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Al final del otoño

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

En vernos más allá no creas.
Ni yo lo creo. En el tiempo infinito
dos veces no se da la misma cosa.

Lázlo Kálnoky (Hungría, 1912)


                A diez mil kilómetros de distancia por vía aérea me pidió que si fallecía estando conmigo quería que la llevara de vuelta al Perú, a enterrarla al lado de mi padre. Me lo susurró una sola vez apenas me vio, pero la atmósfera de sus palabras me envolvió durante largo tiempo como si la truculencia de la muerte fuera para ella un perfume que la tuviera cautivada; gesticulaba levemente, ajena a los moretones cárdenos que habían florecido en el dorso de sus manos. Yo la observaba tratando de reconocer sus gestos, la modulación de su voz... pero ella interrumpió mis recuerdos de infancia para decirme mirándome a los ojos: lo sé, han pasado muchos años, hijo, pero lo que realmente te sorprende de mí es que haya perdido el miedo a la muerte.

                Sucedió en el mes de diciembre, hacía frío. Yo le había recomendado que no viniera a España todavía, que esperara un par de meses a que se suavizara la temperatura, que en marzo ya empezaba a hacer buen tiempo en Sevilla. Pero me respondió que no, casi llorando, que necesitaba venir en este mismo mes, ya tengo el billete reservado para la próxima semana, me dijo antes de colgar el teléfono. Me extrañó su premura, mi madre nunca había sido una mujer impaciente.

                La fui a esperar al aeropuerto de Madrid. No la vi salir por esas puertas opacas que al descorrerse dispersan muchedumbres que han descendido de las nubes con algo desconcertante en la mirada. A ella la descubrí sentada en un banco, con su maleta, al lado de una columna, con la mirada serena y la rigidez de un elemento escultórico abandonado. Me pareció increíble que hubiera llegado hasta allí arrastrando su equipaje y saltándose todos los controles de aduanas. Disimulaba el cansancio del viaje con una sonrisa temblorosa pintada en vuelo con un carmín decolorado.

                Recogí la maleta que traía y me volví para decirle que inmediatamente teníamos que hacer el transbordo hacia Sevilla, noté entonces que ella no había dejado de observarme desde su llegada. Un instante, me dijo, y la vi dirigirse a los aseos con aire travieso.

                Mientras la esperaba comprobé que el crepúsculo había empezado a invadir las pistas de aterrizaje de Barajas y me dio la impresión de que la niebla estaba destruyendo el pabellón izquierdo del edificio. Salió con los labios pintados de un granate vivo que contrastaba con la expresión de tristeza de su cara. Voilà, me dijo poniendo el gesto de una niña que llevara setenta años jugando al tenis y acabara de perder su último partido, podemos irnos. Me cogió del brazo y al apoyarse en mí sentí su axila helada y sus tobillos débiles. Tenías razón, musitó contra mi hombro, estoy aterida de frío, pero no podía esperar.

                Su llegada había coincidido con un fin de semana largo, con una fiesta que caía en lunes y por ese motivo no quedaban plazas libres en los vuelos para continuar hacia Sevilla. Decidí alquilar un coche y hacer el viaje por carretera.

                A pesar de su edad mi madre seguía teniendo un cuerpo escueto, ocupaba muy poco volumen sobre sus tacones de aguja, noté que se había consumido aún más durante los años que no la había visto. Subió al asiento delantero del coche alquilado entrando de frente, como quien sube a un trencito de feria, se sentó y cerró los ojos. Imaginé que me estaba reprochando mentalmente: te fuiste por dos años y pasaron veinte sin que regresaras. Por eso encontré lógico que me dijera esbozando una sonrisa: he sido yo la que he tenido que venir a verte.

                Pasamos por la puerta de Toledo en el momento en que se encendían sus farolas y la carretera de Andalucía engullía una fila de coches cubiertos por un manto púrpura. Las fachadas de los edificios de las afueras de la ciudad se elevaban contra la dureza cromática de los cielos de otoño. Un hipermercado abierto se veía como un acuario encendido. Estarás cansada, puedes reclinar el respaldo de tu asiento y dormir un poco, tenemos varias horas de viaje por delante, le dije, pero ella se negó rotundamente y adoptó una mirada entre ingenua y divertida ante el paisaje.

