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EL HOMBRE ATRAPADO
(1. La carta del sello verde)

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

              No la soporto, pero no permitiré que me destruya. He decidido resistir.

              Ayer me vació la cubeta de hielo en la cama. Lo hizo a escondidas porque no la dejo entrar a mi habitación. Cuando me eché a dormir se me pegaron a la espalda cuadraditos de frío seco que al cabo de unos segundos me quemaban la piel. Salté del colchón y me los fui quitando como si fueran sanguijuelas transparentes que se derretían en mis manos. Los recogí en la camisa del pijama que no uso, para llevarlos a la cocina y tirarlos por el fregadero. No me quejé, casi no hablo con ella. Me acosté en la cama que estaba como meada por un perro helado. Lo tengo claro, no conseguirá que yo duerma con pijama aunque me siga llenando las sábanas de hielo todas las noches.

              Para compensar los malos ratos que me hacía pasar mi mujer solía ir a ver a Natalia. Natalia era rubia, delicada y me recibía vestida como una azafata de congresos, siempre sonriente. Después de besarnos, me miraba curiosa mientras me desabrochaba la camisa. Me pegaba los pechos a mi barriga aún con el sostén puesto. Se agachaba para lamerme las tetillas con ternura felina, yo le quitaba la blusa y le soltaba el sostén para besarle sus pezones que le brotaban como ciruelas oscuras de un tronco fino y blanco. Ella se sonreía cada vez que se separaba para tomar aliento, echándose el pelo hacia atrás. Me asombraba la naturalidad con la que se tomaba el sexo, la forma como se desvestía y doblaba su falda sobre la silla. Sentía su complicidad como si ambos nos desnudáramos para meternos al agua. En la cama se dejaba amar como tendida a la orilla del mar. Yo pensaba: "No vendré más a verla", pero cuando ella me miraba con ojos de gata cariñosa sabía que volvería, que volvería una y otra vez a hacer el amor con ella. "¡Siempre me quedo tan relajadita contigo!", me decía antes de darme el último beso.

              Sin embargo, cada vez que me acostaba con Natalia quería más a Silvia. A Silvia la conocí en el tren, cuando me desplazaba de una ciudad a otra. No me acuerdo de los nombres, pero sé que hacía el trayecto entre ellas todos los días porque en una tenía mi trabajo y en la otra estaba mi casa donde vivía con mi mujer, ambas eran igual de aburridas. También recuerdo que no hablaba yo el mismo idioma que el resto de los pasajeros, por eso nunca les prestaba atención. Silvia esperaba en el andén de una estación intermedia. La primera vez ocurrió de noche, no muy tarde. Me miró antes de subir y yo vi superpuestas, en el cristal de la ventanilla, su cara y el reflejo de la mía como una premonición. Llevaba un ramo en las manos, las flores por la noche me resultan inquietantes y no las olvido jamás. Se sentó frente a mí y me siguió mirando. Le prometí que la iba a querer toda la vida, como en un bolero eterno, aunque ella nunca lo supo.

              Mi mujer y yo dormimos en cuartos separados porque no soportamos nuestros ronquidos. Dormidos es como si nos odiáramos más. A pesar de todo no puedo abandonarla, no puedo dejarla desvalida después de tantos años. Aguanto todo lo que me hace, pero a veces pierdo la paciencia. Cuando llenó de tachuelas el suelo de la bañera no me pude contener, porque a ella le molesta que yo me duche de noche sin encender la luz. La desperté a gritos enseñándole las tachuelas y las heridas de mis pies. Ella no dijo nada y luego estuvo varios días riéndose en secreto al verme cojear.

              El día que conocí a Silvia en el tren pensé que con un poco de suerte habrían muerto todos los habitantes de la ciudad a la que nos dirigíamos y no me importó, más bien lo deseé. No estábamos en guerra pero yo siempre he vivido en estado de alerta. Los neonazis u otros podrían haber entrado y quemado todo, incluida mi casa con la buganvilla de la puerta, y no me hubiera importado. Habría cogido a Silvia por el talle sin apretarla demasiado y la habría sacado de la ciudad en volandas.

