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La batalla de las tetas

AUTOR: Enrique Cerdán Tato (Alicante, 1930)
A María Luz

              El coronel don Amadeo del Campo dejó de creer en los ángeles custodios, cuando, una tarde helada y sin venir a cuento, un mercenario austríaco le voló toda su virilidad con un mosquete de chispa. Una constelación de cirujanos y barberos ebrios, y aquella patulea de melicineros indígenas de la Patagonia, se tiraron dos meses en remendar tanto estropicio, a base de hebras de algodón y emplastos nauseabundos, en un hospital de campaña; y otros tres más, de tempestades y vómitos, para alcanzar, por último, el amparo de su palacio de Madrid.

              Pocas semanas después de su llegada, decidió revelar tan humillante secreto a su esposa, que, a aquellas horas, tocaba el clavecín en la saleta de música. Al percibir cómo la voz del coronel se le vencía en llantera, las manos de doña Ana Isabel detuvieron su aleteo sobre el teclado, en tanto las últimas notas se desvanecían en un aire de alegorías manufacturadas en el telar. Luego, con toda serenidad y sin decir palabra, continuó interpretando la gavota en sol menor de Bach. Cuando la marquesa terminó, se acercó a su marido, le secó las lágrimas con un pañuelo de encaje y le susurró: No lloréis, no lloréis más, os lo suplico. Suspiró profundamente y agregó: Comprendo vuestro estado de ánimo, pero reparad, señor, que tampoco es tan grande la pérdida, ya que aún os adornan otras muchas prendas. Y sentenció, resueltamente:

              -Habéis ofrecido a su majestad el sacrificio de vuestras partes más nobles. Y Dios os bendecirá.

              Sin embargo, quince años más tarde, un prelado tan rigorista como insolente, le infirió una nueva e intolerable afrenta: el obispo de la diócesis, en misa pontificia, y asistido por familiares, diáconos y acólitos, ofendió públicamente a su mujer.

              Aquella tarde, el coronel don Amadeo del Campo, corregidor de capa y espada y gobernador militar de Auriola, despachó con sus ayudantes y compañeros de armas en funciones de teniente del Rey y sargento mayor de la gobernación, y les conminó a que trasladasen, a la oficialidad y a la tropa de la guarnición, el aviso de que sus esposas, madres, hermanas e hijas ya otorgadas, ya solteras y sin pretendiente, quedaban a disposición de su excelencia, la marquesa de San José, doña Ana Isabel de Quirós y Velasco, quien les informaría cumplidamente de cómo ideaba perpetrar una operación de desagravio, contra su reverencia, el señor obispo. El honor de su esposa había sido ultrajado. Y el honor de su esposa era el honor del ejército.

              A la misma hora, Ana Isabel, como todos los martes y viernes, se entregaba voluptuosamente al estudiante de Leyes, Carlos Marlini, en la confidencia de su estrado, y ambos daban con sus cuerpos enfierecidos, en una espesa alfombra de los talleres de Santa Bárbara, extendida al pie del diván. Los pechos de Ana Isabel exhalaban un incesante aroma a hierbas silvestres, hasta que el joven, rendido ya, se acurrucó entre los muslos de la insaciable marquesa, y reposó sumisamente el cabello morocho y rizado, en el glorioso territorio de su pubis.

              -Es una empresa temeraria, aunque encomiable -comentó.

              -Pero, ¿la apruebas? -¿Acaso os importa, señora?

              -No, por supuesto que no. Eres tan ingenuo como delicado.

              La voracidad de sus deseos se inflamó repentinamente con las cuatro campanadas del reloj y apretó la cabeza de Carlos Marlini contra su bajo vientre. Jadeó, ahogó algunos gritos, tuvo un leve espasmo, y se quedó, por fin, tendida sobre la alfombra.

              Ya no tardaría en llegar el coronel, y aunque nunca violaba la intimidad de sus aposentos privados, por fidelidad a los acuerdos matrimoniales, sellados bajo la palabra, pintaba la prudencia. Miró al estudiante y lo encontró algo más desmedrado que de costumbre. Pero era todo cuanto tenía para soportar la forzada abstinencia de una ajena e insufrible vida rural. Le ordenó que se vistiera y que abandonara el palacio, por la puerta de servicio: aquella tarde no le había aplacado sus muchos y acuciantes ardores. Qué amante tan liviano.

              Carlos Marlini procedió con prisa y cautela. Sin embargo, y muy a su pesar, se dio de bruces con el corregidor, antes de que alcanzara los aposentos de la servidumbre. El estudiante se detuvo, se echó a un lado e inclinó la cabeza respetuosamente. Pero don Amadeo lo ignoró. Pasó junto a él, altivo y muy marcial. El estudiante pensó: Cuanta bizarría finge el muy cornudo. Y el coronel pensó, a su vez: Qué petimetre tan afeminado, dudo de que satisfaga las impetuosas exigencias de mi esposa. Cuando poco después tomaba una jícara de chocolate espeso con pestiños, advirtió a doña Ana Isabel: Si os place, mañana podéis entrevistaros con las mujeres de la guarnición. Están prevenidas y bien preparadas, y os obedecerán, cualesquiera que sean vuestros propósitos.