                Me dio pena tener que abandonar la casa de Miraflores, empezó a contarme, pero tenía que hacerlo, continuó, en esa casa tan grande sólo se oía mi propia respiración y el reloj de madera que incomprensiblemente seguía sonando aunque yo ya había dejado de darle cuerda. Antes de partir, arreglé todo lo mejor que pude, cubrí los muebles y guardé algunas cosas en el sótano, no todas las que hubiera querido porque no tenía fuerzas. Las demás se quedaron como estaban. Ahora que vuelvo a pensar en la casa la veo a oscuras, cerrada, ¡se ha vuelto tan lejana en tan pocas horas! a lo mejor ya se le ha roto alguna de las claraboyas de la azotea y estarán entrando pájaros y gatos; no hay nada más triste que recordar una casa abandonada ¿tú tienes un poema escrito sobre las casas donde viviste, verdad? No me hizo falta responderle, ella sabía que la comprendía.

                Esa noche la meseta castellana se estiraba anormalmente clara, enmarcada por una luna grande y deforme, plena de silencio. Encendí la radio y sintonicé una emisora de música clásica porque sabía que para ella era un elemento primordial de su vida; de niña escuchaba a mi abuelo en la casa de Barranco tocar al piano antes de abrir diariamente su consulta homeopática, lo recordaba con frecuencia. La música, con el paisaje de fondo, expresa la armonía oculta de las cosas, toda la naturaleza vibra al ritmo de la vida, fíjate que mientras las montañas parece que se alejaran de nosotros los árboles nos rodean para abrigarnos, me comentó como reflexionando consigo misma cuando ya nos estábamos internando por la alameda de Puerto Lápice.

                Una anciana andaba al borde de la carretera, iba concentrada en sí misma, como si cuidara de que no se le escapara un animal extraño, a lo mejor un hurón, que llevara enredado entre su prendas; al llegar a un cruce se entreparó y dudó, como buscando a alguien; las ramas de un árbol se agitaban sobre un abrevadero seco, luego continuó su camino en la misma dirección que el viento. A veces las cosas invisibles se vuelven más importantes que la realidad, me comentó, es como si adivináramos la vida que se esconde bajo los vestidos, como si viéramos los sentimientos ocultos. Se acomodó mejor en el asiento y la vi resistirse para no dar una cabezada, pero terminó durmiéndose.

                Se despertó en las curvas de Despeñaperros. Creí que me estaba mareando, me dijo algo preocupada. Se sorprendió del nombre del lugar, pero luego, la señal de carretera que anunciaba el pueblo de Guarromán le hizo tanta gracia que parecía imposible que su agotamiento le permitiera reírse de esa manera, ni que su enfermedad se estuviera agravando a ritmo acelerado, como si los análisis de sangre que se hizo antes de salir de Lima y que ella mantuvo en secreto, no indicaran que cientos de miles de leucocitos continuaran proliferando en sus venas dándole ese aspecto de niña anciana, de muñeca abandonada bajo la lluvia. "¡Guarromán!", repitió haciendo énfasis en la última a, es una mezcla surrealista de inglés y castellano, me encanta, suena a un Supermán con la capa sucia; en todas partes hay pueblos con nombres graciosos, se reía sin malicia, siempre había disfrutado con los juegos de palabras. Súbitamente se ocultó la luna y estalló una tormenta, yo sentí como si dentro de mi madre se hubiera desatado un diluvio. Sin embargo exclamó casi divertida: ¡Qué aguaceros caen por aquí!

                Me detuve en el cobertizo de una gasolinera a la salida del pueblo porque noté un problema en la dirección. Una de las ruedas delanteras estaba baja. En la estación de servicio no había nadie, continuaba lloviendo torrencialmente. Cuando terminé de cambiar la rueda pinchada por la de repuesto apareció en la oscuridad una chica descalza de aspecto extranjero; me ofreció titubeando una sortija de oro, y el anuncio luminoso de Repsol reflejó sus colores en el metal del anillo dándole un aspecto mágico. Me preguntó en inglés si me pertenecía. Me miré las manos sucias de grasa y comprobé con sorpresa que efectivamente la había perdido; probablemente había salido despedida de mi dedo al hacer el esfuerzo de desenroscar los pernos oxidados de la rueda y había caído a sus pies. Era la sortija que me envió mi padre por correo cuando cumplí los dieciocho años. Detrás de la chica distinguí a un muchacho aproximadamente de su misma edad, del bolsillo de su cazadora asomaba un libro con grandes letras haches en la portada y supuse que se trataba de una obra de Herman Hesse, tal vez "El lobo estepario". Iban a Córdoba haciendo autoestop, se les había hecho de noche en la carretera y decidieron esperar a que amaneciera resguardados entre los surtidores de gasolina. Les ofrecí llevarlos. Recogieron sus mochilas y se acomodaron en el asiento trasero. A partir de ese momento el coche empezó a oler a yerba fresca, a flores deshechas largo tiempo en la boca. Hablaban poco pero mantenían una sonrisa permanente. Cruzaron algunas frases en francés con mi madre tratándola con un cariño especial. Ella era brasileña y él de París, viajaban haciendo representaciones de marionetas por los pueblos, somos "ti-ti-ri-te-ros", me dijo ella deletreando con gracia el español. Continuaron el viaje abrazados, en silencio. La luna había vuelto a aparecer y alcanzaba su cénit desparramando en el campo espejismos como manantiales.