              Cuando me quedaba abrazado a Natalia agotando los últimos minutos que duraba mi visita, pensaba en Silvia. Normalmente iba a ver a Natalia tarde, abotargado, al terminar la jornada de trabajo, deseando sentir su piel fresca como quien se sumerge en un manantial después de haber cruzado el desierto, pero las veces que me había encontrado antes con Silvia en el tren me sentía renovado, con otro humor, como si fuera de madrugada. ¡Aunque en esos días ni siquiera conocía su nombre!

              En esa época leía yo mucho, pero la lectura, como el sexo, no me dejaba recuerdos, sólo la ambigua impresión del placer disfrutado y unas ganas difusas de seguir abrazado. En cuanto a las consecuencias físicas, una sensación dulce en las ingles y los labios era todo lo que me quedaba varias horas después de haber cerrado el libro o haber dejado a Natalia.

              Por paradójico que parezca, cuando yo era niño creía que me iba a morir en cualquier momento, que no pasaría de los veinticinco años, y por ese motivo me daba miedo hacer cualquier cosa que precipitara mi muerte, sin embargo luego, con cincuentaitantos años, me sentía inmortal, debe ser cuestión de la edad. Se lo comenté a Natalia y me respondió que a ella, sin ser vieja, le pasaba lo mismo, de niña era endeble y enfermiza y pensaba que se iba a morir, en cambio ahora disfrutaba de su cuerpo como nunca. Yo no era un niño endeble ni enfermizo, protesté, me sentía fuerte y duro, aunque a veces se me iba la cabeza, tuve que reconocer, sobre todo en esas misas tan largas del colegio. Este intercambio de experiencias nos unió mucho más porque sospechábamos que sólo teníamos en común el placer del sexo.

              Volví a ver a Silvia en varios de mis rutinarios trayectos, pero recuerdo especialmente uno que debió ser en verano porque hacía sol en el andén a la misma hora de la tarde que la primera vez era de noche, ella esperaba con cierta impaciencia. No llevaba flores pero tenía un vestido estampado muy alegre. Se sentó frente a mí y abrió un libro por la página que marcaba una carta con sello extranjero. De esa forma me enteré que era una mujer culta y sensible, que leía en francés a Paul Eluard. Me fijé en el título de la obra, era "La capitale de la douleur" y me enamoré más. Pasaba las hojas lentamente, como dudando, como tentada de releer algún verso.

              Una de las veces levantó la carta con gesto distraído mientras seguía leyendo el libro, y la dejó sobre el asiento de felpa burdeos. Al llegar el tren a la estación se levantó con prisa, desconcertada por tener que pasar bruscamente de la poesía del libro a la prosa de la calle, por el mero hecho de que el convoy se detuviera estrepitósamente. Supuse que temía llegar tarde a su casa, o llegar simplemente, y al salir corriendo se le olvidó la carta. La recogí yo. La olí, puse mis labios donde ella había puesto las yemas de sus dedos, sentí su sabor amargo que me gustó y desde muy cerquita con el ojo derecho pegado al papel observé que llevaba un sello verde de un país desconocido. Me la guardé para leerla cuando estuviera solo y tranquilo.

              Todas las noches a las nueve en punto se va la electricidad de mi casa. Es la hora de los informativos de televisión que a mí me gusta ver, mejor dicho, que es lo único que intento ver en la pantalla. Mi mujer junta dos cables pelados de un enchufe de su máquina de coser y hace saltar los plomos, siempre a la misma hora. Le molesta que vea las noticias y que me quede leyendo hasta tarde, por eso cierra el mundo a esa hora. Recuperar la luz me puede costar mucho tiempo, la caja de la electricidad está en el jardín en un lugar poco accesible, si llueve la tarea se vuelve peligrosa. Normalmente yo ni siquiera abro la puerta de mi cuarto para saber lo que ha pasado, me quedo a oscuras oyendo en un transistor los sucesos y comentarios del día. La verdad es que no les presto mucha atención, echado en la cama prefiero pensar en cosas absurdas. Por ejemplo, he notado que los años cada vez me duran menos. Yo soy el mismo cuando tenía siete que cincuenta años después, sin embargo a medida que me hago mayor el tiempo me parece más corto. Cuando cumplí los siete, el año de mi primera comunión, los doce meses siguientes fueron para mí un período inmenso, la séptima parte de mi existencia, en cambio después de los cincuenta me parecen un fragmento mínimo, la cincuentava parte de lo que llevo vivido. A mi mujer le gustaría saber lo que hago a oscuras y atisba tras la puerta antes de irse a dormir pero nunca se entera de nada. Cuando me canso de pensar en cosas así, pongo todo mi interés en reconstruir mentalmente la fotografía panorámica de Río de Janeiro que tengo colgada encima de mi escritorio. Me pongo en el lugar del Cristo del Corcovado y empiezo a recorrer toda la bahía de Guanabara, hasta las playas de Ipanema y Copacabana por cada lado. Cuando ya me siento dentro del paisaje y casi me molesta la brisa que me llega desde el mar, entonces empiezo a imaginármela de noche, llena de luces de colores y me meto en uno de sus locales nocturnos. Algún día me iré a vivir allí.