              A esa misma hora, Carlos Marlini tomaba una jícara de chocolate a la francesa, en compañía del canónigo magistral, don Nicomedes Gallardo, de quien era huésped, durante el curso académico.

              -Querido joven, tu padre me ha escrito de nuevo. Y si bien se muestra muy orgulloso de la aplicación con que te das a los estudios, considera que te has precipitado en tan ejemplar empeño.

              El canónigo engulló media docena de bizcochos, se relamió con glotonería y prosiguió:

              -Es un hombre razonable. Se duele de sus pesadas ocupaciones y echa en falta la ayuda que le hubieras prestado en la marcha de sus prósperos negocios. Y repara en cómo tales lamentos, a su edad, son comprensibles. A los cincuenta y seis años, pienso que estará deseando retirarse a la casa solariega de la huerta, para destinar su tiempo al descanso y a las lecturas piadosas, de las que tan devoto se muestra.

              Pero a Carlos Marlini no le atraía el ejercicio del comercio marítimo, por muchos caudales y experiencias que le pudiera procurar. Y eso que, a lo largo de año y medio, fue agente de su padre y viajó, en varias ocasiones, a Génova y Marsella, y visitó a mercaderes de puerta cerrada, en Estrasburgo, en Colmar y en Friburgo, por donde dejó lances juveniles y buenos amigos. Pero de regreso a Alicante, y después de estudiar los rudimentos, la sintaxis y la retórica latinas, y las nociones de la filosofía, en los dominicos de su ciudad, decidió matricularse en la Universidad de Auriola y doctorarse en Derecho Civil y también en Cánones. Quería seguir la carrera de varas, hasta alcanzar, cuando menos, empleo de letrado en el Consejo de Castilla. Y Ana Isabel era una aristócrata con muchas influencias. Sabía que en su palacio de Madrid recibía, todos los meses, a nobles, embajadores, secretarios de Estado, cortesanos, hombres de ciencia y músicos eminentes. Y aunque era una mujer madura, a sus treinta y seis años aún hacía el amor con todo el vértigo de una aventura sideral. Por eso se había puesto bajo su protección, a cambio de complacer las más sorprendentes fantasías de su lujuria.

              -¿Y la señora corregidora? -preguntó el canónigo, con un punto de suspicacia, en lo más espejado de sus ojillos.

              -Tan virtuosa como paciente, pues que tanto me distingue con su amistad.

              -Cierto, muy cierto, joven. La marquesa de San José es una dama caritativa que honra generosamente a quienes se lo merecen -asintió don Nicomedes Gallargo, con sutil malevolencia.

              Pero el canónigo no hizo la menor alusión al incidente que se produjo dos días antes, en la catedral. Un incidente tan grave, que el propio corregidor y gobernador militar, con sus ayudantes y las esposas de éstos, abandonaron el templo, con toda dignidad, pero ostensiblemente irritados, en medio del estrépito metálico de sus sables. Fue, en verdad, un episodio desafortunado.

              También el estudiante de Leyes se abstuvo de hacer comentario alguno acerca del asunto; y eso que había escuchado la demoledora e inoportuna diatriba del prelado. Entonces, tuvo ocasión de admirar el desdén y la elegancia de Ana Isabel, cuando muy erguida y enfundada en un traje de terciopelo de color zafiro, talle alto y amplio escote, sin toquilla alguna, salió del templo seguida por el coronel don Amadeo del Campo, el teniente del Rey, el sargento mayor y sus mujeres, en medio del estupor de la feligresía y de un silencio premonitorio.

              Aquella misma tarde, cuando se estremecía entre los brazos de Ana Isabel, tuvo noticia confidencial de lo que tramaba contra el obispo. Y pensó que una transgresión así, suponía, si no un sacrilegio, sí una rabieta irreverente, en un pueblo de artesanos y jornaleros, donde el clero gozaba de prestigio y buenas rentas, y de una autoridad apabullante. Las consecuencias eran imprevisibles. Pero conocía que ni la marquesa ni el coronel estaban dispuestos a ceder una pizca de su preeminencia social ni de sus atribuciones aristocráticas. Carlos Marlini sonrió cínicamente: Allá se las apañen los estamentos del privilegio. Mientras, el canónigo saboreaba el azúcar cande al que era tan aficionado, y que su padre le había enviado, con otras confituras de su despensa.

              A la mañana siguiente, doña Ana Isabel de Quirós y Velasco, marquesa de San José, coronela, corregidora y gobernadora de la plaza, se reunió secretamente en el cuarto de oficiales de la guarnición de Auriola, con veintisiete mujeres: nobles y plebeyas, jóvenes, maduras y ancianas, pero todas muy dispuestas y perplejas por encontrarse con aquella dama, que les hablaba como a iguales, y apelaba al honor, no precisamente de los soldados que servían al rey, sino de las mujeres que habían sido vilipendiadas, todas en su persona, según manifestó, por un obispo severo y libidinoso, en un acto que iba más allá de sus competencias espirituales. Les explicó la estrategia y les confió el lugar, la fecha y la hora donde habían de congregarse. El itinerario aún era incierto, pero no importaba demasiado: ella iría a la cabeza y las demás la seguirían. Sin embargo, observó:

              -Somos un número muy reducido. De modo que, si es necesario, recurriremos a la compañía de otras víctimas que, sin duda, nos seguirían igualmente, con el mismo ímpetu, cuando se les informe del atropello del que hemos sido objeto repetidamente.