                Al cabo de un rato empecé a oír unos jadeos femeninos en el asiento trasero, miré por el espejo retrovisor y al principio no noté ningún movimiento bajo el saco de dormir que la pareja de jóvenes utilizaba para cubrirse, pero enseguida vi aparecer una cabecita amarilla de mejillas coloradas y detrás otro muñeco que alargó su mano de trapo y le acarició la cara a su compañera repitiéndole algo incomprensible. Se quieren mucho, me dijo la chica en portugués, hacen el amor cuando se encuentran a gusto. Les regañó levemente y los volvió a esconder.

                Subí un poco el volumen de la música. ¿Te gusta? me miró mi madre con asombro, es el ballet de "La consagración de la primavera" de Stravinsky, ¿sabes de qué trata? del sacrificio ritual de una joven virgen que debe bailar hasta morir para celebrar la llegada de la primavera... es un canto terrible a la vida y a la muerte. Me parece que fuera ayer cuando vi su estreno en París, tuve la suerte de estar allí, hace muchísimos años, fíjate que yo todavía estaba soltera. A medida que hablaba se le iba trabando la lengua. La última frase la dijo casi dormida. El esfuerzo de recordar y de explicarme el significado de la obra la había extenuado.

                Cuando llegamos a Córdoba las farolas nos iluminaron las caras a ráfagas como en una película mal proyectada. La chica me dijo que los dejara en cualquier sitio de la ciudad, mi madre se despertó al detenerse el coche, noté que estaba más pálida y lo atribuí a las luces antiniebla de los postes. Los títeres volvieron a asomar sus cabecitas y se despidieron efusivamente con sus voces atipladas, a mi madre le dieron un cariñoso beso antes de meterse nuevamente dentro de la bolsa que el muchacho se colgó al hombro; se alejaron en dirección a la mezquita. La chica llevaba las chanclas mojadas en la mano y antes de desaparecer por la primera callejuela se volvió una vez más a mirarnos. En la espadaña de una iglesia había un nido de cigüeñas. Nosotros cruzamos el puente hacia el sur y entre las sombras del río Guadalquivir mi madre percibió sorprendida fugaces remolinos de luz.

                Poco tiempo después me pidió que entráramos al primer sitio que viéramos abierto porque tenía sed y aprovecharía para ir al baño. A esas horas hasta los hoteles de los camioneros estaban apagados. No sé qué me pasa pero desde que salí de Lima tengo mucha sed y mucho sueño. Tienes que estar muy cansada, le respondí, el viaje ha sido largo, desconociendo aún las verdaderas causas de su estado.

                Lo que me cansa es no parar de darle vueltas a los mismos pensamientos. ¿Sabes lo que más me angustia de la muerte de tu padre? Las preguntas que nos quedamos sin hacer, las experiencias de ambos que no pudimos compartir, lo que dejamos sin explorar el uno del otro.

                ¿Después de cuarenta y cinco años de vivir juntos? le pregunté con involuntaria ironía al cabo de unos segundos. Sí, te lo aseguro, una vida siempre resulta corta, para todo, te mueres siendo el mismo niño que has sido. A mí, los últimos treinta años se me han pasado volando, me confesó muy lentamente antes de volver a quedarse dormida.