              Al día siguiente cambio los fusibles, los pongo cada vez más gruesos para impedir que salten con facilidad. La última vez he puesto unos alambres que cogí de la valla del jardín, no creo que se quemen, antes sale ardiendo su máquina de coser. Pero la noche que llegué con la carta y me encerré en mi cuarto para leerla me dio mucha rabia que saltaran los plomos, pero tampoco salí. Puse el sobre sobre la almohada y dejé que mi imaginación me dijera lo que en ella decía, como si se la hubiera escrito yo a esa mujer desconocida que amaba tanto. Entonces sentí que Silvia me cubría como un bosque, y la humedad de su pelo negro me calmó.

              La siguiente vez que vi a Silvia, después de haberse dejado olvidada la carta, subió al vagón en pantalones ajustados y pensé vanidosamente que lo había hecho exclusivamente por mí, para que le viera su bonito cuerpo. Me habría encantado que fuera cierto. Le hubiera podido decir que ya sabía cómo se llamaba, pero me contuve. Me sentí fuerte sabiendo cosas de su vida sin que ella supiera nada de la mía. Para entonces yo ya había leído tantas veces su carta que me la sabía de memoria y lo que había averiguado me daba celos. Empezaba: "Querida Silvia" y la firmaba un tal Mario. También sabía donde vivía, había ido a la dirección escrita en el sobre y había encontrado un edificio anodino, gris, en un barrio obrero. Esperé a que saliera, pero allí no había ningún movimiento de personas ni de coches, como si estuviera deshabitado. Me sentí mal espiándola y no quise volver, prefería verla aparecer en el andén de esa estación donde ella subía algunas tardes. Acabo de caer en la cuenta que esa estación tampoco tenía nombre.

              Yo sólo entro a la cocina de mi casa en verano, a buscar algo de beber en la nevera. El resto del año no sé ni dónde almuerzo, creo que me compro un bocadillo en la estación y una cerveza. Mi mujer lo sabe y por eso saca la cerveza de la nevera cuando yo no estoy para que la encuentre caliente. Cuando me llevo el vaso a la boca me mira de reojo para ver mi reacción. Yo chasco la lengua como si estuviera buena y no le digo nada.

              Escribí una carta manuscrita a Silvia, guardé la del extranjero en un cajón y puse la mía en el sobre. Lo hice como un ritual de hechicería con la esperanza de engañar al destino, de suplantar a Mario. Y desde ese momento, en todos mis viajes, dejaba la carta encima del asiento de felpa burdeos tal como la dejó olvidada ella, esperando que el día que reapareciera la encontrara. En una película había visto que los indígenas de un pueblo africano construían aviones de paja y los dejaban en la selva para ver si los que pasaban volando por el cielo se confundían y aterrizaban en su poblado. Con la misma ilusión de esos hombres sin aeropuerto esperaba yo que su mano blanca levantara la carta del asiento.