              Entre tanto, en el retiro de su gabinete, el coronel don Amadeo del Campo esperaba la llegada de su esposa. Aunque él le había inducido, sólo conocía muy vagamente sus proyectos y le inspiraban cierta desazón, pero la ira aún lo confundía; y, por otra parte, estaba persuadido de que doña Ana Isabel desistiría, en el último momento de su, sin duda, siempre chocante disparate. Aunque conociéndola bien como la conocía, tampoco se fiaba demasiado de sus propias intuiciones. Frente a su escritorio, la copia del retrato que Goya le hizo a Carlos III, y que el propio rey le había regalado en reconocimiento a su valor frente al enemigo. Lo observó con enojo y se levantó del sillón, para acercarse cautelosamente a la esfera terrestre. Por fin, se decidió y la hizo girar una vez y otra, hasta que se le crispó el gesto. De golpe, la detuvo y su índice oprimió con firmeza un punto: luego lo levantó y leyó despacio, casi masticando las palabras: isla de la Soledad, en las Malvinas de la mar austral. Allí, en el año de Gracia de 1769, una helada mañana de diciembre, cuando disponía su regreso a Buenos Aires, por orden del gobernador, don Francisco Bucarelli, de entre los matorrales donde pastaban las ovejas, salió un mercenario austríaco y le voló toda su virilidad, con un mosquete de chispa. Durante dos meses, los cirujanos castrenses que le daban lo suyo al alcohol de unas bayas selvosas, y unos curanderos patagones, le recompusieron, entre el desvarío y la añoranza, aquel destrozo: apenas un colgajo para aliviarse de tantos oscuros y espesos orines, que hedían inevitablemente a pólvora.

              Llegó a Madrid, a principios de la primavera con su ascenso a teniente coronel y sus partes pudendas convertidas en un desperdicio. Su esposa disfrutaba de todo el esplendor de sus veintidós años, de una castidad obligada por la prolongada ausencia y de unos hermosos y firmes pechos que olían a hierbas silvestres. No pudo más que besar aquellas carnes cálidas y enardecidas, mientras ocultaba, en la penumbra de sus aposentos, el brillo de sus lágrimas. Soledad, isla de la Soledad, allí, en aquel lugar áspero y remoto, habían naufragado para siempre jamás sus gozos sexuales y sus aspiraciones de perpetuarse en uno o más de un hijo. Entonces, le comunicó a doña Ana Isabel, que dormiría en una alcoba aparte; que la herida en el costado aún estaba por cicatrizar; y que le ocasionaba molestias, dolores, calenturas y delirios nocturnos. Y fueron inútiles los requerimientos y las zalamerías de la impaciente marquesa: debían de transcurrir varias semanas, para restablecerse del todo, en opinión autorizada de la junta de médicos que lo había examinado.

              Pero pasaron las anunciadas semanas y don Amadeo del Campo, abrumado y escarnecido por el papel que le correspondía cumplir, resolvió no ocultar por más tiempo a su esposa la tremenda tragedia. Y se lo dijo una tarde, cuando doña Ana Isabel interpretaba a Bach, en su clavecín. Pretendió mantenerse entero, pero la voz se le venció en llantera desconsolada. Ni siquiera le mitigó tanto y tan pertinaz dolor la memoria de la ejecución sumarísima de aquel mercenario austríaco, que lo castró de un disparo, y no porque fuera, como había supuesto, en principio, un intrépido oficial español de granaderos, sino porque lo tomó por amante furtivo que trataba de ganarse los favores de sus ovejas, con las que convivía en una mansa poligamia. Ni tampoco las palabras de su querida esposa, acerca de no entendía muy bien qué otras prendas, porque, ¿si había ofrecido al rey sus partes más nobles, qué podía ofrecerle ahora a los lícitos ardores y a las pretensiones de maternidad de doña Ana Isabel? Dios os bendecirá, le había dicho, cuando los acordes de aquella gavota en sol menor ascendían por los espacios infinitos de los tapices tejidos en los telares de Arras.

              Y quince años después de la carnicería, un obispo, con báculo y mitra, rigorista y exaltado, injuriaba a la marquesa, y lo devolvía de pronto, con una inclemencia impropia en un vicario de Cristo, al espanto de sus pesadillas.

              Mientras cenaban, doña Ana Isabel se negó a descubrir detalle alguno de sus planes. Tan sólo le comentó, con una sonrisa entre enigmática y traviesa, que a la tarde siguiente y en su estrado, mantendría un interesante encuentro con personas de algo más que dudosa reputación.

              -Pero no os inquietéis, señor. Entrarán al oscurecer. Y de una en una, por las puertas de la cochera. La servidumbre ya ha recibido instrucciones muy precisas, de modo que su visita a esta casa pasará inadvertida, hasta para nuestros más curiosos vecinos. No habrá imprudencias ni se correrá el más insignificante albur.

              Y como observara un gesto de contrariedad en su marido, se apresuró a tranquilizarlo:

              -Confiad en mí, os lo ruego. El señor corregidor y gobernador militar de Auriola, nada tiene que ver con esta conspiración urdida por unas cuantas e inofensivas mujeres. Vuestra autoridad está muy por encima de cualquier infame suposición.

