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EL HOMBRE ATRAPADO
(2. El incendio)

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

              Tiempo después, una tarde, a medida que me acercaba a mi casa divisé una columna de humo que se elevaba entre los árboles, más o menos desde la zona donde yo vivía; no dudé en pensar que esta vez sí se trataba de un incendio que lo destruiría todo. Mi obsesión por el fuego se había ido acrecentando con el paso de los años. En invierno permanecía muchas horas ante la chimenea viendo cómo gruesos troncos que había podado del jardín eran inexorablemente consumidos por el fuego y me reía de mi situación recordando la frase de Karl Kraus: "Hacerle objeciones a la sátira es lo mismo que enfrentar los valores de la leña a la implacabilidad del fuego".

              La causa del humo era que mi mujer estaba absorbida en la tarea de quemar mi biblioteca, había sacado mis libros al jardín y había hecho una pira con ellos debajo del olivo. No sé si me dio más pena ver tantas palabras ardiendo o las hojas del olivo a punto de encenderse. Me acerqué, y en lugar de intentar apagarla, me quedé contemplando las llamas azules que despedían las enciclopedias ilustradas y las más amarillas de los libros antiguos, y la candelita negra que erosionaba las encuadernaciones en piel. Entre los libros percibí la carta del sello verde retorciéndose con una incandescencia pálida.

              Era la segunda vez que pensaba que el infierno también podía ser un lugar bonito. La primera fue en París, al borde del Sena, allí no había fuego pero mis circunstancias personales me hicieron sentirme dentro de una postal infernal, con "bateau mouche" incluído bajo el cielo azul. Esta vez me conmovía el espectáculo y el entusiasmo de mi mujer con las rumas de libros en brazos, estuve a punto de ayudarla a seguir sacándolos de mi biblioteca para alimentar la hoguera. Pero me quedé paralizado y perdí momentos preciosos para salvar algunas obras que me hubiera gustado conservar. Era también la tercera vez que desaparecía mi biblioteca, las anteriores fueron dos mudanzas transocéanicas y paradójicamente en aquellas ocasiones había sido mi mujer la que se empeñó en salvar algunas obras del naufragio.

              Traía yo en las manos "El guardián en el centeno" de Salinger y lo tiré a las llamas sin recordar que aún no lo había terminado de leer. El perro me miró sorprendido, creo que no se esperaba ese último gesto y se fue con el rabo entre las piernas; antes de coger la manguera de riego lo consolé con unas palmadas en el lomo, luego me dediqué a apagar la hoguera con un exiguo chorro de agua, ese grifo no había funcionado nunca bién. Me enterneció ver a las vecinas que se acercaban con cubos de plástico, única arma doméstica contra los dragones de fuego, me miraban en silencio con cara de pena. Un coche se detuvo unos instantes en la puerta y luego se alejó tocando la bocina.

              Cuando logré extinguir el fuego, las estanterías de mi cuarto ya estaban vacías, la literatura se había convertido en polvo geométrico que delimitaba el lugar que habían ocupado los libros. Pero yo los seguía viendo, difusos, sin poderlos distinguir unos de otros, sabía que permanecían allí. Mi mujer lo había conseguido, ya no podría leer de noche. En el césped se mantuvo una media luna negra de ceniza que mi perro esquivó durante mucho tiempo.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 23/10/2005