              Y llegó el día que yo anhelaba. Ella esperaba en el andén y me pareció que estaba alegre. Se sentó mirando de reojo la carta en el asiento y al cabo de unos segundos se decidió a cogerla. Lo hizo con un gesto rápido, de niña traviesa. Abrió el sobre y contempló detenidamente mi escritura, sin leerla, como quien mira un cuadro ladeando la cabeza, creo que le gustó, luego le dio la vuelta buscando una explicación al misterio y por último me pareció que la leía casi silabeando. La vi sonreír satisfecha, disimulando, la dobló y la guardó en su bolso rojo con cuidado y fue el primer viaje que se puso a mirar por la ventanilla con cara divertida. Inexplicablemente, también fue la primera vez que yo percibí el paisaje, tierras de labor sin árboles, con un horizonte borroso, pero cálido.

              Pasé un mes sin verla. Mi nerviosismo me producía confusiones mentales, preguntas sin sentido. ¿Por qué se seguía deteniendo el tren en la estación sin nombre si ella no estaba en el andén? En mi oficina la ansiedad no me dejaba trabajar, estuve tentado de volver a fumar. En mi casa le di un portazo a mi mujer que descerrajé la puerta. Y me ocurrió con Natalia lo que jamás creí que me podía pasar: hicimos el amor como habitualmente pero no llegué a disfrutar como otras veces. Yo sé que ella llegaba al orgasmo conmigo, no me lo decía porque no está bien visto en una profesional, pero yo notaba que llegábamos juntos y ella se reía mucho de eso, y me daba cachetaditas para castigarme. En cambio ese día me susurró al oído: "Estás tardando mucho, amor, la mami nos va a reñir". Yo estaba desconcertado. "Es que te quiero tanto que me es imposible", le respondí un poco avergonzado. Natalia sonrió y pensé que empezaba a quererme de verdad.

              En la carta había un párrafo que me alarmó. Mario le decía que en cuanto pudiera la iría a ver, que ojalá cuando llegara ya estuviera curada. ¿Qué enfermedad podría tener Silvia? Deduje que había empeorado su salud y que por ese motivo hacía un mes que no subía al tren. Desde entonces tomé la costumbre de leer algún libro en el trayecto entre las dos ciudades para calmar mi ansiedad y hacer que el tiempo me resultara más corto. Al principio llevé "La capitale de la douleur", haciéndome a la idea que era la misma edición que le había visto en las manos, y trataba de adivinar la sensación que le habría producido cada poema, era como tratar de meterme en su mente. Tal vez se había detenido en este:

              En las semanas siguientes lo leí varias veces, sin que apareciera Silvia. Luego empecé a llevar libros de otros autores y concretamente cuando estaba leyendo "Historias de cronopios y de famas", de Cortázar, me ocurrió algo extraño. Había empezado el relato titulado "El canto de los cronopios":

              Yo me sentía en ese estado de ánimo de cronopio distraído desde hacía varias semanas, cuando percibí unos zapatos italianos detrás de las páginas abiertas de mi libro, eran unos mocasines de piel marrón clara. Se los había quitado un hombre de mediana edad y pelo ondulado y los había dejado perfectamente alineados debajo del asiento, mientras se entretenía mirando el paisaje por la ventanilla.

              "¿Es usted extranjero?" le pregunté sin preámbulos. "Si, si", me respondió asintiendo con la cabeza sin hacerme mucho caso. "Se llama usted Mario y viene a ver a Silvia ¿verdad?". Entonces el hombre palideció, miró a los lados como buscando auxilio y luego moviendo la mano con los cinco dedos pegados hacia arriba me hizo entender que era verdad pero que cómo lo sabía yo. "Es que soy amigo de Silvia y hace un tiempo me mencionó que usted vendría a verla". El hombre me examinó en silencio con desconfianza. "Mire, le dije, ella hace este trayecto frecuentemente y le puedo enseñar algo que le va interesar". Me levanté del asiento y él intentó ponerse los zapatos para hacer lo mismo. "No hace falta, es aquí mismo, le gustará verlo, venga conmigo". Me siguió descalzo hasta el descansillo del vagón entre las dos puertas, le señalé una de ellas y cuando se acercó a mirar, la abrí violentamente y lo empujé fuera.

              Al regresar a mi compartimento me quité mis zapatos y me puse los mocasines del extranjero, me quedaban bien. Recién en ese momento caí en la cuenta de la gravedad de lo que había hecho. Pero no sentí remordimientos, ni entonces, ni ahora que han pasado varios meses.

