradas en el suelo. Olía a hierro dulce y plástico percudido. Recordó a la mujer con la que vivía en Lima, ahora le parecía evidente que nunca habían sido felices. En el almuerzo de la playa se habían puesto de acuerdo para separarse durante una temporada, él haría este viaje a La Paz para reunirse con su familia y ella se quedaría en Lima terminando el curso escolar. Luego decidirían.

          Vio llegar la gabarra pasada la medianoche, se deslizaba empujada por el viento como una montaña azul. Instalaron en ella al autobús en una operación que duró una hora y que él aprovechó para escrutar el terreno sin encontrar a la chica. Luego la barcaza se despegó lentamente de la orilla a pesar de las protestas del joven, arrastrando ruidos acuáticos desconocidos, sogas que se descolgaban y la suciedad que se había acumulado a su alrededor. La choza se quedó en una quietud rojiza y limpia; entonces reapareció la chica. No sé si en ese momento estaba amaneciendo o ella se había puesto un vestido claro. Sin volverse a mirar hacia el lago se dispuso a esperar el autobús de regreso. En la choza se había apagado la luz.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 29/3/2005