              El coronel don Amadeo del Campo la miró con ternura. Y, a la luz del candelabro, recordó cuando ambos se conocieron: fue en los jardines de San Ildefonso, una mañana templada de marzo de 1763. Él había regresado a la Corte, después de la defensa de La Habana, al lado de don Luis Velasco, hasta que la conquistaron las tropas inglesas. Y en el esplendor de aquella arboleda, con su flamante uniforme de mayor, se inclinó ante la belleza de la hija del mariscal de campo, don Antonio de Quirós, marqués de San José, y amigo personal de su majestad. Luego, con disimulo, se volvió a mirarla, y se quedó hechizado por el leve y sinuoso movimiento de sus caderas, que proclamaba aquel llamativo siguemepollo: unas cintas de seda de ópalo centelleante que se derramaban airosamente de sus bucles, hasta mediada la espalda. Ella también lo observó: era de porte distinguido y muy varonil. Se casaron dos años más tarde; y a los siete meses de su matrimonio, el mayor don Amadeo del Campo fue destinado, con su regimiento, a las colonias de ultramar. El bergantín que una madrugada zarpó de Cádiz llevaba rumbo a Buenos Aires y toda la nostalgia de una pasión impetuosa, que ya nunca más volvería a consumarse.

              Esa misma noche, un subteniente de la guarnición, les decía a un par de veteranos:

              -Se rumorea por ahí que su excelencia la marquesa está armando una leva de putas y de esas viejas que andan a la sopa, mientras el coronel Unparde o no se entera de nada o hace la vista gorda. No sé qué pensar; pero a mí todo esto no me gusta nada.

              -Ni a mi mujer que es muy brava, pero todavía más temerosa de Dios -respondió uno de los soldados-. Y qué remedio. Son cosas de los señores y nosotros estamos a lo que nos manden.

              Sobre esas horas, el canónigo llegó a su casa. Era más tarde que de costumbre y traía el semblante despavorido. Carlos Marlini lo examinó atentamente y le preguntó si se encontraba bien.

              -Con los achaques propios de la edad, hijo. Pero, sí, creo que me encuentro bien.

              -No obstante, os veo algo pálido.

              -¿Pálido?... Tal vez, la fatiga. He despachado, con su reverencia, y... En fin, con tantos y tan diversos asuntos, figúrate tú si no es como para cogerle el color a los cirios.

              Pero, de inmediato, don Nicomedes Gallardo, con su afilada astucia clerical, dio un giro inesperado a la conservación:

              -Ah, se me olvidaba hacerte una seria advertencia: todo un bachiller en Artes y ya estudiante de Derecho como tú, debe aprender en Justiniano, ¿me escuchas?, pero nunca, si es que no quiere condenarse, en un ateo como ese tal... Voltaire, que no puede enseñar más que una filosofía cínica y sin ningún fundamento.

              Carlos Marlini ocultó la cara entre sus manos y fingió ruborizarse.

              -Perdonadme, don Nicomedes. Pero adquirí ese curioso volumen como una mercancía más, en Colmar, si no recuerdo mal. Y lo cierto es que leí algunas páginas, pero no entendí nada, nada, en absoluto. Por eso lo puse bajo vuestra custodia, tan pronto como tuve la suerte de conoceros.

              El canónigo le dio unos paternales pescozones.

              -¿Sabes?, El ingenuo no es más que una herejía destinada al Índice, y donde su autor, sin pizca de conocimientos ni rigor, ironiza sobre ignacianos y jansenistas, y se burla cruelmente, por igual, de unos y de otros. Qué individuo tan desvergonzado como perverso. Vivimos, hijo, en un siglo de mudanzas y contradicciones, y hay que fortalecerse en la doctrina de la Iglesia y en la estricta observancia de la moral.

              Pero don Nicomedes se encontraba, efectivamente, turbado por la terrible cólera que sacudió, como un movimiento subterráneo, al señor obispo. Sus confidentes, le habían informado de que la marquesa de San José, y él sospechaba que también el corregidor, disponía no sabía bien qué infame estratagema en su descrédito.

              -Nada se presume aún de la naturaleza de tales maquinaciones, que, según entiendo, no obedecen si no a esa obstinada pretensión de someter el poder divino, a las veleidades mundanas -exclamó.

              Con su aspereza acostumbrada y ensoberbecido por el supuesto acoso a su autoridad de pastor de almas, el prelado disertó con mucho énfasis. Luego, se dejó caer en un sillón y murmuró unas frases apenas inteligibles. El canónigo magistral don Nicomedes Gallardo, que se hallaba muy próximo a su reverencia, juraría, para sus adentros, que lo oyó decir: A esa pájara, habrá que reconfortarla en el tumulto del lecho o en el sosiego del sacramento. Entonces musitó una jaculatoria, besó el anillo episcopal y solicitó licencia para retirarse. El canónigo abandonó la sede prelaticia completamente abrumado. La carne, copón, siempre la carne.