                De niño, una tarde que estaba aburrido, encontré en el fondo de un armario unos patines enigmáticos: no tenían ruedas. ¿Para qué podían servir? Me los puse y rayé todo el parquet del vestíbulo con sus hierros como cuchillas. En su infancia, mi madre patinaba sobre hielo los domingos en no sé qué ciudad nórdica de Europa, y había guardado sus botas. La imagen de sus pantorrillas escolares deslizándose sobre una superficie blanca e insonora pertenecía más a los sueños que a mi realidad familiar. Acababa de descubrir dentro del ropero del cuarto de atrás un escenario de treinta años de antigüedad, que inmediatamente me apropié; yo también sabía patinar, pero sobre estruendosas ruedas de hierro y bajo un firmamento de verano en el malecón de Miraflores. Y allí, cuando los sábados las niñas del barrio rodaban entre risas cogidas de las manos, como lo haría mi madre en esa lejana ciudad europea, yo distinguía claramente una voz entre todas y cuando pasaba cerca de mí notaba que su piel era la que mejor había guardado las caricias azules del mar por la mañana. Fue la criatura más linda que me inventé. No la volví a ver.

                Mientras tanto mi madre dormía a mi lado, como una niña, con sus piernas de antigua patinadora recogidas. Recordé unos versos de Shakîr Wa'el:

                En mis épocas de estudiante universitario me sorprendían los ancianos investigadores que veía en las bibliotecas tomando notas apaciblemente, ignoraba que en realidad estaban librando una trepidante batalla contra el tiempo. ¿Llegarían algún día a averiguar el dato desconocido que buscaban? ¿se mantendrían vivos lo suficiente hasta concluir su obra? ¿o eran poetas encerrados en su propio universo? ¿Qué nos mantiene en el mundo? ¿tratar de completarlo, de embellecerlo o intentar descifrarlo?

                Mi madre interrumpió mis pensamientos, la vi removerse en el asiento. ¿Estás bien? le pregunté. Sí, estoy bien. Estaba pensando, sabes, en que para mí el amor lo ha sido todo. Y creo en la otra vida como continuación de ésta, por eso estoy ilusionada de volverme a encontrar con tu padre. Se quedó callada unos segundos, reflexionando, el infierno debe ser un lugar horrible donde no encuentres a las personas que has amado en esta vida.

                Supuse que necesitaba seguir haciéndome confidencias, las que no había podido hacer a nadie en las semanas pasadas, en las noches que se quedó en vela por los pasillos del hospital mientras mi padre estaba en coma. Siempre he tenido pánico de encontrarme lejos, añadió, ¿pero lejos de qué, me preguntaba? nunca llegué a saberlo. Y guardó silencio.

                La ansiedad que produce querer estar cerca de alguien, de sentir su mirada, su aliento, de ver reflejado en sus ojos todo lo que en el mundo merece la pena vivir, era la emoción que estaba sintiendo mi madre, me convencí que su pasión traspasaba los límites de la vida.

                Si aceptas que la persona que amas ha desaparecido, continuó después de una larga pausa, se desvanece el futuro, te paralizas, como ante las acrobacias absurdas que hacía la bruja de nuestras pesadillas infantiles, entonces sí que nos sentimos extrañamente lejos de todo, desamados y en peligro. No puede ser.

                Creí que se había vuelto a dormir pero la oi tararear una canción en voz muy bajita: "Quién pudiera desprenderse de la melancolía, como los árboles en otoño. ¡Quién pudiera!". Los versos de amor sólo tienen sentido para los enamorados, comentó y en seguida me preguntó intrigada: ¿Sabías que también es posible morirse de pena? No pienses en esas cosas, le sugerí evitando acentuar aún más su tristeza. No, si no me importa, creo que sería la forma más bonita de morir, me respondió.

                Me insistió nuevamente en que le era imprescindible parar en cualquier lugar. Lo único que se anunciaba en la carretera con sus luces rojas era un bar de mala reputación cerca de La Luisiana. Paremos aquí, me pidió, no me importa que sea lo que sea.

                Al bajar del coche se puso de pie hundiendo los tacones en la gravilla del aparcamiento y temí que pudiera perder el equilibrio. ¿Oyes? Me preguntó. Supuse que se refería a la música estridente que salía amortiguada desde dentro del local, pero me lo negó señalando el cielo con el dedo. Allí ¿oyes?

                Sobre nuestras cabezas pasaban miles de aves migratorias como bandadas de estrellas negras. Batían sus alas silenciosamente pero se oía su graznido. Vuelan al abrigo de la oscuridad, en esta época empiezan a subir hacia el norte, le expliqué. ¿Y cómo saben dónde quieren llegar? me preguntó extrañada.

