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MI GALLINA PORTUGUESA

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

Mi ventana se abría hacia el jardín
como a una fresca prehistoria.
Joaquín Gianuzzi.

                Me decidí a escribir estos pensamientos cuando descubrí que la gallina viuda que cuidaba en un corralito en el jardín estaba convencida de que yo era su gallo. Sí. Nada más verme se agachaba esperando la cópula, yo le ponía la mano por detrás y ella temblaba de placer, luego sacudía graciosamente sus plumas y echaba a andar tambaleándose. En esa época eran las únicas relaciones sexuales satisfactorias que manteníamos tanto ella como yo.

                Comprobé también que me prefería a mí antes que a la comida. Despreciaba el trigo que yo le daba para agacharse a esperar mis caricias, luego picoteaba más alegremente. Saber que yo cubría todas sus ansias me llenaba de orgullo.

                Vivía solo, pero como podrán suponer, no me faltaba amor. Detrás de su mirada aguileña reconocía una ternura inmensa y cierto pudoroso disimulo.

                Alguien pensará que estoy loco, pero ¿quién no ha tenido un lorito que le coma en la mano, o un pez colorado que le lance besos desde detrás del cristal de la pecera? No es tan raro, se puede comprender.

                Reconociendo no obstante que mi situación no era del todo normal, muy a pesar mío, me dispuse a buscarle un gallo. No era tarea fácil porque mi gallina es de pelea. Me la regaló un aficionado portugués, emparejada con un gallo giro precioso, y me dijo: "No admite a su lado a nadie más que a su gallo, únicamente puede vivir en collera con él". Por eso cuando su macho murió de un ataque al corazón, un verano que en Sevilla fue extremadamente caluroso, ella se puso triste.

                Dicen que el amor dura dos años y debe de ser verdad porque fue pasado ese período de tiempo que ella empezó a fijarse en mí. Intimamos. Me apesadumbraba no poder darle el gusto de vivir con ella, nos limitábamos a compartir intensos pero escasos momentos del día: cuando le daba de comer, cuando la soltaba para que picoteara a placer tréboles y yerbasluisas. A mí me gustaban sus andares aristocráticos y sobre todo lo que más me atraía de ella era su sensibilidad, la encontraba realmente muy sensible. Estaba por tanto seguro que rechazaría cualquiera de los gallos colorados y tontorrones que yo pudiera conseguirle por las granjas, el suyo tendría que ser algo único, como ella.

                El domingo me dirigí al mercadillo de la Alfalfa con la consciencia más sucia que la de un alcahuete escrupuloso. En otros tiempos había conocido a un tal Carles que se paseaba por las calles de Barcelona buscando clientes para la Nuria; ella le esperaba fumada y bebida en un bar del barrio chino. El resultado de las gestiones de mi amigo a veces era un negro gordinflón con el uniforme de la marinería americana, o un tosco eslavo rubicundo de brazos tatuados, daba igual. Al recordarlo me encontré de pronto haciendo los mismos gestos y ademanes que Carles, engolando la voz para convencer a clientes invisibles y esto me produjo cierta repugnancia. En aquella época leía yo a Sartre y tenía un alto concepto de la dignidad humana. Me imaginé entonces a mi gallina tan ajena a mis desvelos picoteando lombrices de tierra en su corralito y me entraron unas ganas irrefrenables de volver a casa, casarme con ella y pasar el resto de mi vida a su lado, haciendo el amor plácidamente en el jardín.

                Me acerqué a los animales del mercado mirándolos de soslayo, con recato, y me dirigí a un vendedor para decirle: "Quiero un gallo". Por la expresión de su cara advertí que había dicho algo inconveniente, me miró como a un extraterrestre, pero luego se repuso de su perplejidad y me hizo la pregunta que yo más temía: "¿Para qué?"

                Me quedé en silencio. No se lo iba a poder explicar, lo tenía que entender sin que yo se lo dijera. El vendedor, que en ese momento sostenía una paloma entre las manos cruzó una mirada de inteligencia con su compañero. Yo interpreté que mi silencio levantaba sospechas, o ¿eran mis ojos azules hundidos en las cuencas, por las dudas que me atormentaban, los que le infundían tanto miedo? Me sonrojé.