              No, de ninguna manera adquirió aquel título de Voltaire, para el mercadeo de rarezas y curiosidades de encargo, sino fascinado por el intenso fulgor de la luz de la razón, que le había revelado magistralmente el doctor en medicina Pierre Brissot, natural de Ginebra y con domicilio y práctica hospitalaria en Colmar. Frente al providencialismo imperante, la visión laica y crítica de la historia, de la ciencia y hasta de la vida, mi querido amigo. El propio Brissot lo acompañó, al establecimiento de un librero cómplice. Y Carlos Marlini apoquinó veinticuatro libras, por un ejemplar de la primera edición clandestina de El Ingenuo.

              -Antes de que lo prohibieran, hubieras pagado tan sólo tres. No obstante, has hecho una buena inversión, no tanto para tu bolsa, cuanto para el arsenal de tus pensamientos.

              El doctor Pierre Brissot lo ilustró también acerca de su paisano Rousseau, Jean Jacques Rousseau. El joven Marlini confesó, no sin cierto rubor, que no lo conocía y que hasta aquel momento nunca había escuchado ni tan siquiera su nombre. De ahí que, durante las siguientes veladas, el doctor Brissot se ocupara en informarlo, con profusión y entusiasmo, de sus argumentos filosóficos, de la singularidad de sus obras, que tantas condenas y persecuciones le habían causado, y de su ideal del retorno a la naturaleza.

              -Principios que lo han enfrentado por igual a declamadores vanos y a sabios e ilustrados redactores de la Enciclopedia. Y es que de Rousseau proceden los dictados más certeros y sólidos del instinto y de los sentimientos espontáneos del individuo.

              Recordando tantos y tan vivos elogios, Carlos Marlini se preguntó si Ana Isabel y todo su mundo confidencial y promiscuo, no sería acaso una proeza engendrada por la fértil imaginación del literato ginebrino, y una venganza contra la medianía y el fingimiento de una sociedad devastada por la conveniencia y la superstición. Ana Isabel y su marido dormían en alcobas separadas. Se lo había dicho ella misma: ni le oculto mi infidelidad, ni me complazco en la penosa desavenencia. Pero las circunstancias de nuestras relaciones matrimoniales, sólo nos incumben al coronel y a mí. Aquella criatura además de un imparable estrago era un enigma.

              Poco después de las ocho y media de la mañana salió el corregidor camino del Ayuntamiento, donde se iba a celebrar cabildo ordinario, bajo su presidencia. El aire se corrompía con la humedad del río y la roída entrepierna irradiaba dolorosos presagios. La pastoral que había despachado el obispo, por toda la diócesis, cuestionaba la decencia de su esposa: damas de ilustre linaje que debieran ser ejemplo de honestidad y que, sin embargo, muestran generosamente sus intimidades, por el escaso terciopelo de su vestuario. Las modas que les llegan del extranjero son una provocación y un escándalo. Y después, en misa pontificia, desde el púlpito, contempló el escote seductor del traje de color zafiro, con el que la marquesa solapadamente lo desafiaba, y exclamó, fuera de sí, que tan impúdicas costumbres atentaban contra la moral y la doctrina cristiana. Pero don Amadeo del Campo se percató de cómo la mirada oleaginosa del prelado se había deslizado fugazmente por entre los senos de dona Ana Isabel, hasta Dios sabía dónde. Entonces se alzó impulsado por el resorte de la furia, y con él, su esposa, y ambos abandonaron la catedral, seguidos por su séquito militar y un pavoroso estruendo de sables, que se esfumó de inmediato en un sobrecogedor silencio. Hasta el alcalde mayor, letrado de palabra siempre medida y prudente, admitió el exceso de su reverencia. Exceso provocado, sin duda, por su celo apostólico, excelencia. Pero sabía que al talante cuartelero de su excelencia don Amadeo del Campo no le iban en absoluto tan sutiles disculpas.

              A las diez y cuarto de aquella mañana, cuando el cabildo municipal acometía el asunto referente a los abastos de trigo, Ana Isabel revolvió los aderezos de su tocador taraceado de nácar y conchas marinas, y se alumbró las mejillas con polvos de bermellón. Inesperadamente, entró en la alcoba su doncella y le dijo que una joven solicitaba con súplicas que la atendiera en persona.

              -Pero, ¿a estas horas?

              -Así es, señora. Y espera vuestra decisión, en la puerta de servicio.

              -¿Y de quién se trata?

              -Lo ignoro, señora. No me lo ha dicho y nunca la había visto, antes de hoy. Aunque, por su acento y tez, ni siquiera parece alma de este reino.

              La marquesa terminó de acicalarse y mientras la doncella la ayudaba a vestirse, respondió, acuciada por la curiosidad:

              -Está bien. Veamos qué quiere. Dentro de quince minutos la recibiré en el estrado.

              La joven no tendría más de diecisiete años, era de una extraña belleza y su piel exhalaba un tenue y excitante aroma a canela. Ana Isabel se acomodó en el diván, mientras la visita permanecía de pie y en silencio.

              -¿A qué tanta urgencia?

              -Señora, excusadme, pero os pido protección y permiso para secundaros en la hazaña que os convoca, cualquiera que ésta sea. No soy capitana, ni sargenta, ni labradora, ni tampoco moza de fortuna. Que soy esclava, señora.

              -¿Esclava? ¿Has dicho esclava?