                El portero que permanecía a la espectativa, se quitó la gorra y nos guió atónito hasta el interior del bar. Las mujeres nos miraron divertidas haciendo comentarios, una elevó la voz para que la oyéramos: ésta venía a hacernos la competencia pero se le ha pasado el arroz. Las demás le rieron la gracia, el portero se sintió incómodo y volvió a la puerta. Mi madre se dirigió a los aseos y yo pedí en la barra una cerveza para mí y un refresco para ella con la intención de llevármelo para que se lo tomara en el camino. Al pedir un par de cañitas, porque mi madre no sabía beber a pico de botella, terminé por desencadenar la hilaridad en todo el personal. Mientras aguardaba se me acercó la única chica que se mantenía apartada y no se había reído, tenía los ojos inmensos como dos ventanas abiertas a la lluvia. Qué bien acompañado vienes ¡quieres que nos montemos un trío! me propuso con una sonrisa irónica. La breve explicación que le di del motivo por el que habíamos entrado la dejó pensativa, luego se dirigió ella también a los aseos y supuse que lo hacía por curiosidad.

                Al abandonar el local le di una propina al portero que me miró sin salir de su asombro y creo que estuvo a punto de devolvérmela. Las aves continuaban sobrevolándonos a mucha altura, cada vez más numerosas y chillonas.

                No podía imaginarme lo lúgubre que puede llegar a ser un tugurio como éste, fue el comentario que me hizo mi madre cuando ya estábamos otra vez sentados a oscuras en el coche, pero el resplandor de los faros me permitió ver cómo se llevaba el refresco a los labios intentando disimular su turbación y no atinaba con las cañitas. Sí, es un lugar desagradable, asentí. Me refería, continuó al cabo de unos segundos, a que el local puede ser mejor o peor, pero su atmósfera sordida se debe a la dificultad para amar que tienen los que están allí dentro; lo importante no es dónde estés sino con quién estés; si se pudieran convertir en pájaros saldrían volando.

                Antes de dar marcha atrás para partir, levanté la vista y me quedé perplejo al leer el nombre del bar: El Jardín del Diablo.

                Fuiste un niño arisco, me dijo un momento después. Me costó trabajo encontrar una respuesta, pero para no quedarme callado le contesté sin mucho convencimiento: tal vez no me dejaba querer por pudor, debí ser muy egoísta en esa época. Y hace unos años tuviste una depresión, insistió con cierta vacilación, pero no me lo contaste. Es que nos escribíamos poco, por carta era difícil explicar una cosa así. ¿Pero supiste cuál había sido la causa? Se lo negué con la cabeza, ocultándole que estaba seguro que las depresiones se producen siempre por carencias afectivas. Pero ella, como adivinando mis pensamientos añadió, no siempre es fácil que se den las circunstancias ideales para amar, aunque tengamos la suerte de estar fuera del jardín del diablo ¿verdad? Y para cambiar la conversación me preguntó: ¿sigues escribiendo? Le respondí con un gesto impreciso.

                El sueño la vencía cada vez más frecuentemente. Hizo esfuerzos para mantenerse despierta y poder continuar con su tímido interrogatorio: lo que me extraña es que teniendo ya casi cuarenta años no tengas una pareja estable. Tampoco habré sabido aprender a amar. Mi respuesta sonó a reproche, por eso enseguida añadí, o porque soy muy raro, que es lo más probable. Ella se quedó callada esperando que yo continuara. Todavía no soy lo suficientemente viejo como para que las mujeres dejen de mirarme con desconfianza, pero ya no soy tan joven como para que me sigan mirando con afecto. Se lo dije en tono de broma y se rio. Te has pasado media vida siendo un extranjero, como tu padre, pero él me tenía a mí, en cambio tú estás solo. Capté en sus palabras un leve tono de admiración que me resultaba difícil de aceptar, por eso me justifiqué: eso no me pesa, te lo aseguro, hasta ahora he vivido bien, lo único jodido es tener que observar siempre el mundo con la mirada múltiple del mestizo. Mi madre me miró sorprendida, había empleado una palabra que a sus ojos me transformaba de repente en hombre. Hasta ese momento no se había dado cuenta que hacía mucho tiempo que había dejado de ser un niño. No hables así, me resondró suavemente.

