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Toda una vida

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

Los contrabajos y los trombones son,
por lo general, gente apocada.

("Historia de un contrabajo".
A. Chéjov).

                Se declaraba agnóstico, sin embargo sospechaba que los hombres, las mujeres y todos los seres vivientes, formaban parte de un magma común y eterno y, como los griegos, pensaba que la forma de acceder a esa experiencia trascendente era a través del sexo y de la muerte. Posteriormente descubrió una tercera vía: la música, más concretamente, la música grave del contrabajo.

                La intensidad de su afición por ese instrumento musical era sólo comparable a la lujuria no satisfecha, a la impaciencia del enamoramiento ciego. Ninguno de sus compañeros se podría figurar que aquel sosegado técnico de la empresa fuera un melómano que alcanzaba tales grados de apasionamiento, excepto Laila, la que fuera su secretaria, que conocía sus debilidades más íntimas desde que decidieron vivir juntos, pero que nunca hubiera pensado que llegaría un día a ponerlas en práctica.

                La mañana que se vio en la lista de los prejubilados, en la reestructuración que estaba llevando a cabo su empresa, pensó que al fin se le presentaba la oportunidad para dedicarse al sueño de su vida: tocar el contrabajo. Hasta entonces había pasado por distintos empleos, empresas y ciudades asumiendo que su situación era siempre provisional, por eso jamás puso mucho empeño en lo que hacía, se limitaba a realizar profesional y honestamente su trabajo. Ya había cumplido los cincuenta años, pero todavía no se sentía viejo (algunas veces lo dudaba cuando se miraba muy de cerca en el espejo), al menos creía que aún se encontraba con suficientes fuerzas como para iniciar la etapa más decisiva de su vida.

                Tenía sólo cuatro dedos en su huesuda mano derecha, como las cuatro cuerdas del instrumento, perdió el dedo anular de joven, reparando una máquina industrial. Esta casualidad le parecía providencial, no le preocupaba en absoluto que eso le pudiera dificultar la ejecución de los "pizzicatos", al contrario, la consideraba una afinidad más con el contrabajo. Tampoco pretendía igualar a Botessini, se contentaría con el placer de interpretar de forma personal sus conciertos aunque no alcanzara la perfección. Era un hombre modesto, autodidacta y meticuloso, que confiaba en poder aprender música con un buen método para principiantes.

                A pesar de las protestas de su mujer, decidió destinar el dinero que recibiría en concepto de indemnización a adquirir el voluminoso instrumento. Cuando Laila vio dentro de su casa esa especie de armario con cuerdas puso el grito en el cielo y le rogó que renunciara a su afición. Aducía que el piso era muy pequeño, que los vecinos se quejarían al oirlo ensayar, que ella terminaría hartándose...

                Sopesó las razones de su mujer y concluyó que la solución era llevarse el contrabajo a la casita de la sierra que tenían para los fines de semana. Ella le dijo que no le seguiría, que si salía por esa puerta se iría para siempre. El metió el instrumento en su funda de cuero sin responder y con gran esfuerzo lo bajó a la calle, lo montó en la baca del lujoso automóvil que la empresa le dejó a buen precio cuando lo despidió y antes de partir volvió a subir a su piso a buscar la jaula con el canario, cosa que terminó de desconcertar a Laila.

                Llegó pasada la medianoche a su pequeña vivienda de veraneo. No había luz, acostumbraba a cortar la electricidad durante el invierno. Descargó el contrabajo y lo dejó en el suelo de la sala como un fardo funerario antes de acostarse. Durmió mal, con palpitaciones de impaciencia. El canario también estuvo desvelado, cantaba sin motivo en la oscuridad.

                A la mañana siguiente se enfrentó por fin al contrabajo, lo hizo de pie, en ayunas, medio desnudo y con cierto aire de luchador de sumo, pero sabiendo que lo que realmente quería hacer era bailar con él e intentar sacarle el sonido más puro que jamás había escuchado. Se remangó el pijama y puso tanta vehemencia al inclinarse en ese primer movimiento del arco sobre las cuerdas que su columna vertebral se resintió como si fuera de mica. Apartó unos centímetros el instrumento sosteniendo su cintura con la mano libre antes de volver a intentar una nueva aproximación, pero a la segunda vez el resultado fue aún peor: sintió que su espalda se requebrajaba en mil pedazos. Apoyó el contrabajo en la pared y dejó el arco en una mesa para poder estirar los brazos. No le dio mucha importancia a sus dolores, supuso que se debían a su posición erguida y a su falta de práctica.

                Salió a la terraza que daba al valle, respiró profundamente el aire fresco de la madrugada que venía mezclado con el humo de alguien que estaba quemando maleza e imaginó la acústica que podría haber en ese paisaje. Luego trajo un banco alto de la cocina para intentar obtener sentado las ansiadas notas graves que aún no había conseguido de pie. Se colocó la caja entre las piernas y volvió a inclinarse sobre las cuerdas esta vez con mucha más delicadeza. Al levantar el codo y aguzar el oído para no perderse el más mínimo matiz de la sonoridad que iba a emitir el casi mágico instrumento sintió un trallazo que le recorrió la espalda de abajo a arriba, se le nubló la vista y se desvaneció. El canario revoloteó en su jaula y volvió a cantar.

                Cuando Laila fue a buscarlo tres días después, lo encontró abrazado al silencioso cuerpo de madera del contrabajo, como un mono en equilibrio, descomponiéndose. No sintió pena por él, descubrió en ese momento que siempre le había tenido asco.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 4/4/2005