              Esa noche fui a ver a Silvia, por primera vez traspasé el zaguán de entrada del sórdido edificio y subí por las escaleras de madera. Toqué a su puerta y salió a abrirme un hombre mal afeitado con apariencia de obrero de la construcción envejecido. "Vengo a ver a Silvia", le dije. "¿A mi mujer?" me preguntó asombrado mirándome la punta de los mocasines italianos. "Sí, soy Mario, un viejo conocido de ella, estoy de paso por la ciudad y he querido venir a saludarla". Oí un hilo de voz que venía de la habitación contigua preguntando quién había tocado la puerta. Era también la primera vez que oía la voz de Silvia. "Mario, dice que es Mario, un amigo tuyo", le explicó el marido bajando la voz y sin dejar de mirar mis mocasines. Ella no respondió pero el hombre me hizo pasar de todas maneras a su cuarto. Estaba en la cama, tal vez con fiebre. Me miró sorprendida y sonrió extendiéndome el brazo con la palma de la mano hacia abajo. Tenía las uñas despintadas y tiernas. "Estoy herida por una gota de rocío" me dijo con voz dulce. El marido me miró sin comprender, pero yo sabía que se refería a la forma como le había preguntado por su enfermedad en mi carta. Quise decirle: "Una gota de rocío no puede herirte, no le hacen daño a las flores, agárrate a mi mano y no te sueltes nunca jamás; he matado por tu amor, Silvia". Pero no pude. Ella también guardó silencio. Jadeaba y brotaba de su cuerpo un halo azul mucho más profundo que cualquier palabra.

              Dos días después leí su esquela en el periódico: Silvia Ruiz Siles. Falleció a los 39 años de edad después de una larga enfermedad. Y sería enterrada en el cementerio provincial al día siguiente a las 10 de la mañana. La esquela estaba puesta por su esposo.

              A la mañana siguiente, después de una mala noche, me encontraba yo esperando ante la verja del cementerio antes de la hora indicada. Quería estar desde el primer momento al lado de ella. Sentía más apego por su cuerpo que por su espíritu, a pesar de que un organismo humano es por lo general complejo y misterioso, el espíritu me parece algo oculto e incomprensible, siempre he confiado más en los labios, los ojos, las caderas... Soy como los perros, me quedaría encima de la tumba de la persona que amo, aunque sólo fuera por recordar su olor.

              Impaciente, me acercaba a olfatear cada coche fúnebre que llegaba con la esperanza de que trajera su cuerpo, pero me tenía que retirar un poco abochornado bajo la mirada hosca de personas desconocidas que venían a otro duelo. El dolor de los demás siempre es extraño e intimida. Cuando vi la hora eran las doce del mediodía, ya había revisado siete cortejos fúnebres y Silvia no había aparecido. El aire olía a flores marchitas, las moscas se empeñaban en meterse en mis orejas y me sentía fatal.

              Llegué tarde al trabajo y estuve todo el día como andando a dos centímetros del suelo. Al regresar en el tren comprobé que no se detenía en la estación sin nombre donde solía subir Silvia. Le pregunté el motivo al revisor. Me respondió que estaba equivocado, que el tren nunca había parado entre las dos ciudades. Atemorizado, le inquirí por el "accidente" que había ocurrido en la vía la semana anterior, el del extranjero "que se había tirado". Me miró atónito y me apartó con la mano para continuar haciendo su recorrido por los vagones.

              Cuando llegué a mi casa me di prisa en rebuscar entre mis papeles antes de que el reloj de pared marcara las nueve, para disponer de luz para encontrar la carta de Silvia, y la encontré, sí, la encontré, pero era la escrita por mí, la que le había entregado a ella, no la del extranjero. Sin embargo, estaba dentro del sobre original con el sello verde.

              Esa noche fui a ver a Natalia, estuve con ella la media hora de siempre, le conté todo y no me creyó. Después me fui andando a mi casa, poco a poco fui recobrando la dureza del suelo bajo las suelas de mis mocasines italianos. Recuerdo que no me crucé con nadie. Hacía viento.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 1/10/2005