              -Esclava, sí. Y mi dueño es el señor de Peñamora, a quien pertenezco desde que tenía once años -tomó alientos y continuó-. En contra de mi voluntad, me bautizaron en vuestra religión, y desde entonces me dicen Mercedes. Pero fui educada en la fe de Mahoma, y mi verdadero nombre es Aliyé, Aliyé Hikmet, hija de Falih, y natural de Anatolia.

              -¿Y... qué puedo hacer? -preguntó Ana Isabel, desconcertada por la peripecia y el desparpajo de aquella magnífica criatura.

              -Si me lo permitís, os confieso que me resisto a acostarme con el anciano señor de Peñamora. Me repugna. Y no lo consentiré, aunque en ello me vaya la vida.

              A la marquesa le conmovió tanta decisión y audacia. Entonces, se acercó a la joven, percibió su delicada fragancia y murmuró:

              -Muéstrame los pechos.

              Sin sonrojo alguno, Aliyé se desnudó de cintura para arriba. Sus pechos eran firmes y frutales. Ana Isabel vaciló apenas unos instantes y por último le acarició uno de ellos, lenta y suavemente, con las yemas de los dedos. Aliyé inclinó la cabeza y entornó los ojos. Ana Isabel advirtió cómo se le desordenaban los pulsos, y no pudo evitar un leve vértigo, cuando le oprimió aquel pezón que emitía fulgores de amatista.

              -Cúbrete, por favor. Cúbrete -dijo, visiblemente turbada.

              Volvió a su diván. Examinó, una vez más, a la desvalida joven, y no pudo imaginársela en el lecho podrido por los orines y las exudaciones del depravado señor de Peñamora. Pero qué burda le había resultado siempre la baja nobleza rural.

              -Sosiégate. Pasarás aquí la noche y mañana haré llamar a tu amo. Descansa y no te desveles, mujer, que yo me encargaré de ajustarle las cuentas a ese carcamal. Luego agregó- Aliyé te digo que marcharás a mi lado, dentro de dos días. Porque tus razones son más poderosas y encarnizadas que las de ninguna otra.

              Aquella misma tarde, la marquesa de San José cerró el trato con las alcahuetas de Auriola. Acudieron hasta media docena, de una en una, tal y como estaba planeado, y concluyeron el negocio en cosa de minutos: todo el puterío de la calle de la Mancebería percibiría los dineros correspondientes a treinta días feriados de fornicios y piruetas en pajares y jergones de hojas de maíz y pulgas. Os obedecerán en cuanto les pidáis, excelencia, le aseguró una giganta de la huerta que apestaba a chotuno, y por cuyo rostro se esparcían los vestigios de la viruela y un insultante e irrevocable descaro. Las otras no hicieron sino asentir y fisgar el lujo de las cortinas, de las alfombras y de las porcelanas del aposento, con el asombro prendido en unos semblantes arrasados por la epidemia, el temor y la miseria. La última en abandonar el palacio, por las sombrías puertas de la cochera, fue la giganta que encabezaba la cofradía de la sórdida trata.

              -Y no pierda cuidado, excelencia, que a más de un canónigo y de un prior de esos tan venerables, si me los echo a la cara, les voy a espantar hasta los mismos infiernos sus vicios y sus cochinadas.

              El coronel regresó alrededor de las siete. Aquella tarde, en la guarnición, dio órdenes para que la oficialidad y la tropa salieran de maniobras el jueves, del alba a la puesta de sol. Hay que tener un par de, para hacerse algo más de cinco leguas, llevando a las espaldas todos los pertrechos de campaña. Impasible, contempló a doña Ana Isabel. Cómo la deseaba aún, desazonada y calladamente. Pero había cumplido su palabra: Que no se ventile jamás la mutilación de mis atributos masculinos perpetrada por el fuego enemigo, en acto de servicio, y yo, señora, ignoraré cualquier desliz que alivie los naturales ardores de vuestro cuerpo. Pero de conocerse tales devaneos, culpad de ellos a vuestro escaso seso y nunca a mi tremenda y reservada desgracia. ¿Lo juráis así, señora? Y la señora marquesa lo juró así. Ana Isabel tenía entonces el esplendor de sus veintidós años, una boca codiciosa de besos y mordiscos, y un olor dulzón y penetrante a hombre que la tumbaba y la rendía, cada noche, en la desolación de unas solitarias sábanas.

              -Me dijisteis que era el jueves, ¿no? -sonrió y hasta en su sonrisa flotó la melancolía-. Pues en ese caso, el alguacil mayor ya tiene instrucciones para que se desplace con sus gentes a la era de San Roque. Por allí, andarán muy ocupados, con los trajinantes de caballerías.

              Todos los jueves tocaba mercado en Auriola. De madrugada, llegaban los huertanos, los arrieros, los vendedores de paños, los quincalleros, los artesanos, los orfebres, los maestros roperos, los saltimbanquis, los porquerizos, los comerciantes de estampas de santos y libros de sabiduría, los negociantes y los comisionistas. A la marquesa le encantaba pasearse en su calesín, tirado por un vigoroso trotón francés, con el auriga, la doncella y un corpulento criado, por aquel universo variopinto y bullicioso de puestos y tenderetes de frutas y hortalizas, de preseas de plata y oro, de aves de corral, de hierbas con propiedades medicinales, de tejidos y edredones de estameña, de cacharrería doméstica, de costillas y embutidos de cerdo. Todos los jueves Auriola se escabullía de los oficios y de las sombras de la iglesia, en la celebración de la liturgia profana y transgresora de la euforia, cuando atardecía por mesones y burdeles.

