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La ventana

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Aquella mañana apareció delante de la iglesia con el pelo teñido de rubio, o al menos eso me lo pareció a mí desde lejos. Traté de recordar el color de su pelo la última vez que la había visto y también me pregunté porqué nos consideraban primos si no éramos parientes, Laura era la hija de una vecina que solía bajar a la playa, muy temprano, a pasearse descalza por la orilla.

                La última vez había sido el día anterior, estaba yo sentado en el muro observando un cernícalo que su hermano mayor, el hacendado, me había traído de Cajamarca. Era sábado, había recibido las notas con varios suspensos, un psicólogo había escandalizado a mi familia diciendo por la radio que "la masturbación en los adolescentes no es necesariamente mala" y a mí me habían mirado de reojo y me dijeron que me fuera a jugar con mi prima, con Laura, por eso estaba subido en el muro.

                Desde allí, la vi pasar como una ráfaga de viento, de las que soplaban por la tarde y golpeaban inexplicablemente una única ventana del piso de arriba de su casa, la ventana del baño, la que se quedaba a veces batiendo con crujidos marineros de madera y vidrio. La vi cruzar tras la ventana como un revoloteo de inaudibles gaviotas, y no me dio tiempo a percibir el color de su pelo, pero se había quitado la ropa y advertí que desnuda tenía cuerpo de mujer.

                El mismo psicólogo había dicho en el programa de la radio que "muchas mujeres jamás alcanzan un orgasmo", pero eso ya no lo oyeron mis tías, no sé cómo habrían reaccionado, aunque eran mujeres muy comedidas; yo admiraba sus dedos especialmente preparados para hacer dulces y poco adaptados a la electrónica, pero creo que su indignación hubiese podido llegar a retorcérselos. Mi madre, que se había quedado sentada en la mecedora que le compramos a un ex embajador belga en el Congo, sí lo oyó y completó la frase irónicamente "y muchos hombres nunca se han enamorado", recalcó, iniciando un balanceo de la silla. Me parece que es la única vez que he oído hacer un comentario mordaz a mi madre. Ella, que se avenía a todos subyugándolos con la vivacidad acuática de sus ojos, en esa ocasión fijó su mirada serena en el cielo.

                Escribí con un clavo sobre la tierra endurecida trasitada de noche por las ratas: "lagartijas de cristal, caracoles de lluvia". En esa época dedicaba palabras, la mayoría sin sentido, a las personas que quería. Sabía que Laura no las podría leer porque no era capaz de trepar al muro, ni de apreciar la extraña metamorfosis que sufrían las ratas para convertirse en palomas diurnas. El cernícalo trató de volar con las plumas guías cortadas y se cayó al jardín.

                Cuando intentaba rescatar al pájaro apareció ella en el patio, y en ese momento empezó a chispear, sin mojar, como una neblina baja que abrillantó las losetas del suelo y las puntas de sus zapatos. En pocos segundos se había transfigurado de mujer en niña húmeda, como si acabara de llorar. Tenía el pelo castaño, tirando a oscuro, sujeto con una cinta elástica y suelto a ambos lados del cuello, pero seco. Miré entonces sorprendido hacia arriba y vi que su madre sostenía la ventana entornada y me miraba envuelta en una toalla blanca, con el pelo mojado.

                El domingo, los chillidos de Laura desde el otro lado de la plaza de la iglesia me sacaron de mi ensimismamiento. "¿No lo notas?" me gritaba saltando sobre las puntas de los pies para llamarme la atención, "me he teñido el pelo de rubio, como mi mamá". Estaba feliz.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/7/2005