                Empezaba a amanecer cuando ya nos quedaban pocos kilómetros para llegar a Sevilla, las luces de los pueblos de Los Alcores se confundían con las últimas estrellas. Lo que quiero hacer cuanto antes es ir a un banco a cambiar travellers cheques. No te hacen falta para nada le respondí. Es que no tengo ni un centavo en el bolso, me dijo. Lo que traías para el viaje es suficiente, no te va a hacer falta más. No, no tengo nada, lo que traía me lo quitó una chica en ese local horrible donde estuvimos, era una muchacha con unos ojos enormes, preciosos, que me impresionaron, entró a los aseos, me abrió el bolso como si fuera suyo y me robó todo. ¿Pero cómo no me lo dijiste? le pregunté irritado. ¿Para qué? no era mucho, pobre chica, a ella le haría más falta que a mí, si no fuera así no se dedicaría a ese trabajo ¿no?, tendría a alguien a quien amar fuera de allí ¿no te parece?

                Cuando la carretera se iba transformando en avenida a la entrada de Sevilla noté que mi madre se había vuelto a quedar dormida, pero esta vez roncaba con breves estremecimientos descoordinados en todo el cuerpo. No conseguí despertarla llamándola repetidamente. Detuve el coche y la remecí suavemente cogiéndola por un brazo, pero fue inútil. Le eché en la nuca un chorrito frío de lo que quedaba del refresco, pero no reaccionó. Entonces la llevé directamente al servicio de urgencias del Hospital Macarena.

                El médico me dijo que había recobrado el conocimiento y que podía pasar a verla. Los resultados de los analisis que se le habían hecho eran preocupantes. Los cientos de miles de leucocitos detectados en su sangre indicaban que sufría una leucemia muy avanzada.

                Me sonrió de la misma manera y con la misma palidez que cuando la encontré en el aeropuerto de Madrid. ¿Hemos llegado? ¿dónde estamos? me preguntó casi con alegría. Le expliqué que iban a tener que cuidarla allí durante unos días. Recién en ese momento cayó en la cuenta que estaba en un hospital y miró a su alrededor con espanto. Tú sabes que yo le tengo más miedo a las medicinas que a las enfermedades, se quejó alarmada, yo he venido a verte a ti, no a que me encierres en un hospital y entre lágrimas me hizo prometerle que no la dejaría allí.

                Volví a hablar con el médico; me explicó que existen varios tipos de leucemia y que se desarrollan pasando de una fase crónica a otra fase fulminante, contra la que no se puede luchar. Añadió que en el caso de mi madre aún no tenían los datos suficientes para hacer un diagnóstico preciso. Una vez que supieran con seguridad cuál de los tipos de leucemia padecía y en qué fase se encontraba, la pondría bajo tratamiento y podría pensar en llevármela a casa, pero que tuviera en cuenta que en principio el pronóstico no era bueno, que el índice de glóbulos blancos era realmente elevadísimo, que podía tratarse de una leucemia crónica muy avanzada o de un tipo agudo fulminante.

                Le pregunté con qué finalidad quería saber cuál de los dos tipos de leucemia padecía mi madre. Inicialmente me devolvió una mirada de desconcierto, luego, como tratando de descubrir el sentido de mi pregunta, me respondió lentamente: para ponerla bajo el tratamiento adecuado. Pero usted me ha dicho que el tipo agudo de esta enfermedad tiene un desenlace fatal ¿para qué averiguarlo? lo lógico sería ponerla directamente bajo tratamiento sin hacerle más analisis, asumiendo que padece la leucemia del tipo crónico, la que es tratable, aunque esté muy avanzada ¿no es así? Mi razonamiento pareció irritarle. No es exactamente así, todas son tratables, me argumentó, existen muchos tipos y subtipos de esta enfermedad ¿pero por qué me hace usted esa pregunta? Porque deseo llevármela a mi casa lo antes posible. El médico se quitó las gafas, bizqueaba, y ante mi sorpresa me respondió: lo que usted me dice es absolutamente anticientífico, pero lo encuentro razonable y humano.

                Contraté una ambulancia y bajo mi responsabilidad la trasladé a mi casa. Montamos en la habitación que le habíamos preparado para su estadía en Sevilla todo lo necesario para administrarle las medicinas que se le habían prescrito por suero y esa noche durmió con un brazo estirado por la aguja y el otro sin soltarme la mano.

                El amanecer llenó la habitación de un aire frío y azul. Ella abrió los ojos y miró hacia la ventana, luego calibró al tacto la tela de mi manga y me dijo, qué bonita camisa llevas puesta, antes de que la vida se le escapara en una sonrisa.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 23/5/2005