              -Señora, por lo que se me figura, vuestra revancha se consumará, en presencia de un público multitudinario, ¿debo felicitaros?

              -Si así lo consideras... Aunque me parece más prudente esperar a que concluya el espectáculo.

              Carlos Marlini se estremeció cuando la mano de Ana Isabel hurgó bajo los calzones, hasta posársele levemente sobre el sexo. Lo arrulló y le besó los párpados, le lamió los labios, el cuello, el pecho. Pero no hubo burla, ni conmiseración, ni sarcasmo alguno, sino ternura. Entonces Carlos Marlini supo cómo se le eclipsaban, para siempre, sus aspiraciones cortesanas. Y curiosamente no le preocupó, en absoluto. Aquella tarde hicieron el amor como nunca lo habían hecho y como ya nunca habían de hacerlo. Porque después de aquella tarde, la marquesa de San José y el estudiante de Derecho jamás volvieron a encontrarse en la vida ni más allá.

              Doña Ana Isabel cenó una ligera sopa de legumbres y unas confituras de pastaflora, se recogió durante unos minutos en su oratorio, y antes de acostarse, sin saber muy bien por qué, visitó al coronel, en su gabinete. Don Amadeo del Campo, sentado frente a su escritorio de marquetería, estaba tan absorto en la lectura de unos documentos, que no pudo evitar un sobresalto cuando advirtió la presencia de su esposa. Era una radiante aparición a la luz vacilante de la bujía. Se puso en pie y la abrazó delicadamente contra su pecho.

              -Querida señora, qué sorpresa tan inesperada.

              En un gesto espontáneo, ella le dio un transitorio beso en los labios y sintió cómo se le embarullaban los recuerdos de los siete meses de pasiones deshojados en el cálido desorden del lecho; la pena que la devoró sin contemplaciones, cuando el entonces arrogante mayor embarcó con destino a las colonias de ultramar; la prolongada y angustiosa espera; él regresó, por fin; y la envenenada revelación de la magnitud de aquella herida que recibió en una abrupta y remota isla, en medio del océano. Desde aquel día, ya nunca más interpretó la gavota en sol menor de Bach. Pero de pronto, el cuerpo mutilado e intruso de su esposo le produjo náuseas, se desasió de sus brazos y retrocedió un paso.

              -Sólo quería daros las buenas noches, señor.

              El coronel asintió, con pesadumbre. Todo el consuelo de aquel encuentro se resolvió en apenas un chispazo, en una momentánea tregua, en sus distantes y estipuladas relaciones de conveniencia.

              -Os lo agradezco sinceramente -y le preguntó lo que ya sabía de sobra.- Es mañana, ¿me equivoco, señora?

              -No, no os equivocáis. Es mañana.

              -Confío en que pondréis al obispo en el lugar que le corresponde. Tanta injuria no puede quedar impune.

              -Descuidad, señor -hizo una reverencia y salió del gabinete.

              El coronel don Amadeo del Campo, corregidor de capa y espada y gobernador militar de Auriola, tenía cuarenta y siete años, una secreta y cruel cicatriz, era de un pronto violento e imprevisible, y, por si aún fuera poco, cada vez que iba a orinar sus ropas se impregnaban de un olor a pólvora tan sofocante que parecía que regresaba siempre de alguna guerra. Se sentó en su sillón, apoyó los codos en el escritorio y escondió el rostro entre sus grandes y peludas manos. Si a aquel maldito mercenario austríaco no le hubiera dado por pecar con las ovejas... Pero hay que echarle un par de, a la adversidad, se dijo. De golpe, lo convulsionó un estrangulado sollozo: las lágrimas se deslizaron entre sus dedos, gotearon sobre los documentos y disolvieron las tintas y su sentido.

              El miércoles, el canónigo magistral don Nicomedes Gallardo se recogió temprano, abatido por los intempestivos rumores que circulaban por la ciudad y una repentina calentura. El ama lo mandó a acostarse, sin rechistar; luego, lo arropó maternalmente y apagó la palmatoria de su dormitorio. Pero el canónigo no podía conciliar el sueño: en su delirio, evocó el enojo del clero catedralicio por algunas disposiciones de la jerarquía episcopal; las rivalidades entre los privilegios del cabildo y la astucia de los dominicos, para ganarse el gobierno del Estudio General; y la noche en la que desalojaron, por su deslealtad, al rector del Seminario, a escopetazo limpio. Qué época de glorias. En la oscuridad, escuchó la voz de Carlos Marlini que se interesaba por su salud.

              -Estoy bien, hijo, estoy bien. Y mañana... -tosió, carraspeó y escupió en el bacín.

              -Decidme, don Nicomedes.

              -Y mañana, no pierdas el tiempo con habladurías y ponle más aplicación a la Summa del Doctor Angélico.