                "Tiene que ser de pelea", añadí a manera de respuesta. El hombre metió a la paloma en una jaula y noté que un palomo zurito la recibía celoso y alborozado. El compañero del puesto partió en dirección a la esquina y supuse que iba en busca de un guardia. "Bueno, si no es de pelea auténtico tampoco pasa nada", transigí intentando crearme una coartada. Sonreí un poco, pero creo que mi sonrisa reafirmó su desconfianza.

                "Espere aquí", me ordenó con autoridad. Al poco rato llegó su compañero seguido de otro hombre de aspecto desaliñado que traía un gallo en brazos. "Es de pelea, de los buenos", dijo. Enseguida pensé que mi gallina no lo admitiría, tenía las patas negras. Ella y yo entendíamos un poco de genética avícola y sabíamos que un buen gallo de pelea debe tener las patas color maíz maduro. El hombre, pues, mentía. No sé porqué sentí tanta rabia que me tuve que contener para no darle un empujón y tirarlo en un tonel que estaba lleno de serpientes. Lo interpreté como si alguien con engaños hubiera querido mancillar el honor de mi gallina. Me retiré levantando el puño, eso no se le hace a una gallina decente, "yo no soy Carles", les grité con furia.

                Compré el diario El País y en la calle de las Siete Revueltas me metí a leerlo en el café Europa. La decoración del establecimiento es recargada, con azulejos barrocos, un poco a la portuguesa. Por eso pedí una limonada como Pereira, el personaje de Tabucchi, la mitad limón y la mitad azúcar. El camarero me miró sorprendido. Intenté leer el periódico, la noticia de primera plana me produjo arcadas, trataba sobre los pollos asados que se habían descubierto envenenados. Le di la vuelta. Menos mal que la limonada azucarada y la foto en bikini de una jovencísima Elsa Pataky de la última página me arreglaron el estómago. Puse la palma de la mano en los azulejos fríos de la pared y me sentí mejor. El camarero me miró irónico y me dijo "no se preocupe, no se cae", lo consideré una broma de mal gusto porque para mí lo fundamental en esos momentos era mi gallina. ¡Qué me importaba a mí si se caía o no la pared! Pagué haciendo un gesto que dejaba claro que me había sentido ofendido y abandoné el local dejando el periódico extendido sobre la mesa. "¡Su periódico!" me advirtió el camarero. "Límpiese el culo con él", le respondí de malos modos.

                Al pasar por el mercado de La Encarnación le compré una lechuga, le escogí la más verde. Cuando llegué a mi casa, sudoroso, después de mi fracasada incursión, tiré las hojas exteriores y le di a mi gallina las más tiernas del cogollo. Me pareció que ella adivinaba mi estado de ánimo y sus cacareos de alegría obraron como un bálsamo para mi espíritu, sí, sí, me sentí romanticón y cursi. La cogí levantándola por las alas, en la postura que a ella le gustaba que le hiciera cosquillas, y la llevé a la sala de mi casa. Fue la primera vez que vimos juntos la televisión. La verdad es que yo estuve poco atento a la pantalla, pero ella vio con mucho interés primero una película policial y luego un programa en directo de canciones. Mientras tanto, yo leía el relato "El hombre que sabía javanés" del brasileño Alfonso Henriques Barreto de Lima. Mi vida empezaba a estar inmersa en la cultura portuguesa sin que yo pudiera darme mucha cuenta.

                Cuando en el programa musical apareció Dulce Pontes cantando un fado, mi gallina no me dijo nada pero noté que se le humedecían sus ojos aguileños y se le erizaban las plumillas del cuello; a mí también, y tuve que llevarme la mano a la nuca para constatar que no me habían crecido, que era simplemente la coleta de pelo que me había dejado largo hacía varias semanas.

                Después cenamos en silencio, recuerdo que fue una comida sencilla, una ensalada que preparé con el resto de la lechuga. Le escondí los huevos duros para no traumatizarla. Esa noche dormimos bien y a partir de entonces fuimos casi felices.

                Ha pasado un año. Ahora a veces me escribe y yo vivo pendiente de sus cartas. La envié al Actor's Studio de Nueva York a estudiar interpretación. La ilusión de su vida era convertirse en actriz. Me lo sospeché el día que la sorprendí pintándose los labios, caracterizada como una gran mujer. No me lo podía creer.

                Desde entonces he vuelto a vivir solo, haciéndome la ilusión de que ella piensa en mí, de que me sigue queriendo, y por otro lado con la duda insoportable de si habría fingido nuestro amor, porque era en realidad muy buena actriz.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/9/2005