EL MISTERIO DE LA CALLE TRIPOLI

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                De niño, pensaba que a las calles de Lima les habían puesto nombres geográficos por su parecido con los países o ciudades rotuladas. Así, la avenida Brasil me hacía pensar en una urbe amplia, un poco sucia que terminaba en el mar; en la calle Buenos Aires veía las casitas cuadradas, aunque no estuvieran pintadas de colores yo las encontraba muy porteñas; la plaza Italia, triangular, soleada, con sus cafés de mantelitos a cuadros donde nunca había nadie; la calle Berlín con un coche negro aparcado sobre la acera; la avenida Arequipa era un bulevar de final desconocido; en la alameda Montevideo el viento sonaba bonito; la avenida España me llevaba a una ruidosa vía llena de tranvías y bares, allí vi por primera vez que la gente feliz iba abrazada por las calles. Más o menos podía decir que mis observaciones encajaban en las imágenes de fotografías y películas que había visto.

                Pero entre todas había una, cerca de mi casa, que me intrigaba sobre manera, era la calle Trípoli. Empezaba en el malecón y se ensanchaba un poco bordeada de alcanfores, en primavera olía bien, pero no me sugería nada. ¿Cómo sería Trípoli, dónde estaba Trípoli? Observaba atentamente los movimientos de los vecinos para tener más elementos de juicio pero los encontraba normales, sin características especiales. Hasta que un día descubrí a dos chicas, que a esa edad yo veía como dos mujeres adultas, eran robustas, pálidas y con los traseros desproporcionados. Las dos parecían hermanas gemelas y se contoneaban de la misma manera, como las mujeres de Trípoli, suponía yo. No hablaban con nadie, posiblemente porque se expresaban en un idioma extraño, y mantenían muy floridas las macetas de geranios de sus balcones siempre cerrados.

                Desde entonces, toda mi curiosidad se volcó en ellas. Las veía salir por la mañana cuando llegaba el frutero, calzadas con unas babuchas que me permitían ver por la parte de atrás los tendones de sus tobillos finos y elásticos. A veces llevaban una especie de toalla en la cabeza, detalle que me hacía suponer que salían de la ducha. Jacinto les hacía bromas mientras les vendía las chirimoyas y los mangos, pero ellas permanecían impasibles, probablemente porque no entendían nada. A esa hora sus senos caían generosos sobre sus pechos, seguramente porque aún no se habían puesto ningún tipo de sostén. Pero por la tarde las veía salir muy bien arregladas con los pechos firmes, tanto, que mi amigo Constantino, el del grifo de gasolina, que era muy aficionado a los toros, las llamaba "las astifinas".

                Yo en cambio no sabía cómo nombrarlas porque desconocía sus nombres y tampoco sabía cómo se les llama a las de Trípoli ¿tripoleñas, tripolenses? Un día se lo pregunté a Jacinto cuando llegó con su carreta de fruta y me dijo que eran "las Pecas". Supuse que las llamaban así porque tenían abundancia de manchitas marrones sobre la piel e hice una concienzuda investigación para averiguarlo sin descubrir nada, yo las veía más bien pálidas, como ya he dicho. Sin embargo cuando salían por la tarde el maquillaje disimulaba muy bien el color de su cara.

                A la caída del sol solían venir a buscarlas en coches lujosos, a veces se iban juntas y otras por separado. Un día vi que las venía a buscar un vecino que vivía en una casa de la misma calle, yo lo conocía, sabía que era secretario en la embajada de Portugal porque me lo había dicho un día que estaba yo ayudando a Constantino en la gasolinera. Por eso al principio relacioné Trípoli con una ciudad Portuguesa. Era un hombre joven, simpático, de bigotito negro y cejas desordenadas. Tenía un Mercedes Benz deportivo descapotable y vivía solo.

                El día que se llevó a "las Pecas", o a "las astifinas", se sonrió al verme e hizo ese gesto típico de meter la primera marcha del coche como si dispusiera el cuerpo para espolear a un caballo.

                La siguiente vez que me vió abrió su cartera y me dió un billete de diez soles.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 18/9/2005