              A las ocho, en la puerta de la acequia mayor, la marquesa de San José revistó a aquella pintoresca partida de mujeres. Las había esbeltas, campesinas y meonas, comadres y engalladas, timoratas y varonas, sargentas y peliforras, señoritas y pordioseras, busconas y sopistas. Setenta y seis mujeres del más variado pelaje se aprestaban a la ofensiva, bajo un viento de levante destemplado y húmedo. Doña Ana Isabel, con su vestido de terciopelo azul zafiro, talle alto y amplio escote, se puso al frente, escoltada por una capitana y dos tenientas, Aliyé la esclava turca y su doncella, y emprendió la marcha al frente de la patulea. El vecindario enmudeció, y a su paso, se apartaban sobrecogidos los vendedores, los comerciantes, los arrieros y cuantos habían acudido al mercado de los jueves.

              Cuando llegaron al palacio episcopal, les seguía ya una gran multitud. Y entonces doña Ana Isabel, marquesa de San José, se detuvo y se sacó por el escote sus hermosos pechos, y las demás la imitaron. Hubo carreras, gritos, invocaciones y bisbiseos, y se cerraron las ventanas de la sede prelaticia, y, casi a la vez, las de los conventos y beaterios de aquella ciudad levítica. A una señal de doña Ana Isabel, la capitana se adelantó, con sus redondos y blancos senos erizados por el frío, y exclamó, en voz alta:

              -En nombre de su excelencia, la marquesa de San José, os conminamos, señor obispo, a que deis lectura de vuestros dicterios, aquí y ahora, en esta calle que es lugar de paso y concurrencia del común.

              Por tres veces, se dirigió la robusta capitana al prelado, sin obtener respuesta. Entre tanto, el vicario envió a varios mandaderos, por una de las huertas posteriores del palacio. No tardaron en regresar: los alguaciles estaban de servicio en la era de San Roque; la guarnición militar andaba de maniobras a más de dos leguas de camino; y el señor corregidor, como acostumbraba, había salido al alba en su caballo de regalo, a galopar por las quebradas de la sierra. El obispo recibió la noticia en el reclinatorio, hizo un gesto de resignación y le susurró unas palabras al vicario.

              En la calle, setenta y seis mujeres permanecían en silencio y con las tetas al aire, mientras crecía una tímida protesta popular. De pronto, se abrió la puerta principal y un presbítero anduvo hacia la marquesa, con la cabeza baja y la mirada perdida parapetada tras las palmas de sus manos.

              -Excelencia -dijo-, su reverencia os ruega... os suplica que pongáis fin a tan inclemente escarnio.

              En medio de un triunfal griterío, doña Ana Isabel tomó el pasaje del Ángel que iba a dar a la fachada gótica de la catedral. Aliyé, con sus pechos de violetas y amatistas, saboreó el desquite: en otro templo cristiano, la habían forzado a que renegara de la fe de sus padres. A su lado, una tenienta fondona exhibía sus descomunales ubres. Algunos curas y beatas, entre avemarías y jaculatorias, trataron inútilmente de levantar una barricada, pero aquella compañía era ya del todo imparable. De un convento de monjas, un grito histérico advirtió que se acercaba una estampida de diablesas. Pero doña Ana Isabel puso el pie en la escalera que daba acceso a la iglesia. No la detuvieron ni los canónigos ni los sacerdotes que, desde lo alto, esgrimían crucifijos y soltaban espumarajos y latines; la detuvo un austero e insignificante fraile, virtuoso en el arte de la levitación. Se acercó humildemente a la marquesa, le dijo algo al oído, se arrodilló ante ella y profirió: Hacedlo, señora, en el nombre del hijo que os anuncio.

              Aquellas palabras evangélicas impresionaron a la muchedumbre, y se hizo un mutismo temeroso. Doña Ana Isabel se cubrió los pechos y toda la disciplinada tropa de mujeres. Volved a vuestras casas, les ordenó. Y regresó tranquilamente a palacio, con su doncella y Aliyé, la esclava turca.

              Al sábado siguiente, don Amadeo del Campo y doña Ana Isabel invitaron en sus salones a la nobleza local y a sus subordinados. No se comentó nada acerca de aquella revuelta femenina. Sólo el coronel, muy ufano, certificó el embarazo de su esposa, a quien ya la había auscultado un prestigioso doctor.

              -Señora, no me habéis defraudado. Como tantas veces me asegurasteis, Dios, a mis años, me ha bendecido con un hijo.

              Dos meses después, a primeros de mayo, la marquesa de San José, emprendió viaje a la Corte, muy de madrugada. Allí, la atenderían los más eminentes médicos, y disfrutaría de comodidades y distracciones. De camino, pensó en Carlos Marlini y sonrió. Pocas horas antes de que estuvieran juntos, por última vez, la había visitado una partera: la hermana del fraile levitador. Pero no quiso revelarle su posible paternidad.

              De Carlos Marlini apenas se sabe que dejó la Universidad y sus pretensiones de seguir la carrera de varas. Que se puso al frente del comercio mayorista de su padre. Que lo despilfarró, en conspiraciones y motines, por tierras de Francia. Y que al parecer murió en las calles de París, en la noche del 14 al 15 de julio de 1789, atravesado por la lanza recién forjada de un revolucionario aprendiz de sastre. Si fue así, Carlos Marlini se equivocó de bando otra vez.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 27/5/2005